75.
Los días transcurren de forma extraña, como si estuviera flotando en una nube la mayor parte del tiempo. Tenemos exámenes, y me salen bien, pero es como si perdieran importancia frente a la nueva situación en casa.
Marcos y yo tardamos un poco en adaptarnos a nuestra libertad recién adquirida como pareja; supongo que todavía estamos demasiado acostumbrados a tener que ocultar lo que hay entre nosotros.
Seguimos besándonos a escondidas cada vez que podemos; aunque en teoría ya no tendríamos por qué, todavía nos da demasiada vergüenza hacerlo delante de nuestros padres o de Natalia.
Pero, como nos pasamos todas las tardes estudiando juntos, ahí ya tenemos ocasión de aprovechar más.
Dormimos juntos todas las noches, y en casi todas ellas nos rendimos al deseo de nuestros cuerpos.
Ya no tenemos que ponernos alarma para volver cada uno a nuestra cama; aunque Marcos se despierta un poco antes que yo entre semana para ir al baño, ducharse y vestirse, yo me quedo acostado hasta que termina.
Cuando ya está vestido, me termina de despertar con mimos y después nos vamos a desayunar juntos hasta que su padre se lo lleva a la facultad y yo me voy a la ducha.
No podría imaginar una vida mejor, la verdad.
Lo único que empaña esta felicidad es mi primo Víctor: sé gracias a Vero que no está muy bien últimamente y me encantaría ayudarlo, pero vuelvo a notarlo muy cerrado conmigo otra vez.
Como la semana que viene habrán terminado los exámenes, tomo nota mentalmente para quedar con él; sé que le vendrá bien que hablemos un rato.
El jueves, Marcos y yo nos quedamos solos y, como no podría ser de otra manera, aprovechamos el tiempo con creces.
Cuando terminamos, nos duchamos juntos, pero ya no hay que disimular como en otras ocasiones.
En lugar de eso, volvemos a la habitación de Marcos y nos quedamos en su cama, besándonos despacio y acariciándonos mientras hablamos en voz baja hasta que llegan los demás a casa.
Cuando estamos comiendo creo captar alguna mirada de reojo hacia nosotros y soy consciente de que es muy probable que todos sepan lo que hemos estado haciendo exactamente antes de que llegaran, pero trato de ignorarlo.
Si a ellos no les importa, a mí tampoco.
El viernes, después de clase, Marcos se une a nosotros en el restaurante italiano para comer con mis amigos de la facultad: estaban todos deseando conocerlo.
Como no podría ser de otra manera, congenian de maravilla, y aunque seguiré quedando con mis amigos por separado, me alegra ver que todos se llevan tan bien con quien se ha convertido en una de las personas más importantes de mi vida.
Por la noche repetimos la habitual cena en familia, con pizza y película.
Hoy hace bastante frío y lo único que me apetece es abrazarme a Marcos bajo la manta que nos regaló Natalia, aunque trato de contenerme.
Pero, ¿por qué no hacerlo? Miro a mi madre, que está medio abrazada a Antonio, y sé que no pasaría nada si nosotros también lo hiciéramos.
Con cierto nerviosismo, a pesar de que ya no tenemos que ocultarnos, me quedo medio tumbado para ponerme más cómodo y me acurruco junto a Marcos bajo la manta.
Él me pasa un brazo por encima para acercarme más a él, para transmitirme su calidez, y suelto un suspiro de satisfacción al pensar que todavía nos quedan incontables noches como esta por delante.
* * *
Al fin, llega el sábado, el día que cumplimos un mes juntos oficialmente, y también tres meses desde que comenzaron los acercamientos iniciales entre nosotros.
Marcos me regaló un día en un hotel para celebrarlo y para que podamos estar solos, y ahora no podría sentirme más nervioso mientras me preparo para salir.
Lo bueno es que ya no tenemos que fingir con nuestra familia, así que no ha hecho falta que nos inventemos ninguna excusa para pasar la noche fuera de casa.
Hace un par de días les contamos a nuestros padres que hoy iba a ser una fecha importante para nosotros, con las caras muy rojas, y ellos no se opusieron en ningún momento a que nos fuéramos.
De hecho, mi madre hasta se ofreció a llevarnos.
Ahora estamos los dos en el asiento del coche un par de horas después de comer, con mi madre conduciendo.
Aunque no está Natalia, Marcos se ha sentado en el asiento de en medio para no marearse, como siempre.
Mejor así, porque eso nos proporciona una excusa para estar bien pegados.
Se me hace un tanto incómodo que nos lleve mi madre cuando sabe exactamente qué es lo que vamos a hacer en el hotel, pero en fin…
tampoco es como si no se imaginara lo que hacemos por las noches.
—Bueno, chicos —dice mi madre cuando nos detenemos frente al hotel—. Aquí estamos.
—¡Gracias por traernos! —responde Marcos.
—Muchas gracias —añado yo, y me asomo al asiento del conductor para darle un beso—. Te quiero.
—Y yo a ti, cariño. ¡Pasadlo bien!
Cuando bajamos del coche y nos acercamos al hotel, bastante sencillo pero con cierto encanto, Marcos me mira con timidez.
—No es la gran cosa —dice—. Pero tampoco tenía dinero para más.
—Es perfecto —le aseguro con una sonrisa—. No tenías que haberte molestado.
Entramos por las puertas dobles y cruzamos el pequeño vestíbulo hacia la recepción. Marcos le da sus datos al recepcionista, que comprueba la reserva y nos pide los carnés.
—Una sola noche, ¿verdad?
—Sí.
—Estupendo —dice el recepcionista, y nos tiende un par de tarjetas—. Aquí tenéis las llaves. Habitación doscientos ocho, segunda planta.
—Vale —responde Marcos—. Muchas gracias.
—Gracias —añado.
—A vosotros. ¡Que disfrutéis de la estancia!
Cuando salimos del ascensor no recuerdo el número de habitación, así que miro la tarjeta para comprobarlo. 208… ¿De qué me suena eso? No lo comprendo hasta que llegamos a la puerta y veo el número grabado en una placa de metal.
—Marcos… ¿es el mismo número que la habitación de Canarias?
Él sonríe mientras abre con su tarjeta.
—Sabía que te darías cuenta.
—¿Lo has pedido a propósito?
—Puede ser.
—¿Y eso?
Marcos se ríe.
—Me pareció que podía ser romántico.
—Qué cursi eres —respondo entre risas mientras entro detrás de él.
—Pero te encanta.
—Puede ser. No, pero, en serio… Eres increíble. ¿Te lo había dicho ya?
—Alguna vez. Pero puedes volver a decírmelo, ¿eh?
La habitación es sencilla. No es tan espaciosa como la de Canarias o la de la sierra, pero es mucho mejor que esa otra en la que estuvimos una tarde, la del hotel por horas.
La cama es doble, lo que ya le da puntos por encima de la de la montaña.
Y que haya pedido específicamente el mismo número que el de la primera habitación que compartimos hace que todo sea aún más especial si cabe.
A fin de cuentas, nuestra historia siempre ha girado en torno a las habitaciones: la habitación de al lado donde Marcos dormía al otro lado de la pared, la habitación donde nos vimos obligados a dormir juntos y donde empezó a forjarse lo que hay ahora entre nosotros, mi habitación donde se colaba por las noches para dormir conmigo, la habitación de la sierra donde reconectamos y tomamos la decisión de seguir adelante.
En esta nueva habitación, no perdemos el tiempo.
Los dos sabíamos lo que iba a pasar, los dos sabíamos lo que ocurriría en cuanto nos quedáramos solos, así que venimos preparados de casa.
Marcos me lleva de la mano hasta la cama y, una vez allí, me besa en los labios.
Al principio lo hace con dulzura, besos tiernos con los que parece querer cubrirme por completo.
Pero después se vuelve más voraz, comienza a devorarme casi con ansia, y yo hago lo mismo con él.
No tardamos en perder la ropa, y cuando su boca se cierra alrededor de mi erección y comienza a succionar, siento que estoy a punto de estallar de placer.
Al cabo de un rato, cuando ya me tiene temblando, se detiene y se acerca de nuevo a mi cara. Me da un beso largo y profundo antes de hablar.
—¿Quieres que volvamos a intentarlo? —pregunta—. ¿Lo del otro día?
No necesito más datos para saber a lo que se refiere; antes de venir al hotel ya se ha pasado un buen rato en el cuarto de baño, así que supuse que se estaba preparando.
—Vale, pero con una condición.
—¿Cuál?
—Esta noche me la metes tú a mí.
Él sonríe ampliamente y me da otro beso.
—Eso está hecho.
—Pues siéntate en mi cara.
Y eso es justo lo que hace, esta vez, sin la timidez del primer día.
Aunque me encanta sentir a Marcos en mi interior, la experiencia de estar dentro de él se me quedó grabada en la mente, y llevo ya unas semanas esperando con paciencia a que vuelva a proponérmelo.
Comienzo a lamer casi con ansia, y sonrío al darme cuenta de que hoy le está resultando mucho más fácil dilatar.
Supongo que es normal; ahora que ya sabe qué esperar, no tiene tanto miedo como esa primera vez.
—Fran… hazlo ya —me pide con voz suplicante cuando le introduzco el tercer dedo.
No necesito que me lo diga dos veces. Dejo que se tumbe boca arriba, y entonces le doy un largo beso que me la pone todavía más dura si cabe.
A continuación, voy hasta su polla húmeda y me aseguro de lamerlo todo bien.
En lugar de tragar como suelo hacer, le separo las nalgas y escupo entre ellas, para añadir un extra de lubricación.
Solo entonces me coloco entre sus piernas, disfrutando de la visión de tenerlo tan entregado a mí.
Llevo mi glande hasta su orificio empapado y ejerzo una ligera presión.
Apenas ofrece resistencia, y a Marcos se le escapa un gemido ahogado en el momento en que empiezo a entrar en su interior.
—¿Bien? —le pregunto para asegurarme.
—Bien. Sigue.