68.
Ha llegado el día.
Y decir que estoy de los nervios sería el eufemismo del siglo.
Hoy es el día de la obra de teatro. Ir al teatro ya haría especial el día sin necesidad de más alicientes porque rara vez tengo ocasión de hacerlo, pero hoy es todavía más especial.
La obra en cuestión está escrita y representada por unos amigos de Darío, uno de mis cantantes favoritos, y él mismo se ha encargado de escribir la música y la canción principal, que va a cantar en directo.
Y, como Carlota me ha regalado las entradas que ganó en el sorteo, voy a poder conocerlo.
En persona. Hablar con él. Todavía no me lo creo.
Me he pasado el día incapaz de probar bocado a causa de los nervios.
Mi madre va a ir a ver a mi tía, así que se ha ofrecido a llevarnos antes de ir.
Y ahora, estando en el asiento trasero del coche mientras avanzamos mucho más despacio de lo que me gustaría, me siento como si estuviera a punto de vomitar.
Marcos me ha cogido la mano y eso me ayuda a controlar un poquito la tensión, pero solo un poquito.
Miro el tráfico mientras me muerdo el labio, un tanto nervioso.
—Hay un poco de atasco. ¿Seguro que vamos a llegar bien?
—Tranquilo —dice mi madre—. El GPS marca diez minutos, incluso con el atasco, y todavía os queda media hora.
—A pie tardaríamos casi veinte minutos desde aquí —añade Marcos, mirando el mapa en el móvil—. A unas malas, si en diez minutos vemos que la cosa empeora, todavía podemos bajarnos para ir caminando hasta el teatro y llegaríamos bien, así que no te preocupes.
—Bueno. Vale.
Me aprieta ligeramente la mano para transmitirme fuerzas, pero sigo preocupado y continúo así hasta que, por fin, mi madre detiene el coche junto al teatro. Los diez minutos se han convertido en quince, pero hemos llegado bien.
—Pasadlo bien, chicos —dice mi madre con una sonrisa.
—Gracias —respondo—. Dale un beso a la tía de mi parte, ¿vale?
—Claro que sí. Avisad si queréis que os vengamos a recoger.
—No te preocupes —responde Marcos, sonriente—. Ya nos las apañamos nosotros.
—Bueno, como queráis. ¡Disfrutad mucho!
Le damos las gracias una vez más y nos bajamos del coche.
Mientras caminamos hacia el teatro, con el cartel de la obra en la fachada, nos damos cuenta de que no hay cola ni nada que indique que va a haber una función hoy.
Supongo que es normal; al fin y al cabo, todavía faltan casi dos horas para que empiece.
Nuestra visita va a comenzar una hora y media antes, dentro de unos quince minutos.
Como todavía nos queda tiempo, le saco una foto al cartel de la obra y la mando por el grupo, dándole las gracias de nuevo a Carlota.
A continuación, la subo a Instagram, etiquetando a Darío y a la compañía.
—¿Dónde crees que será? —le pregunto a Marcos, que me está mirando con una sonrisa.
—No sé, ¿a lo mejor es en la entrada principal? —Se encoge de hombros—. Podemos ir a ver si hay alguien a quien podamos preguntarle.
—Sí, supongo.
Al acercarnos a las puertas, vemos que hay una pequeña taquilla en un lateral. Un hombre de aspecto aburrido levanta la mirada cuando nos acercamos.
—Hola, buenas —saludo con timidez—. He… he ganado unas entradas. Para conocer a… para conocer a los actores y todo eso.
No menciono a Darío, que es a quien realmente quiero conocer; me da la impresión de que parecería demasiado fanboy . El taquillero asiente con la cabeza y consulta una hoja de papel que tiene delante.
—DNI, por favor.
—Claro.
Carlota había dado mi nombre cuando le mandaron el correo diciéndole que había ganado, así que saco el carné de la cartera y se lo paso al hombre a través de la pequeña ventanilla para que pueda confirmar mi identidad.
Él lo revisa, comprueba mi nombre en el papel y asiente con la cabeza mientras me lo devuelve.
—Un segundo. —Coge el teléfono que tiene al lado y marca un número rápidamente—. Sí, mira. Están aquí los chavales que han ganado el sorteo. Sí. De acuerdo. Gracias. —Cuelga el teléfono y vuelve a dirigirse a nosotros—. Quedaos por aquí un momento. Enseguida salen.
—Muchas gracias.
—De nada.
Con los nervios a flor de piel y el corazón latiendo a toda velocidad, aguardo junto a la puerta a que vengan a buscarnos.
Apenas un par de minutos después, veo una figura que se acerca a nosotros y el corazón me da un vuelco, pero enseguida me doy cuenta de que no se trata de Darío.
Es un chico joven, de tal vez veintipocos años, no demasiado alto y con el pelo ligeramente ondulado.
Abre las puertas y nos mira con una sonrisa.
—¡Hola! ¿Eres Fran? —me pregunta, y yo asiento con la cabeza—. Me llamo Óscar. Soy uno de los directores del grupo.
Para mi sorpresa, se acerca a mí para darme dos besos.
—En… encantado. Este es Marcos.
—Encantado —dicen los dos a la vez, y también se dan dos besos.
—Bueno, pasad —nos invita Óscar, haciendo un gesto para que crucemos las puertas dobles. Después, las cierra detrás de nosotros—. ¿Tenéis ganas de ver la obra?
—Sí —respondo con sinceridad. Aunque lo único que me interesaba al principio era Darío, lo cierto es que después de haber leído la sinopsis me llama bastante.
—Si solo venís por Darío también lo podéis decir, ¿eh? —dice él, sonriente, y los tres nos echamos a reír—. No pasa nada, en serio. Nuestro grupo no es tan conocido, aquí el famoso es él.
Mientras habla, me doy cuenta de algo. Aunque intenta aparentar calma y seguridad, me da la impresión de que él también está nervioso, tal vez tanto como yo, aunque supongo que por motivos muy diferentes.
Tiene sentido; si él es el director del grupo, es comprensible que se ponga nervioso el día del estreno.
—¿De qué lo conoces? —pregunta Marcos, claramente mucho menos nervioso que él y que yo.
—Darío es mi… mejor amigo, por decirlo de alguna manera —responde Óscar mientras nos conduce por una puerta que lleva a un largo pasillo—. Nos conocemos desde pequeños.
—Qué suerte —replico sin pensar, y él se ríe.
—La publicidad que nos hace es una suerte, eso desde luego.
—Nos conduce por una puerta más hasta lo que parece ser una sala de descanso.
Hay mesas, sillas, un sofá y un par de sillones, y supongo que aquí es donde se reunirán antes y después de la función.
Hay unas cuantas personas dentro, pero ni rastro de Darío—.
No os preocupéis —añade Óscar con una sonrisa, adivinando mis pensamientos—.
Llegará dentro de un rato. ¿Os parece si os presento a los demás?
—Claro —respondo.
—Este es Sergio. —Señala a un chico alto y guapo, con unos profundos ojos azules. Por la mirada de complicidad que intercambian, capto de inmediato que hay algo entre ellos—. Es el creador del grupo, y el director principal.
Al igual que Óscar, Sergio se acerca para darnos dos besos.
—¿Qué tal? —dice con una sonrisa deslumbrante—. Muchas gracias por venir.
—Gracias a vosotros —respondo.
—Esos son Pablo y Guille —continúa Óscar, señalando a un chico pelirrojo y regordete y a otro moreno y delgado que están concentrados en un ordenador portátil.
Ellos levantan la mirada y nos saludan con la mano antes de volver a concentrarse en la pantalla—.
Pablo se encarga de las fotos y del contenido para las redes, y Guille es uno de los actores. Y esta es Sara, actriz y guionista.
Una chica rellenita, con el pelo castaño y rizado, se acerca a nosotros y nos damos dos besos.
—Vosotros dos estáis juntos, ¿a que sí?
—Joder, Sara —la reprende uno de los chicos del portátil, el pelirrojo. Pablo, creo.
—¿Tanto se nos nota? —pregunto con cierta vergüenza, intercambiando una mirada con Marcos.
—A ver, que vivo rodeada de maricones que están todos liados entre ellos —me explica ella entre risas—. Tengo el superpoder de calaros a kilómetros.
Me río tímidamente.
—Vuestro grupo es genial.
—Y, por mucho que diga Sara, también permitimos que entren heteros y todo —asegura Óscar entre risas—. Estos son Fer y Marta —añade, señalando a un chico y una chica que están sentados muy juntos—. Ellos hacen de mis… de los padres del protagonista.
—Un placer —nos saluda Fer; aunque está sentado, se nota que es alto, y además guapo—. Pero seguro que solo habéis venido a ver a Darío, ¿a que sí?
—Oye, no seas malo —le riñe Marta, dándole un manotazo juguetón, y él le da un beso en la frente.
Lo cierto es que no le falta razón, pero me están cayendo tan bien todos que casi se me había olvidado.
—No os preocupéis —dice Óscar antes de que Marcos o yo podamos contestar—. Vendrá enseguida.
—Pero seguro que tú no te has presentado en condiciones —señala Sergio con una sonrisa mientras lo mira con orgullo, y me doy cuenta de que Óscar enrojece ligeramente.
Sí, sin duda tiene que haber algo entre ellos—.
Óscar es codirector del grupo, pero también es actor y el guionista principal.
Normalmente también actúa en nuestras obras, pero esta vez ha preferido mantenerse al margen.
Él ha escrito la obra que vamos a estrenar hoy.
—Bueno, pero Sara me ayudó…
—Tres frases —replica ella, poniendo los ojos en blanco—. Literalmente te cambié tres frases. El resto estaba perfecto.
Óscar se ha puesto tan rojo que no puedo evitar echarme a reír junto a los demás, olvidando los nervios que me invadían hace solo unos minutos.
—Los demás actores están haciendo un ensayo de última hora y andan un poco nerviosos —añade Sergio—. Me voy con ellos, ¿vale? Si no nos vemos después, muchas gracias por venir.
—Un placer —decimos Marcos y yo al unísono.
—Espero que os guste la obra.
Entonces, Sergio se inclina hacia Óscar y le da un beso en los labios, confirmando mis sospechas. Continúan así durante unos segundos y prácticamente me derrito al verlos, hasta que Sara carraspea sonoramente.
—Oye, por favor, que tenemos invitados —los reprende—. Lleváis mil quinientos años juntos y todavía estáis así, qué pesadilla. —Se dirige hacia nosotros, poniendo los ojos en blanco—. Son insoportables.
Marcos y yo nos echamos a reír, aunque siento una leve punzada de envidia. ¿Es posible que nosotros también lleguemos a vivir nuestro amor con tanta libertad algún día?
—Marta, Fer —los llama Sergio—. Vosotros tendríais que venir conmigo, hay un par de escenas que querrán ensayar con vosotros.
—Señor, sí, señor —responde Marta, poniéndose en pie, y Fer se ríe. Se despiden de nosotros con la mano y, los tres juntos, se marchan por una puerta cercana.
—Bueno —dice Óscar—. Os llevaríamos a ver a los ensayos, pero creo que se pondrían más nerviosos todavía. Y a lo mejor os hacemos spoiler.
—No te preocupes —respondo.
—Mientras esperamos, ¿queréis saber algo sobre nosotros? ¿Tenéis alguna pregunta sobre la compañía, la obra o lo que sea?
—Eh… —empiezo, pero se me ha quedado la mente en blanco. Siempre me pasa lo mismo: nunca sé qué decir cuando alguien me pide que pregunte algo.
Antes de que pueda pensar algo que no dé vergüenza ajena, oigo el sonido de una puerta abriéndose a mis espaldas. Óscar mira detrás de mí y su rostro se ilumina.
—¡Aquí está la estrella! —dice.
—¡Hola! Siento mucho la tardanza.
Reconocería esa voz en cualquier parte. Me doy la vuelta con lentitud, nervioso, y el corazón se me detiene al ver a la persona que ha entrado.
Es Darío.