El chico de la habitación vacía (El chico de al lado 2) 60.
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Cuando quiero darme cuenta, ya ha llegado la víspera de Reyes, la que siempre ha sido una de las noches más mágicas del año.

Mi madre siempre se volcó en hacer que fueran especiales, y después de la separación de mis padres, esta es la primera vez que voy a pasar tanto la noche como la mañana en familia.

Hay pocos momentos en los que vuelvo a sentirme como un niño, y este es sin duda uno de ellos, así que me levanto por la mañana con ilusión.

Estamos comiendo todos en casa cuando Natalia hace una propuesta:

—¿Podemos ir a la cabalgata del centro? —dice, mirando a nuestros padres—. No tenemos nada que hacer.

—A mí me parece bien —responde mi madre, sonriente—. ¿Tú qué opinas? —le pregunta a Antonio, que asiente con la cabeza.

—Sí, claro. Yo la llevo todos los años. —Entonces, se dirige a Marcos—. Tú supongo que no querrás venir, ¿no?

—Ya sabes que nunca voy. Me agobia que haya tanta gente.

—¿Y tú, cariño? —me pregunta mi madre.

No tengo ni que pensármelo: si Marcos no quiere ir, es la oportunidad perfecta para quedarnos los dos solos en casa.

—Creo que paso… demasiados niños chillando y demasiados adultos dispuestos a matar por unos caramelos.

Marcos ha dicho que nunca va a la cabalgata y mi madre sabe perfectamente que yo también llevo años sin ir, así que no debería resultar sospechoso que los dos prefiramos quedarnos en casa.

Me doy cuenta de que Natalia está tratando de contener una sonrisita, y empiezo a preguntarme si no habrá hecho esta propuesta completamente a propósito para dejarnos solos.

¿Es posible que sea una aliada todavía mayor de lo que pensamos?

—Bueno, pues vamos nosotros tres —decide Antonio—. Pero esta noche se cena en familia, ¿eh? Si no, no hay regalos.

—Vale —respondemos Marcos y yo al unísono.

Como sé que vamos a estar juntos desde que los demás salgan por la puerta, me voy a estudiar después de comer. Llevo ya un par de horas agobiado entre apuntes cuando me entran ganas de ir al baño, pero cuando me acerco a la puerta, escucho el sonido inconfundible de la ducha. Doy unos golpecitos.

—¿Puedo entrar? Tengo que mear.

—¡No! —responde Marcos, y me da la impresión de que su voz suena un poco más aguda de lo normal.

Alzo una ceja. ¿En serio? Yo siempre le dejo entrar, y a él siempre le encanta aprovechar estos momentos para darnos besos furtivos.

—Venga ya, que me meo.

—Bueno, vale —responde tras un instante de pausa—. Pero no tardes.

Estoy tan extrañado por su comportamiento que, en esta ocasión, ni siquiera necesito tratar de concentrarme para orinar. Cuando termino, me acerco a las cortinas de la ducha.

—¿No me das un beso? —susurro.

—Luego, ¿vale? Ahora no puedo.

Frunzo el ceño todavía más mientras voy a lavarme las manos, incapaz de comprender su comportamiento. Como se esté haciendo una paja en la ducha en lugar de esperar a que nos quedemos solos, lo mato.

Apenas llevo diez minutos en mi habitación cuando mi madre se asoma por la puerta.

—Cariño, nos vamos ya. —Entra y se acerca a mi escritorio para darme un beso—. Intenta descansar un poco, ¿vale? Que estás de vacaciones.

—Sí, supongo que luego me pondré a ver algo con Marcos. ¡Pasadlo bien!

—Gracias, hijo. ¡Hasta luego!

—Hasta luego.

Aguzo el oído para tratar de escuchar mientras Antonio se despide de Marcos. Oigo la puerta de entrada cerrándose, espero un minuto, y después voy a la habitación de al lado.

—¿Se puede? —pregunto, llamando a la puerta.

—Sí, claro —responde Marcos, aunque su voz suena extraña—. Pasa.

Me acerco a él y nos fundimos en el beso habitual, pero me da la impresión de que está raro.

—¿Te pasa algo?

—No, tranquilo —me asegura—. Es que tenía muchas ganas de besarte.

—Pues entonces, será mejor no perder más tiempo.

Comenzamos a besarnos de nuevo y, en esta ocasión, Marcos no tarda en soltarse.

Enseguida nuestros latidos y nuestras respiraciones se aceleran, y puedo sentir su polla dura contra mi muslo mientras la mía se clava en su vientre.

Aunque seguimos dándonos placer a escondidas casi todas las noches, hoy es el primer día desde que volvimos de la sierra que podemos estar solos de verdad y dar rienda suelta a todo lo que sentimos, a todo lo que queremos hacer.

—Oye, Fran —susurra al cabo de unos minutos, con la respiración entrecortada.

—Dime.

—Hace tiempo que quería decirte una cosa.

Lo miro y veo que tiene las mejillas rojizas, algo muy poco propio de él. Frunzo un poco el ceño al verlo, extrañado.

—Tú dirás.

—Pues… Es que creo que estoy preparado para que demos un paso más.

Parpadeo un par de veces, tratando de comprender sus palabras.

—Me parece que somos demasiado jóvenes para casarnos, Marcos —bromeo entre risas, y él se ríe también.

—No es eso, idiota.

—Venga, dime.

Entonces aparta la mirada y traga saliva, actuando otra vez de forma extraña. Se nota que está nervioso, y ahora mismo me parece tan adorable que quiero comérmelo entero. Pero aguardo con paciencia hasta que, al fin, vuelve a mirarme a los ojos.

—Quiero que me folles —susurra muy cerca de mis labios.

El corazón me da un vuelco dentro del pecho y la polla se me pone dura al instante. Las ganas de sonreír son demasiado fuertes, pero la tentación de provocarlo es un poco más intensa.

—Joder, y decían que el romanticismo había muerto.

Él me da un golpe juguetón en el brazo, arrancándome una carcajada.

—Lo digo en serio, Fran. —Traga saliva antes de continuar—. No sé si me va a gustar, y la verdad es que me da un poco de miedo… Pero quiero hacerlo. O, al menos, quiero intentarlo. Contigo.

De nuevo, mi corazón hace una especie de voltereta. Sin poder evitarlo, le doy un beso largo y profundo.

—¿Estás seguro? —susurro cuando nos separamos.

—Estoy seguro —responde con decisión.

—¿Ahora?

—Sí. —Esboza una sonrisa avergonzada, y entonces añade—: Me he estado preparando en la ducha antes de que se fueran los demás.

Vale, ahora todo tiene sentido.

—¿Sabías cómo hacerlo?

—No —admite—. Pero lo he buscado en Google y tal. Espero haberlo hecho bien.

—Y, si no, no pasa absolutamente nada —le aseguro—. No quiero quiero que te pongas nervioso pensando en eso, ¿vale?

—Vale.

—¿Confías en mí?

—Confío en ti.

No sé quién de los dos besa al otro primero, pero nuestros labios se encuentran de nuevo y comenzamos a devorarnos una vez más. Poco a poco, vamos perdiendo la ropa hasta que ya no queda ninguna barrera entre nuestros cuerpos. Estoy rodeado de Marcos por todas partes, y él está rodeado de mí.

Al cabo de un rato, Marcos comienza a chupármela como tan bien le he enseñado a hacer.

Lo hace despacio y con delicadeza, como si quisiera asegurarse de reverenciar cada centímetro.

Lo observo mientras succiona el glande, provocándome escalofríos de placer, y él levanta la mirada para dejar que nuestros ojos se encuentren mientras se introduce en la boca el resto de mi polla, tan despacio que me resulta casi agónico.

Contengo un gruñido cuando llego hasta su garganta y Marcos comienza a mover la cabeza de arriba abajo con decisión.

—Marcos —susurro con la voz ronca por el placer—. Quiero probar una cosa.

Él se saca mi polla de la boca para hablar.

—¿El qué?

—Quiero que te sientes en mi cara.

Marcos traga saliva mientras me mira.

—Vale —dice—. Pero… Ya sabes que nunca lo he hecho.

—Tranquilo. Tú ponte como me pongo yo cuando me siento encima de ti, ¿vale?

—Vale.

Veo que se muerde el labio, pero se acerca a mí y me da un beso rápido.

Después, se da la vuelta para mirar hacia mis pies y me pasa una pierna con torpeza por encima del pecho.

No hacía falta que me dijera que es la primera vez que hace esto; para empezar, porque ya lo sabía, y también porque es más que evidente.

Pero, al fin, encuentra la posición y baja las nalgas con lentitud sobre mi cara.

—¿Estoy bien así? —me pregunta, con la voz claramente llena de nerviosismo.

—Perfectamente —le aseguro.

Entonces, planto ambas manos sobre sus nalgas.

Es de los pocos lugares de su cuerpo que apenas he explorado, pero por fin ha llegado el momento.

No quería sacarle el tema porque sé que no tenía ninguna experiencia con chicos antes de lo nuestro, pero estaba deseando encontrarme de una vez en esta posición.

Y, por supuesto, aprovecho la oportunidad.

Primero, masajeo sus glúteos carnosos, disfrutando de la sensación, pasando los dedos por el vello.

Marcos está tenso sobre mí, pero pronto comienza a relajarse.

Presiono ligeramente sus muslos para que termine de bajar sobre mi cara.

Suelto las manos y llevo una de ellas a sus huevos y la otra hasta su polla, que ya está bien dura y húmeda a causa de la excitación.

Extiendo ese líquido por su glande mientras esparzo suaves mordiscos por sus nalgas, haciéndole dar un leve respingo todas y cada una de las veces.

Comienzo desde fuera, cerca de sus caderas, y después voy avanzando poco a poco hacia dentro.

Utilizo también la lengua, dándole lametones aquí y allá para que se vaya preparando para lo que está por llegar.

Me doy cuenta de que el corazón me late con fuerza y, aunque me gustaría alargar el momento, tengo tantas ganas que no sé si voy a poder aguantar.

Voy hasta sus huevos y les doy un lametón, y después deslizo la lengua hacia arriba entre sus nalgas hasta que, al fin, comienzo a lamer ese lugar donde muy pronto voy a poder entrar.

Marcos vuelve a tensarse encima de mí, así que coloco las manos sobre sus muslos y lo acaricio con suavidad hasta que comienza a relajarse poco a poco.

Muevo la lengua con cuidado, fijándome en sus reacciones.

No necesito que me diga nada para saber que le gusta; es más que evidente.

Mientras mis movimientos se van volviendo más intensos, él comienza a gemir y a sufrir espasmos de placer, cerrando las manos sobre mi pecho mientras se estremece.

Pero pronto empiezo a quedarme sin aire, así que aparto un poco la cara.