65.
Una vez pasado el Día de Reyes, me esfuerzo por ir desconectando la mentalidad de las vacaciones para que luego no me cueste tanto volver a la rutina.
No falta demasiado para los exámenes, así que me me paso el resto del fin de semana estudiando; sé que me voy a arrepentir más adelante si no empiezo a tomármelo en serio desde ya.
Aunque no me pongo el despertador para levantarme temprano, dedico las mañanas del sábado y del domingo a estudiar.
Después de comer, me paso un par de horas descansando con mis nuevos videojuegos y, a continuación, sigo estudiando hasta la hora de cenar.
De vez en cuando intercambio mensajes con mi primo Víctor, que me mantiene al día de sus dramas amorosos, y también informo a Vero y mis amigos de lo que he pasado con mi madre.
Cuando quiero darme cuenta, ya ha llegado la cena del domingo. Y, con ella, el final de las vacaciones. Se nota el ambiente melancólico alrededor de la mesa; está claro que a ninguno nos apetece tener que volver a la rutina de siempre.
—Pues se acabó lo que se daba —dice Antonio con una sonrisa, aunque me parece ver cierta tristeza en ella—. ¿Tenéis ganas de volver a clase?
—No —respondemos los tres a la vez.
—No es justo que las vacaciones de Navidad sean tan cortas —se queja Natalia—. Deberían durar una semana más. O un mes.
Los demás nos echamos a reír y el ambiente se aligera un poco.
Al menos, aunque se acaben las vacaciones, seguiremos teniendo estas cenas en familia, estos momentos compartidos alrededor de la mesa.
Sinceramente, ahora mismo no podría pedir nada más.
Quién me iba a decir que acabaríamos así cuando empezaron las navidades y la simple idea de tener que compartir espacio con Marcos no podría haberme resultado más horrible…
—¿Vendrás al menos los fines de semana? —pregunta Antonio de repente, dejándome descolocado.
Tardo un par de segundos en darme cuenta de que está hablando con su hijo, y un par de segundos más en comprender a lo que se refiere.
Por supuesto, técnicamente, Marcos se había ido de casa.
La excusa era que estando cerca de sus tíos le sería más cómodo ir y venir de la universidad, pero la realidad era que solo quería alejarse de mí. Sin embargo, eso ya no será necesario.
Desde que volvemos a estar juntos ya se me había olvidado el tema, pero ahora me doy cuenta de que Antonio no lo ha hecho.
Ahora comprendo su sonrisa de tristeza de hace un par de minutos, las miradas melancólicas que le había visto echarle a Marcos.
Él no me había mencionado nada sobre el tema, así que supongo que tampoco lo recordaba ya.
Y supongo que su padre no habrá querido sacarlo hasta el último momento posible porque no le gustaba la idea de que su hijo volviera a marcharse, así que el asunto había quedado sin resolver.
—No voy a marcharme —dice Marcos, y el rostro de su padre se ilumina—.
Cuando me fui, realmente pensaba que era lo mejor, pero, no sé…
Estar aquí estos días me ha hecho darme cuenta de que no quiero irme.
Me da igual dormir menos, me da igual tardar más en ir y volver a la universidad.
Quiero estar con vosotros. Con todos vosotros. Si no os importa, claro.
Los ojos de Antonio se llenan de lágrimas. Técnicamente, Marcos ha adornado un poco la verdad, pero él no necesita saber eso ahora mismo.
—Claro que no, campeón.
Mi madre, que también parece ligeramente emocionada, le da un codazo a su marido.
—Recuerda lo que hemos hablado.
—No lo he olvidado —dice él, y vuelve a dirigirse a su hijo—. ¿Qué te parece si a partir de ahora te llevo a la facultad en coche antes de irme al trabajo?
—¿En serio? —pregunta Marcos, sonriente—. ¿No es mucho lío?
—No, ya lo he estado mirando. No es mucho desvío para ir luego al trabajo y solo tendría que salir diez minutos antes de lo habitual, pero tú podrías levantarte un buen rato más tarde.
Y, cuando salga temprano, también puedo pasarte a recoger y así te ahorras tardar tanto a la vuelta. ¿Qué te parece?
—Me parece genial —responde él, sonriendo todavía más, y está tan guapo que me cuesta contener la necesidad de besarlo.
—Lo hemos estado hablando estos días porque no queríamos que volvieras a marcharte, corazón —interviene mi madre, mirándolo con cariño—. Tendríamos que haberlo pensado antes.
—Supongo que sería la costumbre —dice Marcos, encogiéndose de hombros—. En la casa anterior no estábamos tan lejos, así que no tenía que madrugar tanto para llegar a clase. Pero aquí, como encima tengo que hacer dos transbordos…
—Pues no se hable más —replica Antonio, radiante—. Vamos a brindar. —Todos nos rellenamos los vasos y esperamos a que continúe—. Por nuestra familia. Para que nada pueda volver a separarnos.
El corazón me da un vuelco al oír esas últimas palabras; después de todo, si hay alguien que ha estado a punto de separarnos ese soy precisamente yo.
Pero ahora no es el momento, de modo que trato de apartar esos pensamientos de mi mente mientras me obligo a sonreír y acerco el vaso para hacerlo chocar con los demás.
Cuando terminamos de cenar, todavía nos quedamos un rato más alrededor de la mesa, charlando de todo y de nada; es evidente que ninguno de nosotros queremos que se acabe la noche.
Pero, cuando dan las doce, mi madre declara que ya es hora de irnos a la cama si no queremos parecer zombis mañana, así que eso es lo que hacemos.
Marcos y yo nos enviamos mensajes a través del móvil mientras esperamos a que los demás se acuesten.
A partir de ahora, va a ser él quien venga a dormir a mi habitación entre semana, invirtiendo así la rutina de estos días.
Mientras estábamos de vacaciones, era yo quien iba a su cuarto; como su cama es más grande, teníamos más espacio para estar cómodos y a gusto.
Yo solo tenía que ponerme una alarma a las siete de la mañana para volver a mi habitación antes de que nadie se despertara.
Pero, ahora que van a reanudarse las clases, hemos decido recuperar la costumbre de que sea él quien duerme conmigo, ya que seguirá teniendo que levantarse antes.
Sin embargo, en lugar de despertarse casi una hora antes que yo, tan solo tendrá que hacerlo diez o quince minutos antes, tiempo suficiente para pasar por el baño y ducharse antes de que yo me levante.
De hecho, ahora que va a salir más tarde de casa, hemos decidido que vamos a desayunar juntos antes de meterme yo en la ducha y que él se vaya con su padre.
Es decir: más rato durmiendo juntos, menos tiempo solo en la cama, y poder empezar la mañana juntos. Todo ventajas.
Los ronquidos de Antonio ya han comenzado a sonar amortiguados por el pasillo cuando oigo que mi puerta se abre y se cierra de forma casi imperceptible. Unos segundos después, Marcos se mete en mi cama.
—Ey —susurra mientras se acomoda junto a mí.
—Ey. —Lo abrazo con fuerza y le doy un beso en los labios, abrazándolo—. Admito que me ha gustado dormir en tu cama estos días, pero esto también tiene su encanto. Así podemos estar mucho más pegados.
—Pues ya verás en verano —dice entre risas—. Soy muy caluroso y suelo emitir bastante calor, seguro que me mandas a dormir al suelo.
—Jamás —le aseguro, y lo abrazo más fuerte todavía.
Permanecemos en silencio durante unos minutos, simplemente abrazándonos y dándonos calor mutuamente.
—Jo, no quiero que llegue mañana —dice al cabo de unos minutos—. Las vacaciones se me han hecho cortísimas.
—Ya ves. Cortísimas e intensas.
—Ahora vamos a tener que pasar todas las mañanas separados, es una mierda.
—Ya… Pero bueno, tú piensa que al menos podremos seguir durmiendo juntos.
—Y no lo cambiaría por nada —susurra antes de volver a besarme.
Cuando nos separamos, trato de encontrar algo que decir para alargar el momento; no estoy preparado para irnos a dormir y que se acaben las vacaciones.
—Por cierto, ¿qué tal Heartstopper ? —le pregunto, recordando que se ha pasado el fin de semana leyendo.
—Ya me los he terminado todos —confiesa.
—¿En serio?
—En serio —responde, algo avergonzado.
—Entonces supongo que te habrán gustado.
—Me han encantado. Muchísimas gracias, de verdad.
—De nada —respondo, y le doy un beso fugaz en los labios.
Me da la impresión de que va a decir algo más, pero no lo hace.
Me rehúye la mirada, como si estuviera avergonzado por algo, y no puedo evitar preocuparme.
Sin embargo, empiezo a saber cómo actuar cuando está así, así que lo abrazo con fuerza y le doy tiempo para que me diga lo que sea cuando se sienta preparado.
No vuelve a hablar hasta varios minutos después, cuando ya empezaba a pensar que estaba quedándose dormido.
—Oye, Fran.
—Dime.
—Me he quedado pensando después de Heartstopper.
—Cuéntame.
—No sé cómo decirlo… es como que me ha afectado más de lo que pensaba.
—¿En qué sentido? ¿Estás bien?
—Sí. Es solo que… A veces pienso que lo he hecho todo mal.
—¿El qué?
—Contigo —especifica—. O sea, es que veo todo lo que hacía Nick con Charlie, y no sé… Pienso que a lo mejor tendría que haber hecho las cosas de forma diferente.
Sus palabras logran removerme algo por dentro.
—Ha sido todo perfecto —le aseguro—. No tenías que haber hecho nada diferente.
—¿Tú crees? Porque empezamos haciéndonos pajas juntos, Fran. Me corrí en tu boca antes de que nos hubiéramos dado ni un abrazo. Follamos antes de besarnos siquiera. ¿No se supone que estas cosas deberían empezar de forma diferente? No sé, ¿como más románticas o algo así?
Suelto un suspiro. Entiendo bien por dónde va, porque yo también lo he pensado en alguna ocasión.
—Hay muchas clases de relaciones y todas empiezan de forma diferente, y todas son válidas siempre que haya consentimiento y respeto.
Así fue como empezó la nuestra, pero tú mismo me lo dijiste cuando decidimos seguir adelante: todo lo que ha pasado es precisamente lo que nos ha llevado hasta aquí.
Así que, por mi parte, no me arrepiento de nada.
—Yo tampoco —se apresura a decir—. De verdad. No es que me arrepienta, es solo que… No sé, a lo mejor tendría que haber sido más especial.
—Lo ha sido —le aseguro—. Cada momento contigo ha sido especial.
Sin embargo, Marcos sigue sin parecer convencido.
—Si no hubiera sido un gilipollas en el instituto, a lo mejor las cosas habrían sido muy diferentes.
—Mira, yo también lo he pensado, ¿vale? —admito—.
Si nos hubiéramos conocido de verdad en el instituto, a lo mejor nos habríamos enamorado entonces, quién sabe.
Pero en esa época no éramos las mismas personas que ahora, éramos mucho más inmaduros.
A lo mejor no hubiéramos durado, a lo mejor no hubiéramos acabado bien.
Y entonces habríamos perdido nuestra oportunidad.
—Supongo. Lo que pasa es que no puedo evitar pensar en lo que habría podido pasar si tantas cosas hubieran sido diferentes.
—Lo entiendo. Pero no tiene sentido pensar en lo que habría podido pasar si no tenemos forma de cambiarlo, ¿no? Lo que cuenta es lo que ha pasado de verdad, y lo que ha pasado es lo que nos ha llevado hasta aquí.
Permanece unos segundos en silencio, pero entonces asiente con la cabeza.
—Ya. Tienes razón.
—Mira, puede que lo nuestro no sea la típica historia romántica y de película donde todo empieza con arcoíris, unicornios y azúcar. Pero es nuestra historia, Marcos. Solo nuestra. Y, sinceramente, no querría haber vivido otra diferente. Porque es nuestra, y eso hace que sea especial.
Él sonríe y acerca la cara para besarme. Pronto, la intensidad de nuestros besos va en aumento y, para cuando quiero darme cuenta, ya hemos perdido la ropa y estamos tratando de contener los gemidos de placer que nos arrancamos el uno al otro en la oscuridad.