El chico de la habitación vacía (El chico de al lado 2) 73.
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Lo que ocurre a continuación es un borrón confuso de sucesos que se entremezclan.

Mi madre pide una ambulancia, da nuestra dirección y responde unas cuantas preguntas, además de formular algunas.

Natalia regresa con una revista y comienza a abanicar a su padre, con los ojos húmedos y hablándole con voz lastimera.

Marcos está paralizado, con las lágrimas corriendo por la cara sin dejar de susurrar palabras que no alcanzo a comprender.

Sin saber qué otra cosa hacer, lo abrazo con fuerza y dejo que llore contra mi pecho, sintiendo los latidos frenéticos de su corazón contra mi cuerpo y mi propio torrente sanguíneo como un río rugiendo en mis oídos.

Me odio. Me odio, me odio, me odio. Todo esto es culpa mía. Mi madre va a perder a su marido. Marcos y Natalia van a perder a su padre. Y todo por mi culpa.

Todo esto ha pasado porque no he sido capaz de controlar mis putas hormonas, y ahora sé que jamás podré perdonármelo.

No sé cuánto tarda en llegar la ambulancia, pero al menos Antonio sigue estando consciente.

Eso debería ser bueno, ¿verdad? No se ha muerto.

Y, si no se ha muerto, no debería ser grave, ¿no?

Apenas soy consciente del trabajo de los paramédicos; solo puedo mirar a mi madre, que responde algunas preguntas y observa la escena con una mano cerrada junto al pecho y la otra sobre la cabeza de Natalia, que ahora está abrazada a su torso.

Al fin, una de los paramédicos pronuncia tres palabras que provocan una oleada de alivio casi tangible entre nosotros.

—No parece grave.

A continuación, suben a Antonio a una camilla para llevárselo al hospital.

—Yo quiero ir —dice Natalia entre lágrimas.

—Solo puede ir una persona —advierte el otro paramédico, mirando a mi madre.

—Cariño, debería acompañarle yo, ¿vale?

—Pero es que yo quiero ir con él…

Marcos todavía parece demasiado aturdido como para decir nada, así que decido hacerme cargo de la situación.

—Natalia, es mejor que vaya con él un adulto. Marcos y yo te llevamos en un Uber o algo, ¿vale?

Aunque sigue llorando, asiente con la cabeza.

Mientras mi madre se marcha con los paramédicos, yo me apresuro a sacar el móvil para pedir un coche. Es viernes por la noche, así que hay mucha demanda y es caro, pero no me importa. Al fin y al cabo, si están llevándose a Antonio al hospital es precisamente por mi culpa.

—El Uber llegará dentro de once minutos —les informo—. Vamos a cambiarnos y a coger lo que necesitemos, ¿vale? No tardéis.

—Vale —responde Natalia, y sale disparada a su habitación.

Marcos, sin embargo, se queda donde está.

—Venga, tenemos que irnos —le digo con suavidad, acariciándole un brazo.

Él asiente con la cabeza, pero entonces rompe a llorar otra vez. Lo abrazo con fuerza, sin saber muy bien qué decir ni qué otra cosa hacer.

—¿Por qué tiene que pasar esto? —dice con la voz amortiguada contra mi pecho, totalmente desconsolado—. ¿Por qué ha tenido que pasar esto solo por querernos?

Me quedo en silencio. No tengo ninguna respuesta que pueda darle, más allá de lo evidente: que todo es culpa mía, que soy yo quien le ha jodido la vida a todo el mundo.

Los once minutos se convierten en quince, y los diecisiete minutos de trayecto hasta el hospital, en veintitrés.

Cada uno de ellos está lleno de agonía e incertidumbre, con los tres cogidos de las manos mientras tratamos de transmitirnos apoyo de la única forma que sabemos.

Le mando varios mensajes a mi madre con disimulo, pero no contesta a ninguno de ellos.

Estoy tan nervioso que es muy posible que vaya a vomitar de un momento a otro.

¿Qué va a hacer mi madre si ocurre lo peor?

¿Qué van a hacer Marcos y Natalia? ¿Qué voy a hacer yo?

Aunque no sea mi padre, en este tiempo yo también he empezado a quererle.

Pero lo peor de todo es la culpa. Una culpa agria e intensa, como un veneno en la tripa que se extiende como tentáculos por el resto de mi cuerpo.

No dejo de darle vueltas a lo mismo, una y otra vez: todo esto es culpa mía.

Culpa de mi imprudencia, de mi estupidez, de mis putas hormonas que parece que no soy capaz de controlar.

Si hubiera sabido controlarme, si no me hubiera dejado llevar como lo hice, nada de esto habría pasado.

Pero ya es demasiado tarde para arrepentirme.

Hasta hace solo un rato, pensaba que jamás podría arrepentirme de nada de lo que ha pasado con Marcos; que todos los pasos del camino me han llevado a estar con él, a la felicidad de que estemos juntos.

Pero ahora sí que me arrepiento, porque gracias a lo que hay entre nosotros he mandado a su padre al hospital.

Sí, puede que los paramédicos hayan dicho que no parecía grave, pero…

¿y si se equivocaban? ¿Y si ha ocurrido lo inimaginable, y por eso mi madre no contesta?

Si ha pasado eso, o si llega a pasar, habré destrozado a la familia.

Después de un matrimonio de mierda, habré dejado sin marido a mi madre, sin la segunda oportunidad de tener una familia feliz.

Pero lo peor es que habré destrozado completamente a Marcos y Natalia.

Después de que perdieran a su madre, ahora van a perder también a su padre, y eso antes de que ella se acerque siquiera a la mayoría de edad.

¿En qué me convierte a mí eso? ¿Cómo van a poder mirarme a la cara después de esto?

¿Cómo van a perdonármelo siquiera, cómo voy a perdonarme yo a mí mismo?

Son demasiadas preguntas para las que no tengo respuesta, así que dejo que los minutos transcurran con agónica lentitud mientras esa culpa venenosa amenaza con devorarme completamente por dentro.

Los mensajes llegan por el grupo familiar cuando ya estamos a punto de llegar al hospital.

Mamá

Los médicos han descartado el infarto

Parece que podría haber sido solo un ataque de ansiedad

Comienzo a escribir para preguntar cómo se encuentra Antonio, pero entonces llega un tercer mensaje.

Está fuera de peligro

Soltamos un suspiro de alivio generalizado.

Natalia rompe a llorar y se abraza a Marcos, que le devuelve el abrazo con fuerza.

Mis ojos se cruzan con los del conductor a través del retrovisor, pero aparto la mirada; no me veo con ganas de explicarle nada a un desconocido.

Me inclino hacia Marcos y los rodeo como puedo con los brazos, tratando de transmitirles mi apoyo.

Dos minutos después, nos detenemos frente a la entrada de Urgencias del hospital.

El conductor nos desea suerte mientras salimos, y yo le doy las gracias antes de cerrar la puerta detrás de mí.

De nuevo, los siguientes minutos transcurren de forma confusa.

Mi madre nos escribe para decirnos dónde está, aunque nos cuesta un poco localizarla.

Cuando al fin nos encontramos y nos abrazamos todos, nos explica que al parecer Antonio ha sufrido un ataque de ansiedad, bastante fuerte, pero no el infarto que todos temíamos.

No debería ser grave, y lo más probable es que no tenga secuelas, pero como ya tiene cierta edad y el corazón delicado, han preferido dejarlo esta noche en observación, solo por si acaso.

—Siento que hayáis venido hasta aquí para nada —añade—. Deberíamos volver a casa. Mañana podemos venir a verle desde que nos levantemos.

—¿No podemos quedarnos? —pregunta Natalia, que parece estar al borde de las lágrimas otra vez.

—No, cariño. Está en una habitación compartida, no podemos estar allí con él. Y no tenemos ningún sitio donde dormir. Mañana venimos temprano, te lo prometo.

—Yo me quedo aquí —dice Marcos, decidido.

—Cariño… Aquí no tienes nada que hacer. Ya está fuera de peligro, de verdad.

—Me da igual —replica él, tajante—. Todo esto es culpa mía.

—Y mía —añado—. Así que yo también te quedo.

Mi madre suelta un suspiro.

—Fran… Marcos… nada de esto es culpa vuestra. Vosotros solo os habéis guiado por vuestros sentimientos, exactamente igual que hemos hecho él y yo, así que tiene que comprenderlo por mucho que le cueste. No habéis hecho nada malo.

—Me da igual —insiste Marcos—. Yo me quedo.

—Si ellos se quedan, yo también —añade Natalia.

—Ellos son mayores de edad y no puedo obligarlos —replica mi madre, ahora seria, aunque supongo que en realidad sí que podría hacerlo—.

Pero seguro que a tu padre le daría otro ataque de ansiedad si se enterara de que te has pasado toda la noche durmiendo en una silla, así que tú te vienes conmigo, señorita.

Natalia frunce el ceño, pero asiente con la cabeza.

—Vale.

—Deberíamos ir a la cafetería a cenar algo —añade mi madre—. Ya es tarde.

A falta de nada mejor que hacer, desfilamos todos hacia allí, donde nos comemos sin demasiadas ganas unos sándwiches de jamón y queso y unos zumos.

Nos quedamos en la cafetería alrededor de una hora, prácticamente sin hablar, hasta que Natalia comienza a quedarse dormida encima de la mesa y mi madre decide que es hora de marcharse.

—Supongo que no voy a convenceros —nos dice a Marcos y a mí.

—No —respondemos los dos al mismo tiempo.

—Vale. Y lo entiendo, así que no voy a insistir más. Pero intentad dormir al menos, ¿vale?

Después de prometerle que sí y de que nos dé algo de dinero por si nos entra más hambre, se marcha con Natalia mientras nosotros vamos a la sala de espera. Una vez allí, nos sentamos en dos sillas contiguas, nos cogemos de la mano en silencio y, simplemente, esperamos.

El tiempo transcurre imposiblemente despacio mientras esperamos.

Apenas hablamos. A veces dormito sobre el hombro de Marcos y, otras, es él quien se queda dormido durante unos minutos.

En ocasiones estamos los dos despiertos y, en otras, supongo que estamos los dos dormidos.

Vamos un par de veces al baño, siempre por turnos, para que haya alguien esperando si ocurriera algo.

De vez en cuando nos comunicamos con mi madre y Natalia por el grupo familiar, pero Antonio se ha dejado el móvil en casa y no tenemos forma de contactar con él.

Poco a poco, la sala de espera va vaciándose, y cuando nuestra hilera de asientos se queda vacía, los dos nos tumbamos sobre las sillas con las cabezas casi pegadas, utilizando nuestros abrigos a modo de almohada, y los pies señalando en direcciones opuestas.

Es incómodo, pero al menos es mejor que tratar de dormir sentados.

Un enfermero nos trae un par de mantas, y creo que logramos dormir tres o cuatro horas seguidas antes de que la actividad del hospital comience a aumentar una vez más.

Para entonces los dos estamos muertos de hambre, así que nos turnamos de nuevo para ir al baño y desayunar algo rápido de la máquina expendedora que hay en la sala de espera.

Llevamos una media hora juntos de nuevo cuando una enfermera se acerca a nosotros.

—¿Marcos? —lo llama, y él prácticamente da un respingo.

—Sí. ¿Está bien mi padre?

—Está bien, tranquilo —dice ella con una sonrisa—. Ha pasado buena noche, se ha despertado hace un rato y ha desayunado. Otro de los enfermeros le ha comentado que estás aquí y ha dicho que le gustaría verte, ¿quieres ir?

—Sí. Claro. ¿Dónde es?

—Te acompaño si te parece.

—Gracias. ¿Fran…?

—Yo me quedo aquí —le digo—. Así aviso a mi madre de que va todo bien.

Aunque, en realidad, lo cierto es que me da la impresión de que Marcos y su padre deberían tener este momento para hablar los dos solos, sin tenerme a mí en medio.

Escribo por el grupo para transmitirles las palabras de la enfermera, y enseguida mi madre contesta que están desayunando algo rápido y que vendrán en breve.

A continuación, escribo a Álex y Alejo para ponerles al corriente de todo.

Después, me esfuerzo por distraerme entre Instagram y TikTok mientras la ansiedad me come por dentro al pensar en lo que pueden estar hablando Marcos y su padre.

No sé cuánto tiempo transcurre hasta que Marcos regresa al fin, con los ojos llorosos.

—¿Estás bien? —le pregunto, invadido por los nervios. Él asiente con la cabeza—. ¿Y tu padre?

—Sí. Pero quiere hablar contigo.

Trago saliva y asiento con la cabeza, temiéndome lo peor.