El chico de la habitación vacía (El chico de al lado 2) 49.
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La alarma de Marcos me despierta a las seis de la mañana, mucho antes de lo que nos gustaría a cualquiera de los dos.

—Joder… qué sueño —se queja.

—Ya ves…

Con los ojos entreabiertos, lo miro mientras coge el móvil para apagar la alarma, y entonces sonríe al ver algo en la pantalla.

—¿Sabes qué día es hoy?

Frunzo un poco el ceño, tratando de recordar.

—Es fin de año, ¿no?

—Sí, pero no lo digo por eso —responde, y entonces sonríe con timidez—. Hoy se cumplen dos meses desde la primera vez que nos abrazamos en la cama.

Sonrío al rememorar ese momento yo también, aunque todavía estoy más dormido que despierto.

Es fácil recordar la fecha, porque era Halloween e hicieron un espectáculo temático en el hotel.

Esa mañana, Marcos y yo nos despertamos juntos después de que él se corriera en mi boca por la noche.

Yo quería que nos levantáramos ya porque íbamos algo justos de tiempo, pero él tiró de mí para que me quedase abrazado a él, y seguimos así durante un rato.

Después, nos duchamos juntos para recuperar el tiempo perdido; otra de las muchas primeras veces que vivimos en ese hotel.

Me abrazo con fuerza a él, sonriendo mientras lo recuerdo. Continuamos así unos pocos minutos más, hasta que suena la segunda alarma.

—Tengo que irme ya —susurra cerca de mi oído—. No quiero que nos pillen.

—Jo… —murmuro adormilado, todavía abrazado a él como un koala—. Cinco minutos más…

Él se ríe entre dientes.

—Sabes que es arriesgado, Fran. Esta noche volveremos a dormir juntos, ¿vale?

—¿Solo esta noche?

—Claro que no. Absolutamente todas las noches.

—¿Me lo prometes? —insisto.

—Te lo prometo.

—Bueno… Pues venga, vete. Pero primero tienes que darme un beso.

Y eso es justo lo que hace, aunque estoy demasiado dormido como para devolvérselo. Con cuidado, pasa por encima de mí y me da un beso más antes de marcharse, esta vez en la cabeza.

—Descansa.

Trato de contestar, pero estoy demasiado dormido y a gusto mientras dejo que el sueño se apodere de mí una vez más.

* * *

El día es bastante movidito. La casa ha estado casi una semana vacía y esta noche van a venir mi tía y mis primos para pasar el Fin de Año con nosotros, así que hay mucho que limpiar, preparar y cocinar.

Como Marcos y yo somos los más negados a la hora de cocinar, nosotros nos encargamos de limpiar a fondo el salón mientras nuestros padres y Natalia permanecen bien ocupados en la cocina.

No es que me encante limpiar precisamente, pero no me quejo: trabajar junto a Marcos supone poder robarnos besos con cierta frecuencia, así que al menos tiene sus ventajas.

Los invitados llegan poco después de las siete de la tarde.

Nos saludamos todos con besos y abrazos, y mi tía enseguida se va a la cocina para guardar en el frigorífico el postre que ha hecho y ayudar con la cena.

Ya sabía que mi tío Jesús no iba a venir, pero no puedo evitar extrañarme.

Aunque no lo soportemos, suele ser difícil librarnos de él en las reuniones familiares, y ya van varias en las que no aparece.

Según me había contado antes Vero, se ha ido a pasar la Nochevieja con sus padres, que están enfermos y no querían tener más invitados hoy, así que mis primos y mi tía se han librado de tener que ir con ellos. Mejor para todos, la verdad.

A pesar de la siempre bienvenida ausencia de su padre, no se me escapa que Víctor parece un poco más apagado de costumbre hoy.

Me siento un poco culpable por no haberle escrito durante las vacaciones, aunque lo cierto es que él tampoco me ha contado que le haya pasado nada.

Tomo nota para preguntárselo un poco más tarde, cuando estemos a solas.

Mientras tanto, se me ocurre la forma perfecta de animarlo un poco.

—¿Echamos una partida al Mario Kart ? —le propongo, y su rostro se ilumina.

—¡Claro! —responde con entusiasmo, mirándonos a Marcos, a Vero y a mí—. ¿Queréis que juguemos los cuatro?

—Uf, ni de coña —dice Vero—, ya sabes que estoy harta de ese juego. Voy a ayudar en la cocina y le pregunto a Natalia si quiere venir, ¿vale?

Mientras ella se marcha, Marcos y yo vamos a mi habitación para coger la consola, porque todo el mundo sabe que hacen falta dos personas para transportar una Nintendo Switch, y aprovechamos para darnos unos cuantos besos rápidos.

Cuando volvemos al salón, Natalia ya está sentada con Víctor en el sofá que suele ocupar ella con nuestros padres.

Marcos y yo conectamos la consola a la tele y después nos ponemos cómodos en nuestro sofá, el mismo donde siempre nos sentamos juntos en las noches de cine en familia.

Es la primera vez que estamos aquí desde que hemos vuelto, y siento un cosquilleo al darme cuenta de todas las veces que vamos a ocupar este sitio juntos a partir de ahora.

Después de doce rondas, Víctor se proclama como el absoluto vencedor, seguido por Natalia.

Marcos queda en el quinto puesto y yo en el sexto, algo totalmente nefasto para nosotros, pero más que comprensible teniendo en cuenta que nos hemos estado haciendo caricias con disimulo cada vez que los demás no miraban.

Cuando íbamos por la penúltima ronda nos avisaron de que fuéramos dejándolo para empezar a poner la mesa, y como Natalia había seguido ayudando en la cocina después de que Marcos y yo termináramos de limpiar, los tres chicos nos ponemos en pie para ir a la cocina.

Mientras lo llevamos y colocamos todo, Marcos y yo aprovechamos cualquier momento posible para rozarnos, lo que me hace sentir como si unas corrientes eléctricas recorrieran mi piel.

La cena es mucho más cómoda que la noche que fuimos a casa de mis primos.

Esta vez, Marcos y yo estamos sentados el uno al lado del otro, participando alegremente en la conversación, y los minutos se transforman en horas casi sin darnos cuenta, entre risas y bromas.

No se me escapan las miradas furtivas que nos lanza Víctor a Marcos y a mí, pero no dice nada y yo finjo no darme cuenta.

Después de cenar, Natalia, Víctor y Vero echan una partida al Mario Party mientras los demás jugamos a las cartas; se ve que le hemos cogido el gusto durante las vacaciones.

La noche continúa, y apenas soy capaz de dejar de sonreír en ningún momento al darme cuenta de que estoy rodeado de casi todas las personas que más quiero.

Al fin, llega la hora de tomar las uvas, así que acercamos unas sillas y nos congregamos todos alrededor de la televisión.

Marcos y yo estamos ocupando nuestro sitio habitual, pero esta vez lo tengo a él a mi izquierda y a Vero a la derecha.

De nuevo, apenas soy capaz de contener la felicidad al tener a cada lado a las que probablemente sean mis personas favoritas del mundo.

Todos tenemos unos pequeños cuencos con las uvas en las manos, esperando con nerviosismo hasta que comiencen las campanadas.

Y, entonces, llega el momento. Como siempre, las cuatro o cinco primeras uvas son fáciles, pero después comienzan a acumularse en mi boca. Para cuando termino con la última, tengo que esperar un momento para tragármelas todas mientas Vero me abraza.

—¡Feliz año! —decimos todos.

Entonces, Marcos me abraza también, así que me giro hacia él. Me encantaría poder darle un beso, pero va a tener que esperar hasta después y tan solo voy a poder conformarme con este abrazo.

—Feliz año —dice, apretándome con fuerza. En voz más baja, me susurra al oído—: Te quiero.

—Te quiero —susurro yo también, antes de añadir en voz alta—: Feliz año.

Nos ponemos en pie para abrazar a los demás.

Mi madre y Antonio se están separando después de darse un beso en los labios, los dos sonriendo ampliamente, y yo aparto la mirada.

Ojalá pudiera darle un beso así a Marcos delante de todos, pero es imposible.

Y eso me duele más de lo que querría admitir.

Después de los besos, abrazos y felicitaciones de rigor, mando unos cuantos mensajes a mis amigos y respondo los que he recibido, y entonces volvemos a los juegos en familia. Continuamos así hasta las dos de la mañana, cuando empieza a vencernos el sueño.

—¿Por qué no os quedáis a dormir aquí? —le propone mi madre a su hermana—. Tenemos sitio, y así no tendrás que conducir a estas horas.

—¿No vamos a ser una molestia? —pregunta ella, dudosa.

—Qué va, mujer —le asegura Antonio—. Al contrario.

—Vero puede dormir en mi habitación —propone Natalia—. Tengo cama supletoria.

No me extraña la propuesta. Ya habían congeniado durante la cena mexicana en casa de mis primos y después en Nochebuena, pero hoy se han hecho todavía más amigas.

Al igual que yo siempre he visto a Vero como una hermana más que como una prima, supongo que Natalia, que solo tiene un hermano varón, la está empezando a ver también como una especie de hermana mayor.

Un poco como con mi madre, que prácticamente ha pasado a ser ya su nueva madre.

—El sofá grande es sofá cama —le explica mi madre a mi tía—. Y Víctor puede dormir con Fran. ¿Os parece bien?

Se gira para mirarnos y todos asentimos con la cabeza, encantados con la idea.

Aunque tenía la esperanza de pasar la primera noche del año con Marcos, tampoco querría perder la oportunidad de dormir con Víctor, sobre todo después de haberlo visto algo decaído hoy.

Al fin y al cabo, a Marcos podré tenerlo todas las noches.

Mi madre tiene prácticamente el mismo cuerpo que mi tía y que Vero, así que les presta un pijama a cada una.

Por mi parte, yo le doy a mi primo el mismo pijama que ya utilizó la última vez.

En casa solemos tener cepillos de dientes desechables para esta clase de ocasiones, así que después de turnarnos para ir al baño, Víctor y yo nos vamos a mi habitación.

El problema de que esté la casa tan llena es que Marcos y yo no tenemos oportunidad de darnos ni un triste beso de buenas noches.

De hecho, tan solo nos hemos besado una sola vez desde las campanadas, cuando estábamos todos jugando y fuimos los dos a la cocina con la excusa de ir a por algo de beber.

Trato de consolarme pensando que, a partir de ahora, todas las noches van a ser nuestras.