El chico de la habitación vacía (El chico de al lado 2) 74.
97%

74.

‎

Me pongo en pie con calma, tratando de no mostrar mi nerviosismo.

Me gustaría preguntarle qué ha pasado, de qué han hablado, si Marcos me odia, si su padre se niega a que mantengamos una relación bajo su techo.

Pero me da miedo conocer la respuesta a esas preguntas y, de todos modos, siento la garganta tan constreñida que creo que no sería capaz de decir nada aunque lo intentara.

Juntos, caminamos en silencio hasta la habitación; los latidos de mi corazón suenan atronadores en mis oídos.

Cuando llegamos, Marcos me hace un gesto para que pase, pero se queda fuera.

Con el miedo fluyendo como algo líquido, espeso y desagradable a través de mis venas, me armo de valor y doy unos golpecitos en la puerta antes de entrar.

—Hola… ¿se puede?

—Pasa, hijo —responde Antonio, con la voz calmada. Eso es buena señal, ¿no?

Hay otra cama en la habitación, pero está vacía.

Tal vez se han llevado a su compañero a hacerle alguna prueba, o le han dado el alta.

Antonio está medio sentado en la cama, con mucho mejor aspecto de lo que esperaba.

Le han puesto lo que supongo que será una vía en el brazo, pero por lo demás, casi parece normal.

Tiene los ojos algo enrojecidos, y me pregunto si él también habrá estado llorando con Marcos.

—¿Cómo estás? —le pregunto con un hilo de voz.

—Bien, bien. Un poco aburrido, con ganas de salir.

Desvío la mirada antes de contestar; soy incapaz de mirarlo directamente a la cara.

—Siento… siento lo de ayer.

—De eso quería hablar contigo.

—Si quieres que lo dejemos, lo haremos —acierto a susurrar.

—¿Qué? No. Claro que no, Fran. Mírame, anda. —Hago lo que me pide, aunque me cuesta—. Ayer reaccioné mal. No me lo esperaba, y lo siento. Lo siento muchísimo. Tenéis que haber estado todos muy asustados.

—Un poco —admito—. Pero no lo sientas. La culpa es solo nuestra.

—Fran, escúchame. Vosotros no tenéis la culpa de nada, ¿vale? Es lo que te digo… no me lo esperaba. Ni siquiera sabía que Marcos… En fin, ya sabes. Supongo que fue demasiada información de golpe, pero no pasa nada. De verdad. Ya he hablado con él todo lo que tenía que hablar. No pasa nada.

Comprendo sus palabras, pero es como si no fuera capaz de asimilarlas. ¿«No pasa nada»? ¿Cómo que no pasa nada?

—No sé si te entiendo.

—Hasta hace un par de años, Marcos y Natalia eran lo mejor que me había pasado en la vida.

Haría cualquier cosa por ellos, cualquier cosa con tal de que sean felices.

Pero entonces llegó tu madre, y tú con ella, y vosotros también sois de lo mejor que me ha pasado jamás.

Sé que te ha costado cambiar de vida, pero también sé que te has esforzado, y no sabes cuánto te lo agradezco.

Asiento con la cabeza, sin saber muy bien qué decir.

—¿Entonces…?

—Mira, Fran, con todas las cosas que me contaba tu madre de ti, y conforme he ido conociéndote más, me hacía mucha ilusión la idea de poder llegar a considerarte mi hijo algún día.

Pero, ahora… estoy orgulloso de que también seas mi yerno.

—El corazón me da un vuelco, pero él continúa hablando—.

Si tú aceptaste mi relación con tu madre, ¿cómo no voy a aceptar yo la tuya con mi hijo?

¿Cómo no voy aceptarte cuando sé que le haces feliz?

Sin poder evitarlo, me abalanzo hacia él y lo abrazo con fuerza. Es la primera vez que lo hago, pero parece natural.

—Gracias —susurro—. Gracias, gracias, gracias.

Él me devuelve el abrazo y, con este gesto, es como si mi corazón volviera a sanar.

Entonces, suenan unos golpecitos en la puerta.

—¿Se puede? —dice la voz de mi madre, y nosotros nos separamos justo a tiempo de verla entrar, sonriente y seguida de Marcos y Natalia—. ¿Todo bien por aquí?

—Estupendamente —responde Antonio.

Los siguientes minutos están llenos de besos y abrazos. Mi madre me abraza y me da un beso al pasar y después hace lo mismo con su marido; Natalia abraza a su padre con fuerza y lo llena de besos, Marcos me abraza a mí y después vuelve a abrazar a Antonio.

—He hablado con la doctora —dice mi madre cuando termina la ronda de abrazos—. Te van a hacer unas pruebas más, pero deberían darte el alta a la hora de comer. Yo me quedaré aquí para llevarte.

—Estupendo. Vosotros dos marchaos a casa ya, anda —añade Antonio con una leve sonrisa, dirigiéndose a Marcos y a mí—. Tenéis que estar muy cansados después de haber pasado la noche aquí.

—Os doy dinero para un taxi —se ofrece mi madre—. Tenéis que descansar.

—Yo no pienso irme —replica Natalia, tozuda—. Acabo de llegar.

—Si quieres quédate tú conmigo, ¿te parece? —le propone mi madre, y ella asiente con la cabeza.

Marcos y yo nos miramos, indecisos.

—Marcos… Fran —nos llama Antonio, haciéndonos un gesto para que nos acerquemos a su cama.

Nos toma una mano a cada uno—. Marchaos a casa, en serio.

Necesitáis descansar un poco, que lleváis aquí desde ayer.

Y Fran… Hijo, tú no tenías por qué lidiar con todo esto, pero estás aquí de todos modos.

Gracias por estar aquí, y gracias por apoyar a Marcos.

—Es lo mínimo que podría hacer —susurro, y él sonríe.

—Aquí tampoco podéis hacer nada —repite—. Pero sé que necesitáis estar juntos, os merecéis estar juntos. Así que, de verdad, marchaos, que no pasa nada. En unas horas me darán el alta y volveremos a vernos. Pero hoy os habéis ganado descansar y estar solos un rato.

Por supuesto, no se me escapa el significado subyacente de sus palabras.

Aunque no lo esté diciendo directamente, lo que sí está diciendo de forma indirecta es que tenemos su permiso.

No solo acepta nuestra relación, sino que tenemos su permiso y su bendición para disfrutar de ella, para besarnos libremente o cualquier otra cosa que queramos hacer.

Lo nuestro ya no es algo que ocultar, y tampoco es un tabú del que no debamos hablar de ahora en adelante.

Y, ahora mismo, creo que nada podría hacerme más feliz.

En esta habitación se encuentran cuatro de las personas que más quiero; junto a Álex, Alejo, mi tía y mis primos, ellos son las personas que más me importan en este mundo.

Uno de ellos es Marcos, y sí, estoy profundamente enamorado de él.

Pero ahora, por primera vez, todos los demás saben de nuestra relación, todos la aceptan.

Y, aunque en casa tampoco vamos a poder hacer libremente todo lo que queramos, al menos mientras haya alguien más dentro, sí que se acabó lo de tener que ocultarnos para querernos.

Se acabó tener que besarnos a escondidas, se acabó estar buscando excusas para demostrarnos lo mucho que nos queremos.

Pasamos todo el trayecto en taxi en silencio, con nuestras manos unidas como único punto de contacto. Un cuarto de hora más tarde, ya estamos por fin en casa.

—¿Estás bien? —le pregunto cuando cierro la puerta detrás de nosotros, preocupado. Marcos asiente con la cabeza—. No has dicho nada desde que salimos del hospital.

—Lo siento —responde, y me doy cuenta de que su voz suena áspera—. Es que… No sé, demasiadas emociones en muy poco tiempo, supongo.

—Lo entiendo. ¿Prefieres que te deje solo? —Él se apresura a negar con la cabeza—. ¿Estás seguro? Si es lo que necesitas, a mí no me importa.

—No. Por favor, no. —Su voz suena lastimera y se le rompe en la última palabra, y me doy cuenta de que tiene los ojos húmedos. Me cuesta contener el impulso de abrazarlo, pero espero a que continúe—. No me dejes solo nunca. Por favor.

Unas lágrimas se deslizan por sus mejillas, y ahora sí que lo abrazo, incapaz de seguir conteniéndome.

Él me devuelve el abrazo con fuerza, como si no quisiera soltarme jamás, como si le diera miedo hacerlo.

Es como si yo fuera su ancla, del mismo modo que él es la mía.

Comienza a sollozar suavemente sobre mi hombro, y yo le abrazo y le acaricio el pelo mientras lo hace.

—Lo siento —susurra cuando nos separamos.

—No tienes que pedir perdón por llorar, Marcos. ¿Quieres que vayamos a tu cama? Así estamos más cómodos.

Marcos asiente con la cabeza y, caminando de la mano, vamos a su habitación. Nos quitamos la ropa de la calle hasta quedarnos en calzoncillos, y después nos metemos juntos en la cama y nos tapamos con la sábana y la manta. Entonces, vuelvo a abrazarlo contra mi pecho, y él rompe a llorar otra vez.

—Ya está —susurro—. Ya está.

—¿De verdad no lo he soñado? ¿De verdad está todo bien?

—Sí, Marcos. Está todo bien.

Por fin somos completamente libres para estar juntos. La felicidad y el alivio que nos invade se junta con el cansancio y, enseguida, Marcos se queda dormido contra mi pecho. Me pesan los párpados, y sé que no tardaré en seguirlo yo también.

Siempre lo seguiré a donde haga falta.

* * *

Tal como nos habían dicho, nuestra familia llega poco después de la hora de comer, aunque nosotros nos hemos olvidado de hacerlo. Marcos y yo seguimos dormidos en su habitación, los dos en calzoncillos, pero nos despertamos al oír la puerta

—¡Ya estamos en casa! —anuncia mi madre.

Los dos nos desperezamos y sonreímos mientras nos miramos, felices.

Se acabó el miedo, se acabó el tener que ocultarnos.

Cogemos nuestra ropa y nos vestimos antes de salir de la habitación, pero lo hacemos cn calma, sin la preocupación de que puedan pillarnos.

Todos saben lo que hay entre nosotros; ya no hay nada que esconder.

—¿Todo bien? —pregunta Marcos cuando salimos a saludar.

—Perfectamente —responde Antonio—. No ha sido más que un susto.

—Menos mal —añado yo.

Nos acercamos a él para abrazarlo, los dos a la vez. Todavía me siento un tanto nervioso al hacerlo, pero me alegra ver que su decisión no ha cambiado.

A lo largo de la tarde, Marcos y yo tenemos que seguir estudiando, pero volvemos a hacerlo juntos, con pausas esporádicas para besarnos cuando lo necesitamos.

Aunque somos discretos y tratamos de no hacer ruido, tal vez por costumbre o tal vez por vergüenza, es un alivio poder besarnos sin miedo a lo que pueda pasar si alguien nos descubre.

Anoche interrumpimos el plan de pizza y película con nuestra bomba y sus consecuencias, así que decidimos retomarlo cuando llega la hora de la cena.

Por alguna razón, Antonio ha empezado a llamarnos «parejita» cuando se dirige a nosotros y, aunque me muero de vergüenza cada vez que lo hace, también es cierto que me hace feliz que se lo haya tomado tan bien después del susto de anoche.

Es él quien elige la película; todos estamos de acuerdo en que se lo merece después de la estancia en el hospital.

El problema es que es una de acción y tiros que a mí no podría interesarme menos, pero no me quejo.

A pesar de la siesta por la mañana, Marcos y yo seguimos cansados después de haber pasado toda la noche en el hospital, y entre eso y que la película no nos está gustando demasiado, la modorra nos invade cuando nos terminamos nuestra pizza.

Ahora sin miedo a que puedan decirnos algo, apoyo la cabeza sobre el hombro de Marcos y dejo que me invada el sueño.

* * *

Una explosión en la pantalla me despierta cerca del final de la película y me apresuro a apartarme y mirar a mi alrededor, sobresaltado, hasta que recuerdo lo que ha pasado hoy y que ya no tenemos que ocultarnos.

Con una sonrisa, vuelvo a apoyar la cabeza sobre Marcos y trato de mantenerme despierto hasta que termina la película. Es difícil, pero lo consigo.

—Deberíamos irnos a dormir ya —dice mi madre cuando comienzan los créditos—. Han sido un par de días muy intensos.

Estamos todos de acuerdo, así que nos ponemos en pie y comenzamos a recoger las cosas de la cena.

—Por cierto, parejita —añade Antonio, mirándonos con una sonrisa. Intercambia una mirada con mi madre antes de continuar—. Hemos estado hablando antes de la cena. Si queréis dormir en la habitación de Marcos, por nuestra parte no hay ningún problema.

Enrojezco ligeramente.

—¿En serio? —pregunta Marcos, claramente incrédulo.

—En serio —confirma él—. Total, si seguro que ya habréis estado durmiendo juntos en Canarias y en la montaña.

No hace falta que lo confirmemos; supongo que el intenso rubor de nuestras mejillas ya lo dice todo.

—Sabemos que no podemos impediros que hagáis nada que queráis hacer —añade mi madre—. Eso sí, dentro de unos límites. Vivimos en familia y eso hay que respetarlo, ¿vale? Así que nada de ruidos.

—Vale —respondemos al unísono. Siento la cara prácticamente incandescente.

Tras darnos las buenas noches los unos a los otros, Marcos y yo nos turnamos para ir al baño y después nos vamos a su habitación, por primera vez, sin tener que hacerlo a escondidas.

—Joder —susurra cuando entro y cierro la puerta detrás de mí—. No me lo creo.

—Yo tampoco —admito—. Si básicamente nos han dado permiso para follar en casa.

Él se ríe.

—Bueno, me parece que eso entra dentro de la categoría de cosas ruidosas. —Me coge de la mano y tira de mí hasta que caigo sobre él en la cama—. Pero sí que podemos hacer otras cositas.

Le doy un largo beso en los labios antes de contestar.

—Se me ocurren unas cuantas.