60. #2
—¿Te gusta? —pregunto mientras trato de recuperar el aliento.
—Joder, sí. Me flipa. Necesito más.
—¿Quieres que siga?
—Sí —se apresura a responder—. Por favor, sí.
Y eso es justo lo que hago. Continúo comiéndole el culo con ganas durante un buen rato, disfrutando tanto del simple hecho de hacerlo como de las sensaciones que estoy provocando en él.
Está claro que esta es una clase de placer completamente nueva para Marcos, y no podría estar más entregado mientras se estremece sobre mi cara y mi cuerpo.
Su orificio palpita para mí, como pidiendo más, así que le separo las nalgas un poco para introducir ligeramente la lengua, y noto cómo se retuerce contra el contacto.
—Fran… —susurra con la voz entrecortada; una voz que nunca le había oído antes.
—Dime.
—Métemela.
Y, aunque yo también lo estoy deseando, sé que todavía es demasiado pronto.
—Todavía no —respondo con una risita—. Sé que tienes ganas, pero tengo que dilatarte primero. No quiero hacerte daño.
—Joder. Vale.
—¿Quieres que empiece a probar con los dedos?
—Sí. Joder, sí.
—Mejor ponte a cuatro patas, ¿vale?
—Vale.
Se quita de encima de mí y me da un beso largo e intenso que me la pone más dura que nunca, y entonces se coloca a cuatro patas junto a mí.
Me sitúo en posición entre sus piernas, maravillado ante la visión de su culo expuesto para mí, totalmente entregado, totalmente dispuesto a permitirme hacer lo que quiera con él.
Es tan diferente al Marcos habitual, a ese papel un poco más dominante que suele adoptar, que siento una ráfaga de excitación recorriendo todo mi cuerpo en intensas oleadas.
La tentación de metérsela ahora mismo y no parar hasta que los dos nos corramos es demasiado grande, pero sé que tengo que esperar.
Sonriendo, cojo el bote de lubricante que ha dejado en la mesita de noche.
Antes de abrirlo, permito que mi boca se entretenga con su culo un poco más; sé que después no será lo mismo con el sabor del lubricante.
Entonces, abro el bote y me vierto un poco en los dedos.
Lo extiendo alrededor de su orificio y, por fin, comienzo a introducirle el dedo índice con lentitud.
Su cuerpo se tensa contra mi mano, así que me detengo.
—¿Estás bien? —le pregunto para asegurarme.
—Sí —susurra—. Es que se me hace raro. Pero sigue.
—¿Seguro?
—Seguro.
Así que continúo. Poco a poco, termino de introducir el dedo, sintiendo la deliciosa calidez de su interior, la dulce presión de su interior apretándome, y me palpita la polla solo de pensar cómo será cuando pueda metérsela al fin.
Espero poder aguantar, porque ahora mismo no hay nada que me gustaría más que correrme ahí dentro.
—¿Está entero? —me pregunta entonces.
—Sí. ¿Te duele?
—No, la verdad —dice con sorpresa—. Pensaba que sería peor.
—Bueno, de momento solo va uno. ¿Pruebo con otro?
—Vale.
Extraigo el dedo con cuidado para no hacerle daño, y entonces esparzo el lubricante entre el índice y el corazón.
Deslizo los dos alrededor de su orificio, que ya está empezando a dilatarse, e introduzco las puntas de ambos dedos con facilidad.
Continúo avanzando poco a poco, pero entonces Marcos se tensa de nuevo y vuelvo a notar esa presión en los dedos, ahora más intensa que antes.
—¿Estás bien?
—Eh… sí, creo que sí. Es lo que te he dicho, se me hace un poco raro.
—Lo sé, pero es normal, sobre todo al principio —le aseguro—. Tan solo es cuestión de acostumbrarte, ¿vale?
—Vale.
—¿Prefieres que los saque?
—No, no. Sigue.
—Lo que tú me digas, pero tienes que intentar relajarte. Si no, voy a hacerte daño sin querer.
—Vale —dice otra vez.
—Cierra los ojos si no los tienes cerrados todavía —le instruyo; no puedo verle la cara desde donde estoy—. Y respira hondo.
No contesta, pero comienzo a oír su respiración más profunda.
Entonces, sus músculos se relajan y la presión sobre mis dedos desaparece.
Voy por la mitad, así que continúo avanzando hasta llegar a los nudillos.
Se deslizan bien gracias al lubricante, así que ahora que hay dos dentro de él, comienzo a moverlos ligeramente, de arriba abajo y haciendo movimientos circulares para ayudarlo a dilatar más.
Él sigue relajado, y suelta un gemido que me confirma que está empezando a disfrutarlo.
—Creo que ya puedes probar con otro —me indica.
—Vale.
De nuevo, saco los dedos con cuidado y me extiendo el lubricante, esta vez humedeciendo también el anular.
Junto los tres y, una vez más, comienzo a introducírselos poco a poco.
Esta vez no me resulta tan fácil avanzar, pero Marcos no se tensa y tampoco se queja.
Cuando voy por la mitad, me detengo un momento para asegurarme de que esté bien.
—¿Sigo?
—Sigue.
Y eso hago. Avanzo de nuevo hasta llegar a los nudillos, y entonces repito los movimientos de antes.
Es evidente que está mucho más dilatado, porque sigue sin quejarse y apenas siento resistencia.
Sin embargo, trato de extender el momento.
Por mucho que lo esté deseando, quiero disfrutar de este momento, no quiero hacer nada con prisas y, sobre todo, no quiero hacer nada brusco que pueda hacerle daño.
Y esos gemidos que le estoy arrancando son demasiado deliciosos como para no seguir provocándoselos.
Con suavidad, giro las yemas de los dedos hacia su próstata y presiono ligeramente.
Noto el momento en el que toco el punto sensible porque Marcos suelta un prolongado gemido, incapaz de contenerse.
Continúo tocando y presionando el mismo lugar, arrancándole gemidos cada vez más intensos que él trata de ahogar contra la almohada.
—Joder. ¿Qué estás haciendo?
—¿No te gusta? —pregunto con una sonrisita que no puede ver; sé perfectamente que es todo lo contrario—. Si quieres, paro.
—¡No! No pares —suplica, casi desesperado.
Así que no lo hago.