63.
Unos golpes insistentes en la puerta me despiertan mucho antes de lo que me gustaría.
—¡Fran! ¡Fran, despierta! —Es la voz de Natalia—. ¡Hay que abrir los regalos!
Suelto un gruñido, obligándome a abrir los ojos.
Miro el móvil y veo que son las nueve de la mañana; no es que sea especialmente temprano, pero estos días me he estado acostando tarde con todas las visitas a la habitación de Marcos y después tenía que volver a mi cama temprano y volver a dormirme, así que no me levantaba hasta casi las once.
Por si fuera poco, esta noche me he tenido que levantar de madrugada para dejar en el salón los regalos que he comprado yo, así que he dormido todavía menos de lo habitual.
A regañadientes, me incorporo y suelto un prolongado bostezo.
Después de una visita al cuarto de baño, me voy al salón, donde ya están todos esperando.
—Buenos días, cariño —dice mi madre.
—¡Ya era hora! —me reprende Natalia—. El Día de Reyes hay que levantarse temprano.
—Que sí, que sí…
Marcos me dirige una amplia sonrisa mientras me acerco a ellos.
Como cada uno tenemos ya nuestro lugar establecido en los sofás, esos han sido los sitios escogidos para dejar los regalos, así que Marcos y yo nos dirigimos al nuestro para abrirlos.
No son demasiados; nuestros padres ya nos han avisado de que no había mucho presupuesto después de los viajes después de la boda y en Navidad.
Y, a decir verdad, tampoco es que lo necesite: nada puede darme más felicidad que las otras cuatro personas que hay en esta habitación.
Me doy cuenta de que hay un paquete entre sus regalos y los míos, y al cogerlo compruebo que dentro hay algo blando.
Cuando miro la etiqueta, veo que se trata de un regalo para los dos de parte de Natalia, así que se lo enseño a Marcos y lo abrimos juntos.
Dentro hay una manta mullida y calentita de Spider-Man, y además, bastante grande.
—¿Y esto? —le pregunta él, sonriente.
—Para cuando veamos películas en familia —responde su hermana, sonriendo también—. Así no pasáis frío.
—Muchas gracias, Natalia —le digo, y nos acercamos para abrazarla entre los dos.
De nuevo, está dándonos una prueba más de su apoyo a nuestra relación. Antes ya utilizábamos una manta para taparnos en el sofá, pero esta es lo bastante grande para cubrirnos sin problema a los dos, lo que significa que podremos acurrucarnos todavía más sin que nadie se dé cuenta.
Después del abrazo, volvemos con nuestros regalos.
Encima de mis paquetes hay un sobre con mi nombre escrito a mano que me llama la atención, así que lo cojo primero y lo abro.
Dentro veo una hoja de papel impresa… la reserva de una noche de hotel.
Un hotel de verdad, no uno por horas. Sonrío al ver la fecha: el veintiocho de enero, el día que se cumple exactamente un mes desde que Marcos y yo decidimos ser novios oficialmente.
Por supuesto, no necesito preguntar para saber quién me lo ha regalado.
—Joder… te has pasado —le digo en voz baja—. Muchísimas gracias.
—Qué va —susurra Marcos, y echa un vistazo a los demás para asegurarse de que no nos estén escuchando antes de continuar—. Tan solo quería hacer algo especial para nuestro primer mes oficialmente juntos.
—Pues es perfecto.
—Pero no te esperes lo mismo todos los meses, ¿eh? —añade, alzando una ceja—. Si acaso, para cuando cumplamos un año.
Suelto una risita.
—Me parece bien. Ahora abre tú el mío, anda —le pido, señalándolo—. Es ese de ahí. Aunque te va a parecer una mierda .
Marcos se apresura a abrirlo y saca la caja con los tres primeros cómics de Heartstopper que le he comprado. Comparado con la noche de hotel, ahora me parece un poco cutre, pero su rostro se ilumina al verlo.
—Me encanta, Fran —dice con la voz estrangulada por la emoción—. De verdad. Muchas gracias.
—¿En serio?
—En serio.
—Pues menos mal, pensaba que te iba a parecer una mierda.
—Al contrario. Joder, ojalá pudiera besarte ahora mismo —murmura entre dientes, y hay cierta tristeza en su voz.
—Sí —digo con una sonrisa agridulce—. Ojalá.
Continuamos abriendo nuestros regalos; en mi caso, un par de libros y juegos que había pedido.
Nuestros padres se han regalado un par de cosas entre ellos, pero esperan a que nosotros terminemos con nuestros regalos para abrir los que les hemos hecho entre los tres: a mi madre, un vestido negro bastante bonito, y a Antonio, un juego de cuchillos de cocina profesionales que por alguna razón heterosexual que no comprendo le hacían muchísima ilusión, incluido un cuchillo jamonero que está deseando probar.
—Venid aquí —nos llama, y Marcos y yo nos acercamos para unirnos a un abrazo en grupo que me reconforta por dentro.
—¿Os han gustado vuestros regalos? —pregunta mi madre, y nosotros respondemos que sí y les damos las gracias.
Tardamos un buen rato en separarnos, hasta que Antonio anuncia que va a ir a por los tradicionales churros del desayuno.
—¿Te ayudo con el café? —le pregunta Natalia a mi madre en cuanto Antonio sale por la puerta, lanzándonos una mirada de soslayo a Marcos y a mí.
—Claro, cariño. Vosotros id poniendo la mesa, ¿vale?
—Vale —respondemos al unísono.
En cuanto desaparecen en la cocina, Marcos y yo nos lanzamos el uno al otro y nos besamos por fin, casi con desesperación. Nos devoramos mutuamente con ganas, como si las escasas horas que hemos pasado separados desde que nos despedimos por la noche hubieran sido días enteros.
Media hora más tarde ya estamos todos alrededor de la mesa, hablando y riendo alegremente mientras nos hinchamos a churros con chocolate.
Soy incapaz de dejar de sonreír en todo momento por la felicidad pura que siento en estos momentos.
Mi madre siempre se aseguraba de que el Día de Reyes fuera especial para mí, pero hoy debe de ser el mejor de mi vida.
* * *
El resto del día transcurre con una agradable tranquilidad.
Me permito no estudiar y me paso varias horas estrenando uno de mis nuevos juegos; ya volveré a ponerme en serio mañana.
Marcos se cuela en mi habitación unas cuantas veces para darme besos furtivos, y sobre las tres de la tarde, volvemos a reunirnos todos alrededor de la mesa para comer una ensalada de pasta ligera.
Después del atracón de churros, tampoco tenemos ganas de mucho más.
De postre hay roscón de Reyes, algo que llevaba años sin probar porque antes solo éramos dos personas y se nos estropeaba si lo comprábamos solo para nosotros.
A Natalia le toca el haba, y nos reímos mucho cuando nuestros padres se meten con ella, diciéndole que ahora tendrá que pagar el roscón.
Después de comer, mi madre y Antonio se quedan en el sofá con Natalia tumbada en el suelo para ver una de esas películas navideñas malísimas que ponen estos días en la tele, tal como suelen hacer.
Mientras tanto, Marcos y yo nos vamos a su habitación.
La versión oficial es que vamos a ver Daredevil .
Pero, antes de poner el episodio correspondiente de Heartstopper , nos damos el lote con ganas una vez más; está claro que nos ha pasado factura eso de no haber podido pasar la noche juntos.
La tarde transcurre entre besos furtivos y no tan furtivos, caricias y sollozos de Marcos contra mi pecho mientras nos tragamos lo que nos queda de la tercera temporada, viviendo una auténtica montaña rusa de emociones en poco menos de tres horas.
Cuando termina el último episodio, los dos nos quedamos un buen rato en silencio.
Aunque ya he visto la serie varias veces, siempre consigue afectarme.
—Joder —susurra Marcos tras unos minutos, con la voz todavía estrangulada—. Mañana me empiezo los cómics.
—Entonces, ¿te ha gustado el regalo?
—Pues claro —responde, y se acerca para darme un beso.
Continuamos besándonos hasta que oímos unas pisadas por el pasillo y nos apresuramos a separarnos. Después, vuelvo a mi habitación, donde me siento en el puf para continuar con mi videojuego hasta que llegue la hora de cenar.
Una hora más tarde, suenan unos golpecitos en la puerta.
—¿Sí? —pregunto.
—Soy yo —responde Natalia—. Dice tu madre que la cena llegará dentro de diez minutos y que vayáis a poner la mesa.
—Vale, ya voy.
Cuando salgo de mi habitación, me encuentro con Marcos esperándome frente a la puerta.
—Ey —me saluda.
—Ey.
Y, entonces, se inclina hacia mí para darme un beso fugaz.
—Venga, anda —susurro cuando nos separamos, apenas un segundo después—. Que nos van a pillar.
Después de la comida ligera todos volvemos a tener hambre a la hora de la cena, así que Antonio ha ido a comprar un pollo asado con patatas de la pollería cercana.
Sonrío al recordar que esa fue precisamente una de las primeras cosas que comimos en esta casa todos juntos, aunque las circunstancias no podrían ser más diferentes.
Ese día me estaba viendo obligado a comer con gente de la que no quería saber nada, pero ahora se han convertido en algunas de las personas más importantes de mi vida, unas personas que ahora mismo no cambiaría por nada.
De postre volvemos a comer roscón, y resulta que el rey le toca…
a Natalia. Nos reímos todavía más que antes, y ella se coloca la corona de cartón sobre la cabeza y se jacta de que no tendrá que pagar nada.
Me lo estoy pasando tan bien que ni siquiera recuerdo que todavía tengo que mantener una conversación importante con mi madre hasta que Marcos y yo nos recogemos la mesa y la cocina, con los besos furtivos de rigor.
—Creo que voy a hablar con mi madre esta noche —le digo.
—¿En serio? —pregunta, y yo asiento con la cabeza—. ¿Estás seguro?
Obviamente, no necesita que le aclare de qué quiero hablar con ella exactamente.
—Sí. No puedo seguir retrasándolo más.
—¿Quieres que esté contigo?
—Creo que será mejor que no. Pero deséame suerte, ¿vale?
—Claro que sí —dice, y se inclina hacia mí para besarme—. Mucha suerte, mi amor.
—Gracias. La voy a necesitar.
—Tú ve contándome, ¿vale?
—Claro.
Cuando salimos de la cocina, veo que nuestros padres están en el salón, viendo uno de esos programas musicales navideños que suele haber por estas fechas.
Sé que sería extraño que la interpelara directamente en este momento, así que vuelvo a mi habitación, cierro la puerta y le mando un mensaje mientras me siento en la silla de mi escritorio.
Oye, mamá. ¿Podemos hablar un momento?
Claro, cariño
Voy a tu cuarto?
Sí, porfa
Y entonces, con el corazón latiendo a toda máquina, me preparo para lo que está a punto de pasar.
Hay muchas posibilidades, pero no dejo de dar vueltas a las malas.
Al fin y al cabo, si la cosa sale mal, esto podría suponer no solo el fin de mi relación con Marcos…
sino también el fin de nuestra familia. Y, si eso ocurre, nosotros seremos los únicos culpables.
Menos de un minuto después, suenan unos golpecitos en la puerta y el corazón se me acelera todavía más.
—Pasa.
Ella entra y cierra detrás de sí. Me doy cuenta de que parece preocupada,
—¿Pasa algo, cariño?
—No, no. Tranquila. Tan solo quería contarte una cosa.
—Claro, dime. —La observo mientras se sienta en el borde de mi cama—. ¿Te quieres sentar aquí conmigo? —me pregunta, señalando con un gesto el resto de la cama.
Me lo planteo brevemente, pero entonces niego con la cabeza. Es posible que tenga que salir de aquí corriendo, así que me quedo donde estoy, lo más cerca posible de la puerta. Aunque, por supuesto, no sé adónde podría ir si esto saliera mal.
Sin embargo, no soy capaz de decir nada. Abro la boca, pero no sale ningún sonido. Trago saliva y vuelvo a intentarlo; nada. Estoy empezando a ponerme nervioso, y es evidente que mi madre se ha dado cuenta.
—¿Fran? Me estás preocupando.
—Lo… Lo siento —logro decir al fin—. Es que no sé cómo decírtelo.
—Ven aquí, anda —insiste—. Siéntate conmigo.
Quiero negarme, pero mi cuerpo actúa por voluntad propia, así que asiento con la cabeza y me dirijo hacia la cama.
Cuando me siento, ella me abraza, y eso hace que se me llenen los ojos de lágrimas.
Lo más probable es que este sea el último abrazo que me dé teniendo en cuenta lo que tengo que contarle, así que trato de disfrutarlo durante unos segundos.
—Lo siento —susurro contra su pelo, mientras una lágrima se desliza por mi mejilla.
—¿Por qué, cariño? ¿Qué ha pasado?
—Es que no sé por dónde empezar —confieso.
Ella suelta un suspiro.
—Fran, eres mi hijo y voy a apoyarte siempre, ya te lo dije ayer. Y, sea lo que sea, estoy segura de que no será tan grave.
—Sí que lo es —replico.
—Bueno, pero aun así, yo estoy contigo. Eres lo más importante del mundo para mí, ¿sabes? Puedes contarme lo que sea.
—¿Me prometes que no me vas a odiar? —le pregunto con un susurro, y la voz se me rompe en la última palabra.
—¿Por qué iba a hacer eso, cariño?
Trago saliva mientras ella me seca unas lágrimas que han caído por mis mejillas.
—Prométemelo —insisto—. Por favor.
—Te lo prometo, Fran. Yo jamás podría odiarte.
—¿De verdad?
—De verdad. Pero dime ya qué pasa, por favor. Me estás asustando.
Me coge las manos con las suyas, y yo cierro los ojos para disfrutar de la sensación una vez más. Respiro hondo antes de volver a mirarla.
—Es por Marcos.
—¿Qué pasa con él?
Tomo aire otra vez. Y, entonces, le suelto la bomba al fin.
—Estamos juntos. —Ella permanece en silencio, mirándome fijamente—. En plan… que somos novios y tal.
No me suelta las manos, así que supongo que eso es buena señal, ¿verdad? Y tampoco me está mirando con odio, ni me ha dado un bofetón, ni se ha puesto a gritarme o algo por el estilo, aunque esas cosas no serían nada propias de ella. Pero sigue sin reaccionar, y eso me está poniendo de los nervios.
De pronto, esboza una pequeña sonrisa.
—Entonces sí que es verdad que ya lo habéis arreglado todo, ¿no?
Perdona… ¿Qué?