72.
La semana transcurre con calma; después de que las cosas hayan salido tan bien con Alejo, una tranquilidad agradable ha invadido mi corazón.
Las mañanas lejos de Marcos me resultan más llevaderas de lo habitual.
Por las tardes nos cortamos menos a la hora de estar juntos; aunque los dos tenemos que estudiar, solemos hacerlo en la misma habitación para poder besarnos de vez en cuando o darnos mimos cuando nos agobiamos.
Por las noches podemos explorar nuestros cuerpos y dormir juntos, y el jueves, volvemos a tener una hora entera para nosotros solos antes de que lleguen los demás a casa, una hora en la que por fin puedo sentirlo dentro de mí otra vez.
Me estoy acostumbrando tanto a esta nueva cotidianeidad entre nosotros que casi se me olvida que todavía nos espera la prueba más difícil de todas… hablar con su padre.
Durante estos días, hemos tomado una decisión: vamos a hacerlo este fin de semana. Entre semana preferimos centrarnos en estudiar, y los dos tenemos demasiadas cosas en la cabeza como para pensar en nada más. Pero, por desgracia, el viernes llega demasiado rápido.
Hemos hablado con mi madre y Natalia para pedirles que estén las dos presentes, a modo de apoyo moral. Si Antonio se lo toma mal, es posible que ellas puedan ayudarnos a suavizar un poco la situación. A las dos les parece bien el plan, y me alegra ver que al menos podemos contar con ellas.
Por sugerencia de mi madre, escogemos la noche del viernes, antes de la cena.
A Antonio le encantan esas noches en familia, así que lo más probable es que lo pillemos de buen humor.
Marcos y yo todavía estamos juntos en su habitación después de habernos pasado toda la tarde estudiando, aunque ya hace una hora que ninguno de los dos es capaz de concentrarse en nada, cuando Natalia nos manda un mensaje para avisarnos de que ya están pensando en pedir las pizzas.
Teniendo en cuenta la posibilidad más que probable de que la conversación se alargue, lo más prudente es que vayamos a hablar con él antes de pedir nada.
—Tendríamos que ir ya —le digo—. Cuanto antes nos lo quitemos de encima, mejor.
—Joder. No puedo hacerlo.
—Mira, Marcos. Intenta pensar en positivo, ¿vale?
Por lo que lo he podido conocer en todo este tiempo, hay tres personas que tu padre adora por encima de todo.
Dos de ellas son mi madre y Natalia, y la otra eres tú.
Si esto te hace feliz, no va a oponerse.
Y, si son precisamente ellas dos quienes nos apoyan, menos todavía. Todo va a salir bien. Ya lo verás.
Él traga saliva antes de responder.
—Tengo miedo —susurra, y una lágrima se desliza por su mejilla.
—Lo sé, mi amor. —Le doy un beso en los labios—. Pero yo estoy contigo, ¿vale?
—Vale.
—¿Vamos?
Marcos suelta un suspiro.
—Vamos.
Entrelazo los dedos con los suyos y, juntos, recorremos el pasillo en dirección al salón. Cuando llegamos a la puerta, le doy un apretón y después le suelto la mano; creo que será mejor así.
—¡Aquí están los empollones! —dice Antonio al vernos, muy sonriente—. Justo estábamos hablando de pedir las pizzas.
Marcos traga saliva de forma audible a mi lado.
—¿Te importa si hablamos un momento primero?
La sonrisa de su padre se atenúa un poco.
—Claro. ¿Pasa algo?
—No, tranquilo. No es nada grave. ¿No sentamos?
Normalmente es mi madre quien se sienta en el centro del sofá que suelen ocupar los tres, con Antonio a su izquierda y Natalia a su derecha.
Sin embargo, hoy ellas dos se sitúan estratégicamente a ambos lados del sofá, dejándolo a él en el centro.
Así, podrán ayudar a tranquilizarlo si fuera necesario.
Por nuestra parte, Marcos y yo ocupamos nuestro sofá habitual, aunque lo hemos girado ligeramente para poder mirar a su padre.
—Me estás preocupando, hijo.
—No es nada grave —insiste Marcos—. De verdad.
—Bueno… pues tú dirás.
Odio no poder darle la mano para transmitirle mi apoyo, pero por el momento voy a tener que conformarme con darle mi cercanía. Lo miro y veo su nuez moviéndose cuando traga saliva otra vez. Cierra los ojos y respira hondo y, entonces, comienza a hablar.
—A ver… Sabes que Natalia y tú sois lo más importante de mi vida. —Su voz suena temblorosa, pero continúa hablando—. Hemos sufrido muchas cosas juntos, pero siempre hemos conseguido salir adelante. Os quiero muchísimo y haría lo que fuera por vosotros.
Antonio parece sorprendido; está claro que no se imaginaba que iba a decir algo así.
—Y yo por ti, campeón. ¿A qué viene esto?
Marcos respira hondo de nuevo.
—Vosotros sois mi familia, mi pilar, las personas que más quiero en este mundo. Pero ahora la familia ha crecido, hemos dejado de ser tres para ser cinco. Y las cosas han cambiado. Ya no sois solo vosotros dos las personas que más quiero.
Ahora su padre está visiblemente emocionado, con los ojos húmedos de una forma que no había visto antes en él.
—Qué feliz me hace oír eso, hijo. No sabes cuánto.
—Lo que estoy intentando decir es que los quiero mucho.
Muchísimo —continúa Marcos; me doy cuenta de que se está enredando un poco con las palabras, pero ya he aprendido que es su forma de expresar sus sentimientos—.
Después de lo de mamá, pensé que no podría querer a nadie como la quería a ella, pero entonces llegó Belén.
Y, a ver, puede que no sea lo mismo, pero la quiero mucho.
Y me hace muy feliz que os hayáis casado, que hayáis decidido unir nuestras familias.
—Gracias, corazón —dice mi madre, también emocionada. Está claro que ella tampoco se esperaba esto.
—¿Es que te has propuesto hacernos llorar a todos esta noche o qué? —pregunta Antonio, arrancándonos una risita nerviosa.
—Y después está Fran —continúa Marcos—. Cuando empezamos a conocernos, yo no me imaginaba que las cosas iban a llegar hasta este punto, pero así ha sido.
Jamás me habría imaginado que llegaría a ser tan importante para mí.
Jamás me habría imaginado que llegaría a quererle tanto.
Pero así ha sido. Quiero mucho a Fran, papá. Muchísimo.
Ahora soy yo el que se ha emocionado y tiene los ojos húmedos. Si la situación no fuera la que es, me lanzaría a sus brazos solo por lo que acaba de decir.
Sin embargo, no puedo dejar de observar fijamente a Antonio, temeroso de su reacción. Permanece completamente serio unos instantes, pero entonces sonríe.
—Sí, ya me he dado cuenta.
El corazón me da un vuelco.
No puede ser. ¿En serio? ¿Es que él también lo sabía?
Marcos frunce el ceño, confuso.
—¿Qué?
—Pues que sois prácticamente mejores amigos, ¿no? —dice su padre. Mi gozo en un pozo—. Mi sueño era que os llevarais bien, que aprendierais a ser buenos hermanos, pero al final os habéis hecho amigos inseparables. Y eso me hace muy feliz, no sabes cuánto.
—Papá…
—Espera —lo interrumpe él—. No te creas que tú eres el único que sabe decir cosas bonitas. —Entonces, me mira directamente a mí—. Fran, tu madre me ha devuelto la alegría, la ilusión, las ganas de vivir. No sé si lo sabes, pero es así.
—Lo sé.
—Pero tú también eres parte de esa felicidad —me asegura—. Puede que no se me dé bien expresarlo, que a veces me cueste demostrar mis sentimientos, pero quiero que lo sepas. Fran, tú ya eres un hijo para mí.
Me quedo paralizado, sin saber muy bien qué responder. Esto está saliendo mal, terriblemente mal, y no de la forma que imaginaba. En cierto sentido, es casi peor.
—Gra-gracias —acierto a decir.
—Y que os hayáis convertido en tan buenos hermanos es de las mejores cosas que me han pasado en la vida.
—Papá… A ver, es que yo no estoy hablando de eso —insiste Marcos. Entonces me toma la mano, y supongo que ya no hay vuelta atrás. Se la aprieto con fuerza para transmitirle mi apoyo mientras continúa hablando—. Fran y yo estamos juntos.
Antonio pestañea un par de veces, confuso. Su mirada se clava en nuestras manos unidas, como si no fuera capaz de comprender lo que significa el gesto, lo que significan las palabras de su hijo.
—¿Cómo juntos?
—Fran y yo no somos hermanos. No somos amigos. Bueno, sí, supongo que sí que lo somos, pero es mucho más que eso. Estamos juntos. Somos… —Respira hondo, y entonces lo suelta al fin—. Somos pareja. Somos novios.
La sonrisa ha desaparecido por completo del rostro de su padre. Mala señal.
—Estáis de broma, ¿no?
—No —respondemos al unísono, y es como ver algo cortocircuitando dentro de su mente. Casi puedo percibir el olorcillo a humo.
—Pero tú… Pero a ti… Pero tú no eres…
—Soy… Soy bisexual —explica Marcos, y traga saliva de forma audible antes de continuar—. Siento no habértelo contado antes, pero ni yo mismo me había dado cuenta del todo. Lo he comprendido gracias a Fran.
Su padre no deja de negar con la cabeza, una y otra vez.
—No. No puede ser.
—Es la verdad. Estamos enamorados, papá. Queremos estar juntos.
Antonio está empezando a aturullarse, respirando como si le faltara el aire. Mala señal. Muy mala señal.
—Pero no… no puede ser. Es imposible. Eso es incesto, ¡incesto! No puede ser.
—Papá… Por favor —suplica Marcos—. Fran y yo no somos hermanos, tú lo sabes. Esto no es incesto, no es nada malo. Tan solo estamos enamorados.
—Antonio, cariño —interviene mi madre, acariciándole el brazo para tratar de calmarlo—. Los chicos tienen razón. No pasa nada.
Pero es como si él no fuera capaz de aceptarlo, como si no fuera capaz de comprenderlo siquiera. Su respiración suena cada vez más entrecortada. Esto está siendo peor de lo que pensaba, mucho peor.
—No puede ser… no puede ser. Tiene que… Tiene que ser una… una broma.
—No es ninguna broma, papá —insiste Marcos, con los ojos llenos de lágrimas—. Es la verdad. Fran y yo nos queremos. No tiene nada de malo.
—No puede… ser… No puedo… no puedo… respirar.
La expresión de mi madre cambia de inmediato; si antes trataba de parecer tranquilizadora, ahora está claramente preocupada.
—¿Antonio? ¿Qué te pasa?
Él hace unos gestos confusos con la mano, y entonces se la lleva al pecho, tratando de hablar.
—No puedo… respirar. El… el co… corazón.
La cara de mi madre se llena de preocupación.
—Natalia. Un abanico o algo para abanicar, rápido.
Ella sale corriendo en busca de algo que podamos utilizar, con el rostro compungido. Sin decir nada más, mi madre toma el móvil de la mesita que hay delante del sofá y marca un número con rapidez.
—¿Papá? —pregunta Marcos mientras se acerca a él, con la cara descompuesta—. Papá, ¿qué te pasa?
Pero, a juzgar por la mano que tiene sobre el corazón, yo creo que está claro lo que pasa: un infarto.
Le hemos provocado un puto infarto.