71.
Conocer a Darío, Óscar y los demás y ver la obra que claramente estaba basada en sus propias vidas me ha dado unas fuerzas que no sabía que tenía.
Me da igual que tengamos obstáculos en nuestro camino, porque sé que podemos superarlos todos.
Empezando por Alejo. Cuando llegamos a casa después del teatro, decido mandarle un mensaje.
Eyyy cómo estas??
Apenas tarda unos segundos en responder.
Genial y tu??
Que tal la obra?
Ufff una pasada!!
Nos ha encantado
Me alegro mucho
Es majo Dario?
Ni te lo imaginas!
Nos ha caído genial
Que guay!
Algun dia escuchare sus discos, te lo prometo jajaja
Jajajajaja
A ver si es verdad
La conversación está siendo distendida, así que es el mejor momento para lanzarle la bomba. Sé que es ahora o nunca.
Por cierto, te quería decir una cosa
Te apetece quedar con Marcos algún día?
Tiene muchas ganas de conocerte mejor
Puedo imaginarme su reacción, la sonrisa desapareciendo de su rostro al instante. Y supongo que no es para menos. En la pantalla aparece la indicación de que está escribiendo y borrando el mensaje varias veces hasta que, al fin, aparece una única palabra.
Claro.
Suelto un suspiro. No ha sido demasiado entusiasta que digamos, pero tampoco es que pudiera esperar algo así. Y al menos no se ha negado, así que supongo que la cosa ha salido bien dentro de lo que cabe.
Gracias :)
De nada.
De nuevo, puedo ver en la pantalla que escribe y borra su mensaje un par de veces.
Yo también tengo ganas de conocerlo mejor.
El corazón me da un vuelco.
En serio?
Claro
Es tu novio no?
Si es importante para ti, también lo es para mí
Joder
Gracias
De nada
Mucho más aliviado, hablo con Marcos para cuadrar un momento que nos venga bien a los tres.
Finalmente, optamos por el lunes, cosa que me alegra: ahora que Alejo se muestra tan abierto a la idea, prefiero no seguir retrasándolo más tiempo.
Cuando se lo cuento a Álex, ella se ofrece a venir con nosotros, y yo acepto sin dudar.
Se lo agradezco por varios motivos; por un lado, para sentirme apoyado, para tener a una aliada en la mesa con nosotros.
Y, por otro, porque estar con Álex siempre suaviza mucho a Alejo; es mucho más probable que esté más tranquilo si se encuentra ella presente.
Además, tampoco podemos olvidar que Marcos logró ganársela con creces el día que se conocieron.
Si mi mejor amigo ve lo bien que se llevan, tal vez acepte más fácilmente que no es la misma persona que creíamos conocer en el instituto.
* * *
El tiempo transcurre con rapidez y, cuando quiero darme cuenta, Álex y yo ya estamos saliendo de clase el lunes. Marcos ya me ha avisado de que nos está esperando en la entrada de la facultad, al igual que el otro día, mientras que Alejo irá directamente al restaurante chino.
—¿Estás nervioso? —me pregunta mi amiga mientras bajamos las escaleras.
—Joder. Ni te lo imaginas.
—Es normal. Pero no te preocupes, porque se van a llevar genial.
—Si tú lo dices…
—Te lo digo —insiste—. Marcos es un encanto, ya viste lo bien que congeniamos el otro día.
—Ya, pero es que tú no estabas tan predispuesta a odiarlo como Alejo —le recuerdo, haciendo una mueca—. Tú no le tenías manía desde el instituto.
—Es cierto —admite—. Pero también es cierto que Alejo te adora, tan solo quiere lo mejor para ti. Y es evidente que lo mejor para ti es Marcos, no hay más que veros juntos.
—Para ya, que me vas a poner rojo.
Ella suelta una risita.
—Es la verdad, si es que sois monísimos juntos. Y lo más importante es que se nota que Marcos te quiere muchísimo, y Alejo se dará cuenta. Ya lo verás.
—Espero que tengas razón.
—Siempre tengo razón. Ya lo sabes.
Entre risas, salimos de la facultad, donde el resplandor de un sol inusualmente brillante para estar en enero me ciega por un momento.
Me llevo una mano a los ojos mientras pestañeo un par de veces y, cuando logro enfocar la mirada de nuevo, distingo a Marcos en el pie de los escalones, mirándome con una sonrisa.
Bajo hasta él y me lanzo a sus brazos sin dudarlo, sin preocuparme siquiera de que estemos rodeados de gente.
Como suele ocurrir siempre que estoy con él, en este momento solo existimos Marcos y yo.
—Ey —susurra contra mis labios.
—Ey —respondo, y le doy un beso.
Un beso que tal vez se alarga un pelín más de la cuenta, como si lleváramos semanas sin verlos y no solo unas horas, desde que nos despedimos por la mañana.
—Oye, que estoy aquí —dice Álex a mis espaldas, y nos separamos entre risas.
—Perdón —se disculpa Marcos, pero esa sonrisa picarona no abandona su rostro. Como si fueran amigos de toda la vida, se acerca a ella para darle un abrazo—. ¿Cómo estás?
—No me quejo. ¿Y tú?
—Si te lo digo, seguro que te ríes en mi cara.
Frunzo un poco el ceño, sin saber a qué se refiere.
—Sí, hombre; ahora me lo dices —lo presiona Álex.
Marcos me echa un vistazo y me rodea el torso con el brazo para acercarme a él antes de contestar.
—Ahora que vuelvo a estar con Fran, de maravilla.
Enrojezco ligeramente mientras me da un beso en la frente, pero mentiría si dijera que no me encanta que haga esa clase de cosas. Veo por el rabillo del ojo que Álex pone los ojos en blanco, pero la conozco demasiado bien como para dejarme engañar.
—Si no fuerais tan monos, creo que me daríais arcadas.
Nos echamos los tres a reír y comenzamos a caminar en dirección al restaurante chino donde siempre vamos con Alejo.
Cuando llegamos, él ya está esperando en la puerta, distraído con el móvil.
Levanta la mirada mientras nos acercamos, pero en lugar de mostrarnos su sonrisa habitual, permanece serio.
Trago saliva. Puede que el otro día estuviera dispuesto a este encuentro, pero eso no significa que vaya a ser fácil.
Y sí, Álex tenía razón al decir que quiere lo mejor para mí.
Pero, al igual que siempre he pensado que el padre de Marcos era una especie de jefe final, Alejo también es uno de los tochos. Y ahora nos toca enfrentarnos a él.
—Hola —saludo con timidez, sin saber muy bien cómo romper el hielo.
—Hola —responde, pero no hace ademán de acercarse.
Por suerte, contamos con el arma secreta de Álex, que se acerca a él con naturalidad para darle un fuerte abrazo. Cuando se separan, mi amigo ya parece un poco más animado, así que decido que es el mejor momento para hacer las presentaciones oficiales.
—Bueno…. pues este es Marcos —digo mientras lo señalo, como si no se conocieran ya.
—Sí —responde Alejo—. Lo sé.
Al menos, no hay hostilidad en su voz y en su mirada. Si acaso, tal vez hay recelo, y supongo que no puedo culparlo. Se dan la mano, y por suerte no tengo la impresión de que mi amigo esté tratando de machacarle los dedos o algo por el estilo.
—Encantado —dice Marcos, sonriente—. Tenía muchas ganas de conocerte.
Estoy observando a Alejo con tanta atención que no se me escapa el hecho de que sus labios se curvan apenas un milímetro, cosa que decido interpretar como una buena señal.
—Yo también —responde para mi sorpresa, y sus labios se curvan un poco más.
Todavía hay esperanza.
—¿Entramos, chicos? —sugiere Álex—. Me muero de hambre.
Al principio, la cosa es un poco incómoda.
Álex y yo tratamos de sacar conversación, pero sin demasiado éxito; no parece que Marcos y Alejo tengan nada en común.
Los dos contestan con naturalidad a las preguntas que les hacemos, pero apenas hablan entre ellos.
Marcos le pregunta algo de vez en cuando, pero Alejo se limita a responder con monosílabos.
No es que esté siendo un desastre, pero la situación no podría estar más alejada de lo bien que fue todo con Álex el otro día.
La cosa sigue así hasta que llega la comida y vemos que Marcos examina sus palillos con curiosidad.
—¿No hay cubiertos normales? —pregunta con voz inocente.
Álex y yo lo miramos de golpe, indignados. Para nosotros, la comida china es sagrada. Y siempre hay que comerla con palillos. No sé por qué, pero con cubiertos ni siquiera sabe igual. Está científicamente demostrado.
—¿No sabes comer con palillos? —le pregunta ella.
—Pues no. Pensaba que se podían pedir cubiertos.
—A ver, por poder, sí que se puede —dice Álex—. Pero podemos enseñarte, es fácil.
—Estamos en un restaurante chino —le recuerdo—. Estaría un poco feo.
—Pues sí —coincide ella.
Marcos suelta un suspiro.
—Así es como muere la libertad… con un estruendoso aplauso.
Me quedo confuso ante sus palabras, pero Alejo levanta una ceja con curiosidad.
—¿El Episodio III? —le pregunta, y Marcos asiente con la cabeza.
— La venganza de los Sith . La mejor de las precuelas.
—¿Te gusta Star Wars ?
—Me flipa Star Wars —responde Marcos, sonriente.
—A mí también.
—Oh, no —rezonga Álex, con una expresión de auténtico terror—. Has juntado a dos frikis. Ahora ya no van a hablar de otra cosa en toda la comida.
Y eso es precisamente lo que ocurre. Como ni ella ni yo tenemos la menor idea sobre la saga, por mucho que Alejo se haya pasado años tratando de meternos en la secta, nosotros nos ponemos a hablar de nuestras cosas mientras ellos dos comienzan a hablar de películas, series, algo sobre Andorra, y también de mandalorianos y grogus, sea lo que sea eso, aunque a mí me suena un poco a nombres de ITS.
Es como si fueran amigos de toda la vida, como si lo que ocurrió en el instituto no hubiera pasado, como si el rencor que sentía mi amigo hacia él jamás hubiera existido.
Y, aunque no tengo ni idea de lo que están hablando, tengo que reconocer que me hace feliz verlos tan animados.
Es Alejo quien le enseña a utilizar los palillos, entre risas y bromas, con un colegueo que jamás habría imaginado entre ellos. A Marcos no se le da mal del todo, pero se nota su falta de experiencia y todavía le queda comida en el plato cuando los demás terminamos.
—Voy al baño —anuncio mientras él se acaba su comida.
—Voy contigo —se suma Álex, y nos ponemos en pie al mismo tiempo.
—Ha ido bien, ¿verdad? —le pregunto con una sonrisa mientras nos alejamos.
—Joder, ya te digo. Bendito sea Joss Lucas o como se llame.
Me echo a reír para disimular, aunque no sé de quién está hablando.
—Espero que no me secuestre al novio cuando se estrene el episodio catorce o lo que sea que toque ahora.
—Yo no me haría muchas ilusiones. Pero, oye, mejor eso a que se odien, ¿no?
—Pues sí.
Entonces, nos separamos para entrar cada uno en nuestro baño.
Veo que hay tres urinarios en la pared, y un hombre acaba de ocupar el de la izquierda.
En cualquier otra situación, me habría metido directamente en uno de los cubículos, todos ellos vacíos, pero hoy no lo hago.
En lugar de eso, trato de relajarme mientras ocupo el de la derecha.
Por suerte, todo marcha sin contratiempos. Está claro que voy mejorando.
Salgo del baño antes que Álex, así que aprovecho para mirar en dirección a Marcos y Alejo.
Siguen hablando, aunque ahora parecen mucho más serios que antes.
Frunzo el ceño, un tanto extrañado. Hasta hace unos minutos, estaban de risas y bromas con sus frikadas, pero ahora es como si se hubiera muerto alguien.
—¿Vamos? —me dice Álex cuando sale.
—Espera. Míralos. ¿No están como raros?
Ella lo mira y se encoge de hombros.
—Estarán teniendo la charla. ¿Qué esperabas?
—¿La charla? ¿Qué charla? —pregunto, todavía más confuso que hace unos segundos.
Álex me mira alzando una ceja, como si fuera evidente.
—Vamos a ver, Fran. No puedes dejarte engañar por toda la cantinela de Star Wars , eso no han sido más que dos frikis haciendo conexión.
Y sí, es bueno, pero no cambia la realidad: que tú eres el mejor amigo de Alejo, que Alejo odiaba a Marcos hasta hace dos días, y que tú estás saliendo con Marcos.
Por mucho que hayan conectado, Alejo no iba a dejar pasar la oportunidad de darle la charla.
Creo que empiezo a entenderlo, pero no del todo.
—¿La charla… para que me deje?
—No, joder. Alejo jamás te haría eso, sabe que eres feliz con él. —Les echa un vistazo antes de continuar—. Es la charla típica de amigo protector, ya sabes: que si va en serio contigo, que si más le vale no hacerte daño, que si te hace sufrir le romperá las piernas…
Suelto una risita nerviosa.
—Pero no será tan bestia, ¿no?
—Conociendo a Alejo, yo no descartaría nada. Pero esperemos que no. ¿Volvemos? El pobre Marcos tiene cara de no saber dónde meterse.
Caminamos hacia ellos, pero, por suerte, «la charla» termina antes de que lleguemos. Marcos suelta una risita nerviosa, y entonces se gire y sonríe al verme.
—Ey —me saluda.
—Ey. ¿De qué os reíais?
—De nada —se apresura a responder él.
—Bueno, estábamos hablando de ti —dice Alejo.
—Espero que no le hayas dado la charla —le recrimino.
—¿Charla? ¿Qué charla? —pregunta con una inocencia muy poco creíble, y yo pongo los ojos en blanco—. Tan solo le he dicho que te cuidara, nada más.
—Bueno. Eso espero.
—Tranquilo —dice Marcos, sonriente—. Alejo es genial. Me alegra que hayamos podido conocernos mejor.
—A mí también —asegura mi amigo—. Estoy hay que repetirlo, ¿eh?
—Me parece genial —digo con sinceridad.
—Pero sin hablar de Star Wars , que sois muy pesaditos con el tema —añade Álex.
Ellos se echan a reír al unísono.
—Como os pongáis igual de pesados a la próxima, pasaremos de vosotros —les advierto—. Así que vosotros veréis lo que hacéis.
Por supuesto, no les digo lo que estoy pensando en realidad: si ese es el precio a pagar para que se lleven bien, hasta estaría dispuesto a tragarme todas las películas de Star Wars con ellos.
Las catorce o las que sean. Después de todo, esa saga es la que ha conseguido que mi novio y mi mejor amigo se lleven bien así, algo que me había parecido imposible hace unas semanas, y complicado hace unas horas.
Soy tan feliz ahora mismo que me cuesta creer que todo esto esté pasando de verdad.