El chico de la habitación vacía (El chico de al lado 2) 69.
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Marcos, que ha escuchado unas pocas canciones de Darío por insistencia mía pero no es fan, toma la iniciativa al verme paralizado.

—¡Hola! Soy Marcos. Y este es Fran.

—¡Hola, chicos! —nos saluda Darío mientras se acerca a nosotros, sonriendo—. Muchas gracias por venir.

—Ho… hola —acierto a decir.

—Fran es superfán tuyo —añade Marcos, haciendo que me vuelva rojo al instante—. Estaba deseando conocerte.

El rostro de Darío se ilumina con sinceridad, y me da la impresión de que él también ha enrojecido ligeramente.

—¿En serio? Pues muchísimas gracias, Fran.

—¿Puedo…? —comienzo, pero tengo que detenerme a tragar saliva antes de continuar—. ¿Puedo darte un abrazo?

Darío se ríe.

—Claro que sí.

Doy un paso vacilante hacia él, que me rodea con los brazos sin dudarlo. Aunque el momento es breve, me abraza con fuerza, como si lo hiciera con cariño y no por compromiso.

—Me… me encanta tu música —acierto a decir cuando nos separamos—. Te sigo desde el concurso… Siempre te votaba.

—¿En serio? Jo, pues muchas gracias. De verdad.

Algo que me ha gustado siempre de Darío es que parece totalmente…

normal. Ya se le veía en el concurso con el que se dio a conocer; era un chico corriente y sencillo, sin pretensiones, y parecía no acabar de creerse del todo que realmente estuviera allí.

La fama no lo ha cambiado y, varios años después, sigue siendo tan natural como entonces.

—¿Nos sentamos? —propone Óscar, señalando el hueco que han dejado Marta y Fer en el sofá.

Asiento con la cabeza. Él nos hace un gesto a Marcos y a mí para que tomemos asiento y ocupa uno de los sillones, con Darío sentándose en el que tiene al lado. Sara, mientras tanto, se va con Pablo y Guille, supongo que para ayudarles con lo que sea que estén haciendo con el portátil.

—¿Tenéis ganas de ver la obra? —nos pregunta Darío.

—Sí —respondo con sinceridad. Después de haber conocido al grupo, tengo muchas ganas de ver lo que han montado.

—Es dura —nos advierte—. Pero vale la pena.

—¿En serio?

Sabía que era un drama, pero no que fuera dura. Óscar y Darío intercambian una mirada.

—Es una historia bastante personal para mí —explica el primero—. Digamos que… necesitaba contarla.

Darío acerca la mano para colocarla sobre su brazo en un gesto de apoyo.

—A veces es necesario contar las cosas —dice Marcos, pensativo.

—Pero también es una historia de amor, resistencia y superación —continúa Óscar—. Vosotros dos estáis juntos y seguro que sabéis lo que es eso, así que espero que os guste.

Darío nos mira con una sonrisa.

—¿Sois pareja? —Asiento tímidamente con la cabeza, y su sonrisa se ensancha mientras le acaricia el brazo a Óscar, con gesto distraído. La amistad que hay entre todas estas personas me parece algo precioso—. ¿Y lleváis mucho tiempo juntos?

—Oficialmente… unas semanas —respondo—. Hacemos un mes el veintiocho.

—Pero lo nuestro empezó hace unos meses —añade Marcos—. Lo que pasa es que era una relación complicada.

Ellos intercambian una mirada.

—Nosotros tenemos cierta experiencia con las relaciones complicadas, créeme —dice Óscar con una risita.

Me siento tan cómodo con ellos que casi parece como si fueran amigos de toda la vida. Intercambio una mirada con Marcos y él asiente con la cabeza, animándome a contárselo.

—Mi madre se casó con su padre hace casi tres meses —les explico—.

Al principio, Marcos y yo no nos llevábamos muy bien, pero después…

pues eso. —Puede que esté a gusto con ellos, pero no tanto como para contarles lo que empezó a ocurrir exactamente entre nosotros—.

Y, en fin, digamos que ha sido un poco complicado.

—Estábamos juntos, pero entonces me rallé y me fui de casa —dice Marcos sin cortarse, aunque puedo oír el dolor que trata de disimular en su voz—.

Me daba miedo joder la familia, así que pensaba que sería lo mejor para todos.

Pero después me di cuenta de que la había cagado, de que no podía vivir sin él, así que he decidido volver.

El corazón me da un vuelco. Es la primera vez que lo oigo hablar con alguien de lo que siente por mí, y sus palabras hacen que se me humedezcan los ojos.

—Joder —dice Óscar, visiblemente emocionado—. Tiene que haber sido difícil.

—Bastante.

—¿No había una serie viejuna sobre eso? —pregunta Darío, frunciendo el ceño, y Óscar se encoge de hombros—.

De todos modos, creo que has sido muy valiente.

Nosotros sabemos bien lo que es tener que plantarle cara a nuestra familia por ser lo que somos y sentir lo que sentimos.

Pero es lo que hay que hacer si quieres ser feliz.

—A ver, mi familia y mis amigos saben que soy gay —explico, aunque prefiero omitir a mi padre porque realmente no forma parte de mi vida—.

Salí del armario con mi madre hace unos años y se lo tomó genial, y lo mismo con mi tía y mis primos.

Y el padre y la hermana de Marcos también lo saben, y nunca han tenido ningún problema. Pero…

Dejo la frase inconclusa y miro a Marcos; prefiero que sea él quien la termine y cuente solo lo que quiera contar.

—Yo soy… —Se detiene y traga saliva antes de continuar—. Soy bisexual. Pero en realidad no lo sabía hasta que conocí a Fran, así que está siendo todo muy nuevo.

—Es normal —dice Darío, muy serio—. Descubrir tu orientación sexual puede llegar a ser un proceso muy complicado. Yo tenía hasta pesadillas.

—Joder —susurro.

—¿A vosotros os fue bien? —me atrevo a preguntar, temeroso de estar fisgoneando demasiado. Pero a ellos no parece importarles.

—Bueno, mi adolescencia fue bastante complicada —dice Óscar, y su rostro se ensombrece.

Hay una oscuridad en sus ojos que no había visto antes, y tengo la incómoda sensación de que ha tenido que sufrir mucho en la vida, a pesar de lo joven que parece—.

Mi madre y mi hermana me apoyaban, pero mi padre… En fin, todo eso daría para un libro.

—O una obra de teatro —añade Darío con una sonrisa, haciéndole reír y aligerando un poco el ambiente.

—Lo que quiero decir es que la gente que vale la pena te va a apoyar siempre, pase lo que pase —continúa Óscar—. En mi caso, no pudo ser con mi padre. Pero el tuyo parece diferente, Marcos. Si no tiene ningún problema con Fran, dudo que lo tenga contigo.

Él suelta un suspiro.

—Sí. Supongo que sí.

—Piensa que al menos tu padre no es como el padre de Vero y Vic —le recuerdo.

—Eso es verdad.

Darío y Óscar parecen extrañados; obviamente, ellos no saben de quiénes estoy hablando.

—Mi primo pequeño está teniendo… dudas —les digo sin entrar en detalles, tampoco quiero contar cosas privadas—. Pero su padre es muy homófobo, retrógrado y de todo… nadie de la familia lo soporta. Y mi primo lo está pasando mal.

De nuevo, el rostro de Óscar se ensombrece. Ya ha dicho que no tuvo suerte con su padre, así que tal vez mis palabras han removido malos recuerdos en él. Se queda pensativo un instante antes de hablar.

—¿Qué edad tiene tu primo?

—Quince. ¿Por?

—Sergio, Sara y yo colaboramos con una asociación que da charlas sobre diversidad en institutos —me explica—. Con el teatro y tal ya no tenemos tanto tiempo como antes, pero sí que intentamos ir al menos un par de veces al mes.

—Y, si no, los demás voluntarios son geniales —interviene Sara desde la mesa.

—Si me dices cuál es su instituto y a qué clase va, podemos ponernos en contacto con ellos para ver si les interesa que vayamos —continúa Óscar—. Es gratis, así que son pocos los que se niegan.

—Salvo los centros ultracatólicos. Ellos dicen que somos el demonio —añade ella, haciéndonos reír.

—La verdad es que estaría genial —respondo con una sonrisa—. Seguro que le ayuda.

No tengo claro cuál es el instituto de Víctor porque siempre hemos vivido en barrios diferentes, pero Óscar me da su Instagram personal para que podamos estar en contacto.

Así, podré preguntarle a mi primo cuál es su instituto y su clase exacta, para que la asociación pueda tratar de ir.

Teniendo en cuenta lo que me ha contado Vic sobre su mejor amigo, estoy seguro de que a este también le vendrá bien asistir a una charla así.

—Muchas gracias —digo con sinceridad cuando Óscar me devuelve el follow —. Sois geniales.

—Bueno, tenemos que ayudarnos entre nosotros, ¿no? —Se encoge de hombros—. Por mucha suerte que puedan tener algunas personas concretas, son pocas las personas del colectivo que no han tenido que vivir situaciones difíciles. Deberíamos estar unidos y tratar de apoyarnos en lo que podamos.

—Pues sí —respondo, sonriendo ante lo bien que me cae este tío. No me extraña que sea uno de los mejores amigos de Darío—. La verdad es que sí.

—¿Y por casualidad no tenéis algún consejo para hablar con mi padre? —pregunta Marcos, con una sonrisa tímida.

—A ver, cada persona es un mundo —dice Óscar—. Pero te lo digo en serio: quien te quiere de verdad, te va a apoyar siempre. Y, aunque puede que le resulte difícil aceptarlo, seguro que lo acabará haciendo.

—Si te sirve de algo, yo tuve que salir del armario con mi abuela, que es mi única familia —añade Darío con un cariño evidente en la voz—, y pensaba que se lo tomaría fatal. Pero resulta que no fue así. Ya está mayor, pero a día de hoy, sigue siendo mi mayor apoyo.

—El problema ya no es solo que sea… que sea bisexual —explica Marcos; es evidente que todavía le cuesta emplear esa palabra consigo mismo—. El problema es… que estemos juntos. Con nuestros padres casados, siendo hermanastros. Es que es una movida.

—Sí —reconoce Óscar—. La verdad es que sí. ¿No tenéis a nadie que pueda apoyaros?

—Bueno, mi madre ya lo sabe —añado—. Y también su hermana. Y se lo han tomado bien.

—Las madres y las hermanas siempre son las mejores —dice él, sonriente—. Pero, oye, es muy importante que tengáis el apoyo de ellas dos. Ya tenéis mucho terreno ganado.

—Supongo que sí —responde Marcos—. Pero mi padre… En fin. Me da miedo decírselo. Me da miedo que piense que ya no soy el de antes, me da miedo que piense que estamos cargándonos la familia.

—Mirad, chicos —dice Darío—. Yo me pasé mucho tiempo escondiendo lo que era.

Hice cosas de las que me arrepiento cada día de mi vida.

Cosas de las que me avergüenzo. Y le hice daño a la gente que más me importaba.

Ocultar lo que eres nunca es sano, y ocultar lo que sientes puede llegar a destrozarte por dentro.

No merece la pena. Si hay algo que he aprendido, es que el amor es algo demasiado bonito como para ocultarlo.

Por supuesto, ya conocía la sensibilidad de Darío gracias a sus canciones, pero oírlo hablar de esa forma delante de mí hace que me emocione.

Todavía me cuesta creer que de verdad lo haya conocido, que de verdad estemos hablando, como para que encima me esté dando consejos amorosos.

Dicen que conocer a tus ídolos suele salir mal, pero yo no podría estar más contento.

—Y está claro que lo que hay entre vosotros es bonito y fuerte —añade Óscar, sonriente—. Si no, no estaríais tan decididos a seguir adelante, ¿verdad?

—Sí —responde Marcos—. Tenéis razón.

—Muchas gracias —añado—. De verdad.

A continuación, nos quedamos todos en silencio. No me siento incómodo, pero tampoco sé qué más decir.

—Oye, Darío —lo llama Sara, rompiendo el silencio—. Fran es superfán tuyo. ¿Por qué no le cantas algo?

Los dos nos ponemos rojos, él ligeramente, y yo de forma casi violenta.

—¿Te apetece? —me pregunta con una leve sonrisa—. Tengo la guitarra por aquí.

—Me encantaría —confieso con un hilo de voz.