El chico de la habitación vacía (El chico de al lado 2) 67.
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Tras un par de días relativamente tranquilos, llego a casa emocionado y ligeramente nervioso. Hoy es jueves, y eso significa una cosa: Marcos y yo vamos a poder estar solos en casa.

Entre semana, Marcos siempre es el primero en llegar.

Yo salgo antes los jueves y los viernes, pero los viernes mi madre también sale antes del trabajo y yo suelo quedarme a comer con mis amigos de la universidad.

Sin embargo, los jueves tenemos vía libre: cuando llego a casa, todavía nos queda una hora entera antes de que llegue nadie.

Fue precisamente en uno de estos días cuando todo se fue a pique: Marcos y yo nos habíamos quedado dormidos, y entonces mi madre llegó de repente.

Él se asustó y comenzó a comerse la cabeza, y fueron unos días llenos de incertidumbre hasta que al fin decidió que no podíamos continuar así, que lo mejor sería marcharse de casa.

Por suerte, al final cambió de opinión y ahora volvemos a estar juntos.

Y, no solo eso, sino que mi madre y su hermana han aceptado nuestra relación, lo que significa que ya no tenemos que andar con pies de plomo por casa tanto como antes.

Siempre que no nos pillen follando, claro: eso sería más que bochornoso.

Pero, para evitarlo, lo único que tenemos que hacer es ponernos una alarma y asegurarnos de estar vestidos para cuando lleguen los demás; ni siquiera tendríamos que irnos cada uno a nuestra habitación para disimular ahora que hemos empezado a ver series juntos. Ni tan mal, la verdad.

Cuando abro la puerta, Marcos sale corriendo hacia mí y prácticamente derrapa para detenerse, arrancándome una carcajada.

—Ey —me saluda con una sonrisa.

—Ey —digo, y cruzo los escasos centímetros que nos separan para darle un beso—. Sí que tenías ganas de verme.

—Puede ser.

Me da otro beso, y entonces me coge de la mano para conducirme a su habitación.

—¿Te importa si paso un momento por el baño primero? Ya sabes…

—Vale. Pero no tardes, porfa. Que el tiempo corre.

—Tranquilo.

Dejo la mochila en mi habitación y después me meto en el cuarto de baño.

Me apresuro a prepararme para lo que va a pasar dentro de unos minutos, tratando de ignorar ese cosquilleo nervioso que siento en la boca del estómago.

Aunque tenemos sexo oral casi todas las noches y hace justo una semana yo hice de activo con él, llevo sin sentirlo dentro de mí desde que estábamos en el hotel, lo que significa que técnicamente no lo hacemos desde el año pasado.

Y no veo el momento de repetirlo por fin.

Cuando salgo del baño y me acerco a su puerta, completamente desnudo, veo que su habitación está en penumbra, y el parpadeo de las luces me hace sonreír al darme cuenta de lo que voy a encontrar en su interior.

Entro y, cuando doblo la esquina, me encuentro con la mesita de noche y las repisas llenas de velas encendidas, al igual que había hecho en noviembre antes de que todo terminara.

—Sabes que no hacía falta, jo —le digo, con la voz llena de vergüenza.

—Claro que sí. Sé que te gusta.

—Puede ser.

Está tumbado sobre el colchón, tan desnudo como yo, y la visión de ese cuerpo que tantas cosas enciende dentro de mí hace que se me acelere un poco la respiración.

Él me tiende la mano, así que me acerco a él, me subo a la cama y me tumbo sobre él, con sus piernas abiertas a ambos lados de mis caderas.

—Ey —susurra contra mis labios.

—Ey.

Y volvemos a besarnos. A estas alturas, los besos que hemos compartido ya son incontables, pero todos ellos siguen siendo especiales.

Por lo general, no son más que momentos fugaces; besos robados que nos damos cuando hay más gente en casa pero no somos capaces de resistirnos a la necesidad casi física de unir nuestros labios.

Y, aunque otras veces nos besamos despacio y con calma, sin prisa y disfrutando de la sensación, hoy nuestros cuerpos no están por la labor.

Después de todo, son pocas las ocasiones en las que podemos estar de esta manera, y la energía sexual que nos invade ahora siempre ha fluido con fuerza entre nosotros.

El móvil de Marcos pita en la mesilla de noche, pero los dos lo ignoramos. Sin embargo, cuando vuelve a sonar dos, tres, cuatro y hasta cinco veces más, ya está empezando a resultar bastante molesto.

—Espera —me pide, apartando los labios de los míos—. Lo voy a poner en silencio, es que había activado el sonido por si me decías algo antes de llegar.

Estira el brazo para cogerlo, pero se queda inmóvil durante un momento mientras mira la pantalla.

A continuación, sus labios se curvan lentamente en una sonrisa, y entonces gira el móvil para enseñármelo.

En la pantalla de bloqueo puedo ver varios mensajes en el grupo familiar. Mientras los leo, llega alguno más.

Belén

Chicos, hoy no vamos a comer en casa

Natalia tenía médico y se han retrasado un poco, así que ya comeremos algo por aquí cuando salgamos.

Haceos cualquier cosa del congelador, vale?

@Papá, te vienes con nosotras?

Papá

Vale.

Yo salgo dentro del trabajo dentro de media hora.

Estaré por allí en unos 45 minutos.

Belén

Creo que ya habremos salido para entonces, pero yo te voy avisando de lo que sea.

Sonrío yo también al leerlo. ¿Esto está pasando de verdad? Si no van a comer hasta dentro de cuarenta y cinco minutos, eso significa que como mínimo vamos a tener una hora y media solos, o puede que hasta dos, en vez de la hora habitual.

—¿Crees que lo habrá hecho a propósito? —me pregunta con una sonrisa cuando le devuelvo el móvil y revisa los últimos mensajes antes de teclear una respuesta.

A decir verdad, no me lo había planteado, pero ahora que lo dice…

—Pues puede ser, ¿eh? Mi madre sabe lo nuestro y lógicamente también sabe que apenas tenemos oportunidades para estar juntos y a solas, así que…

—Joder. Tengo la mejor suegra del mundo.

Me echo a reír y, entonces, lo vuelvo a besar. Antes de que la cosa se caliente más, retrasamos la alarma. Al final no hace falta que nos demos tanta prisa como pensábamos, así que vamos a poder disfrutar con calma, tal como lo hacíamos durante esas escasas noches en el hotel.

* * *

Una hora más tarde, estamos los dos sudorosos, respirando trabajosamente mientras nuestra respiración y nuestros corazones se van calmando poco a poco.

—¿Cómo vamos? —le pregunto, y Marcos coge el móvil de la mesita de noche para echarle un vistazo.

—Mi padre ha pillado atasco. Hace diez minutos tu madre ha dicho que iban a ir cogiendo mesa y pidiendo algo para beber. Ah, mira. Mi padre dice que acaba de aparcar.

—O sea, que entre que comen y vuelven… —Hago un cálculo rápido—. Deberíamos tener al menos una hora más solos, y eso si comen rápido.

—Sí, yo diría que sí. —Me mira con una sonrisita—. ¿Es que quieres otra ronda o qué? Que yo necesito recuperarme.

Me echo a reír.

—No es eso, gilipollas. Pero me gusta que podamos estar tranquilitos y con calma. Quedarnos en la cama sin prisa.

Él deja el móvil sobre la mesita de noche y se acerca para darme un beso largo y dulce.

—A mí también.

Volvemos a abrazarnos, y cierro los ojos mientras me dejo invadir por la presencia de Marcos, su aroma y su calidez, el tacto de su piel y el sonido de su respiración.

Sin embargo, ahora que tenemos tiempo, me doy cuenta de que es el mejor momento de sacar el tema que quedó pendiente el martes, después de estar con Álex.

—Oye, Marcos.

—Dime.

—¿Por qué nunca hablas de tus amigos? O sea, tampoco es que yo te haya contado demasiado, pero ya sabías de Álex y Alejo, y también te he hablado de mi grupo de la uni. Pero tú nunca me cuentas nada.

Él aprieta la mandíbula y aparta la mirada, y me doy cuenta de que he tocado un tema un poco sensible.

—Es complicado —dice al cabo de unos segundos, sin entrar en detalles.

—¿Me lo quieres contar?

De nuevo, permanece unos instantes en silencio, pero entonces asiente con la cabeza.

—Ya te hablé de mis supuestos amigos del instituto, Andy y los demás.

Cuando terminamos el bachillerato no volví a hablar con ellos, así que me quedé solo.

Creo que por eso estuve intentando acercarme a ti cuando nuestros padres nos presentaron, ¿sabes?

Creo que, de forma inconsciente, es como que quería hacerme amigo tuyo.

Siento un calor incómodo en la cara al recordarlo.

Al principio de nuestros encuentros forzosos gracias a nuestros padres, Marcos había mostrado un claro interés en mí, pero yo era incapaz de dejar de asociarlo con el instituto.

Ahora que sé la verdad, me avergüenza haberme comportado de una forma tan hostil con él.

—Lo siento.

—No lo sientas —se apresura a decir—. Lo entiendo, en serio.

El caso es que en la universidad me costó hacer amigos…

supongo que no sabía cómo hacerlo. Suena absurdo, lo sé.

Pero, después de lo del instituto, me costaba mucho abrirme a la gente, me costaba tratar de acercarme a los demás.

Me pasé la mitad del primer año de carrera solo.

—Joder. Vaya mierda.

—Ya, bueno. Pero a mediados de curso me tocó hacer un trabajo con dos compañeros, Laura y Carlos. Ellos tampoco se relacionaban demasiado con los demás, y al final hicimos buenas migas. Poco a poco fuimos cogiendo confianza, y hoy en día son muy buenos amigos.

—¿Son los únicos?

Él se encoge de hombros.

—Bueno, más o menos. Ellos y un chico que conocí por internet. Pero este curso hemos empezado a hablar un poco más con la gente, y algunos también se han acercado a nosotros. No es que sean amigos exactamente, pero nos llevamos bien.

—Jo —digo simplemente, sintiéndome mal por él. No está tan solo como me temía, pero aun así…

—No pasa nada, en serio. En el instituto ya tuve un grupo, aunque fueran amigos de mierda, y me di cuenta de que no era lo mío, supongo que prefiero estar con dos o tres personas más como máximo.

—Ya, bueno. Es comprensible.

Abre la boca para hablar, pero la cierra antes de hacerlo. Aparta la mirada de nuevo, suelta un suspiro y entonces vuelve a intentarlo.

—Ellos no saben nada de lo nuestro —admite—. Ni de… En fin. Ni de lo mío.

Asiento con la cabeza; no sé por qué, pero ya lo suponía.

—Me lo imaginaba.

—No es por ti —se asegura a decir—. De verdad. No es que haya tratado de ocultarte ni nada por el estilo. Lo que pasa es que tampoco hace tanto que nos conocemos, ¿sabes? Menos de un año. Y nunca he tenido amigos cercanos con los que pudiera hablar con confianza. No sé cómo sacar el tema.

—¿Crees que te rechazarán o algo así?

Se lo piensa un instante, pero niega con la cabeza.

—No lo sé, no lo creo. Sé que Carlos tiene un primo gay, una vez mencionó que habían tenido movida en una comida familiar por eso. Pero no creo que sea homófobo, ni Laura tampoco. Es solo que… En fin, supongo que no sé cómo sacarles el tema.

—Ya, imagino. —Le doy un apretón cariñoso en la mano—. Tiene que ser complicado.

—Pero quiero hacerlo, ¿eh? Y también me gustaría presentártelos. Pero necesito un poco de tiempo, supongo.

—No te preocupes. No hay ninguna prisa.

Él se acerca a mí con una leve sonrisa y me da un beso.

—Eres el mejor —susurra contra mi boca, provocándome un agradable cosquilleo—. ¿Lo sabías?

—Creo que algo me habías comentado —respondo entre risas.

Mientras reímos y volvemos a besarnos, conseguimos aligerar un poco el ambiente después de la conversación.

Pero, cuando lo abrazo, se me humedecen los ojos.

Antes de conocer de verdad a Marcos no esperaba que fuera tan vulnerable, pero ahora que me ha abierto su alma y su corazón en tantos sentidos diferentes, sobre todo en estos últimos días, no puedo evitar la intensa sensación de que tengo que protegerlo a toda costa.