61.
Su cuerpo empuja contra mi mano, como pidiendo más sin que él mismo sea capaz de controlarse, y eso es justo lo que le doy.
Incremento la velocidad de mis dedos y aumento la presión mientras sus gemidos de placer comienzan a volverse casi agónicos.
Los sonidos que produce son como una sinfonía para mis oídos, y me doy cuenta de que tengo la polla húmeda y más dura que nunca.
La necesidad de clavársela es casi insoportable, pero me esfuerzo por controlar las ganas.
Sin embargo, Marcos parece estar tan impaciente como yo.
—Fran, por favor… Fóllame ya.
—¿Seguro? —pregunto, tratando de controlar mi propio deseo—. Es tu primera vez, es muy importante que estés bien dilatado para no hacerte daño.
Él mueve el culo de arriba y abajo contra mi mano, provocándome.
—Joder, Fran, te lo digo en serio —responde con una desesperación evidente en la voz—. Quiero tu polla. Métemela. Fóllame. Dame rabo. Reviéntame. Préñame. De verdad que no sé de qué otra forma pedírtelo.
—Vale, vale —respondo entre risas—. Mensaje captado.
Saco los dedos con cuidado y alcanzo las toallitas húmedas para limpiarme el exceso de lubricante. A continuación, cojo el bote otra vez y le acaricio una nalga.
—¿Quieres que sigamos en esta posición o…?
—Pues… ¿Podemos vernos las caras? —me pide con timidez, y suena tan adorable que siento que me derrito.
—Claro.
Se da la vuelta y, de nuevo, me besa profundamente antes de colocarse en posición.
Entonces, se tumba boca arriba y se coloca un cojín bajo las nalgas, tal como me ha visto a hacer a mí muchas veces.
Abre las piernas para mí, exponiéndose por completo, y lo que estoy viendo me resulta tan espectacular que no puedo creer que de verdad me esté pasando esto a mí.
Su polla está completamente dura y húmeda a causa de su líquido preseminal, mi eterna perdición.
Sin poder evitarlo, me abalanzo hacia ella y se la limpio con la boca, y el delicioso sabor me pone más cachondo todavía si cabe.
—¿Te la puedo chupar yo a ti un poquito? —me pregunta cuando me la saco de la boca.
—Claro. Además, así me la lubricas un poco.
—Ponte encima.
Y eso es justo lo que hago, sentándome a horcajadas sobre su pecho.
Marcos se coloca la almohada bajo la cabeza y, entonces, me coge la polla y me da un lametón en el glande que me hace estremecer.
A continuación, comienza a chupar con ansia, con unas ganas que nunca había visto en él, y algo me dice que lo que he estado haciendo con su culo tiene mucho que ver.
—Como sigas así, no voy a aguantar nada cuando te la meta —le advierto, y él deja de chupármela al instante.
—Perdón —susurra con timidez mientras me aparto, y su sonrisa avergonzada me hace darle un beso más.
A continuación, me muevo para situarme donde estaba antes, justo entre sus piernas.
Marcos vuelve a separarlas, y yo me coloco la derecha sobre el hombro izquierdo para darle un poco más de margen de apertura.
Puedo ver su orificio palpitando para mí, pidiendo más, y estoy dispuesto a dárselo.
Tomo mi polla entre mis manos y la deslizo entre sus nalgas, dejando que el lubricante se entremezcle con su saliva.
Cuando al fin me detengo justo en la entrada, los dos nos estremecemos por la expectación.
—¿Preparado?
Marcos traga saliva de forma visible y asiente con la cabeza.
—Pero ten cuidado, ¿vale? —susurra.
Lo miro con infinita ternura, desde los rizos húmedos por el sudor que caen sobre su frente, sus ojos castaños y esa boca entreabierta que tanto me gusta besar hasta ese ancho pecho que es mi lugar favorito del mundo, su polla dura y sus piernas separadas.
Está tan adorable y tan sexy, tan vulnerable y tan entregado, tan abierto a mí en todos los sentidos, y le quiero tanto que noto algo grande y cálido aleteando en mi pecho, creciendo hasta que siento que estoy a punto de estallar.
Las palabras salen por mi boca antes de que pueda detenerlas.
—Claro que sí, mi amor.
Y entonces me quedo paralizado al darme cuenta de lo que acabo de decir.
—¿Qué has dicho? —me pregunta.
Mierda.
—Joder. Lo siento. A ver, no quería decir que…
—Fran. —Se incorpora un poco para mirarme más de cerca, con los ojos llenos de un fuego intenso, y lleva la mano hasta mi mejilla para acariciarme ligeramente—. No pasa nada… mi amor —añade con una sonrisa vergonzosa—. Me alegra que me lo hayas dicho.
—¿De verdad?
—De verdad.
—Mi amor —repito con un susurro.
—Mi amor.
Me acerco a él y volvemos a besarnos profundamente, bebiendo de ese amor que a estas alturas no tiene ningún sentido tratar de negar.
—No quiero estropear el momento romántico —digo con una sonrisa contra sus labios—. Pero te tenía muy bien dilatado.
Él sonríe también, con una picardía irresistible.
—Pues venga… Fóllame ya, mi amor.
¿Y cómo podría negarme cuando me lo pide así?
De nuevo, me coloco su pierna sobre el hombro izquierdo, dejándome el brazo derecho libre para maniobrar.
Vuelvo a tomar mi polla y la acerco a sus nalgas una vez más, pero esta vez no me detengo en provocarlo.
Los dos estamos demasiado excitados; mi polla y su orificio están prácticamente palpitando por las ganas de encontrarse por primera vez. Y, por supuesto, no les hago esperar.
Tanto mi glande como la abertura están lubricados y resbaladizos, así que tan solo tengo que ejercer una ligera presión para comenzar a introducirme dentro de él.
Siento la humedad y la calidez de su interior, aprisionando mi erección con firmeza pero también con delicadeza.
Marcos suelta una especie de gruñido y la presión que noto de repente me indica que su cuerpo ha vuelto a tensarse, así que me detengo al momento.
—¿Estás bien? —le pregunto.
—Sí —me asegura—. Es solo que… No sé, estoy un poco nervioso.
—Es normal. Pero vamos a ir a tu ritmo, ¿vale? Si en algún momento necesitas que paremos o que la saque, me lo dices y lo hago.
—Vale.
—Y tampoco hace falta que lleguemos hasta el final —añado, acariciándole la pierna—. Si ves que no aguantas o lo que sea, podemos hacer otras cosas.
—Quiero que lleguemos hasta el final —insiste.
—Y yo. Pero no quiero te sientas obligado a nada. Lo importante es que tú lo disfrutes, ¿vale?
—Vale.
Lo miro con una sonrisa y, con la mano izquierda, le acaricio suavemente la pierna.
Él sonríe también, no sin cierta timidez.
Mientras me mira, noto que su cuerpo vuelve a relajarse otra vez.
Asiente con la cabeza para darme luz verde, así que continúo.
Ya tiene casi un tercio dentro, aferrado por su cuerpo, de modo que sigo abriéndome paso poco a poco en su interior, avanzando casi milímetro a milímetro para asegurarme de no hacerle daño.
Pero está bien dilatado y bien lubricado, así que es fácil ahora que se ha relajado.
La sensación es indescriptible; la humedad, el calor de su cuerpo y la presión se combinan para llenarme de tanto placer que no sé si voy a ser capaz de aguantarlo mucho más tiempo.
A veces, Marcos se tensa, pero tan solo tengo que detenerme un poco y aguardar unos instantes hasta que vuelve a relajarse para continuar.
De pronto, noto que se dilata un poco más y termino de hundirme en él con un suspiro de satisfacción, arrancándole un gemido.
La sensación es tan intensa que me cuesta creer que este momento esté siendo real.
Por fin estoy completamente dentro de él, llenándolo de mí, sintiéndolo a mi alrededor, y saber que voy a provocarle placer cada vez que me mueva me llena de una especie de euforia extraña.
No hemos dejado de mirarnos a los ojos ni un segundo, y ahora tampoco lo hacemos.
—Ya está —le aviso.
—¿Toda? —pregunta sorprendido.
—Toda —respondo entre risas. ¿Es que querías más o qué?
—No, no. Es que… Pensaba que iba a ser más difícil.
—A ver, que me he pasado un buen rato dilatándote bien —le recuerdo con una sonrisa.
—Y también es que me moría de ganas.
—Eso también —respondo, riendo de nuevo—. ¿Seguimos?
—Vale.
Sin dejar de mirarlo a los ojos, comienzo a moverme.
Lo hago despacio, para asegurarme de Marcos se encuentre bien en todo momento; sé muy bien que la sensación es extraña al principio y hace falta un tiempo para acostumbrarse.
Estoy absorto en sus ojos, en su rostro en general, deleitándome con sus expresiones de placer y sus gemidos, cada vez más prolongados.
Poco a poco, comienzo a aumentar la velocidad de mis caderas mientras entro y salgo de él con un ritmo cada vez más intenso.
Muy pronto los dos estamos ya gimiendo al unísono, y la oleada de sensaciones que recorre mi cuerpo me resulta casi abrumadora.
—¿Estás bien? —le pregunto con la respiración entrecortada después de unos minutos sin hablar.
—Joder… sí —responde sin aliento. Él tampoco ha apartado la mirada de mí ni un segundo mientras se masturba. Tiene la mano húmeda por ese líquido delicioso, así que acerco la mía para cogérsela y me la llevo a la boca, donde comienzo a lamer cada dedo—. ¿A ti… te gusta?
—¿Que si me… gusta? Me encanta.
—A mí también.
Eso nos hace encendernos todavía más, de modo que aumento el ritmo de mis caderas mientras él hace lo mismo con la mano, todo ello sin dejar de devorarnos con la mirada, unidos en una sinfonía de gemidos perfectamente sincronizados.
Pero, pronto, me doy cuenta de que ya no voy a ser capaz de aguantar mucho más.
—¿Cómo vas? —le pregunto entre jadeos.
—Llevo un rato tratando de aguantar —confiesa con una sonrisa vergonzosa que casi hace que me corra al instante—. ¿Y tú?
—A punto. ¿Quieres que nos corramos?
Puedo ver su dilema porque es exactamente el mismo que tengo yo. Por un lado, quiere alargar este momento para siempre, que esta unión entre nuestros cuerpos no termine jamás. Pero, por otro, el placer es tan intenso que sabe que ya no va a poder contenerse mucho más tiempo. Y yo tampoco.
—Vale —dice al fin.
Entonces, incrementamos la velocidad todavía más, todo ello sin dejar de mirarnos a los ojos, como si estuviéramos atrapados cada uno en la mirada del otro.
Su rostro se retuerce por el placer y su boca suelta libremente unos gemidos y gruñidos de placer que se entrelazan en el aire con los míos, poniéndome la piel de gallina.
De pronto, noto que su cuerpo se tensa alrededor de mi polla, y el placer que se ha ido acumulando en mi interior estalla de forma casi violenta.
Prácticamente gritando, me corro con fuerza dentro de él mientras unos potentes chorros de semen denso y abundante salen disparados por su polla.
Me doy cuenta de que es la primera vez que veo cómo se corre porque hasta ahora siempre lo ha hecho dentro de mí, y verlo no podría resultarme más excitante.
Está claro que no mentía aquella noche en el hotel: le llega hasta la cara, y también cae un poco sobre la almohada.
Pero él no parece haberse dado cuenta; tan solo me mira con absoluta satisfacción y una sonrisa complacida y totalmente despreocupada en el rostro.
Sonriendo yo también, salgo con cuidado de su interior.
A continuación, me dirijo hacia su polla para limpiársela con la lengua; no estoy dispuesto a desperdiciar esto que tanto me gusta.
Centímetro a centímetro, voy ascendiendo con lentitud por su torso mientras saboreo ese néctar delicioso, tragándomelo todo.
Al llegar a su cara, le doy un beso largo en los labios.
—¿Bien? —susurro.
—Bien no. Genial.
Sonrío todavía más y comienzo a lamer el semen de su cara, esas gotas blancas en las mejillas, la barbilla y hasta la frente; no le ha caído en los ojos de milagro. A continuación, cojo una toallita y limpio también la almohada.
—Te dije que siempre lo ponía todo perdido —dice, un tanto avergonzado—. Tendría que haber cogido unos pañuelos o algo.
—Ya veo —respondo entre risas, y vuelvo a besarle—. La próxima vez te voy a pedir que te pongas un vaso para poder tragármelo todo.
Marcos suelta una sonora carcajada.
—Qué cerdo que eres.
—Pero te encanta.
Él se encoge de hombros.
—No lo negaré.
Y así, entre risas, me recuesto sobre su pecho y él me rodea la espalda con los brazos.
Siento su corazón acelerado contra el mío, y entonces, bien pegados, me concentro en la sensación y el sonido de su respiración mientras nuestros cuerpos se van calmando poco a poco.
La felicidad que siento es tan intensa que me cuesta creer que todo esto esté ocurriendo de verdad.
—¿Fran? —susurra contra mi oído, y su aliento cálido me provoca un cosquilleo que se extiende por todo mi cuerpo. ¿Lograré acostumbrarme algún día a esto? Me parece que no, pero claro, tampoco es que quiera acostumbrarme.
—Dime.
—Te quiero, mi amor.
Abro mucho los ojos, sorprendido, y entonces le doy un largo beso en los labios antes de responder.
—Y yo a ti… mi amor —digo contra su boca.
Y nos volvemos a besar.
—Entonces… ¿te ha gustado? —pregunto cuando nos separamos, unos minutos más tarde.
—¿Estás de coña? Si me ha encantado, joder. Pensaba que la primera vez sería más complicada.
—Bueno… Suele serlo —digo en pocas palabras, sin entrar en detalles.
—¿La tuya fue difícil?
Aprieto la mandíbula antes de contestar.
—A ver, digamos que a mí me hubiera gustado que me ayudaran. Por eso quería asegurarme de que tu primera vez fuera bien.
Sin embargo, no quiero estropear el momento hablando de otros chicos. Ahora mismo, el único que existe para mí es Marcos. Por suerte, él parece captarlo, así que no insiste. En lugar de eso, me abraza todavía más fuerte, aferrándome bien a él.
—Te quiero —susurra.
—Te quiero —respondo, feliz de poder estar entre sus brazos.
¿Cuándo cojones me he enamorado tanto de él?