51.
Mierda. Me he tenido que dejar la puerta abierta cuando he venido, así que ni siquiera la hemos oído entrar.
—¿Qué estás haciendo tú aquí? —le pregunta Marcos, alarmado, mientras se pone en pie para acercarse a ella. Natalia, sin embargo, sale de la habitación a toda prisa—. ¡Espera!
El corazón me late con fuerza mientras me levanto de la cama yo también. Ya está. Nos lo hemos cargado todo. Va a contárselo todo a nuestros padres sin que Marcos y yo tengamos ocasión de preparar el terreno siquiera, sin que podamos tratar de hacerlo de la mejor forma posible.
Así no, joder. No tenía que ocurrir así. Menuda forma de empezar el año. Y todo por mi culpa.
Sin embargo, cuando salgo de la habitación, veo que Natalia no está entrando en la de nuestros padres, sino en la suya propia.
Eso es bueno, ¿verdad? Trata de cerrar la puerta, pero Marcos la sujeta con fuerza.
Pienso que la situación podría desmadrarse en cualquier momento, que lo único que tendría que hacer ella es gritar para cargárselo todo, pero no lo hace.
En lugar de eso, se aparta a un lado y le deja entrar.
Titubeo un instante antes de entrar detrás de él.
—¿Qué estáis haciendo? —susurra Vero mientras enciende la linterna del móvil cuando me ve entrar a mí también, claramente enfadada—. ¿Qué habéis liado ahora? Que es tardísimo.
Natalia mira a Marcos con gesto enfático, y después a mí.
—Pregúntaselo a ellos.
Suelto un suspiro; aunque Natalia sea la hermana de Marcos, Vero es mi prima, así que me corresponde a mí decírselo.
—Marcos y yo nos estábamos besando en su cuarto. Y ella nos ha pillado.
Por supuesto, Vero ya sabía que volvemos a estar juntos, así que no es algo que le sorprenda demasiado. Lo único que hace es poner los ojos en blanco.
—Joder. Mira que sois poco discretos.
Natalia se gira hacia ella, con el ceño fruncido.
—¿Tú no estás flipando o qué? —le pregunta, claramente confusa.
—A ver… es que yo ya lo sabía, Nati.
—De locos —replica ella, claramente enfadada.
Está alzando la voz y eso es peligroso, así que le lanzo una mirada de súplica a Vero.
—Vamos a ver —dice, haciéndose cargo de la situación—. Son las mil de la mañana, no podemos ponernos aquí a hablar con vuestros padres en la habitación de al lado.
—Pues yo no pienso irme a dormir sin que me deis una explicación —insiste Natalia, tozuda. Sé que no puedo culparla, pero es que no podría haber elegido un momento peor.
—Vamos a mi cuarto —sugiere Marcos.
—Pero Víctor está durmiendo en el de Fran, ¿no? —pregunta Natalia—. Se va a enterar de todo.
Decido omitir el detalle de que él también lo sabe; no hace falta echar más leña al fuego. Por suerte, Vero acude en mi rescate una vez más.
—No te preocupes, a mi hermano no lo despierta ni una bomba —le asegura—. Venga, vamos. Pero rapidito, que me muero de sueño.
Despacio y en silencio, salimos todos de la habitación para ir a la de Marcos. Por suerte, no despertamos a nadie en el proceso. Vero entra la última y cierra la puerta detrás de ella. Yo tomo asiento en la cama, sin saber muy bien qué decir.
—Antes de nada, ¿se puede saber qué estabas haciendo en mi cuarto? —le pregunta Marcos a Natalia, claramente molesto—. Ya sabes que no me gusta que entres sin permiso, yo nunca entro en la tuya.
Ella frunce el ceño y parece que vaya a estallar otra vez, pero entonces Vero le hace una leve caricia en el brazo y parece calmarse.
—Tenía sed, así que me levanté para ir a beber agua en la cocina —explica—.
Al salir de mi cuarto oí ruidos raros en el tuyo, pero no le di mucha importancia.
Cuando volví todavía seguía oyéndolo, y me di cuenta de que tenías la puerta abierta.
Pensaba que igual estabas teniendo una pesadilla o algo así, así que entré para ver si estabas bien.
Tengo las mejillas tan calientes que me siento como si estuviera a punto de entrar en combustión espontánea.
Por supuesto, los ruidos que había oído Natalia no eran los jadeos nerviosos de una pesadilla, sino una clase de sonidos muy diferentes y mucho más placenteros.
Al menos, no estábamos haciendo nada sin ropa, pero soy consciente de que tal vez estábamos jadeando un poco más de la cuenta mientras nos besábamos.
¿Cómo hemos podido ser tan descuidados? Y, sobre todo, ¿cómo he podido cometer el error de dejarme la puerta abierta?
—Bueno —dice Marcos, tratando de tranquilizarse—. Gracias por preocuparte.
Me sorprende que a ella no se le haya pasado por la cabeza que tal vez su hermano estuviera produciendo esos sonidos con alguna acción privada, pero en fin, supongo que no puedo culparla por preocuparse por él.
—¿Me vais a contar lo que estabais haciendo o qué?
Marcos y yo intercambiamos una mirada rápida.
—Yo creo que es evidente, ¿no? —dice él.
Su hermana pone los ojos en blanco.
—Ya sé que os estabais besando, no soy tan tonta. Lo que quiero saber es por qué.
De nuevo, Marcos y yo nos miramos. Tiene una expresión inquisitiva, así que asiento con la cabeza. Él suelta un suspiro antes de contestar.
—Fran y yo estamos juntos.
Natalia frunce el ceño, pero entonces asiente con la cabeza.
—Sabía que estaba pasando algo —susurra.
No me había parado a pensar en cuál iba a ser su reacción, pero no me esperaba que se lo tomara con tanta calma.
—¿Por qué lo dices? —pregunta él.
—No sé, ¿porque lleváis un par de meses rarísimos, a lo mejor?
—replica ella, alzando una ceja—. Primero os llevabais genial después de Canarias, pero después tú te marchaste, y Fran estuvo un par de semanas fatal.
Después volviste en el puente y ni os hablabais, y Fran se largó a casa de Vero y Víctor como si estuviera huyendo de ti.
Cuando volviste en Navidad, seguíais sin hablaros, pero entonces empezasteis a cambiar otra vez.
—Nos has calado —dice Marcos, con una sonrisa nerviosa.
—Supongo que os liasteis en Canarias —continúa ella, pensativa—. Después os peleasteis o algo por el estilo, y por eso tú te fuiste de casa, pero ahora habéis vuelto. ¿Es así?
Marcos y yo asentimos con la cabeza, impresionados. Joder con la cría. Sin embargo, de pronto siento una punzada de pánico en el estómago. Pensaba que habíamos sido discretos delante de nuestra familia, pero si Natalia se ha dado cuenta…
—¿Sabes si nuestros padres también se han dado cuenta? —pregunto con un hilo de voz, temiendo la respuesta.
Ella se lo piensa durante un par de segundos, pero entonces niega con la cabeza.
—Qué va. A ver, yo me había dado cuenta de que pasaba algo raro, pero no sabía lo que era. Y no he atado cabos hasta ahora. Pensaba que os habíais hecho amigos y después os habíais peleado, nada más.
—Joder. Menos mal —respondo, y Natalia frunce el ceño.
—Sabéis que esto es algo muy gordo, ¿verdad?
Marcos suelta un suspiro.
—Sí. Lo sabemos.
—¿Qué pensáis hacer?
—Todavía no lo hemos hablado —admite él—. Ha ocurrido todo demasiado rápido.
—Supongo que lo de no ir a esquiar ese día era una excusa para quedaros solos en el hotel, ¿verdad? —pregunta Natalia, como si poco a poco los detalles fueran encajando en su mente.
—Bueno, en parte —dice Marcos—. Tienes que entenderlo… es todo muy reciente. Necesitábamos pasar tiempo juntos, hablar y esas cosas.
Por supuesto, hacíamos mucho más que hablar, pero eso no tiene por qué saberlo nadie.
Observo a Natalia, que sigue con el ceño fruncido, aunque no contesta.
Está siendo todo tan incómodo que casi me gustaría haber empezado a arder de verdad hace unos minutos.
Por suerte, ella tiene que estar pensando algo muy parecido y opta por no alargar el momento.
—Bueno. Me voy a dormir.
Se da la vuelta para marcharse, pero Marcos la sujeta del brazo antes de que pueda llegar a la puerta.
—Oye… No se lo digas a papá y a Belén, ¿vale?
Ella permanece en silencio durante unos segundos que se me antojan larguísimos. Lo único que puedo oír son los latidos atronadores de mi corazón.
—No lo haré —dice con una seriedad que no sé muy bien cómo interpretar.
—Gracias —respondemos Marcos y yo al unísono.
Natalia lo mira a él y después a mí, y puedo ver en sus ojos que esta situación no le hace mucha gracia precisamente. Sin decir nada más, asiente con la cabeza, da media vuelta y se marcha de la habitación.
—Bueno… pues me voy a dormir —dice Vero, que también parece claramente incómoda por la situación—. Volved cada uno a vuestra cama, anda. No necesitamos más líos esta noche.
—Vale. Gracias.
Ella me sonríe levemente y asiente con la cabeza, y entonces se marcha también.
—Joder —dice Marcos, desplomándose sobre la cama. Lo abrazo y me doy cuenta de que él también tiene el corazón a punto de salírsele del pecho—. Pensaba que nos íbamos a la mierda.
—Lo siento. La he cagado.
—¿Qué? ¿Por qué?
—Es culpa mía. Si no me hubiera dejado la puerta abierta…
—No, Fran, no digas eso. Yo te insistí para que vinieras, ¿recuerdas?
—Ya, pero…
—Nada de peros. Estamos juntos en esto, ¿vale?
—Vale.
Sin embargo, aparto la mirada. Un pensamiento molesto no deja de dar vueltas por mi mente.
—Dímelo ya, anda.
—Es solo que… —Trago saliva, tratando de encontrar las palabras apropiadas—. ¿Tú tienes dudas?
—¿Qué? ¡No! Claro que no. —Asiento con la cabeza, pero sigo sin devolverle la mirada. No quiero decirle lo que estoy pensando, pero él se da cuenta de todos modos—. Tranquilo. Lo que ocurrió en noviembre no va a volver a pasar.
—¿De verdad?
—Te lo prometo —afirma—. Te lo he dicho: estamos juntos en esto. Y ya te dije que quería volver contigo porque estaba seguro. Aunque vaya a ser difícil.
—Pero nuestra familia…
—Nuestra familia tendrá que aceptarlo. Además, tú mismo lo dijiste: todo saldrá bien. Porque todavía lo piensas, ¿no?
Ahora mismo estoy demasiado invadido por la ansiedad como para pensar con claridad, pero asiento con la cabeza.
—Sí. Supongo que sí.
Entonces me besa, despacio y profundamente.
—Debería irme a mi cuarto —digo cuando nos separamos.
—Deberías.
Hago ademán de levantarme, pero él me sujeta del brazo y me acerca para darme otro beso, esta vez breve.
—Te quiero —susurra contra mis labios.
—Te quiero. Buenas noches, anda.
—Buenas noches.