El chico de la habitación vacía (El chico de al lado 2) 57.
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Por fin ha llegado el día de quedarnos solos en casa.

A la hora de comer, nuestros padres nos preguntaron si queríamos hacer algo por la tarde.

Marcos y yo dijimos que teníamos que estudiar, pero Natalia les propuso ir al centro para pasear por ahí, merendar churros y ver las luces de Navidad.

Aunque la perspectiva de comer churros me resulta demasiado tentadora, la idea de quedarme a solas con Marcos después de varios días lo es todavía más.

Sigo pasando las noches en su cama, con lo que ello suele implicar, pero que esté nuestra familia en casa significa que tenemos que ser silenciosos y muy cuidadosos, sobre todo después de lo de Natalia, lo que se traduce en que no podemos hacer todo lo que nos gustaría.

Sin embargo, y por muchas ganas que tenga, hoy el sexo va a tener que esperar.

Hay otra cosa que hemos estado retrasando, así que ha llegado el momento de mantener de una vez por todas esas conversaciones que teníamos pendientes.

Es verdad que podríamos haberlo hecho por las noches, pero no quería estropear esos escasos momentos de soledad que teníamos con conversaciones incómodas.

Y, ahora que tenemos toda la tarde por delante, sé que no podemos seguir retrasándolo más.

Acabamos de despedirnos del resto de la familia y de cerrar la puerta cuando Marcos se gira directo hacia mí, dispuesto a besarme. Le sigo un juego durante unos segundos, pero entonces me separo de él.

—¿Te parece si vamos a tu cuarto?

—Vale —responde con una sonrisa; es evidente que tiene una idea muy distinta de lo que va a ocurrir en su habitación, al menos en el futuro más próximo.

Una vez dentro, me siento en su cama, tratando de controlar los latidos desbocados de mi corazón que puedo sentir atronando en mis oídos. Nunca se me han dado muy bien estas cosas.

—Creo que deberíamos hablar —digo, yendo directamente al grano.

Su expresión cambia en un instante, y esa sonrisita de antes da paso al pánico. Traga saliva antes de contestar.

—¿Pasa algo?

—No ha pasado nada, tranquilo. —Me esfuerzo por sonreír; no quiero que se asuste—. Es solo que… En fin, ya sabes que tenemos una conversación pendiente.

Él asiente sombríamente con la cabeza y toma asiento junto a mí.

—Sí. Lo sé.

—Mira, creo que a ninguno de los dos se nos da bien esta clase de conversaciones, así que voy a intentar decirte las cosas tal como las siento, ¿vale?

—Vale.

—Antes que nada, quiero que recuerdes que te quiero. Ni me arrepiento de nada, ni quiero que lo dejemos. Eso tienes que tenerlo claro.

—¿Seguro? —pregunta con un hilo de voz.

—Seguro —afirmo, y le cojo las manos para tratar de infundirle más confianza—. Pero bueno, volviendo al tema… Tú sabes que antes me caías como el culo, ¿verdad?

Él suelta una risita.

—Como para no saberlo. El putísimo Marcos… ¿no era así como me llamabas?

Parpadeo un par de veces, confuso.

—¿Cómo sabes tú eso?

—Te escuché una vez —admite—. Una de las veces que nuestros padres nos llevaron a comer, o a cenar. Creo que le estabas mandando un audio a algún amigo, no lo recuerdo bien.

Enrojezco violentamente; nunca se me ocurrió pensar que se hubiera dado cuenta. Por lo que dice, lo más probable es que lo estuviera criticando con Alejo.

—Yo… lo siento.

—No tienes que sentirlo —me asegura—. Supongo que puedo llegar a entenderlo. No me conociste en mi mejor época.

—Si te soy sincero, cuando empezamos a... No sé, a acercarnos, supongo… La verdad es que no me fiaba nada de ti.

—Lo sé —responde con una leve sonrisa—. Se te notaba un poco, la verdad.

—Como ya te he dicho, me caías como el culo. Pero, cuando empezamos a convivir… A ver, es como que parecías diferente, pero me resistía a creérmelo. ¿Sabes lo que te digo?

—Sí, supongo que sí. Yo no quería presionarte ni nada, pero intenté acercarme a ti. ¿Te diste cuenta?

Asiento con la cabeza.

—Lo que pasa es que yo pensaba que tan solo querías que nos lleváramos bien por tu padre y tu hermana, ¿sabes? No acababa de creerme que no siguieras siendo la misma persona.

Él suelta un suspiro.

—¿Tan horrible crees que era en el instituto?

—A ver… sí y no. O sea, tú nunca me hiciste nada.

Jamás me insultaste, jamás te burlaste de mí.

Pero los amigos que tenías… En fin, no tengo ni que decírtelo.

Tú lo sabes mejor que nadie. Para mí erais como un todo, una única entidad.

Erais los putísimos payasos de la clase, así que tú eras el putísimo Marcos.

Parece avergonzado mientras asiente con la cabeza, y me doy cuenta de que tiene los ojos húmedos.

—Lo siento.

—No te lo digo para que lo sientas. Te lo digo para que lo entiendas.

Para que me entiendas a mí. —Hago una pausa y respiro hondo antes de continuar—.

Mira, yo no quería que mi madre rehiciera su vida.

Es egoísta, lo sé. Y a veces me odio por ello.

Pero llevábamos muchos años los dos solos, ella y yo contra el mundo, así que ya creía que iba a ser siempre así.

No quería un padrastro, nunca había querido hermanos.

—Y de repente tu madre mete a tres personas más en tu vida.

—Exacto. El día que nuestros padres nos presentaron, yo ya iba de mala hostia. Estaba predispuesto a odiaros. Que fueras precisamente tú me lo puso muy fácil; como ya te he dicho, me caías como el culo.

—Creo que me quedó claro la primera vez —dice con una sonrisa; al menos, no parece dolido.

—Lo siento. El caso es que a ver, tú lo sabes mejor que nadie…

tuvimos más de un año para conocernos antes de que nuestros padres se casaran, pero yo no puse de mi parte.

No quería poner de mi parte, no quería conoceros mejor.

Eras el putísimo Marcos, y eso me daba la excusa perfecta para no querer saber nada de ti.

—Lo sé. Y lo entiendo. Yo trataba de acercarme a ti, pero en fin… Lo único que me transmitías era hostilidad. —Se encoge de hombros y me mira con una sonrisita triste que me rompe por dentro—. Pero tranquilo, que no te culpo.

—Mira, te voy a ser sincero. Muy en el fondo, supongo que yo ya sabía que eras diferente, aunque no quisiera admitirlo.

Como ya te he dicho, tú nunca me insultabas en el instituto, jamás te metías conmigo ni con nadie.

Casi parecía que fueras la mascota del grupo, más que una parte real de él.

—Marcos hace una mueca; supongo que él también debía de sentirse así—.

Pero lo fácil era negármelo, ¿sabes? Lo fácil era tratar de autoconvencerme de que eras tan gilipollas como los demás, de que mi madre estaba cometiendo un error enorme al unir nuestras familias.

Porque eso me daría la razón a mí. Así que tú seguiste siendo el putísimo Marcos y seguiste cayéndome como el culo.

—Creo que ya van cuatro veces que lo dices, de verdad que puedes parar —señala entre risas.

—Perdón. Es solo que quería dejarlo todo claro, ¿vale? Necesito que comprendas cómo me sentía, por qué era tan hostil contigo. Esos primeros días fueron como una montaña rusa de emociones para mí.

—Para mí también lo fueron —dice con absoluta seriedad.

—Cuando empezamos a convivir, es como que la persona que tenía en la cabeza no encajaba del todo con la persona que estaba viendo todos los días.

Cuando solo te veía un par de veces al mes, cuando nuestros padres nos juntaban, podía fingir que eras el Marcos que creía que eras, el Marcos que quería que fueras, solo que estabas disimulando delante de nuestros padres.

Pero, en casa… En fin, aquí ya era más difícil.

—Pongo los ojos en blanco antes de continuar—. Y luego está lo de las pajas.

—¿Las pajas?

—Sí, bueno, las pajas y todo lo demás. ¿Recuerdas la primera noche?

Él sonríe.

—Me echaste la bronca por hacer ruido haciéndome una paja y luego tú hiciste exactamente lo mismo.

Enrojezco ligeramente.

—Me ponías cachondo, ¿vale? Todavía no me había dado cuenta, creo que no era capaz de admitirlo ante mí mismo, pero me ponías. Y luego empezaron los encuentros en el baño, y cuando me estaba afeitando, y cuando te paseaste en pelotas delante de mí…

—¿Te cuento un secreto? —me pregunta con una sonrisa tímida.

—¿Yo también te ponía?

—Bueno, sí, pero no me refería a eso. En realidad… estaba tratando de provocarte.

Me quedo boquiabierto.

—¿En serio?

—A ver, yo sabía que eras gay, ¿vale? Y me daba la impresión de que me mirabas un poco más de la cuenta, y bueno, ahora me lo acabas de confirmar.

Yo no sabía lo que sentía exactamente porque estaba hecho un lío, pero sí que tenía como mucha curiosidad por ti, ¿sabes?

Sé que suena ridículo, pero, no sé… Estaba bastante confuso, y es como que pensaba que a lo mejor tú podrías ayudarme o algo así, supongo.

Pronuncia la última frase en voz baja, con timidez. Lo miro con infinita ternura y le doy un beso suave en los labios antes de continuar.

—Siento haber sido tan gilipollas contigo esos días.

—Pues sí, lo fuiste —responde con una sonrisita—. Pero tenías tus razones. Yo también habría hecho lo mismo.

—Que sepas que me sentía fatal por lo que te dije en el aeropuerto y todo. Y bueno, después fue cuando empezamos a… —Me doy cuenta de que no sé cómo expresarlo, ¿por qué me siento avergonzado de repente?—. En fin, ya sabes.

—¿A follar?

—Joder, que bestia eres. Te recuerdo que fuimos poco a poco.

—Te recuerdo que la tercera noche que dormimos juntos te lanzaste corriendo a tragarte mi semen.

Le doy un manotazo en el brazo.

—Como si no lo hubieras estado deseando.

—Pues sí —admite sin la menor vergüenza.

—El caso es que, no sé… Me ponías bastante, aunque apenas había empezado a darme cuenta, y esas noches en el hotel, la intimidad que podíamos tener ahí… Era algo que jamás habría imaginado que pudiera tener contigo.

—A mí me pasó exactamente igual. Todavía me cuesta creer que llegáramos a hacer todo lo que hicimos, la verdad.

—Pues sí. Pero el caso es que durante el día sí que dejaba de pensar con la polla.

Pensaba en que todavía me caías mal, en que tendríamos que resolver los asuntos pendientes del instituto.

Lo que pasa es que por las noches me olvidaba por completo de sacar el tema, era como que me invadían las hormonas y las ganas de ti.

Durante el día tenía momentos de debilidad, pero más o menos podía controlarme.

Pero, por las noches… en fin, tan solo podía pensar en el deseo que sentía hacia ti.

Él esboza una sonrisita.

—Me acuerdo bien, sí.

—Gilipollas —le digo, dándole otro manotazo—.

La cosa es que un día intenté sacar el tema, ¿sabes?

Fue el día que estuvimos haciéndonos fotos en la montaña, pero nos interrumpieron.

Y también quería hacerlo el último día, en la playa.

Quería hablar contigo, pero entonces fue cuando empezaste a contarme tus dudas, a decirme que creías que podías ser bisexual.

Y en ese momento me pareció que me necesitabas mucho más de lo que yo necesitaba hablar.

Veo que sus ojos se humedecen ligeramente al recordarlo.

—Fuiste muy bueno conmigo. Y creo que no me lo merecía.

—Claro que sí, tonto. Te lo merecías todo y más.

—Si tú lo dices.

—Lo digo. Pero bueno, el caso es que durante el día apenas teníamos ocasión de hablar, y por las noches estábamos demasiado cachondos.

Y después volvimos a casa, y entonces casi no teníamos ocasión de estar a solas.

Aunque dormíamos juntos, no quería estropear los pocos momentos que teníamos a solas, ¿sabes? Igual que ahora. Y, aparte…

Dejo la frase inconclusa, sin saber muy bien cómo expresarlo.

—¿Sí?

—Es como que me olvidé del tema, no sé —continúo—. Alguna vez me acordaba, así en plan random , pero en general, era como si el tema hubiera desaparecido de mi cabeza. Ya te he dicho que al principio no me caías bien, y…

—Di que te caía como el culo, si total, una más…

Me echo a reír.

—Sí, me caías como el culo. Pero era como si me hubiera ido al viaje con una imagen de ti y hubiera vuelto con otra completamente diferente, ¿sabes lo que te digo?

Ya no eras el Marcos que había conocido, o que creía conocer, sino una persona distinta, una persona nueva.

Estaba tan centrado en empezar a conocerte de verdad, en lo que estaba creciendo entre nosotros y lo que estaba empezando a sentir por ti, que ya ni siquiera me acordaba del instituto.

—A mí también me costaba acordarme, la verdad.

—Pensándolo ahora, me imagino que tal vez deberíamos haberlo hablado antes, pero, no sé, supongo que los comienzos de una relación siempre son así, ¿no?

—Me encojo de hombros antes de continuar—.

Al principio todo es fantasía y arcoíris, no eres capaz de ver más allá de lo que sientes y no te paras a pensar con la cabeza porque estás demasiado cegado por lo bonito que es todo, las ganas que tienes de estar con la otra persona.

El pensamiento racional no llega hasta más tarde, y entonces es cuando puedes pensar fríamente en lo que está pasando.

No digo lo que los dos estamos pensando: que, en nuestro caso, el momento de pensar fríamente llegó cuando estábamos separados, cuando Marcos me dejó y se marchó. Pero sé que eso todavía le atormenta, así que no lo menciono y en su lugar le acaricio las manos con un gesto de cariño.

—Lo entiendo —dice al fin—. Y gracias por contármelo.

—Gracias por escucharme.

—¿Necesitas decirme algo más sobre este tema? —pregunta en voz baja.

—Creo que no.

Marcos asiente con la cabeza. Abre la boca para decir algo, pero entonces la cierra. Lo miro a los ojos y él aparta la mirada, como si estuviera tratando de elegir sus próximas palabras, pero la tensión que invade su cuerpo es evidente debajo de mis manos.

Cuando al fin habla, su voz es poco más que un susurro.

—¿Quieres que te hable del instituto?

Asiento con la cabeza y le doy un apretón en la mano para transmitirle mi apoyo, consciente de que probablemente va a ser difícil para él.

Él asiente también, pensativo, y entonces traga saliva, como mentalizándose antes de empezar a hablar.