El chico de Manhattan Capítulo 1 Un afeitado perfecto
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El chico de Manhattan

El chico de Manhattan

Por Noelia Rodriguez

© inepub.com

Capítulo 1 Un afeitado perfecto

Un afeitado perfecto

Álvaro

Deslicé la cuchilla por mi garganta. La espuma se acumuló en la hoja dejando a su paso un camino de piel suave. La limpié debajo del chorro de agua. Volví a repetir el ejercicio guiando la cuchilla con suavidad. Siempre me había gustado aquel gesto de sentir la hoja afilada contra mi piel.

Observé el reflejo que me devolvía el espejo: un rostro de facciones armónicas.

Perfecto desde el punto de vista anatómico.

Algo así como el David, de Miguel Ángel, había comentado mi hermana en más de una ocasión.

Sabía que ella y sus amigas se referían a mí de esa manera de vez en cuando.

No me molestaba. Nada de lo que hiciera Beca podría enfadarme.

Además, reconozco que el apodo no me va tan mal.

Sí, es cierto que la frialdad del mármol encaja en cierto modo con mi personalidad.

La dureza de la piedra es un buen adjetivo para mí.

Soy frío y distante, lo admito. Además, la estructura de mi rostro se encuadra perfectamente en las proporciones clásicas del ideal de belleza.

Crucé una mirada conmigo mismo: el cabello corto y negro, la piel blanca y el azul agrisado en mis ojos. Una mirada con bruma, solía decir mi abuela. Helada como el océano Atlántico que golpea la costa de Nueva York en una mañana de invierno.

Estaba en mi cuarto de baño, sin camisa y descalzo.

Lo único que llevaba encima era un pantalón de pijama que me había puesto en cuanto me levanté.

Habíamos dormido desnudos y ni siquiera me había parado a pensarlo.

Tan solo esta mañana, cuando sentí la piel de una mujer a mi lado, reparé en ello.

No tenía ningún problema con la desnudez.

No sentía pudor ni un exceso celo por la intimidad física.

Al contrario, me sentía cómodo estando así con otra persona.

Cuestión distinta era otro tipo de intimidad.

Era el segundo domingo de marzo y, aunque en el exterior hacía unos siete grados, en mi amplio apartamento de Manhattan la temperatura era cálida.

Moví la cuchilla debajo del chorro del agua y volví a deslizarla por la piel de mi cuello, estirándolo hacia arriba.

A través de la puerta abierta de mi habitación observé como un cuerpo de mujer se movía en la cama.

Parecía que se estaba despertando la morena que dormía entre mis sábanas de seda negras, con la comodidad de quien hace algo que le es habitual.

Busqué rápidamente su nombre en mis recuerdos de la noche anterior: Addison.

Me sorprende la gente que puede dormir plácidamente en la cama de otro.

Yo no soy de quedarme a dormir en casa ajena.

Procuro no hacerlo. Tampoco disfruto de tener desconocidas en mi casa.

Si puedo elegir, prefiero un hotel: terreno neutral.

Aséptico e impersonal. Lo de la noche anterior había sido una excepción.

Escuché como se cortaba de repente el sonido monocorde del agua que había estado cayendo de la ducha.

El vapor había empapado parcialmente la mampara.

Pasé de nuevo la hoja de la cuchilla mientras la rubia de cabello corto corría la puerta empapada de vapor.

Su nombre era Candy y le iba como anillo al dedo.

Era dulce y caliente como caramelo fundido.

—¿Esta? —preguntó señalando la toalla doblada sobre el mueble auxiliar más próximo a la ducha.

Su piel brillaba mojada. Las gotas se deslizaban bajando hacia su vientre.

—Sí —contesté devolviendo la mirada al espejo para pasarme una vez más la hoja. Prácticamente estaba listo.

Candy cogió la toalla y se secó.

—Me encantan las toallas así, enormes —apuntó mientras se secaba la cabeza—. Huele de maravilla. ¿Haces tú la colada?

Crucé una mirada con ella en el espejo, pero no respondí.

Se envolvió en la toalla y caminó hasta donde yo seguía con mi tarea.

—¿Puedo? —preguntó con una mirada de ojos castaños almendrados.

Tenía una boca grande de la cual la noche anterior había disfrutado profundamente.

La miré.

—¿Quieres afeitarme? —pregunté levantando una ceja.

—Bueno, se me da bastante bien. Ayudaba algunas veces a mi padre en mi época de estudiante —replicó mientras cogía la hoja que yo le había entregado.

Deslizó la cuchilla con cuidado, llevándose la espuma y el rastro de la incipiente barba que había debajo. La pasó en un par de ocasiones más y terminó la tarea con eficiencia.

Mientras, Addison se había sentado en la cama y trasteaba en el móvil. No había dicho ni una palabra. Seguía desnuda y se la veía cómoda. Reconozco que ambas tenían unos cuerpos esculturales que yo había tomado hasta saciarme.

—¡Listo! —exclamó satisfecha Candy—. ¿Hay algo más que pueda hacer por ti? —añadió juguetona.

La observé.

—¿Algo como qué?

Candy deslizó su mano por mi pecho duro. Era toda una gata.

—¿Qué te parece si me pongo de rodillas, por ejemplo? —preguntó exponiendo alguna de las alternativas.

De repente, destellos de la noche anterior vinieron a mi mente.

Vislumbré la imagen de Addison con las manos sobre la cama aferrándose a las sábanas mientras yo la penetraba con dureza desde atrás.

Su cabello negro cayendo como una cortina a ambos lados de su rostro.

Ella gemía abiertamente, mientras Candy estaba de rodillas a mi lado con la mano sobre la cadera de su amiga sin dejar de mirarme.

Recordé como, cuando su amiga alcanzó el éxtasis, ella se había acercado a mí para besarme.

Yo había salido del interior de Addison y había dejado que Candy se subiera a horcajadas sobre mí sin cambiarme el preservativo.

—Házmelo como quieras… —había susurrado con calidez en mi oído mientras me cabalgaba.

Yo la había dejado hacer a su manera, hasta que alcanzó el clímax.

Después había hecho exactamente lo que Candy me había dicho: follármela como yo quería.

Mientras tanto, Addison nos observaba tumbada a nuestro lado, exhausta.

Su mano se deslizaba por su vientre con parsimonia.

Alargué una mano hasta ella y se introdujo dos dedos en la garganta lo más profundamente que pudo, chupando con fuerza.

Entonces me dejé ir, al tiempo que la rubia llegaba en una segunda ocasión.

En ese momento, retiré mi mano de la boca de Addison y esta sonrió con los labios enrojecidos.

No era algo que hiciera de forma habitual eso de irme a la cama con dos mujeres, pero lo había probado en alguna que otra ocasión en la que había surgido, como la noche anterior.

Mis compañeras de fatigas nocturnas eran dos amigas que había conocido en un club tomando algo.

Hacía tiempo que no salía, siempre estaba trabajando, pero había ido a cenar con un grupo de conocidos.

Uno de mis colegas había insistido hasta que había conseguido arrancarme del trabajo.

La cena me había aburrido en gran parte y, tras despedirme, había decidido tomarme una copa.

No había sido algo premeditado, simplemente había pasado por delante de uno de los clubs nocturnos más famosos de Manhattan y me había apetecido relajarme un poco antes de cerrar la noche.

Hacía tanto tiempo que no hacía algo así que la fauna nocturna me había parecido algo ajeno, casi exótico.

Addison y Candy se me habían presentado mientras yo pedía en la barra.

Habían solicitado una invitación para cada una.

Eran simpáticas y no me importó invitarlas.

Tras un rato de charla, luces de neón y música elevada, la rubia me susurró al oído si podíamos irnos a un lugar más tranquilo a tomar una segunda copa.

La morena compartió con ella una sonrisa cómplice. Lo demás es historia.

He de decir que la experiencia había sido satisfactoria para todos los implicados. Aunque fuera sexo impersonal, siempre procuraba que mis compañeras de cama disfrutaran, era lo mínimo de un encuentro íntimo, ¿no?

Hasta la noche anterior, llevaba meses sin acostarme con nadie.

Había estado un tiempo en dique seco. Las citas me daban pereza y las aplicaciones para conocer gente decididamente no eran para mí.

No había nada en ellas que me resultara interesante.

Comprendía su utilidad, pero no me sentía cómodo usándolas.

La idea de exponerme como mercancía me generaba rechazo y todo el proceso me resultaba tedioso.

En alguna ocasión había echado un vistazo a Tinder, Bumble e incluso a Hinge, pero no me gustaban.

Cuando tenía ganas de tener intimidad con otra persona, prefería ir a un bar.

Aunque últimamente estaba tan hasta arriba con el trabajo que ni siquiera solía hacerlo.

La noche anterior había tenido más sexo con aquellas dos amigas que en todo el año.

La balanza se había equilibrado; me sentía liberado y no necesitaba más intimidad.

Entiéndase intimidad en el plano físico, está claro.

Otro tipo de vínculo ni me lo planteaba.

En eso era hermético. No solía buscar más allá que un encuentro casual.

Placer rápido. Que alguien calara en mí de otra forma, o buscara encaje en mi vida, era algo que no entraba en mis planes.

No me gustaba abrirme. Tan solo Beca conseguía colarse por alguna rendija hasta conectar a otro nivel.

Ni tan siquiera con mi otra hermana, Candela, lo lograba.

Candela era como yo: puro hielo. Dos bloques de hielo juntos no suelen darse calor.

Sin embargo, Beca decía que en mi pecho escultural se alojaba un corazón cálido.

Quizás Beca simplemente se alimentaba del eco de quien había sido años atrás, cuando los tres éramos unos críos y la vida todavía no nos había arrebatado lo que más queríamos.

Aparté con delicadeza la mano de Candy de mi pecho.

—Una oferta muy tentadora —respondí tratando de buscar la forma de rechazarla con cierta elegancia—. Pero creo que voy a declinarla.

En ese momento miré a Addison quien se había acercado hasta la puerta del baño y me observaba con sus ojos oscuros.

—¿Seguro? —replicó Candy volviendo a atraer mi atención.

Ambas parecían dispuestas a volver a empezar.

Lo pensé por un par de segundos, pero no sentí nada.

Ni tan siquiera un resquicio del fuego que había avivado la pasión la noche anterior.

Ambas eran preciosas, esculturales, de largas piernas, como a mí me gustaban.

Ningún hombre en su sano juicio las rechazaría.

Era un domingo frío, aunque la luz de la mañana entrara a raudales por la ventana.

La idea de salir a correr por las calles de Manhattan y disfrutar de las primeras horas de la mañana, tal y como tenía pensado, me resultaba mucho más tentadora que la expectativa de volver a meterme en la cama y hundirme en ellas.

—¿Os llamo un Uber? —pregunté—. Voy a vestirme para salir a correr.

Me lavé la cara y me sequé con la toalla de mano.

—¿A correr? —preguntó Addison hablando por primera vez.

No recordaba el timbre de su voz, me pareció que no encajaba con su rostro y recordé que eso mismo había pensado en el local de copas en el que las había conocido—.

¿Te afeitas antes de salir a correr? ¿En vez de hacerlo después de volver y ducharte? ¿Eso no es poco ortodoxo?

—Suelo salir de casa recién afeitado, independientemente de lo que haga fuera —expuse a modo de respuesta.

—Esa es toda una declaración —aceptó la morena.

Candy no replicó. Simplemente dio un paso atrás, apartándose de mi cuerpo y dándome algo de espacio. Chica lista.

Limpié la cuchilla de afeitar y la dejé perfectamente colocada en una esquina del lavabo para que se secara.

—Señoras, si me lo permiten, ahora voy a vestirme —respondí saliendo del cuarto de baño.