El chico de la habitación vacía (El chico de al lado 2) 53.
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Como suele ocurrir en esta clase de festividades, el resto del día transcurre de forma extraña, como si el tiempo se dilatara o se contrajera por momentos.

Cuando mi tía y mis primos se marchan, voy al cuarto de baño para darme una ducha y Marcos utiliza su estratagema habitual de decir que se está meando para entrar a darme un largo beso.

Después, vuelvo a mi habitación. Durante los días que hemos pasado en la montaña he descuidado por completo mis tareas de la universidad, así que dedico un par de horas a estudiar un poco; al fin y al cabo, ya estamos en enero y los exámenes del primer cuatrimestre se encuentran a la vuelta de la esquina.

Comemos tarde, pasadas las tres. Después de la copiosa cena de ayer y el desayuno tardío de hoy, la comida es ligera, tan solo una sopa de pollo con fideos.

Ahora que no está Vero para animarla, Natalia vuelve a estar huraña, y apenas participa siquiera en la conversación.

Al menos, no nos mira con odio a Marcos y a mí, pero creo que nuestros padres han tenido que darse cuenta de que le pasa algo.

Más de una vez se miran entre ellos cuando piensan que no los vemos, pero al menos no mencionan nada al respecto.

Como de costumbre, Marcos y yo recogemos la mesa juntos. Sin embargo, esta vez solo nos damos un beso breve cuando entramos en la cocina; no queremos arriesgarnos a hacer nada que pueda fastidiar las cosas todavía más.

—¿Tienes que estudiar? —me pregunta cuando terminamos.

—Sí —respondo a regañadientes—. Qué coñazo, la verdad.

—Si te sirve de algo, yo también.

Nos despedimos con otro beso rápido antes de salir al pasillo para volver a nuestras respectivas habitaciones. Cuando llego, miro el móvil y veo que tengo un mensaje de Víctor cagándose en su padre, así que me paso un buen rato tratando de animarlo un poco antes de ponerme a estudiar.

Llevo un par de horas estudiando cuando recibo un mensaje de Marcos.

Tienes ganas de mear?

***

Qué

Pues eso

Iba a ir cuando terminara de estudiarme este tema

Por?

Es que me iba a duchar

Esbozo una sonrisa al comprender lo que me está queriendo decir

Pero es verdad que quiero mear, y ya sabes que me cuesta si estás tú ahí

Pero puedes intentarlo, no?

Y de premio, te llevas un beso

Me da la impresión de que me voy a arrepentir, pero el premio es demasiado tentador como para rechazarlo.

Venga, vale

Apenas dos minutos más tarde, oigo el sonido de la ducha al otro lado de la pared. Espero un par de minutos más antes de salir de mi habitación y llamar a la puerta del cuarto de baño.

—Marcos, ¿te queda mucho? Me estoy meando.

—Entra si quieres.

El corazón ya está latiéndome con fuerza mientras entro, tratando de no pensar en la presencia de Marcos al otro lado de las cortinas.

Me doy cuenta de que ha dejado su ropa en el bidé y la tapa abierta, tal vez para facilitarme la tarea.

Trato de dejar la mente en blanco mientras me la saco, apunto y cierro los ojos, procurando olvidarme del sonido de la ducha y del pensamiento de que Marcos se encuentra a menos de un metro de distancia, completamente desnudo.

Por supuesto, no funciona. El corazón me late con fuerza mientras los segundos transcurren poco a poco, hasta que me doy cuenta de algo: si no me doy prisa, ni siquiera vamos a tener ocasión de darnos un beso breve.

De nuevo, me obligo a dejar la mente en blanco y de ignorarlo todo a mi alrededor, hasta que el chorro comienza a salir por fin.

No estoy seguro, pero diría que es la vez que menos me ha costado.

Marcos abre la cortina cuando tiro de la cisterna.

—Buen chico —dice con una sonrisita.

—Tú cállate y dame mi premio, anda —replico en voz baja.

Y eso es justo lo que hace. Estira el brazo para engancharme el cuello de la camiseta y tirar de mí hacia él, y entonces me besa en los labios, con tanta intensidad que me deja sin aliento.

Está empapado, lo que significa que me moja también la cara y el pecho, pero no me importa.

No nos besamos así desde esta mañana, y la verdad es que lo echaba de menos.

Sin embargo, no podemos entretenernos demasiado, así que me separo de él después de apenas unos segundos.

Suelto una risita entre dientes al bajar la mirada.

—Veo que te ha gustado —susurro, señalando su polla medio dura con un gesto de la cabeza.

Él se encoge de hombros sin la menor vergüenza.

—Me encantan tus besos, ya lo sabes. Pero venga, vete.

Por suerte, mis calzoncillos y el pantalón del pijama disimulan bastante el bulto que ha empezado a crecer también entre mis piernas, así que no se da cuenta de nada que me deje en mal lugar. Le doy un beso breve y me acerco al lavabo para lavarme las manos antes de salir.

Antes de volver a mi habitación, paso por la cocina para coger un plátano y un yogur para merendar. Me quedo estudiando una hora y pico más, hasta que noto que mi capacidad de concentración está empezando a fallar, y después enciendo la consola para despejarme y desconectar un rato.

Un par de horas más tarde, oigo unos golpes en la puerta.

—A cenar —dice Natalia con voz seria, antes de que tenga ocasión de contestar siquiera.

Está claro que todavía no se le ha pasado el cabreo, porque nunca me habla tan borde.

Cuando salgo está pasando de nuevo frente a la puerta de mi habitación después de avisar a Marcos, pero no me mira ni dice absolutamente nada.

Cuando él sale, veo por su expresión que también se ha dado cuenta de su actitud.

Trato de contener un suspiro de resignación; no necesitaba otra cena incómoda ahora mismo, la verdad.

—Id poniendo la mesa, por favor —nos pide mi madre cuando llegamos a la altura de la cocina.

Natalia ya está dentro, sacando los platos. Juntos pero sin hablarnos, los tres nos encargamos de colocarlo todo. Cuando nos sentamos, el ambiente no podría estar más tenso. Mi madre ha hecho su maravillosa tortilla de patatas, pero hasta me está costando disfrutarla en condiciones.

—Chicos, ¿estáis bien? —pregunta Antonio al cabo de unos minutos, claramente preocupado—. Parecéis mustios.

El corazón me da un vuelco. Por lo que yo sé, es la primera vez desde anoche que alguien le pregunta a Natalia algo así de forma más o menos directa, y me da miedo cuál pueda ser la respuesta.

Aunque quiero creer que seguirá cumpliendo su palabra, está claro que ahora mismo no siente mucho aprecio que digamos por nosotros.

—Es que estoy cansada —dice, y tengo que contener un suspiro de alivio—. Dormí bastante mal anoche.

—¿Y eso, cariño? —se interesa mi madre.

—Mejor pregúntaselo a ellos dos—replica Natalia, encogiéndose de hombros.

Ahora el corazón se me detiene un segundo, pero al menos Marcos no tarda en reaccionar.

—Es que estuvimos hablando en mi habitación hasta bastante tarde, con Vero y tal.

Por suerte, su hermana no niega esa versión de los acontecimientos. Y, técnicamente, la verdad es que Marcos ni siquiera ha mentido.

—Bueno, pues intentad acostaros pronto hoy —dice mi madre—. Tenéis que aprovechar las vacaciones para descansar ahora que podéis.

El resto de la cena transcurre en silencio, pero, por suerte, la incomodidad no se prolonga demasiado.

Cuando terminamos, nos ponemos los tres a recoger la mesa.

Mientras Natalia enjuaga los platos y los cubiertos, Marcos recoge los vasos y yo limpio las migas de la mesa.

Lo veo mirando de reojo a nuestros padres antes de susurrar cerca de mi oído:

—No sé qué hacer con Natalia. Odio que estemos así.

—¿Has intentado hablar con ella?

—No —admite.

—A lo mejor deberías hacerlo —sugiero—. ¿Quieres que vaya contigo?

Él se lo piensa un instante y asiente con la cabeza.

—Venga, vale.

Mientras nuestros padres ven la tele, nosotros nos vamos a la cocina, donde Natalia ya se está secando las manos con un trapo. Nos mira con el rostro serio, pero no dice nada.

—Hola —saludo.

—¿Podemos hablar un momento?

Ella deja el trapo sobre la encimera y cruza los brazos.

—¿Qué pasa?

—Mira, yo sé que para ti todo esto puede ser raro, o a lo mejor un poco difícil de aceptar y tal —comienza Marcos, con una torpeza evidente.

Respira hondo antes de continuar—. Pero, a ver…

estas cosas son normales, ¿vale? Yo no he cambiado, sigo siendo el mismo de siempre.

No tiene nada de malo que me gusten los chicos, ¿sabes?

Ella permanece en silencio unos segundos. Por su expresión, parece incrédula.

—¿Eres idiota o qué? —le pregunta al fin, y me doy cuenta de que tiene lágrimas en los ojos—. A mí me da igual que te gusten los chicos. Ya sé que no tiene nada de malo, no soy una homófoba de mierda.

Una vez más, se hace el silencio entre los tres.

—¿En serio? —acierta a decir Marcos, claramente esperanzado.

—En serio —le asegura Natalia, y hace una pausa antes de continuar—. No me importa que te gusten los chicos. Ni siquiera me importa que estéis juntos.

—¿Entonces…?

—Lo que me duele es que no me lo hayas querido contar.

Las lágrimas se derraman por sus mejillas, y el corazón se me rompe al verla. Sin decir nada más, se da la vuelta y se marcha de la cocina pisando fuerte. Alcanzo a oír un sollozo antes de que salga por la puerta.

—Nati, espera… —la llama Marcos.

Hace ademán de ir detrás de ella, pero yo lo detengo sujetándole el brazo.

—Dale tiempo —sugiero, convencido de verdad de que será lo mejor—. Igual no deberías presionarla.

—¿Tú crees?

Asiento con la cabeza.

—Sí. Todavía lo tiene todo muy reciente; es normal que ahora se sienta dolida y un poco confusa. Creo que necesita algo de tiempo a solas para pensar desahogarse.

—Sí… supongo que sí.

Le doy un beso breve en los labios, y después nos asomamos los dos al salón para dar las buenas noches a nuestros padres y nos vamos cada uno a nuestra habitación para prepararnos antes de dormir; aunque es temprano, todavía tenemos cansancio acumulado de anoche y los días anteriores.

Mientras me meto en la cama, soy incapaz de dejar de pensar en lo que ha ocurrido en la cocina.

Aunque le he cogido bastante cariño a Natalia en este último par de meses, antes de la boda siempre había pensado en ella como una cría un poco molesta.

Pero ahora me doy cuenta de que es una persona mucho más madura e inteligente de lo que pensaba, alguien que quiere de verdad a Marcos. Me duele haberle hecho daño.

Ella misma lo ha dicho: el problema no es lo que somos; ni siquiera el hecho de que estemos juntos.

El problema es que ninguno de los dos, especialmente su hermano, hemos confiado en ella lo suficiente como para contarle lo que estaba pasando entre nosotros.

Aunque creo que por nuestra parte es comprensible que hayamos actuado así porque todavía es todo demasiado reciente, no puedo decir que no la comprenda a ella también.

Oigo a Marcos dando vueltas en la cama al otro lado de la pared; está claro que él tampoco es capaz de dormir. Ya hace rato que he oído a nuestros padres metiéndose en su habitación, así que le mando un mensaje.

¿Quieres que vaya a dormir contigo?

Sí, porfa

No tiene que decir nada más. Enciendo la linterna del móvil y me levanto de la cama, salgo de mi habitación y cierro la puerta con cuidado para no hacer ruido.

Camino de puntillas por el pasillo, entro en su cuarto, y en esta ocasión me aseguro de dejar la puerta bien cerrada; no necesitamos más sustos.

Por si acaso, echo también el pestillo, aunque sé que no va a ser necesario.

Cuando la luz de mi móvil ilumina la cara de Marcos, me doy cuenta de que ha estado llorando.

—Ey —susurro cuando me meto en la cama con él, y le doy un beso en los labios—. ¿Qué pasa?

—Es que me siento fatal —responde con la voz estrangulada—. Nati tenía razón, tendría que haber confiado antes en ella.

—Es todo muy reciente, Marcos —le recuerdo, rodeándolo con los brazos—. Nosotros también necesitábamos tiempo. No tienes que sentirte mal.

Continúo abrazándolo mientras él solloza contra mi pecho.

Cuando al fin se calma, nos damos un largo beso, ponemos varias alarmas para no correr ningún riesgo, y nos colocamos en nuestra posición habitual para dormir.

Esta noche tampoco hay sexo; ninguno de los dos estamos de humor para ello.

En lugar de eso, nos damos cariño y calor mutuamente mientras dejamos que los miedos y las preocupaciones se disipen y se pierdan en el mundo de los sueños.