62.
Después de un buen rato abrazados, nos metemos juntos en la ducha.
Cuando terminamos, volvemos a la habitación de Marcos y, todavía sin vestirnos, nos abrazamos bajo las sábanas y continuamos viendo Heartstopper.
Vamos por el tercer episodio de la tercera temporada cuando Natalia nos manda un mensaje para avisarnos de que ya vienen en camino.
—Sí que lleva bien el tema —señalo con una sonrisa.
—Pues sí. Nos vino muy bien poder hablar de todo el día que quedaste con tus amigos.
—Me alegro.
Me giro hacia él para besarle y, cuando quiero darme cuenta, la pasión se ha vuelto a apoderar de nosotros una vez más. Pronto nuestras erecciones hacen acto de presencia, y Marcos no tarda en coger la mía con la mano, que empieza a mover a un ritmo constante.
—¿No deberíamos parar? —pregunto contra sus labios—. A ver si nos van a pillar.
—Natalia ha dicho que van a tardar más de media hora. Tenemos tiempo para algo rapidito.
—¿En serio no puedes esperar hasta la noche? —le digo haciéndome el duro, como si no estuviera muriéndome de ganas yo también—. Te recuerdo que solo hace como dos horas desde que hemos follado…
—Creo que esta noche no sería conveniente visitarnos. Con el tema de los regalos y tal… es posible que haya más movimiento de lo habitual por la casa.
Hago una mueca; no lo había pensado, pero tiene toda la razón. Llevo la mano también a su polla, y al notar el líquido que ha comenzado a gotear por su glande, lo recojo con los dedos y me lo llevo a la boca.
—Pues venga, pero rápido.
Él me besa de nuevo mientras seguimos masturbándonos.
A continuación, nos colocamos de esa forma que tanto nos gusta, el clásico 69, para poder darnos placer mutuamente.
No ha pasado demasiado desde que nos hemos corrido juntos y pensaba que iba a ser más difícil, pero la excitación que despertamos el uno en el otro siempre es demasiado intensa.
Y así, en cuestión de unos pocos minutos, los dos estamos a punto de alcanzar de nuevo el clímax.
Como siempre, tratamos de sincronizarnos, y los densos chorros del semen de Marcos llenan mi boca apenas un par de segundos antes de que me corra yo también.
Tragamos los dos y entonces volvemos a besarnos, disfrutando del sabor entremezclado de nuestro placer.
A continuación, nos vestimos y Marcos abre la ventana para airear la habitación mientras yo vuelvo a poner el episodio. Todavía no ha terminado cuando oímos la puerta de entrada, así que nos apresuramos a separarnos y nos quedamos sentados con las piernas cruzadas.
—¡Ya estamos en casa! —grita Natalia desde la entrada, y sonrío al darme cuenta de que es muy posible que lo esté haciendo para avisarnos por si estamos despistados u ocupados de alguna forma.
—¡Hola! —respondemos al unísono.
—¿Otra vez los dos aquí? —dice mi madre con una sonrisa al asomarse para saludar.
—Muy bien, muy bien —añade Antonio—. ¿Falta mucho para que termine lo que estáis viendo? Vamos a empezar a preparar la cena.
—Qué va, menos de cinco minutos —responde Marcos.
—Venid a ayudarnos cuando acabéis, ¿vale? —nos pide mi madre—. Así cenamos antes, que hoy hay que acostarse temprano.
—Vale, mamá.
Cuando termina el episodio, nos damos un breve beso y vamos a la cocina.
Mi madre está haciendo tortilla de patatas, así que Marcos y yo la ayudamos a pelar patatas y batir huevos mientras Natalia prepara la ensalada y su padre corta el jamón.
Mientras lo hacemos, me doy cuenta de que es la primera vez que preparamos la cena todos juntos, y este momento es tan cotidiano y tan familiar que no entiendo cómo es posible que no lo hayamos hecho antes.
—Tendríamos que repetir esto —comento mientras termino de batir los últimos huevos.
—¿El qué, cariño?
—Cocinar todos juntos. No sé, me gusta.
—¡Yo me apunto! —dice Natalia, que ya ha terminado de preparar la ensalada y está cortando una barra de pan en rebanadas—. Así hacemos más cosas juntos.
—Me parece una idea estupenda, chicos —añade Antonio con una sonrisa, envolviendo la pata de jamón con un trapo—. Si preparamos la cena todos juntos, seguro que todo sabe mejor.
Y no sé si eso será cierto o no, pero, cuando nos sentamos todos alrededor de la mesa y comenzamos a comer, me da la impresión de que todo está más bueno de lo habitual.
—¿Qué tal la cabalgata? —pregunta Marcos.
—¡Genial! —responde Natalia—. Tengo caramelos para un mes.
—¿Un mes? —dice mi madre, mirándola con fingida reprobación—. Has llenado una bolsa entera, con eso tienes para muchos meses.
—Bueno, pero también los voy a compartir con ellos dos —le asegura ella, mirándonos a Marcos y a mí—. Si queréis, después de cenar os doy unos cuantos.
—Menos mal que siempre vas por ahí diciendo lo mayor que eres… —se burla su hermano en broma—. Espero que no te hayas pegado con los niños por los caramelos.
—No, pero poco le ha faltado. A mí me estaba dando hasta miedo —dice mi madre entre risas, y todos nos echamos a reír con ella.
—¿Vosotros qué tal? —pregunta Antonio justo mientras comienzo a masticar un trozo de jamón—. ¿Lo habéis pasado bien?
Me atraganto al oír sus palabras, pero, por suerte, Marcos sale a mi rescate mientras yo trato de disimularlo.
—En realidad, hemos estado estudiando casi toda la tarde —miente descaradamente—. Pero cuando ya estabais a punto de llegar tenía la cabeza demasiado saturada, y por eso le dije que se viniera a ver una serie conmigo.
Antonio alterna la mirada entre su hijo y yo, muy sonriente.
—Con lo mal que os llevabais al principio… quién me iba a decir a mí que acabaríais siendo tan buenos hermanos.
Me esfuerzo por sonreír yo también, aunque siento cierta intranquilidad.
Una vez más, tengo claro que Antonio va a ser el obstáculo más grande en todo esto.
Está empeñado en utilizar la palabra «hermanos» para referirse a nosotros y, aunque puedo llegar a comprender su punto de vista, cada vez me resulta un poco más difícil de oír.
Si dijera «amigos» sería más fácil. Es más fácil contemplar un romance nacido de una amistad; a fin de cuentas, la gente lleva enamorándose de sus amigos desde que el mundo es mundo.
Pero el problema es que siempre emplea la palabra «hermanos», y eso significa que las connotaciones son muy diferentes.
Es como si lo que hubiera entre nosotros fuera algo antinatural, algo prohibido.
Y, aunque Marcos y yo no compartimos ningún lazo de sangre que nos una, cada vez me preocupa más que las ganas que tiene Antonio de que todos seamos una gran familia feliz sean un obstáculo insalvable cuando se dé cuenta de que entre nosotros hay mucho más de lo que se podría haber imaginado.
Sin embargo, ahora no es el momento para pensar en eso. Ahora es el momento de disfrutar del presente, de la familia. Se supone que estas fechas son para eso, ¿no?
Cuando terminamos de cenar, Marcos y yo nos ofrecemos a recogerlo todo.
Como no podía ser de otra manera, aprovechamos cuando nos quedamos solos en la cocina para besarnos a escondidas.
Aun así, tratamos de contenernos. Si ya sería peligroso que nos pillaran en cualquier otra ocasión, en una noche como esta sería peor todavía.
Terminamos de recogerlo todo con unos pocos besos fugaces, y después nos vamos cada uno a nuestra habitación para ponernos el pijama.
Cuando termino, la puerta del cuarto de baño está cerrada, así que espero a que Marcos salga para poder lavarme los dientes.
Una vez en mi habitación, me sobresalto un poco al verlo sentado en mi cama, aunque me recupero rápido.
—¿Y esto? —susurro con una sonrisa—. ¿Qué haces aquí?
—No íbamos a quedarnos sin el beso de buenas noches, ¿no?
Trato de contener una risita.
—Pues no, la verdad.
Me acerco a él y nos besamos lenta y profundamente, pero me detengo cuando me doy cuenta de que mi sangre está comenzando a calentarse un poco más de la cuenta. De verdad, ¿puedo dejar de ser peor que un animal en celo cada vez que estoy con él?
—Buenas noches —susurro contra sus labios, antes de que la cosa vaya a más.
—Buenas noches. Te quiero.
—Te quiero.
Entonces, me da un beso más y sale de la habitación.
Sonriendo, me meto en la cama. Al taparme con las sábanas, hago una mueca al darme cuenta de que no huelen a Marcos; como estos días he sido yo el que ha estado durmiendo en su habitación, no ha habido ocasión de que las impregne de su aroma.
Tomo nota mentalmente para acordarnos de cambiar de cama las próximas noches; es mucho más fácil dormir separados cuando las sábanas huelen a él.
Estoy ya abrazándome a la almohada y a punto de coger el móvil para mandarle un mensaje a Marcos cuando suenan unos golpecitos en mi puerta.
—Soy yo —dice mi madre—. ¿Se puede?
—Sí, claro. —Aguardo un segundo hasta que la veo aparecer por la esquina—. ¿Qué pasa?
—Tenemos una tradición, ¿no te acuerdas? —responde con una sonrisa—. ¿O es que ya eres demasiado mayor?
—Jamás —digo, devolviéndole la sonrisa.
Cuando era pequeño, mi madre siempre me arropaba para dormir, supongo que como suelen hacer todas las madres con sus hijos.
Conforme fui creciendo, ella fue dejando de hacerlo, aunque con dos excepciones: el día de mi cumpleaños y el día de Reyes.
O, más bien, sus respectivas noches. En esas ocasiones, mi madre siempre viene a darme un beso y abrazarme; a arroparme y hablar un ratito conmigo.
Por alguna razón, siempre ha habido una intimidad especial en esos momentos.
Fue en una de esas noches, la de mi decimoquinto cumpleaños, cuando le confesé que me gustaban los chicos.
Y lo cierto es que hoy también tengo algo que confesar, pero no sé si estoy preparado para hacerlo todavía.
—Has crecido tanto, cariño… Parece que fue ayer cuando tenía que quedarme todas las noches contigo hasta que te durmieras porque te daba miedo la oscuridad.
—Me llenaste el techo de estrellas fluorescentes para que tuviera algo de luz por las noches, ¿te acuerdas? Te pasaste un día entero pegándolas y haciendo constelaciones.
Ella se ríe.
—Habría hecho cualquier cosa por ti, mi vida. Eras mi niño, ¿cómo no iba a hacerlo?
—Todavía sigo siendo tu niño, mamá —susurro con la voz estrangulada.
Ahora se le escapa un sonido que parece a medio camino entre una risa y un sollozo.
—Claro que sí, mi amor. Aunque ya seas prácticamente un hombre, siempre serás mi niño. Y estoy muy orgullosa de ti.
—¿Por qué? —pregunto, incapaz de encontrar un motivo.
—Por la persona en la que te has convertido.
Por lo valiente que eres. Y por lo bueno que eres.
—Ahora soy yo el que siente ganas de llorar.
No soy tan valiente como ella piensa, porque hay algo que todavía no me he atrevido a contarle.
Como si me estuviera leyendo la mente, continúa—: Quiero que sepas que vas a tenerme a tu lado pase lo que pase, ¿vale?
Siempre voy a apoyarte en todo, sea lo que sea.
El corazón me da un vuelco. Casi parece una indirecta, como si me estuviera animando a contárselo.
Después de todo, mi madre no es tonta, y aunque no me ha presionado al respecto, sabe que me pasa algo.
Ella me veía todos los días durante las semanas posteriores a la ruptura, y también ha visto el cambio en mí desde que Marcos y yo hemos vuelto.
Aunque siempre me ha dado el espacio que necesito y nunca me ha presionado, sé que le gustaría saber qué es lo que me pasa exactamente.
Y sus palabras son precisamente su forma de animarme a hacerlo.
Pero no soy capaz de contarle nada; esta noche no.
Mañana es el Día de Reyes, uno de esos momentos familiares bonitos que tanto mi madre como Antonio están deseando vivir.
Aunque sigo teniendo la esperanza de que mi madre se tome bien mi relación con Marcos, sé que para ella va a ser difícil de aceptar, y lo último que querría sería robarle ese momento de felicidad familiar que tanta ilusión le hace.
Por mucho que diga que va a apoyarme en todo, sé que no le resultará tan fácil hacerlo de la noche a la mañana cuando sepa la verdad de lo que ha estado ocurriendo entre nosotros.
—Vale —digo simplemente.
Ella me da un beso y un abrazo, y yo se los devuelvo. A continuación, me arropa igual que cuando era pequeño, arrancándome una sonrisa.
—Buenas noches —me dice, incorporándose para marcharse.
—Buenas noches, mamá. Te quiero.
—Y yo a ti, mi vida.
Espero a que cierre la puerta para tomar el móvil de la mesita de noche. Sonrío el ver que tengo un mensaje de Marcos y me apresuro a responder.
No me gusta no dormir contigo
Ya
A mí tampoco, jo
Qué dura es la vida…
Jajaja
No te preocupes, ya recuperaremos el tiempo perdido.
Buenas noches, anda
Buenas noches
Ahora sí, me abrazo a la almohada para dormir, aunque no sé si va a ser fácil, porque de pronto acuden a mi mente los recuerdos de lo que ha pasado esta tarde con él.
Después de esta nueva primera vez con Marcos, me siento como en una nube, incapaz de dejar de rememorar todos y cada uno de los segundos que pasé dentro de él, así como todos los momentos previos.
Al fin y al cabo, esta ha sido nuestra primera vez verdaderamente especial.
En el hotel de Canarias, todo había comenzado por puro deseo sexual; puede que hubiera atracción física y cierto interés mutuo, pero nada más, al menos al principio.
Todavía no había sentimientos, no había amor entre nosotros.
Estábamos follando, simple y llanamente, y aunque jamás me arrepentiré de lo que ocurrió porque así fue como comenzó todo entre nosotros, lo cierto es que tampoco fue particularmente especial.
Pero lo de hoy ha sido muy diferente. Esa expresión de «hacer el amor» siempre me ha parecido ridícula, cursi y anticuada, pero, en fin, tengo que admitir que es lo más parecido que hay para describir lo que ha pasado hoy entre nosotros, aunque sé que jamás pronunciaré esas palabras concretas en voz alta.
Lo que hay entre nosotros es cada vez más fuerte, cada vez más intenso, y sé que eso nos dará todas las fuerzas que necesitamos para contárselo a nuestros padres.
Al menos, eso espero.