El chico de la habitación vacía (El chico de al lado 2) 70.
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Darío se pone en pie y se aleja por detrás del sofá.

Un momento después, vuelve con la guitarra.

El corazón comienza a latirme con fuerza al darme cuenta de que va a tocar para nosotros, solo para nosotros.

¿Cuántas personas han tenido la suerte de que Darío les cante en privado?

Seguro que, fuera de los que están ahora mismo en esta sala, muy pocas.

Se sienta de nuevo, con la guitarra sobre su regazo, y empieza a tocar unos acordes que conozco muy bien. Se trata de su primer single , el que sacó unos meses después del concurso. Lo observo embelesado mientras cierra los ojos y, entonces, comienza a cantar.

—Eres los restos de un sueño perdido…

Se me humedecen los ojos mientras lo escucho cantar, y Marcos me coge la mano para transmitirme su cariño. Cuando termina, los dos rompemos a aplaudir. Al mirar a Óscar me doy cuenta de que él también tiene los ojos húmedos; debe de ser una canción especial para él.

—¿Te gusta? —pregunta Darío con timidez, como si no hubiera hecho cientos de conciertos a estas alturas.

—Me encanta. Es de mis favoritas.

—También de las mías —responde él con una sonrisa—. ¿Quieres oír alguna más?

—¡Claro!

Nos pasamos así un buen rato más, escuchando cantar a Darío a un metro de mí, con Marcos a mi lado, y apenas soy capaz de creer la suerte que tengo. Pero, al fin, llega el momento de marcharnos; ya solo falta media hora para que comience la función y ellos tienen que prepararse.

—Muchas gracias por todo —les digo mientras nos despedimos—. Sois geniales.

—Muchas gracias a vosotros por venir —responde Óscar, dándome dos besos—. Me ha encantado conoceros.

—A mi próximo concierto estáis invitados, ¿eh? —añade Darío, sonriente.

—¿En serio? —pregunto con incredulidad.

—Pues claro —me asegura él, dándome un abrazo.

—Joder —respondo cuando nos separamos—. Gracias.

—Y gracias por la charla —añade Marcos.

—Un placer. Debería ir yéndome ya, que tienen que maquillarme y esas movidas.

—¡Esperad! —dice uno de los chicos de la mesa, el pelirrojo. Lo miro y veo que está levantando una cámara—. ¿Unas fotos con los fans?

—Claro —responde Darío, sonriente.

Me coloco torpemente junto a él, un poco rígido, pero entonces me pasa el brazo por encima con naturalidad para acercarme más a él.

El pelirrojo, cuyo nombre ya no recuerdo, nos saca unas cuantas fotos y después le hace un gesto a Marcos para que se nos una también.

A continuación, nos hace un par de fotos más también con Óscar.

—Me voy pitando, ¿vale? —se despide Darío cuando terminamos—. Espero que os guste la obra.

Coge su guitarra y se marcha por la misma puerta por la que salieron antes Sergio, Marta y Fer. Entonces, el chico moreno se levanta de la mesa del portátil para unirse a nosotros. El pelirrojo se acerca para darme dos besos.

—Yo soy Pablo, no sé si te acuerdas. Y él es Guille —Óscar había mencionado sus nombres, pero la verdad es que ya se me habían olvidado—. Perdonad que os hayamos ignorado. Teníamos que terminar de retocar las fotos que hemos estado haciendo del elenco y los ensayos.

—No pasa nada.

—Yo tengo que irme ya, que me toca actuar —anuncia Guille, sonriente—. ¡Espero que os guste!

—Yo también me voy —dice Sara, y se acerca para darme un par de besos—. Encantada, chicos. Sois majísimos y monísimos.

—Sí, tendríamos que irnos ya todos —añade Óscar, aunque me da la impresión de que tiene tantas ganas de quedarse aquí como Marcos y yo.

Mientras Sara y Guille se marchan, Óscar y Pablo nos acompañan hasta una puerta.

—Podéis entrar al teatro desde aquí —nos explica Óscar mirando el reloj; me doy cuenta de que está empezando a agobiarse un poco. Nos entrega a Marcos y a mí las entradas con la información de nuestras butacas, y también un par de programas—. Aquí tenéis, antes de que se me olvide.

—Muchas gracias.

—Puedo acompañarlos yo —dice Pablo—. Tengo que hacer fotos desde el patio de butacas y me gustaría hacer algunas de la gente entrando, así que me quedaré ya por allí.

—Genial, me salvas la vida. —Entonces, para mi sorpresa, Óscar se acerca para darme un abrazo. Se lo devuelvo de buena gana; casi me siento como si fuéramos amigos—. Me ha encantado conoceros, en serio. Espero que os guste.

—Lo mismo digo. Muchas gracias.

Le da un abrazo también a Marcos, y entonces se marcha corriendo. Pablo, armado con su cámara, nos acompaña por un pasillo que desemboca en el vestíbulo del teatro a través de una puerta secundaria.

—Si enseñáis las entradas allí —dice, señalando el bar—, os darán bebidas gratis. Habladnos por las redes del grupo y os mandamos las fotos con Darío, ¿vale?

—Genial —respondo—. Muchas gracias.

—Yo me voy ya. ¡Espero que os guste!

—¡Gracias!

—¿Cómo estás? —me pregunta Marcos, sonriente.

—Joder. No me lo creo.

Se inclina hacia mí para darme un beso y abrazarme con fuerza.

No sé si está siendo la mejor noche de mi vida, pero desde luego que se le acerca.

Juntos, vamos a pedir las bebidas y después miramos las entradas para ver dónde están nuestras butacas.

Es en uno de los palcos, así que subimos las escaleras.

—¿Quieres ir al baño antes de entrar? —me pregunta Marcos cuando pasamos por delante.

—No hace falta.

En realidad, no me vendría mal ir, pero he visto a gente entrando y prefiero evitar otro momento incómodo.

Así pues, entramos por la puerta de los palcos, donde una mujer muy sonriente nos pide que le enseñamos nuestras entradas y nos conduce hasta nuestro sitio, en un pequeño palco acortinado con solo dos butacas y una mesita redonda donde dejamos nuestras bebidas.

Le hago una foto al palco con el escenario de fondo y la subo a Instagram, etiquetando al grupo de teatro y, por supuesto, también a Darío.

Cuando ocupamos nuestros asientos, abro el programa y comienzo a leerlo mientras esperamos a que empiece la obra.

Curiosamente, los nombres de los personajes son los de las personas que he conocido: Óscar, Sergio, Marta, Fer y Sara.

Pablo, Guille y también Darío. No puedo evitar preguntarme si la obra será la historia que ellos mismos han vivido; después de todo, me han dicho que era muy personal.

Al fijarme en las fotos de los actores, me doy cuenta de Marta y Fer hacen de «Madre» y «Padre».

Guille interpreta a un tal «Alejandro», y Sara hace de «Ana».

No reconozco a los demás actores; parecen más jóvenes y deben de ser los que estaban ensayando.

Pronto, las luces se atenúan y una voz que reconozco como la de Sergio anuncia que el espectáculo comenzará en breve.

Un minuto después, Darío aparece en el escenario y el público rompe a aplaudir.

Comienza a cantar una canción nueva, una que habla de fuego y hielo, de amor y desamor, de culpa y perdón.

Me recuerda a su primer single , pero esta es diferente, como más esperanzadora.

Cuando termina, da comienzo la obra. Durante más de una hora, lloro, río y me emociono con la historia que se desarrolla ante mis ojos.

Es una historia de dolor y sufrimiento, pero también de amor, amistad y resistencia.

—Soy fuego. Soy luz. Soy radiactivo —dice el personaje de Óscar en mitad del escenario, y unas luces rojas y anaranjadas dan la impresión de que todo haya estallado en llamas.

Entonces, cae el telón y la voz de Sergio anuncia que va a haber un descanso de quince minutos. Me seco las lágrimas de los ojos, emocionado. Cuando miro a Marcos, veo que él también tiene los ojos brillantes.

—¿Te está gustando? —me pregunta con una sonrisa.

—Mucho. ¿Y a ti?

—También. Gracias por traerme.

—A ti por venir conmigo. Está siendo una noche increíble.

Él asiente con la cabeza y se pone en pie.

—Tengo que ir al baño. ¿Quieres venir?

—Sí —respondo a regañadientes—. No creo que pueda aguantar hasta que termine.

Marcos me tiende la mano para ayudarme a levantarme y, juntos, vamos hacia los servicios. Cuando entro, trago saliva al ver los urinarios. Hay cinco, y tres de ellos están ocupados de forma alterna. Como no podía ser de otra manera, los cubículos están cerrados.

—¿Prefieres esperar o…? —me susurra Marcos.

—No.

Decidido, me dirijo hacia uno de los huecos libres.

No sé si es porque la conversación con Óscar, Darío y los demás me ha hecho sentirme fuerte, porque la obra me ha envalentonado o simplemente porque tengo demasiadas ganas, pero hoy consigo mantener los nervios a raya.

Cierro los ojos y respiro hondo, tal como me instruyó Marcos una vez, y en cuestión de segundos, todo comienza a fluir.

Menos de un minuto más tarde ya estoy lavándome las manos.

Marcos me sonríe a través del espejo, orgulloso, y yo le devuelvo la sonrisa.

—Nunca te he pedido perdón por esto —me dice mientras volvemos a nuestros asientos.

—¿Qué? —pregunto, descolocado.

—Lo de los baños y tal. Ya sabes.

—No, no lo sé —replico, frunciendo el ceño mientras me siento—. ¿De qué hablas?

Ahora es él quien frunce el ceño.

—¿En serio no te acuerdas?

—Marcos, me estás rallando.

—En el instituto. Andy y los demás. En los baños.

Al principio no entiendo de qué está hablando, pero entonces sus palabras activan algo dentro de mí. Es como si el recuerdo hubiera permanecido enterrado por los años, tan hondo que lo había olvidado por completo, y ahora Marcos lo hubiera sacado a la luz.

Debía de tener unos trece años. Estaba en el baño del instituto, un lugar que, al igual que los vestuarios, había comenzado a darme miedo desde que había empezado a notar que no era como los demás chicos, que no sentía como los demás chicos.

Para tratar de no cruzarme con nadie, siempre iba corriendo desde que sonaba el timbre, aunque rara vez tenía suerte y casi siempre había alguien.

Al menos, nunca me habían dicho nada. Y, como lo más rápido eran los urinarios, solía ir directamente al más alejado de todos para darme toda la prisa posible y salir de aquel sitio que tan nervioso me ponía.

Ese día estaba yo solo, tranquilo frente al urinario, cuando oí unas risas detrás de mí.

Miré por encima del hombro y me quedé de piedra al verlos: eran Andy y sus amigos, incluido un Marcos mucho más pequeño.

Creo recordar que él era el único que no se reía, aunque los detalles están un poco borrosos.

Traté de seguir con lo mío, pero estaba nervioso.

Compartía clase con ellos y sabía que no eran violentos; nunca le habían pegado a nadie, nunca se metían en peleas.

Eran simplemente gilipollas, pero les gustaba meterse con la gente.

Ellos decían que solo eran bromas inofensivas, risas entre colegas, pero muchas veces eran los únicos que se reían.

Y, como no agredían físicamente a nadie, siempre se libraban de meterse en un lío.

—¡Mira cómo mea! —dijo Andy. Por alguna razón, eso le pareció muy gracioso a los demás.

—¿Seguro que está meando? —preguntó otro—. No se oye nada.

—¿Qué pasa? —añadió un tercero—. ¿Te estás haciendo otra paja o qué?

De nuevo, todos rompieron a reír otra vez.

—¡Que eso tienes que hacerlo en tu casa! —gritó Andy.

—Chicos, vámonos… —les pidió Marcos con voz débil, un flojo intento de detener lo que estaba pasando—. Nos van a pillar.

Pero nadie le hizo caso. Oí unos pasos, y entonces vi por el rabillo del ojo que Andy ocupaba el urinario que había junto al mío. Clavé los ojos en la pared de delante. Todavía tenía ganas, pero era incapaz de continuar; me había quedado completamente paralizado.

—¿Flan?—dijo, el mote absurdo que siempre usaba conmigo—. ¿No me oyes o qué? —Me di cuenta de que se asomaba para mirar a mi urinario; no tenía forma de esconderme—. ¡Coño! ¡Si Flan la tiene como un flan!

De nuevo, todos estallaron en risas.

Incapaz de seguir aguantándolo más, me subí la cremallera, di media vuelta y me marché, con la cara al rojo vivo mientras los demás se reían a mis espaldas, todos menos Marcos.

No volví a pisar el baño ese día, a pesar de las ganas que tenía.

Cuando llegué a casa, estaba a punto de hacérmelo encima.

Durante las semanas siguientes, la escena se repitió varias veces.

Y no solo conmigo; pronto me di cuenta de que solían hacerles lo mismo a todos los de nuestra edad o del curso inferior; con los mayores no se atrevían.

Cuando había más de una persona en el baño, se cortaban un poco más, así que empecé a pedirle a Alejo que me acompañara.

Aun así, ya no era capaz de hacer nada en los urinarios; me quedaba completamente paralizado cada vez que lo intentaba.

Y, desde entonces, comencé a utilizar exclusivamente los cubículos cerrados.

Cuando vuelvo a mirar a Marcos, tengo lágrimas en los ojos. Llevaba años sin pensar en aquel momento, el recuerdo había quedado olvidado en algún rincón de mi memoria, pero ahora entiendo que probablemente fuera el origen de mi trauma.

—Ya no me acordaba —susurro, y una lágrima solitaria se desliza por mi mejilla.

—Lo siento —dice con la voz rota—. Tenía que haberlos detenido.

—Lo intentaste —recuerdo—. Pero no te hicieron caso.

—Puede ser.

—Eran unos gilipollas, Marcos. No es culpa tuya.

—Lo sé. No eran mis amigos de verdad. Pero… ¿de verdad no me odias?

—Jamás podría odiarte —le aseguro.

Entonces, me da un beso tierno en los labios y me seca las lágrimas con los dedos.

Nos quedamos en silencio. Conforme más lo pienso, más convencido estoy de que tiene todo el sentido del mundo.

Nunca me lo había planteado, y ni siquiera recordaba ya ese incidente hasta que Marcos lo ha mencionado, pero esa tiene que ser la razón por la que me da tanto reparo orinar si hay alguien cerca.

Como si fuera un trauma enterrado en el fondo de mi mente o algo por el estilo.

Ahora comprendo todavía mejor su insistencia en ayudarme: tal vez, al darse cuenta del posible origen de mi problema, se sentía culpable y quería tratar de solucionarlo de alguna forma.

Pero enseguida se apagan las luces y comienza el segundo acto de la obra, y no tardo en olvidarme de todo.