El chico de la habitación vacía (El chico de al lado 2) 52.
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Noto una mano zarandeándome, pero me cuesta demasiado salir de entre las profundidades del sueño. Suelto un gruñido y me abrazo a la almohada con más fuerza todavía. ¿Por qué me están despertando? Si estamos de vacaciones.

—Fran… —dice una voz familiar, aunque estoy demasiado dormido para reconocerla al principio—. Fran… despierta.

—Déjame… —respondo, y la voz se ríe.

—Venga, Fran, que son más de las once. —Reconozco la voz como la de Víctor, y entonces me obligo al fin a abrir los ojos—. Antonio ha ido a por churros.

Eso último me despierta un poco más. Suelto un prolongado bostezo, desperezándome. No se me escapa el hecho de que mi primo está tratando de contener una sonrisa al verme así.

—¿Llevas mucho tiempo despierto? —le pregunto.

—Una hora o así. He estado jugando con Vero y Natalia en el salón.

—¿Cómo están?

Víctor frunce un poco el ceño, extrañado por mi preocupación mal disimulada.

—Bien, como siempre. ¿Por?

—No, por saber.

En realidad, la que me preocupaba de verdad era Natalia, pero habría sido demasiado cantoso preguntar solo por ella.

Al menos, sus palabras dejan entrever que no ha mencionado nada delante de él, y también que no ha estado actuando de forma extraña.

Con un poco de suerte, tal vez nuestros padres no se den cuenta de ningún cambio sospechoso en nuestro comportamiento. Todavía necesitamos tiempo.

Salgo de la habitación detrás de Víctor, aunque él sigue adelante mientras yo entro en el cuarto de baño.

Justo acabo de salir y estoy a punto de pasar frente a la puerta de entrada cuando esta se abre y entra Antonio, cargado con dos bolsas de papel gigantescas de churros y porras y una bolsa de plástico que parece contener varios recipientes de chocolate.

—¡Buenos días, campeón! —me saluda con una sonrisa—. Se te han pegado las sábanas, ¿eh?

Me río con cierto nerviosismo, aunque tal vez pueda interpretarse como vergüenza o timidez.

—Es que anoche nos acostamos muy tarde. ¿Te ayudo?

—Mira, lleva tú el chocolate.

Me tiende la bolsa de plástico, que pesa un poco más de lo que esperaba, y nos dirigimos juntos hacia el salón.

—Buenos días —saludo al entrar.

—Buenos días, cariño —responde mi madre—. ¿Has dormido bien?

Me doy cuenta de que Natalia me está mirando mientras me dirijo hacia la mesa, pero me esfuerzo por ignorarla. Con un poco de suerte, cumplirá su palabra y no mencionará nada.

—Sí, muy bien.

Anoche dejamos el mantel puesto para no tener que volver a colocarlo para el desayuno, pero hoy no hay más que tazas alrededor de la mesa, una cafetera recién preparada y todavía humeante sobre un salvamanteles, y una jarra grande llena de leche.

Todos los demás están ya sentados, de la misma forma que ayer, lo que significa que hay una silla vacía junto a Marcos esperándome.

Tomo asiento junto a él y su mano encuentra la mía de inmediato para darme un apretón que interpreto como un «buenos días», así que se lo devuelvo.

Me duele que no hayamos podido saludarnos con un beso, pero no ha habido ocasión.

—Marcos, corazón, se te han olvidado las servilletas —dice mi madre justo acabo de sentarme.

Él me da un apretón más en la mano antes de levantarse y ponerse en pie.

—Voy.

—Voy contigo —añado, poniéndome en pie también—. Así me bebo un vaso de agua, que me he despertado con la garganta seca.

Por el rabillo del ojo me parece ver a Natalia poniendo los ojos en blanco, pero trato de ignorarlo mientras sigo a Marcos hasta la cocina. Sin perder ni un segundo, se acerca a mí y me da un beso.

—Buenos días —susurra contra mis labios.

—Buenos días. Te has olvidado de las servilletas a propósito, ¿verdad?

—Puede ser —admite con una sonrisa traviesa, y me da otro beso.

—Vale, pero después de lo de anoche, tenemos que tener cuidado —le recuerdo—. Vete ya, anda.

Él me da un beso más, reúne las servilletas y se marcha. Mientras tanto, yo saco un vaso de la alacena y me sirvo un poco de agua del grifo, más para disimular que porque tenga sed de verdad.

Cuando regreso, Natalia está claramente de morros.

No me cuesta imaginar la razón: ahora que sabe que su hermano y yo estamos juntos, también tiene que saber la verdadera razón por la que hemos ido los dos a la cocina.

Me extraña verla así, la verdad. Puede que no la conozca demasiado, pero nunca me ha parecido que sea una persona homófoba, así que no creo que esa sea la razón.

Supongo que será lo evidente: ahora que Marcos y yo somos novios de forma oficial, estamos poniendo en peligro la familia que nuestros padres han construido.

Y, como es lógico, eso no debe de hacerle ninguna gracia.

Al principio, me cuesta comer mientras la miro de reojo, atento a sus movimientos.

Sin embargo, Vero capta mi mirada y enseguida comienza a hablar con ella sobre el nuevo libro de Los Juegos del Hambre , que las tiene a las dos muy emocionadas, y la expresión de Natalia cambia casi de inmediato.

De verdad que mi prima hace milagros. Me planteo unirme a la conversación porque yo también soy fan de la saga, pero prefiero no interferir en la magia de Vero.

Mucho más tranquilo, comienzo a comer con ganas.

Cuando terminamos, tengo el estómago tan lleno que estoy a punto de reventar.

—¿Queréis jugar a algo? —propone Víctor.

—Tenemos que volver a casa ya, cariño —dice mi tía.

—¿Por qué? Es pronto.

—Tu padre me ha llamado antes, y estaba enfadado porque ha llegado y no había nadie. Le he prometido que volveríamos después de desayunar.

—Jo —responde él, claramente alicaído—. Pues nada.

Mientras lo miro, no puedo evitar sentir una punzada de dolor por él.

Al fin y al cabo, yo he tenido suerte; aunque las cosas no salieran bien entre mis padres, he tenido la suerte de haber vivido siempre con mi madre, una mujer buena y cariñosa que siempre me ha aceptado tal y como soy.

La madre de Víctor es igual de maravillosa, pero su padre es todo lo contrario.

Y sí, puede que siempre me ría de él llamándolo Gollum y derivados, pero la situación es de todo menos graciosa.

Teniendo en cuenta todas las veces que le he oído decir palabras como «maricones» o «mariconadas», no me extraña que a Víctor le haya costado tanto aceptar su sexualidad.

Tiene que ser horrible convivir cada día con alguien así, aunque me ha dado la impresión de que últimamente está mucho menos por casa.

Espero que al menos eso sea un alivio para mi primo.

Los tres chicos nos encargamos de recoger la mesa. Una vez en la cocina, le hago un gesto a Víctor para que se siente junto a la mesa. Intercambio una mirada con Marcos, y él asiente con la cabeza y se marcha para seguir recogiéndolo todo.

—Vic, ¿estás bien?

Él tarda unos segundos en responder.

—No quiero volver a casa —dice, y su voz lastimera me rompe el corazón.

—Ya me lo suponía… tiene que ser una mierda.

—Un poco —responde, y veo que tiene lágrimas en los ojos.

Verlo así me llena de impotencia; quiero ayudarlo, pero no sé cómo hacerlo. Al menos, me queda el consuelo de saber que siempre va a tener a Vero, que podrá contar con su hermana pase lo que pase.

—Recuerda lo que te dije, ¿vale? Si pasa algo y necesitas venir aquí, no tienes ni que dudarlo.

—Gracias —responde, con la voz estrangulada.

Entonces, una lágrima se desliza por su mejilla. Sin poder contenerme, me acerco más para abrazarlo, y él comienza a sollozar contra mi pecho.

—Tranquilo —susurro, dejando que se desahogue mientras le acaricio el pelo—. Estoy contigo.

Su cuerpo tiembla con el llanto mientras hago lo que puedo por consolarlo, por transmitirle mi cariño. De nuevo, odio no poder hacer nada más para ayudarlo, pero al menos espero que esto le sirva de algo.

De pronto, nos interrumpe una voz.

—Víctor, cariño, ve a recoger tus…

Es mi tía, pero deja la frase inconclusa cuando entra en la cocina y nos ve abrazados.

—Voy —dice él, poniéndose en pie y tratando de disimular, pero no hay forma de ocultar su cara roja y húmeda.

—Cariño, ¿qué te pasa? ¿Estás bien?

—Sí, tranquila —le asegura, poniéndose en pie—. Es solo que me da pena irme.

Me da la impresión de que ella va a darle un abrazo, pero Víctor se marcha de la cocina antes de que pueda hacerlo.

—Fran, cielo —me dice, con una cara tan llena de preocupación que me destroza un poco por dentro—. Víctor lleva varias semanas bastante raro, y la verdad es que ya no sé qué puedo hacer para ayudarlo. ¿Tú sabes lo que le pasa?

Tengo la camiseta húmeda por las lágrimas de Víctor y, de todos modos, ella ya lo ha visto llorando conmigo, así que no tiene sentido tratar de ocultarle esa parte.

—Sí —admito—. Pero no puedo contártelo.

Ella parece dolida durante un instante, pero entonces asiente con la cabeza.

—Lo entiendo —responde con la voz temblorosa—. ¿Puedes decirme al menos si es algo grave?

—No, tranquila —le aseguro—. No es nada grave, te lo prometo.

De nuevo, asiente con la cabeza. Mi tía no es tonta, así que no me extrañaría que se esté imaginando por dónde pueden ir los tiros, aunque no pienso darle ninguna pista al respecto. Tras unos segundos, se acerca a mí para abrazarme.

—Muchas gracias por ayudarle, cielo —dice cuando nos separamos, con la voz compungida—. Víctor tiene mucha suerte de tener a un primo como tú.

—Bueno, pero también tiene mucha suerte de tener a una madre como tú —respondo, esbozando una sonrisa—. Y a una hermana como Vero.

Por supuesto, ninguno de los dos mencionamos a esa cuarta persona que hay en su casa, esa persona que es precisamente el origen de buena parte de la aflicción que hay en las vidas de mi tía y mis primos.

—Gracias por todo —repite, y me da un apretón cariñoso en la mejilla.

—De nada. Cuida de él, ¿vale? —le pido—. Ahora mismo te necesita mucho.

Ella esboza una sonrisa llena de tristeza.

—No te preocupes, cielo. Lo haré.