56.
Cuando llego a casa, nuestros padres todavía no han regresado; lo sé porque está casi todo a oscuras.
—¡Hola! —saludo desde la puerta.
—Hola —responde la voz de Marcos—. Ahora voy.
Su habitación tiene la puerta abierta, pero la luz está apagada.
De la puerta entreabierta de Natalia sale un pequeño rayo de luz y oigo voces amortiguadas dentro, así que supongo que todavía tienen que estar hablando.
Paso por el baño y después me meto en mi habitación, un poco nervioso.
Por lo que me ha dicho Marcos, ya tienen que llevar un buen rato. Pero, ¿eso es bueno o malo?
Prefiero no oír nada sin querer, de modo que cierro la puerta.
Sé que debería aprovechar para estudiar y así no perder el día por completo, pero también sé que no voy a poder concentrarme; me siento demasiado tenso por la conversación que está teniendo lugar a solo unos metros de aquí.
A falta de nada mejor que hacer, me tiro en la cama para mirar tiktoks , tratando de desconectar el cerebro un rato.
Por suerte, no tardo en oír unos golpecitos en la puerta.
—¿Sí?
—Soy yo —responde Marcos.
—Entra.
Oigo el sonido de la puerta abriéndose, y entonces aparece él. Mientras se acerca, me doy cuenta de que tiene los ojos rojos e hinchados, así que lo abrazo con fuerza antes de darle un beso.
—¿Cómo estás?
—Bueno, bien.
—¿Ha ido bien?
—Sí, bueno. Pero Natalia quiere hablar contigo.
Trago saliva, temiéndome lo peor.
—¿Ahora?
—Sí.
Me levanto de la cama, un tanto nervioso.
Marcos me coge de la mano y me conduce fuera de la habitación, hasta la puerta de su hermana.
Pienso que me va a soltar antes de entrar, pero no lo hace, y eso me hace sentir un calorcillo agradable en la tripa.
Natalia está sentada en la cama y, cuando me mira, me doy cuenta de que ella también tiene los ojos rojos.
Supongo que los dos habrán estado llorando bastante.
Su mirada se detiene un instante en nuestras manos unidas, pero su expresión no cambia.
—Hola —saludo con timidez.
—Hola.
—¿Quieres que me vaya? —le pregunta Marcos.
—No hace falta.
—Bueno… —comienzo con nerviosismo—. Pues tú dirás.
Ella permanece en silencio durante un par de minutos, como si estuviera tratando de encontrar las palabras apropiadas.
—¿Sabes? —dice al fin, con tono serio—. Me estaba empezando a gustar que fueras mi hermano.
Trago saliva. Esto no suena bien.
—Natalia, yo…
—Déjame terminar —me interrumpe, poniéndose en pie para acercarse un poco a mí—. Como he dicho, me estaba empezando a gustar que fueras mi hermano. Pero creo que también me va a gustar tenerte de cuñado.
El corazón me da un vuelco al oírlo.
—¿En serio?
—En serio —responde con una amplia sonrisa, y yo sonrío también.
Incapaz de controlarme, cruzo el escaso metro que nos separa y le doy un fuerte abrazo. Ella me lo devuelve con ganas.
—Gracias —le digo, con la voz estrangulada.
—De nada —susurra. No se separa de mí, pero me doy cuenta de que estira el cuello para mirar a su hermano—. Ven aquí, anda.
Apenas un segundo más tarde, siento los brazos de Marcos a nuestro alrededor.
Esto me recuerda mucho a ese abrazo que compartimos antes de ir a Canarias, la primera y única vez que nos habíamos abrazado los tres.
En esa ocasión también fue un abrazo de reconciliación, pero el de ahora no podría ser más diferente.
Entonces no había absolutamente nada entre él y yo, más allá de cierta curiosidad por mi parte, pero nos llevábamos más mal que bien.
Ese abrazo fue una especie de tregua, una muestra de la voluntad que teníamos los tres por tratar de llevarnos bien, aunque fuera por el bien de nuestros padres.
Pero el de ahora es muy distinto. Para empezar, Marcos y yo estamos juntos, así que todos nuestros abrazos son mucho más que un simple gesto físico de cariño.
Además, ahora Natalia sabe lo que hay entre nosotros y aun así nos está abrazando, lo que significa muchas cosas: que acepta lo nuestro.
Que nos apoya. Que nos ha perdonado por no habérselo contado.
Que sigue queriendo a su hermano y, supongo, también me tiene algo de cariño a mí.
Sinceramente, después de haber pensado hace solo dos noches que todo se iba a ir a la mierda por culpa de nuestra imprudencia, ahora mismo no podría estar más aliviado.
Permanecemos un rato abrazados, hasta que Natalia se separa de mí y alterna la mirada entre los dos.
—Ya lo he hablado con Marcos, pero… sabéis que lo tenéis jodido, ¿verdad?
—Joder, gracias por los ánimos —digo con una mueca, medio en broma y medio en serio.
—Lo que quiero decir es que no sé si ellos se lo van a tomar tan bien como yo. Pero yo os apoyo, ¿vale? Si puedo hacer algo para ayudaros, decídmelo.
Siento una oleada de cariño hacia ella extendiéndose por todo mi cuerpo. Si alguien me hubiera dicho contado todo esto hace solo un par de meses, me habría reído en su cara por demasiados motivos.
—Muchas gracias. De verdad.
—De nada. Pero bueno, venga, podéis iros si queréis.
—Ah, así que nos echas —replica Marcos, fingiendo indignación—. Qué bonito.
Natalia pone los ojos en blanco.
—No os echo. Pero papá y Belén todavía no han llegado, así que a lo mejor queréis aprovechar este rato para estar solos.
Los dos sonreímos a la vez y volvemos a abrazarla.
—Eres la mejor —dice Marcos.
—Venga, pesados —responde ella entre risas—. Marchaos ya.
Y eso es lo que hacemos. Como la cama de Marcos es la más grande, nos metemos en su habitación. Dejamos la puerta abierta; no queremos levantar sospechas cuando lleguen nuestros padres.
—¿Qué te apetece hacer? —le pregunto.
—Besarte —responde, y se inclina hacia mí para hacerlo.
—No digo que me parezca mal, pero alguna excusa tendremos que tener para estar juntos si llegan nuestros padres.
— ¿Heartstopper? —sugiere—. Todavía tenemos que empezarnos la segunda temporada.
—Me parece perfecto.
Marcos coge su portátil y lo coloca en la silla mientras yo me acomodo en la cama.
Podríamos irnos al salón para ver la serie en la tele, con una pantalla más grande y en la comodidad del sofá, pero ninguno de los dos menciona esa posibilidad.
Por un lado, porque estar en su cama es más íntimo; está claro que los dos lo preferimos.
Y, por otro, por la serie en concreto que estamos viendo.
Nuestros padres no saben que Marcos es bisexual, y probablemente comenzarían a sospechar si nos vieran viendo una serie así los dos juntitos.
Después de lo que ha pasado con Natalia y de haber esquivado la bala tras un par días llenos de tensión, ahora no queremos arriesgarnos más.
No pueden enterarse de lo que hay entre nosotros si no es por nuestra boca.
Marcos pone el capítulo y se sube a la cama. Normalmente se coloca detrás de mí para abrazarme, pero hoy no lo hace. En lugar de eso, me empuja delicadamente para tumbarme boca arriba y se sube encima de mí.
—Te quiero —susurra.
—Y yo a ti.
Entonces, comienza a besarme con delicadeza, como si mis labios fueran algo tan frágil que le preocupara romperlos, pero tan tentadores que no pudiera evitar tocarlos.
Nos besamos despacio y con calma, sin ceder a la pasión que tan a menudo suele invadirnos.
Primero, porque hemos dejado la puerta abierta y Natalia está en casa.
Y, segundo, porque los besos apasionados siempre acaban provocando que nos entren ganas de más, y los dos somos conscientes de que no vamos a poder desahogarnos hasta que llegue la hora de dormir.
—Marcos… —digo al cabo de unos segundos.
—Dime.
—Así no te vas a enterar del capítulo —señalo, y él se ríe.
—¿Cinco minutos más? Y luego volvemos a ponerlo desde el principio.
Suelto un suspiro. Pero, ¿a quién quiero engañar?
Los dos sabemos que soy incapaz de resistirme a él.
En casa tenemos pocos momentos para besarnos a gusto, y ahora que contamos con el beneplácito de Natalia, este es precisamente uno de ellos.
Así pues, continuamos besándonos los cinco minutos que me ha pedido y después volvemos a poner el episodio desde el principio.
Paramos justo a tiempo, porque mi sangre ya ha empezado a concentrarse en un lugar poco apropiado.
Marcos se sitúa detrás de mí, pega el pecho a mi espalda y me abraza con fuerza, tal como siempre hacemos en estas ocasiones.
A veces me da besos en la cabeza y en la mejilla, y en estos momentos, me siento tan lleno de felicidad que, si él no me estuviera sujetando, tal vez empezaría a flotar sobre la cama.
* * *
Oímos el sonido de la puerta de entrada abriéndose cuando vamos por la mitad del segundo episodio. Con cuidado de no hacer ruido, nos separamos y nos sentamos con normalidad, con las piernas cruzadas mientras continuamos viendo la serie.
—¡Ya estamos aquí! —saluda mi madre desde el pasillo.
—¡Hola! —respondemos Marcos y yo al unísono, y oímos también la voz de Natalia desde su habitación.
—¡Anda! —se sorprende Antonio—. ¿Estáis los dos juntos otra vez?
—Venga, déjalos —dice mi madre—. Estarán viendo algo.
Entonces, él aparece en la habitación y nos echa un vistazo. Mi madre va justo detrás de él.
—Hola, papá —lo saluda Marcos—. Estamos viendo una serie.
—Así me gusta —responde su padre con una sonrisa—. Que seáis buenos hermanos.
Trato de forzar una sonrisa. Si él supiera…
Una hora más tarde, durante la cena, el ambiente es mucho más animado que en estos dos últimos días.
Ni Natalia está enfadada, ni Marcos ni yo estamos tensos por los nervios de pensar que de un momento a otro pueda explotar la cosa.
Seguimos estando de vacaciones, y el ambiente alegre y festivo es casi como una presencia física en el aire.
Después de dos días, puedo volver a respirar y disfrutar del momento.
Ya va una de tres. Tenemos una aliada en casa, y eso nos facilita mucho las cosas.
Por desgracia, algo me dice que la situación no hará más que complicarse a partir de ahora.
El siguiente paso será decírselo a mi madre, y después…
a Antonio. Aunque sea un buen tío, lo veo un poco como el jefe final de un videojuego: estoy seguro de que él será quien peor se lo tome.
De entre los tres, probablemente será quien que más nos costará convencer para que acepte lo nuestro, si es que llega a hacerlo, y su reacción podría determinar el futuro de nuestra relación… y tal vez también de nuestra familia.