El chico de la habitación vacía (El chico de al lado 2) 64.
84%

64.

‎

Pestañeo un par de veces mientras la miro, tratando de procesar lo que acabo de oír.

—¿De qué estás hablando? —pregunto.

Su sonrisa crece ligeramente.

—Llevo ya un tiempo sospechando que había algo entre vosotros.

Me quedo boquiabierto de forma literal, lo que le arranca una risita. Un calor intenso comienza a extenderse por mis mejillas. ¿Cómo puede ser? ¿De verdad hemos sido tan evidentes? Y nosotros que pensábamos que estábamos siendo discretos…

—Pero… ¿cómo? —acierto a preguntar—. ¿Por qué?

—Os vi en la playa cuando estuvimos en Canarias.

El día que os fuisteis de paseo después de comer, ¿recuerdas?

—Asiento con la cabeza; me acuerdo muy bien de ese día—.

Ya había pasado un buen rato y me extrañaba que tardarais tanto en volver, así que fui a dar una vuelta para ver si os encontraba.

Os vi dormidos sobre una roca, y estabais abrazados.

Ahora las mejillas comienzan a arderme de forma casi literal.

—Entonces… ¿lo sabías desde el principio? —acierto a decir, desviando la mirada. Soy incapaz de mirarla a la cara, invadido por una vergüenza intensa.

—Bueno, no es que supiera nada… Tan solo os había visto en una actitud cariñosa.

Al principio pensé que simplemente os habíais cogido cariño y ya está, aunque me extrañaba veros tan abrazados.

—Se encoge de hombros—. Pero antes os llevabais como el perro y el gato y de repente estabais todo el rato juntos, así que empecé a pensar que a lo mejor mientras compartíais habitación acabasteis cruzando la línea que separa el odio del am…

—Para —la interrumpo muerto de vergüenza; sé que mis mejillas incandescentes no lo soportarían si terminara de pronunciar esa frase—. ¿Por qué no me dijiste nada?

—¿Qué querías que te dijera, cariño? —me pregunta ella, con una leve sonrisa—. No tenía nada claro, tan solo era una sospecha. No podía abordarte así sin más, porque si me equivocaba, pensarías que estaba loca.

—Eso es verdad —admito.

—También pensé que lo mejor sería que me lo contaras tú cuando te sintieras preparado. Y, además…

Deja la frase inconclusa, así que levanto una ceja.

—¿Además, qué?

—Me pareció que a lo mejor queríais que nadie lo supiera, aunque fuera por un tiempo —responde, y vuelve a sonreír—. Un romance secreto o algo así.

Prácticamente puedo oler el humo que debe de estar saliendo por mis orejas.

—Entonces… ¿no estás enfadada?

—Claro que no, mi vida. ¿Cómo iba a estarlo?

—Tú siempre has querido una familia como la que tenemos ahora.

—Sí, pero tú siempre serás lo más importante para mí.

—Joder —acierto a decir, incapaz de mirarla a los ojos.

Ella lleva la mano a mi barbilla y me gira la cara con suavidad para que vuelva a mirarla.

—¿Tú eres feliz con él, Fran?

Asiento con la cabeza, sintiendo el calor de mis mejillas como un fuego ardiente.

—Sí —susurro, invadido por una timidez más intensa que nunca—. Muchísimo.

Ella sonríe y me acaricia la cara.

—Pues ya está, cariño. Si tú eres feliz, eso es lo único que me importa.

—¿De verdad? —pregunto con un hilo de voz, incrédulo.

—De verdad. —Entonces, sin poder evitarlo, la abrazo con fuerza y rompo a llorar—. Fran, mi vida —susurra mientras me devuelve el abrazo—. ¿Qué pasa?

Pero al principio soy incapaz de hablar; estoy demasiado invadido por una mezcla de emociones que apenas soy capaz de controlar.

Sin embargo, la más fuerte de todas es el alivio: a pesar de mi temor, a pesar de mi preocupación, mi madre se lo ha tomado todavía mejor de lo que podría haber esperado. Y eso no podría hacerme más feliz.

—Lo siento —digo al fin—. Es que ha sido muy difícil.

—Lo entiendo, cariño —responde, acariciándome el pelo—. Os queréis mucho, ¿verdad?

Asiento con la cabeza, pero me obligo a susurrar la palabra.

—Sí.

—Pero tuvisteis una pelea —añade, y no es una pregunta—. Por eso se fue Marcos de casa. —Asiento con la cabeza una vez más—. ¿Qué pasó? Si es que me lo quieres contar, claro.

Suelto un suspiro antes de responder.

—Fue por vosotros. O sea, no por vuestra culpa —me apresuro a añadir—. Pero teníamos miedo de vuestra reacción. Teníamos miedo de cargarnos la familia, de destrozar toda la felicidad que habíais encontrado Antonio y tú.

Ella me mira con un amor infinito, y me doy cuenta de que tiene los ojos húmedos.

—Ay, cariño… Sois los dos maravillosos, no me extraña que os hayáis enamorado.

—Un día llegaste a casa antes de lo que esperábamos —continúo, tratando de ignorar esa última palabra—.

Y, a partir de ahí, Marcos se ralló mucho.

Pensaba que nos estábamos arriesgando demasiado, que nos ibais a descubrir en cualquier momento, que os lo ibais a tomar fatal.

Y por eso decidió marcharse, para no seguir complicando las cosas.

Ella asiente con la cabeza y se queda en silencio unos instantes, pensativa. Me coge ambas manos y me las aprieta con fuerza, como tratando de transmitirme su cariño.

—Lo siento mucho, mi vida. Pero yo jamás me lo habría tomado fatal, ni ahora ni antes. Siento mucho que hayas tenido que pasarlo tan mal, de verdad.

Trato de asimilar sus palabras, pero entonces me doy cuenta de algo.

—Has hablado en singular.

Ella parpadea un par de veces, confusa.

—¿Qué?

—Has hablado en singular —repito—. Has dicho que tú no te lo habrías tomado fatal.

Ella suelta un suspiro.

—No puedo saber cómo se lo habría tomado Antonio, la verdad. O Natalia.

—Bueno, en realidad, ella ya lo sabe. No es que se lo contáramos antes que a ti —me apresuro a añadir—. Lo que pasa es que el otro día nos vio besándonos.

Me estoy muriendo de vergüenza al tener que decirle eso, pero me parece importante dejarle claro que no es que quisiéramos contárselo a Natalia antes que a ella. Asiente con la cabeza y me acaricia el dorso de la mano.

—¿Y con ella no ha habido ningún problema?

—No —respondo, ahorrándome contarle lo de ese par de días de tensión que ahora no vienen a cuento—. Pero, en fin… Nos preocupa cómo se lo pueda tomar Antonio.

—No va a ser fácil —señala, sin paños calientes—. Seguramente le costará un poco aceptarlo.

—Lo sé —le digo, asintiendo con la cabeza—. Y la verdad es que nos da bastante miedo su reacción.

—Es normal. Pero yo estoy con vosotros, ¿vale? No puedo saber cómo se lo va a tomar, pero sí que te prometo que haré todo lo que esté en mi mano para ayudar.

—Gracias, mamá —respondo con la voz temblorosa, y unas nuevas lágrimas se deslizan por mi mejilla—. De verdad.

Ella me abraza de nuevo, y yo comienzo a llorar contra su pecho otra vez.

Vuelvo a sentirme como un niño, llorando en brazos de mi madre.

Y, al igual que ocurría entonces, sus abrazos, sus besos y sus caricias son suficientes para arreglar cualquier cosa que pueda pasarme. Al menos, así es como me siento.

Cuando al fin nos separamos, no sé cuánto tiempo ha transcurrido desde que entró aquí, pero se le escapa un bostezo que enseguida me contagia.

—Vete a dormir si quieres —le digo—. Estarás cansada.

—Vale, cariño. Pero avísame si necesitas algo, ¿eh?

—Claro. Y… muchas gracias.

—De nada, mi vida

Con una sonrisa de infinito cariño, se acerca a mí para darme un beso. A continuación, se pone en pie y se marcha.

Yo me quedo sentado en la cama, demasiado invadido por las emociones, demasiado aturdido por todo lo que acaba de pasar.

Los minutos transcurren mientras le doy vueltas a la conversación una y otra vez, casi incapaz de creérmelo.

Apenas estoy comenzando a asimilar que al final todo ha salido bien, que mi madre no se ha enfadado, sino todo lo contrario.

Llevo ya un rato solo cuando me vibra el móvil, y al mirar la pantalla veo un mensaje de Marcos preguntándome si estoy bien.

No tengo fuerzas para transcribirle toda la conversación, de modo que le pido que venga a mi habitación.

Apenas unos segundos después, oigo que mi puerta se abre y después vuelve a cerrarse con suavidad.

—Fran, ¿qué te pasa? —me pregunta al verme la cara, claramente preocupado—. ¿Has estado llorando?

Asiento con la cabeza.

—Un poco, pero no te preocupes. No es nada grave.

—¿Qué ha pasado? —insiste, claramente poco convencido—. Me estás asustando.

—No es nada, en serio —le aseguro—. Se lo he contado a mi madre. Pero ha salido todo bien.

Suelta un suspiro de alivio que hace que le tiemble todo el cuerpo. Se derrumba sobre mi cama, y casi puedo sentir la tensión abandonando su cuerpo de golpe. Aun así, se incorpora un poco y me mira con el ceño ligeramente fruncido.

—¿Seguro? Si has estado llorando, habrá sido por algo.

—No es nada malo, de verdad. Ha sido solo por…

el alivio, supongo. —Me encojo de hombros—.

Estaba muy tenso y muy nervioso, y supongo que, cuando me di cuenta de que realmente no pasaba nada, fue como que estallé.

Pero nos ha venido muy bien tener esta conversación, poder contarle la verdad, llorar y desahogarme. Ahora me siento mucho mejor.

—Entonces, ¿crees que nos apoya?

—Pues sí. —Esbozo una sonrisa—. De hecho… ya lo sabía, más o menos.

La escasa luz se refleja en sus ojos muy abiertos.

—¿Qué dices? ¿En serio?

—Resulta que no hemos sido tan discretos con lo nuestro como pensábamos…

Comienzo a relatarle la charla con mi madre, aunque me guardo sus palabras de cariño solo para mí.

En algún punto se me humedecen los ojos al recordar momentos concretos de la conversación; todavía sigo sin asimilar que todo haya salido tan bien.

Marcos me escucha atentamente, sin intervenir, y por su expresión es evidente que a él también le cuesta creer que hayamos sorteado un obstáculo más.

—Joder —dice cuando termino—. Menos mal.

—Pues sí.

—¿Y crees que con mi padre hay alguna posibilidad de que haya pasado lo mismo? —pregunta, ligeramente esperanzado—. Si tu madre se ha dado cuenta sola, a lo mejor él…

—Lo dudo mucho, Marcos. ¿De verdad crees que tu padre sería tan perspicaz?

—No —admite—. Pero, no sé, si tu madre le ha comentado algo sobre nosotros…

—Si hubiera sido así, me lo habría dicho —señalo—. No creo que vayamos a tenerlo tan fácil con él.

—Ya… tienes razón.

Parece desanimado, así que trato de recordarle el avance que hemos hecho hoy.

—Tú piensa que mi madre ya lo sabe, y que se lo ha tomado genial. Con tu hermana, ya van dos de tres.

—Dos de tres… —repite—. Supongo que podría ser peor.

—Mucho peor.

—Pero, por mucho que ellas lo hayan aceptado, si él no se lo toma bien…

No continúa la frase y no necesito que lo haga; los dos sabemos perfectamente las consecuencias que podría haber si Antonio rechazara nuestra relación.

En ese caso daría igual que mi madre y Natalia nos apoyaran, porque sería un duro golpe para la familia del que sería difícil recuperarnos.

Pero, una vez más, trato de apartar esos pensamientos amargos de mi cabeza y centrarme en la realidad de que todo ha salido bien con mi madre, de que tenemos una nueva aliada en nuestra relación.

Como le he dicho a Marcos, ya van dos de tres.

Por el momento, prefiero quedarme con eso.

—Todo va a salir bien —susurro mientras lo abrazo con fuerza—. ¿Vale?

—Vale. Te quiero.

—Te quiero.

Y, entonces, volvemos a besarnos. Nos perdemos cada uno en los labios del otro mientras nos abrazamos y nos acariciamos, pero no vamos más allá.

Esta es una de esas noches en las que no hay sexo; ninguno de los dos lo necesitamos.

Simplemente nos abrazamos, nos besamos despacio, nos damos cariño de todas las formas posibles.

Nos susurramos palabras de amor, y también lloramos un poco de puro alivio.

Después de todo, ahora ya estamos un paso más cerca de nuestro objetivo, que es simplemente poder vivir lo nuestro sin tener que ocultarnos.

Aunque, como ya hemos hablado, todavía falta lo peor.