75. #2
Poco a poco, atento a las reacciones de su cuerpo para asegurarme de no hacerle daño, continúo avanzando hasta que, al fin, mi polla entera está dentro de él, envuelta por esa calidez y esa presión maravillosa.
Lo miro a los ojos y espero a que asienta con la cabeza antes de comenzar a moverme, primero despacio, y después ganando velocidad conforme sus gemidos van yendo en aumento.
No sé cuánto tiempo permanecemos así, pero estoy hipnotizado por la sensación de su interior cálido y húmedo acogiéndome con ganas, la preciosa sinfonía de sus gemidos, la visión de su pecho húmedo por el sudor, de su rostro casi contorsionado por un placer puro y sin diluir.
Todos mis sentidos están concentrados en él, y el momento es tan perfecto que lo único que deseo es que no acabe jamás.
Pero, por supuesto, todo lo bueno se acaba.
Últimamente no necesitamos hablar para sincronizarnos, nos basta con leer nuestras caras y nuestro lenguaje corporal, y eso es justo lo que ocurre ahora.
Noto que sus gemidos van en aumento, que cierra los ojos y aumenta la velocidad de su mano a un ritmo casi furioso.
Sabiendo lo que va a pasar, comienzo a mover las caderas cada vez más rápido, hasta que al fin siento esa fuerte presión en la polla apenas un instante antes de que comience a correrse.
Los chorros salen densos y abundantes contra su mano mientras grita de placer, y con cada uno de ellos siento sus músculos presionándome de una forma deliciosa que hace que comience a correrme yo también, bombeándolo todo en su interior.
Nos miramos durante unos instantes, sudorosos y jadeantes, incapaces de dejar de sonreír.
Entonces, salgo con cuidado de su interior y utilizo las toallitas que nos hemos traído para limpiarme el lubricante.
Me doy cuenta de que Marcos ha colocado su mano a modo de barrera al correrse para no ponerlo todo perdido, pero el semen ya está comenzando a deslizarse por su vientre, así que me apresuro a lamerlo todo antes de que caiga sobre la cama.
A continuación, me acerco a su cara y le doy un largo beso que él aprovecha para recorrer la totalidad de mi boca con la lengua.
—Te quiero, Fran —susurra cuando nos separamos, poniéndome toda la piel de gallina.
—Te quiero, Marcos.
Me quito de encima y me coloco de lado, abrazándome a su torso en nuestra posición favorita mientras él me pasa la mano por encima de la espalda para acercarme todavía más.
Mientras respiro su aroma y escucho los latidos de su corazón, todavía acelerados, siento una felicidad que me invade por completo, una sensación de plenitud y satisfacción que apenas soy capaz de describir.
El sexo siempre ha sido una parte importante de nuestra relación; no tendría ningún sentido tratar de negarlo.
Fue así como empezamos a acercarnos, como empezamos a romper las barreras que había entre nosotros.
Pero es en los momentos posteriores, momentos como este, donde se ha forjado de verdad lo que hay entre nosotros.
En estos abrazos, en los besos tiernos y las caricias cargadas de cariño, en las conversaciones en voz baja, en todas las veces que hemos dormido abrazados, en las duchas juntos, en las tardes viendo series en la cama.
Apenas soy capaz de asimilar que de verdad haya ocurrido todo esto. Es algo que ninguno de los dos quería, algo que no buscábamos y, sin embargo, ahora no podría ser más feliz de que haya ocurrido.
Aunque ya estoy empezando a acostumbrarme a la situación, todavía me cuesta creer también que todo haya salido mucho mejor de lo que podríamos haber esperado.
No solo lo nuestro, sino todo lo que rodea a nuestra relación.
Ya no tenemos que esconder lo que sentimos, no tenemos que ocultarnos ante nadie.
Nuestra familia lo sabe y no solo lo acepta, sino que nos apoya.
Mis amigos también lo hacen y, aunque todavía no he conocido a los de Marcos, tengo esperanzas.
Mientras respiro su aroma, con nuestros corazones latiendo al unísono y su mano trazando círculos por mi espalda, sonrío al pensar en lo lejos que hemos llegado.
Empezó siendo el putísimo Marcos, alguien de quien guardaba un mal recuerdo del instituto, alguien que no quería molestarme en tratar de conocer.
Cuando nuestros padres se casaron y se empeñaron en convertirnos en hermanos, eso no hizo más que aumentar mi rencor hacia él.
No lo soportaba, ni a él ni a su pelo de oveja.
Entonces fue cuando se convirtió en el chico de la habitación de al lado.
Cuando comencé a oírlo por las noches, cuando comenzamos a coincidir en el baño.
Mi curiosidad por él comenzó a crecer, muy a mi pesar, hasta que todo estalló en ese viaje que nos cambió la vida a los dos.
Y, aunque al principio solo era algo puramente sexual, los sentimientos no tardaron en crecer entre nosotros, más fuertes e intensos de lo que jamás podría haber imaginado.
Pero entonces se fue, rompiéndome el corazón en mil pedazos, y el chico de la habitación de al lado se convirtió en el chico de la habitación vacía.
Pensaba que ese había sido el final de nuestra historia, que ya no había nada que hacer. Que todo se había acabado, que había sido un sueño imposible y ahora tendría que vivir con la realidad de su ausencia. Hasta que un nuevo viaje nos dio una segunda oportunidad.
Ya no es el chico de la habitación vacía.
Ni siquiera es solo el chico de la habitación de al lado.
Es el chico que me robó el corazón. El de los rizos preciosos, el del pecho que se ha convertido en mi lugar favorito para dormir noche tras noche.
Es quien ha sabido ser fuerte conmigo, y quien también me ha ayudado a mí mismo a ser más fuerte.
El chico que siempre me hace reír y sonreír, que siempre se esfuerza por hacerme feliz.
Es simplemente Marcos. Mi Marcos. Mi chico.
Y, juntos, simplemente somos.