El chico de la habitación vacía (El chico de al lado 2) 54.
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Cuando me despierto por segunda vez en la mañana, en esta ocasión, en mi propia cama, sonrío ampliamente al revisar el móvil.

Hoy he quedado para comer con Álex y Alejo, y tengo la pantalla inundada de notificaciones del grupo que compartimos; los dos llevan un buen rato esperando a que les conteste para terminar de cuadrar.

Me apresuro a responder antes de desperezarme para ir al baño.

Mientras tanto, aprovecho para mandarle un mensaje de buenos días a Marcos.

Cuando termino, dedico unos minutos a afeitarme.

No es que me salga demasiada barba, pero llevo sin afeitarme desde antes de irnos a la montaña y ya se me notan un poco los pelillos.

Después, me meto en la ducha. Apenas llevo unos pocos minutos dentro cuando suenan los consabidos golpecitos en la puerta.

—¿Puedo pasar? Me estoy meando.

—Pasa, anda.

A diferencia de mí la última vez, no se está meando.

Así pues, abro la cortina de la ducha y me asomo para besarlo; un beso largo que me enciende por completo.

Enseguida, mi polla está dura y palpitante; después de todo, llevo casi dos días sin correrme.

La mano de Marcos rodea mi erección y comienza a masajearla, y entonces todo ocurre muy rápido.

Cuando quiero darme cuenta, se ha puesto de rodillas y está chupándomela con ansia.

Al principio, me dejo llevar por la sensación, estremeciéndome de placer mientras me muerdo la muñeca para tratar de contener los gemidos.

Pero entonces gana mi parte racional; sé que no deberíamos estar haciendo esto ahora mismo. Es demasiado arriesgado.

—Marcos… la familia.

Él se saca mi polla de la boca y me mira con una sonrisa diabólica.

—No están —me explica—. Han salido los tres a comprar un par de cosas.

Eso es una perspectiva de lo más interesante.

—¿Hace mucho?

—Justo antes de que te levantaras, así que todavía tardarán un ratito.

—Pero, entonces, ¿a qué venía el paripé de que te estás meando?

Su sonrisa se ensancha.

—Era para darte la sorpresa.

Le doy un manotazo en el brazo.

—Eres lo peor.

—Qué va —replica él—. Si me adoras.

—Puede ser. ¿Salgo y nos vamos a la cama?

—No sé si es buena idea. Aunque les falte un rato para llegar, creo que es mucho menos arriesgado hacerlo aquí.

—Sí, supongo que tienes razón —admito a regañadientes—. Pero ponte de pie, que ahora me toca a mí.

Él se apresura a obedecer mientras yo cierro la ducha antes de arrodillarme frente a él dentro de la bañera, y siento un estremecimiento al volver a probar ese sabor delicioso que siempre consigue hacerme perder los papeles. Mientras se la chupo, comienzo a masturbarme con furia, incapaz de parar.

Nunca habíamos hecho nada así, no de esta forma, y entre que la situación me resulta demasiado excitante y que llevo más tiempo de lo habitual sin correrme, me doy cuenta de que no voy a ser capaz de aguantar mucho más.

Por suerte, la respiración acelerada de Marcos y sus gemidos apenas contenidos me indican que él está exactamente igual.

Mejor así, porque no deberíamos entretenernos mucho más.

—Fran… me voy a correr.

No respondo; tengo la boca demasiado ocupada.

En lugar de eso, sigo chupando casi con ansia mientras me masturbo todavía más fuerte, sintiendo cómo me voy acercando cada vez más al clímax.

Entonces, todo el cuerpo de Marcos se tensa y sé que ha llegado el momento.

Suelta un gruñido y su polla se hincha mientras comienza a bombear ese semen espeso y caliente sobre mi lengua, un delicioso chorro tras otro que inundan mi boca por completo.

Justo acaba de terminar cuando comienzo a correrme yo también, y solo entonces me lo trago todo.

Me saco su polla de la boca, la aprieto ligeramente para extraer y lamer las últimas gotas, y alzo la vista para mirarlo con una sonrisa. Él sonríe también y me tiende la mano para ayudarme a ponerme en pie.

—¿Te ha gustado la sorpresa? —me pregunta.

—Me ha encantado.

—Esa era la intención.

Entonces, se inclina hacia mí para besarme.

Pienso que va a ser un beso breve, pero no: explora mi boca a conciencia, como si quisiera saborear los restos de su semen.

No puedo decir que me queje, pero el sentido común vuelve a hacer acto de presencia y me separo un poco de él mientras planto las manos sobre su pecho.

—Deberías marcharte.

—Debería.

—Además, me estoy congelando —admito; después de todo, estoy desnudo y mojado.

—Vale, vale —dice con una sonrisa—. Ya me voy.

Me da un beso más, esta vez breve, y entonces se marcha.

Yo continúo duchándome, incapaz de dejar de sonreír.

Cuando salgo, el resto de la familia ya ha llegado; menos mal que no nos hemos entretenido más en el baño.

Después de los saludos de rigor, me voy a la cocina para desayunar, aunque solo me como un plátano porque ya me he entretenido demasiado entre unas cosas y otras.

* * *

Un par de horas después de levantarme ya estoy en el metro, de camino al restaurante chino donde he quedado con Álex y Alejo.

Estoy mirando tiktoks sin prestarles demasiada atención cuando empiezo a recibir notificaciones del grupo que comparto con mis amigos de la universidad.

Entro en el chat para leer los mensajes, y entonces me quedo boquiabierto.

Carlota

Chiques!!

Que he ganadoo!!

Qué fuerte!!

Sandra

El qué?

De qué hablas?

Luis

El concurso??

El de Darío????

Carlota

Sí!!

Estoy flipando jajaja

Con tantas emociones durante estas últimas semanas, ya casi lo había olvidado.

Darío, uno de mis cantantes favoritos, había organizado un sorteo en Instagram.

Unos amigos suyos van a estrenar una obra de teatro para la que él ha compuesto la música, y el día del estreno, dentro de un par de semanas, va estar él cantando en directo.

La cosa es que el sorteo no consistía solo en unas entradas, sino también en poder conocerlos a él y al resto del equipo, lo que significa que habría podido conocer a mi ídolo.

Pero no he tenido suerte; supongo que eso ya habría sido mucho pedir después de haber recuperado a Marcos.

Además, sé que tampoco voy a poder ir como acompañante de Carlota.

Para participar en el sorteo había que dejar un comentario mencionando a otra persona y ella mencionó a su novia, así que estaría muy feo que me llevara a mí en vez de a ella.

Noto que me invade una sensación agridulce.

He estado siguiendo a Darío desde que se dio a conocer en un programa musical por internet hace unos años.

Recuerdo que también le surgieron unos cuantos haters , pero yo estuve apoyándolo y votándolo desde el principio y no podría estar más orgulloso de todo lo que ha conseguido.

Tengo todos sus discos, y el año pasado pude ir por primera vez a un concierto suyo; fue uno de los mejores días de mi vida.

Me habría hecho mucha ilusión ganar la entrada para poder conocerlo en persona, pero no ha podido ser.

Aun así, ya que no he sido yo, me alegra sinceramente que al menos haya sido una de mis amigas. Y, con suerte, a lo mejor podré darle mis discos para que le pida que me los firme.

Joo, qué suerte!!

Me alegro mucho

Busco en internet la obra de teatro y selecciono el día del estreno, el catorce de enero. Si no son demasiado caras, a lo mejor podría comprar dos entradas para ir con Marcos, y así al menos tendría ocasión de ver a Darío cantando aunque no pueda conocerlo en…

Mi gozo en un pozo.

Las entradas están completamente agotadas; no queda ni una sola butaca libre en todo el teatro.

No me extraña; aunque no conocía la obra de nada, la promesa de que Darío vaya a cantar es demasiado tentadora.

Me maldigo a mí mismo por no haber sido más previsor y no haber pensado en comprarlas antes: por mucho que hubiera participado en el sorteo, seguro que no me habría costado revender las entradas normales sin perder dinero si hubiera ganado.

Pero no lo hice, así que ahora voy a quedarme sin ver a uno de mis cantantes favoritos.

Supongo que haber vuelto con Marcos ha debido de terminar con toda la suerte que me quedaba en un buen tiempo.

Noto que me estoy poniendo de mal humor, pero no quiero seguir así ahora que estoy a punto de ver a Álex y Alejo después de un par de semanas sin estar los tres juntos; tengo demasiadas ganas de pasar un buen rato con ellos.

Tratando de olvidarme del tema, silencio el grupo durante una hora y continúo viendo tiktoks hasta que llego por fin a mi estación.

El restaurante no se encuentra demasiado lejos de aquí; menos de diez minutos caminando.

Cuando ya estoy cerca, veo que Álex está esperándonos en la puerta, muy guapa con su gabardina burdeos que le llega hasta los tobillos y un gorro a juego.

—¡Fran! —grita cuando me ve, y se acerca corriendo para darme un abrazo—. ¡Feliz año!

—Feliz año —contesto con alegría mientras entierro la cara en su abundante pelo de color trigo; tenía muchas ganas de verla—. ¿Cómo estás?

—Bien, bien. No me quejo. ¿Y tú?

—No me quejo —repito con una risita.

—No ha podido ser lo de Darío, ¿eh? —me dice Álex, mirándome con una sonrisa compasiva—. Lo siento mucho, sé que te hacía bastante ilusión.

—No pasa nada —le aseguro—. Me alegra que al menos le haya tocado a ella.

—Ya, pero aun así… De entre nosotros, tú eres el mayor fan.

—Bueno, pero así es la vida. ¡Mira! —Señalo hacia el otro lado de la calle—. Ahí viene.

Alejo está trotando hacia nosotros, muy sonriente. Álex me mira y, al igual que antes, echamos a correr hacia él. Nos encontramos en mitad de la acera para darnos un enorme abrazo en grupo de esos que tanto me gustan.

—Feliz año —dice.

—¡Feliz año! —respondemos nosotros.

Entre risas, volvemos al restaurante y esperamos a que nos asignen una mesa; se nota que estamos en navidades porque está todo casi lleno.

Mientras aguardamos a que nos atiendan para pedir, Alejo nos cuenta una historia graciosísima de una mujer mayor que prácticamente lo ha atropellado en el metro para conseguir un asiento libre.

—Os lo juro —insiste, apartándose el flequillo negro de los ojos mientras Álex y yo nos partimos de risa—. Esa vieja corría más que todos nosotros juntos.

Entonces nos reímos todavía más fuerte, y me doy cuenta de que Alejo sonríe levemente al ver reír a Álex. Un par de segundos más tarde aparece la camarera, así que nos tranquilizamos un poco para pedir.

—Bueno —digo cuando se marcha, sonriente—. ¿Y qué tal las vacaciones?

Ellos intercambian una mirada antes de volver a mirarme a mí, y entonces Álex levanta una ceja.

—No creas que te vas a librar. Empieza a hablar, anda.

—¿Qué?

—Lo sabes perfectamente —dice Alejo, muy serio—. Marcos. Tú. Queremos saberlo todo.

Suelto un suspiro. En fin, ya sabía que esto iba a pasar, así que tampoco puedo decir que me sorprenda. Bajo la mirada, un tanto avergonzado.

Después, respiro hondo y comienzo a hablar.