El chico de la habitación vacía (El chico de al lado 2) 59.
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Normalmente odio las aglomeraciones del metro, en especial cuando se trata de épocas tan ajetreadas como las navidades, pero hoy voy sonriendo.

Por un lado, por la conversación de ayer con Marcos.

Necesitaba quitarme todas esas espinitas que tenía clavadas, necesitaba desahogarme y, sobre todo, necesitaba escuchar lo que tuviera que decirme él.

Sé que le ha costado abrirse tanto conmigo, pero también sé que se sintió tan aliviado como yo después de hablar.

Los dos nos hemos quitado un enorme peso de encima, y tengo la sensación de que ahora nuestra relación es más fuerte que antes.

Teniendo en cuenta que más pronto que tarde tendremos que enfrentarnos al temido momento de contárselo todo a nuestros padres, supongo que lo vamos a necesitar.

La segunda razón por la que sonrío es porque estoy yendo a ver a mis amigos de la universidad, incluida Álex.

No los veo desde que comenzaron las vacaciones hace casi dos semanas, así que tengo muchas ganas de estar con ellos.

Hemos quedado en nuestro restaurante italiano habitual, y también vamos a celebrar nuestra reciente tradición del amigo invisible que comenzamos el año pasado.

Luis y Carlota se bajan en la misma estación que yo y siempre nos esperamos en la boca de metro.

En esta ocasión soy yo quien llega primero, aunque a ellos solo les falta una parada, de modo que aprovecho para mandarle un mensaje a Marcos recordándole que le quiero.

Su respuesta no se hace esperar, y continuamos escribiéndonos mensajes almibarados hasta que una voz muy cerca de mí me hace dar un respingo.

—Creo que alguien está hablando con su chico.

Levanto la mirada y veo a Luis, mirándome con una sonrisa burlona, con Carlota a su lado.

—No seas malo, anda —le reprende ella—. Ya quisieras tú tener novio.

Él se lleva una mano al pecho, fingiendo indignación.

—¡Qué golpe tan bajo!

Entre risas, me acerco a ellos para abrazarlos. Aunque ahora esté un poco avergonzado, la verdad es que es un alivio poder hablar del tema en voz alta después de esas primeras semanas ocultando que estaba con Marcos y las semanas posteriores ocultando que me había dejado.

Juntos, comenzamos a caminar hacia el restaurante, donde ya nos están esperando Álex y Sandra junto a la puerta.

Al igual que hizo Álex el otro día, las dos corren hacia nosotros para abrazarnos.

Después, nos apresuramos a entrar para guarecernos del frío y pedimos una mesa.

Enseguida nos damos cuenta de que hoy está nuestro camarero favorito, un chico bastante majo que a Luis le gusta bastante.

—¡Pero bueno! —nos saluda mientras se acerca a la mesa, con una enorme sonrisa en su cara morena—. ¡Pero si están aquí mis clientes favoritos!

—Algún día vas a tener que mojarte, Flavio —le dice Sandra, siempre descarada—. Uno de nosotros tiene que ser tu favorito, no podemos serlo todos.

Él le guiña un ojo de una forma tan sexy que hasta yo, obsesionado como estoy con Marcos, siento un cosquilleo en la tripa.

—Tengo a mi favorito —confirma—. Pero estoy trabajando y ante todo tengo que ser un buen profesional, así que jamás lo sabréis.

—¡Venga ya! —se queja ella.

—Es lo que hay. ¿Lo de siempre, chicos?

Cuando le damos nuestra confirmación, Flavio se aleja de la mesa sin necesidad de tomar nota; venimos tan a menudo por aquí que ya se sabe nuestro pedido de memoria.

—Ha dicho favorito, con «o» —señala Carlota—. Eso significa que es uno de los chicos.

—Será Fran —se apresura a decir Luis—. Él es más guapo que yo.

Pongo los ojos en blanco.

—No digas tonterías.

—¡Es la verdad! Tú tienes a tu novio guapísimo y yo estoy aquí, más solo que una mierda.

—Vaya, gracias —replica Carlota—. Veo que si no tenemos polla, no te servimos para hacerte compañía.

—Qué va —dice Sandra—. Yo tengo polla y tampoco le sirvo, lo único que quiere él es a Flavio.

A estas alturas, Luis está tan rojo que me está dando hasta pena, así que decido intervenir.

—Anda, dejadlo en paz. ¿Qué tal las vacaciones? ¿Qué habéis estado haciendo?

Todos intercambian una mirada, a excepción de Álex.

—Estás flipando si te crees que no vas a ser tú el primero en contarlo todo —señala Sandra.

—Venga, desembucha —añade Carlota.

Suelto un suspiro de resignación y, como no podría ser de otra manera, comienzo a hablar.

Una vez más, acabo monopolizando yo casi toda la conversación.

Al menos, las pizzas tardan un rato en llegar y nosotros también tardamos más en comérnoslas, de modo que cuando termino de relatarles toda la historia, todavía nos queda más de media pizza a cada uno.

En mi caso, son más de tres cuartos, porque apenas he podido parar de hablar para comer sin que me exigieran que siguiera hablando.

—¿Te das cuenta de que tu vida parece la típica serie surrealista española de los 2000? —dice Luis mientras muerdo mi segundo trozo—. Solo te falta que te suene la cancioncita de la intro todas las mañanas.

—Sí, y que la titulen Uno más uno son cinco —respondo entre risas—. Pero ahora, venga, contadme vosotros.

Libre para comerme al fin el resto de mi pizza, los escucho atentamente, disfrutando de su compañía y de las risas que siempre compartimos.

Y pensar que estuve tan alejado de ellos cuando pasó todo lo de Marcos…

Tomo nota mentalmente para no volver a hacerlo; aunque ellos no son tan cercanos como Álex y Alejo, siguen siendo mis amigos y los quiero.

Cuando terminamos con los postres, llega el momento del amigo invisible.

Hacemos un sorteo con una aplicación del móvil para ver quién será el primero en abrir su regalo y le toca a Álex, que suelta un grito de emoción al ver que se trata del Blu-Ray de una película que tenía muchas ganas de tener.

Es bastante cinéfila, y su colección es envidiable.

El regalo es de parte de Luis, así que ahora le toca a él abrir el suyo, unas pinturas que le hacen sonreír de oreja a oreja.

Como soy yo quien se lo ha regalado, ahora me toca a mí abrir el mío.

Se trata de un libro, la última publicación de Fátima Embark y Virginia Cavanillas.

Escriben tan rápido que me cuesta un poco seguirles el ritmo, pero me hace feliz poder tenerlo al fin en mi pequeña biblioteca.

Y, aunque no he estado leyendo demasiado desde que ocurrió la ruptura con Marcos, tal vez sea un buen momento para recuperar el hábito.

—¿De quién es? —pregunto con una enorme sonrisa.

—¿Por qué no lo abres? —sugiere Álex—. A lo mejor te lo han dedicado.

Sus palabras me hacen sospechar, pero sé que a ella le ha tocado regalarle a Sandra, y eso significa que el libro solo puede ser de la propia Sandra o de Carlota.

Pero, cuando lo abro, no me encuentro con una dedicatoria, sino con un sobre que cae sobre la mesa.

Frunciendo el ceño, lo abro y saco la hoja de papel impreso de su interior.

Es un correo electrónico… y me quedo con los ojos como platos al ver que el remitente es la agencia de representación de Darío, mi cantante favorito.

El corazón se me detiene un instante mientras leo el mensaje, informándome de que hay unas entradas a mi nombre.

Miro a Carlota; está claro que solo ha podido ser ella.

—¿Y esto? —susurro.

—Sé que te morías de ganas de ir —me explica con una gran sonrisa—. Lucía no iba a poder ir conmigo porque tiene un cumpleaños familiar ese día, así que me pareció que no había nadie mejor que tú para disfrutar de la obra. No conocemos a nadie que sea más fan de Darío.

Sonrío todavía más que antes.

—Entonces, ¿vamos a ir juntos?

Sin embargo, ella niega con la cabeza.

—Prefiero ir yo otro día con ella, para que no se quede sin ir —me explica—. ¿No has visto que las entradas están a tu nombre? Puedes ir con quien tú quieras… aunque había pensado que a lo mejor querrías ir con tu chico.

El corazón me da un vuelco.

—¿En serio? —pregunto, ligeramente aturdido. Esto parece demasiado bueno para ser cierto.

—En serio —confirma ella con una enorme sonrisa.

—Joder… gracias. En serio, mil gracias. Estuve mirando entradas para ver si podía ir el día que va a estar Darío, pero ya no quedaban. Joder. No me lo creo.

—Pues créetelo. Vas a poder conocer en persona a tu cantante favorito.

—Y encima, con tu chico —añade Álex, y ahora comprendo que ella también estaba en el ajo. Como es mi mejor amiga, la gente siempre suele acudir a ella para saber qué regalarme—. No te quejarás.

—Pues no. La verdad es que no. ¿Os he dicho ya que sois los mejores?

Los demás se echan a reír.

—Qué pelota eres… —dice Carlota—. Venga, ¡quiero ver mi regalo!

Todavía sigo incrédulo mientras las demás abren sus regalos, incapaz de dejar de mirar el papel con las entradas a mi nombre. Como han dicho ellas, voy a conocer a mi cantante favorito y, encima, voy a poder hacerlo junto a Marcos. Probablemente sea el mejor regalo que me han hecho en toda mi vida.

Sin embargo, no puedo evitar sentir cierta inquietud.

Al fin y al cabo, no estoy demasiado acostumbrado a que me salgan tan bien las cosas.

Y, después de lo que pasó con Marcos cuando pensaba que éramos felices, me cuesta quitarme de encima la sensación de que todo podría acabar torciéndose de un momento a otro.

Espero equivocarme.