El chico de la habitación vacía (El chico de al lado 2) 58.
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De nuevo, Marcos no comienza de inmediato. Le doy tiempo y espacio, hasta que al fin respira hondo y comienza a hablar.

—A ver… ¿te acuerdas de Andy?

Hago una mueca al oírlo; no es un nombre que me apetezca demasiado escuchar.

—Cómo olvidarlo.

—Nos conocimos antes del instituto. Era mi mejor amigo en el colegio.

—Pues no tenías muy buen gusto, la verdad.

Él se ríe, pero tampoco lo niega.

—En el colegio era diferente. Llegó en tercero de primaria y, además, ya empezado el curso porque le hacían bullying en su anterior colegio, así que nunca se integró muy bien. Tampoco es que los demás se lo permitieran. Yo era su único amigo; los demás no le hacían caso.

—Si pretendes que me dé pena después de que se volviera un gilipollas…

—No, no. Tranquilo. Lo que quiero es que comprendas mi parte de la historia.

Para mí, Andy era mi amigo Andrés, el del colegio, el que llevaba media vida conociendo.

Pero, cuando llegamos al instituto… No sé, es como que se transformó.

Supongo que no quería que volviera a pasar lo que le había ocurrido en el colegio, así que se convirtió en una persona diferente, la que tú conocías, empezó a hacerse llamar Andy.

Cuando estábamos solos, se comportaba como el Andrés de siempre, pero en el instituto era un completo desconocido.

—Pero para ti seguía siendo tu amigo del colegio.

—Exacto. Pero, cuanta más gente éramos en el grupo, menos caso me hacía a mí.

Y yo estaba ahí como de fondo, como si fuera un adorno o una mascota a la que nadie le prestaba mucha atención.

Desde que llegamos al instituto, empezó a reclutar gente para el grupo, ya sabes de quiénes hablo, y es como que poco a poco se fue olvidando de mí.

Por supuesto que sé a quién se refiere: los cinco o seis payasos que siempre iban en manada con ellos.

Para mí eran como un todo, aunque Andy era claramente el cabecilla.

Pero ahora sé que Marcos era el único que estuvo ahí antes de que hubiera ningún grupo, y el único que no se sumó a él por una mera cuestión de unión entre gilipollas.

Sin embargo, eso no explica por qué permaneció a su lado, ni justifica el hecho de que jamás les parara los pies.

Aun así, no quiero echarle en cara cosas que hizo cuando era un Marcos muy diferente al que he conocido durante estos últimos meses, de modo que trato de suavizarlo.

—¿Por qué no lo mandaste a la mierda?

Tarda un largo instante en responder.

—No podía —dice al fin—. Era mi mejor amigo.

—Pero en realidad ya no lo era, ¿no? Tú mismo me lo acabas de decir, ya no te hacía ni caso.

—Lo sé, pero es como que estaba obsesionado con él, ¿sabes?

Me costaba darme cuenta de la realidad. Seguía aferrándome a la idea de que el Andrés de siempre seguía ahí, en algún lugar, aunque nunca me dejara verlo.

Yo justificaba su comportamiento porque para mí ese no era él de verdad, ¿sabes lo que te digo?

Pensaba que solo era una fachada, y supongo que al principio era así, pero con el tiempo esa fachada se acabó convirtiendo en su verdadera cara.

Pero ocurrió de una forma tan gradual que ni siquiera me di cuenta de que estaba pasando.

Y, cuando llegué a darme cuenta de verdad, estaba tan metido en toda esa situación que ni siquiera sabía cómo salir.

Se detiene para tomar aire, y yo lo miro mientras asiento con la cabeza, pensativo.

—Supongo que tiene sentido.

—Mira yo no creía que las bromas que hacía fueran con maldad. Pensaba que eran algo inofensivo. Y, a ver, la verdad es que jamás le pegaron a nadie.

—No, pero a mí me llamaron maricón más de una vez —le recuerdo, con el ceño fruncido.

Odio desenterrar recuerdos dolorosos, pero es necesario que lo haga si nos estamos sincerando.

Lo que sí que no hago, por no echar más sal en la herida, es recordarle algo más: que él nunca los detuvo.

Esa es la razón por la que para mí fue el putísimo Marcos durante tanto tiempo, por la que lo odiaba a él y a su pelo de oveja, por la que me costó tanto confiar en él.

Aunque jamás me insultó, no impidió que los demás lo hicieran.

Sí, puede que nunca intentaran ponerme la mano encima, pero eso no le resta gravedad a lo demás.

—Lo sé —susurra, como si supiera exactamente lo que estoy pensando—. Y, créeme, no sabes cuánto tiempo llevo odiándome por ello.

Una lágrima se desliza por su mejilla, pero se la seco con un dedo antes de hacerle una caricia. Necesito que sepa que le apoyo, necesito que sepa que no le estoy echando las cosas en cara, por mucho que necesite decirle algunas de ellas.

—No tienes que odiarte. Comprendo la situación.

—Justo estaba en mitad de todo eso cuando se murió mi madre.

—La voz se le rompe en la última palabra; este es un tema que apenas ha mencionado siquiera conmigo—.

Ella quería mucho a Andrés, aunque no sabía cómo era él en el instituto.

Pero él también la quería, y me apoyó mucho.

Durante unos meses, volvió a ser el Andrés de siempre.

Iba a mi casa todas las tardes para que no estuviera solo y jugábamos a videojuegos o estudiábamos juntos, trataba de hacer planes conmigo todos los fines de semana.

Mi padre se había convertido en una especie de zombi, y mi hermana todavía era pequeña, entonces no podíamos apoyarnos mutuamente como lo haríamos ahora.

Pero Andy volvió a ser Andrés, volvió a ser mi mejor amigo; él era el único que estaba a mi lado de verdad en una época tan difícil. No podía renunciar a él.

Asiento con la cabeza.

—Eso también lo entiendo.

—El problema es que, con el paso de los meses, yo empecé a superarlo un poco, al menos externamente, y él comenzó a alejarse de mí otra vez, muy poco a poco.

De nuevo, volví a ser el que se quedaba en segundo plano en el grupo, el que no le importaba mucho a nadie.

Después del dolor de la muerte de mi madre, ahora estaba perdiendo a mi mejor amigo por segunda vez.

Y no sabía si podía hacer algo para evitarlo, o si quería intentarlo siquiera.

Y así pasaron un par de años más sin saber qué hacer.

A estas alturas las lágrimas ya se están deslizando libremente por sus mejillas, así que lo abrazo con fuerza para tratar de transmitirle todo mi cariño.

—Lo siento. Tiene que haber sido muy difícil.

Él sorbe por la nariz antes de contestar.

—Bastante. Pero eso me sirvió para empezar a comprender que Andrés no era tan amigo como yo pensaba.

Y quería alejarme, ¿sabes? Pero no sabía cómo hacerlo.

Al principio, tratar de alejarme de él me parecía una traición, después de lo que había hecho por mí cuando lo de mi madre.

Pero él siguió cambiando, y llegó un punto que ya no sabía qué hacer.

Por un lado, me daba miedo que él o los demás la tomaran conmigo, que creyeran que los había traicionado o algo así.

Y, aunque no fuera así, tampoco podía irme como si nada, no tenía más amigos. Me daba miedo quedarme solo.

Esbozo una sonrisa llena de tristeza.

—Alejo y yo te habríamos acogido, ¿sabes? Nosotros dos tampoco teníamos muchos amigos que digamos; no nos habría importado tener uno más.

Él aparta la mirada y se queda mirando a la nada, pensativo. Entonces, suelta un suspiro.

—Las cosas habrían sido diferentes —dice al fin.

—Muy diferentes.

Entonces, lo abrazo de nuevo. Y, mientras lo hago, no puedo evitar imaginar cómo podría haber sido la situación si nos hubiéramos hecho amigos en el instituto.

A lo mejor existe una especie de universo alternativo donde las cosas se desarrollaron de forma diferente.

¿Tal vez Marcos y yo habríamos empezado a gustarnos mucho antes, varios años antes?

¿Tal vez habríamos descubierto nuestra sexualidad juntos, tal vez hasta habría sido mi primer novio?

Pero, de haber sido así, ¿todavía seguiríamos juntos, o lo nuestro se habría acabado terminando con el tiempo, como suele ocurrir con tantos amores adolescentes?

De haber sido así, tal vez nuestros padres se habrían conocido de una forma muy diferente, cuando nosotros los presentáramos.

Pero, si las cosas hubieran ocurrido de esa forma, lo más probable era que nuestros padres nunca hubieran llegado a intimar, que nunca hubieran llegado a enamorarse ni mucho menos a casarse.

Y, si Marcos y yo hubiéramos roto con el tiempo, ahora mismo la situación sería muy diferente.

Yo estaría en mi casa de siempre con mi madre, los dos solos.

Y Marcos estaría con Antonio y con Natalia.

No solo habría perdido lo que tengo ahora con él, sino que también habría perdido a esas otras dos personas que ahora son mi familia.

Pero no estoy dispuesto a renunciar a ninguno de los tres, así que prefiero quedarme en mi universo. Supongo que, a pesar de todas las posibilidades, las cosas han acabado saliendo tal y como tenían que salir.

Continúo abrazándolo mientras él solloza en silencio contra mi pecho.

Hace tiempo que lo perdoné casi sin darme cuenta mientras comenzaban a crecer los sentimientos entre nosotros, pero, ahora que comprendo un poco más de la situación, sé que no puedo juzgarlo por lo que hizo o más bien dejó de hacer en el pasado.

En la despiadada jungla del instituto, o comes o se te comen.

Puede que él no devorara a nadie, pero se aseguró de estar lo bastante cerca de los depredadores como para no convertirse él también en presa.

Y eso por no mencionar que Andy y sus amigos ni siquiera eran auténticos depredadores; de ser así, me resultaría mucho más difícil tratar de justificar su comportamiento.

Es posible que Marcos actuara como un cobarde, pero, ¿acaso no lo habríamos sido todos en su situación?

Tenía demasiadas cosas encima, demasiado sufrimiento al que hacer frente.

No podría echarle en cara que hubiera escogido la salida fácil cuando muy probablemente yo también lo habría hecho si hubiera estado en su lugar.

Andy y los demás no eran verdaderos abusones, aunque a veces se pasaran de la raya.

Simplemente eran los gilipollas de la clase, los payasos de la clase.

Sabiendo lo que sé sobre otros institutos y las cosas que pueden ocurrir en ellos, la verdad es que agradezco que ellos fueran lo peor que tuviéramos.

Cuando Marcos se calma al fin, decido mencionar algo que me ha llamado la atención mientras hablaba.

—Antes has dicho que estabas un poco obsesionado con Andy… —comienzo, pero no sé cómo terminar la frase.

Él asiente con la cabeza.

—Supongo que es posible que me gustara como algo más.

Entonces no me daba cuenta, claro. Siempre había sido mi mejor amigo, lo quería muchísimo, y es como que pensaba que esos sentimientos eran algo natural.

Pero darme cuenta de que él no me quería de la misma manera me dolía, y por eso siempre estaba tratando de buscar su aprobación.

—Pero al final lo superaste, ¿no?

—A ver… esto me da un poco de vergüenza —dice con una sonrisa tímida.

—Creo que a estas alturas ya no debería haber vergüenza entre nosotros —le recuerdo.

—Pues a ver… Cuando ya era más mayor, en bachillerato, me pillé mucho por una profesora. Elsa, ¿te acuerdas de ella?

—¿La rubia de Inglés? ¿La que se fue con un australiano?

—Justo.

—Mientras no te liaras con ella…

—Joder, ojalá —responde entre risas. Yo arqueo una ceja, y él se calla al instante—. A ver, quiero decir que en esa época no me habría quejado.

—Bueno, eso habría sido abuso por su parte —señalo.

—Lo sé. El caso es que, a ver… digamos que me obsesioné bastante con ella. Y, en parte, eso fue lo que hizo que dejara de estar tan obsesionado con Andrés. Estas últimas semanas lo he estado analizando un poco y, en fin, digamos que me di cuenta de algo…

Deja la frase inconclusa, pero creo que sé por dónde va.

—No era la primera vez que te obsesionabas así.

Él asiente con la cabeza.

—Exacto.

—Y yo que pensaba que yo era el primer chico que te gustaba… —replico con fingida indignación, y él suelta una risita.

—Eres el primer chico que me ha hecho darme cuenta de que me gustan los chicos. Descubrí mi sexualidad contigo, no con él.

Y, entonces, me da un beso en los labios.

Hemos estado hablando largo y tendido, y tal vez todavía nos queden cosas pendientes, pero por el momento nos hemos sacado muchas cosas de dentro y estamos agotados emocionalmente.

En otra ocasión, tal vez aprovecharíamos que estamos solos en casa para unir nuestros cuerpos por completo, pero ahora no es el momento.

En lugar de eso, nos tumbamos en la cama y ponemos Heartstopper , y nos quedamos abrazados hasta que termina la segunda temporada, sintiéndonos más ligeros que nunca después de haber mantenido esta conversación que tanto necesitábamos los dos.