El chico de la habitación vacía (El chico de al lado 2) 48.
62%

48.

‎

Estoy ya adormilado cuando oigo su voz susurrando:

—¿Fran? ¿Estás despierto?

Ni siquiera lo había oído entrar; no sé cómo consigue ser siempre tan silencioso.

—Sí. Vente.

Enciende la linterna del móvil y se acerca a mi cama en silencio. Me tapo la cara para protegerme de la tenue claridad, pero entonces noto que se detiene.

—Oye, Fran…

Lo miro y veo que tiene el ceño fruncido, con los ojos clavados en la cama.

—¿Qué pasa?

—¿Por qué tienes mis sábanas?

Abro mucho los ojos al comprender de lo que está hablando, y entonces enrojezco de inmediato. Con un poco de suerte, la penumbra bastará para que no se dé cuenta, aunque está claro que ya se ha percatado de algo mucho más vergonzoso.

—Pues… —comienzo, tratando de pensar a toda prisa alguna respuesta convincente—. Es que me quedé sin sábanas. Por eso te cogí las tuyas.

Él me mira alzando una ceja, y no necesito que me lo diga para saber que mi respuesta ha sido de todo menos convincente.

—Eso no te lo crees ni tú.

—¡Es la verdad! —protesto, aunque sé que ya es demasiado tarde para convencerlo de nada.

—No me mientas, anda —me pide suavemente, con una leve sonrisa en los labios.

Con la cara de un rojo probablemente incandescente, aparto la mirada a un lado, incapaz de mirarlo a los ojos. Permanezco unos instantes en silencio, sin saber muy bien cómo decirlo.

—Cuando te fuiste, te echaba mucho de menos —confieso al fin, sintiendo un vacío molesto en el estómago al recordarlo—. O sea, eso ya te lo he dicho y tal, pero creo que no te imaginas cuánto te echaba de menos en realidad. Los días eran horribles, pero es que las noches eran todavía peores.

—Lo siento, Fran —susurra mientras se sienta en mi cama y me acaricia la cara—. De verdad que lo siento.

—Tranquilo. No hace falta que lo sientas. El caso es que, el día que te fuiste, fui a la terraza y cogí tus sábanas del cesto de la ropa sucia. Después, las puse en mi cama y coloqué mi colcha por encima, para que nadie se diera cuenta si entraba en mi habitación.

Marcos permanece en silencio unos segundos, observándome fijamente.

—Joder, pues qué asco —dice con voz seria, arrancándome una risita y aliviando un poco la tensión del ambiente mientras se ríe él también.

—Gilipollas. Culpa tuya por haberte ido. —Lo digo sin pensar, pero esta vez una expresión dolida aparece en su rostro, haciendo que me arrepienta al instante de mis palabras—. Lo siento. No debería haber dicho eso.

—No, si tienes razón. Soy yo quien se marchó. Soy yo quien lo siente.

—Pues a ver, el caso es que todas las noches me dormía entre tus sábanas, respirando tu olor, y así era como si te tuviera un poco más cerca de mí.

—Aparto la mirada; todavía me da vergüenza confesarle esta clase de cosas—.

A veces, cuando tenía suerte, soñaba contigo, y entonces es cuando era feliz de verdad.

—Frunzo el ceño al recordar las pesadillas—.

Aunque otras veces… En fin, digamos que no siempre tenía la misma suerte.

Cuando vuelvo a mirarlo, veo que tiene los ojos húmedos.

—Pero no habrás estado desde que me fui con las mismas sábanas, ¿verdad? —me pregunta, todavía con esa fingida seriedad—. Porque eso es una cerdada.

De nuevo, me echo a reír, incluso a pesar de las lágrimas que yo también tengo acumuladas en los ojos. De verdad, ¿cómo lo consigue?

—No, tranquilo. Volví a robártelas cuando te fuiste después de pasar aquí el puente. —le explico, y esbozo una sonrisita tímida—. Así podía renovar tu olor.

En esta ocasión es él quien se ríe, aunque hay una ternura inconfundible en el sonido.

—Vale, supongo que ahora todo tiene sentido. Aunque sigo pensando que no es demasiado higiénico que digamos.

—No lo creo, la verdad —admito.

—Pues venga, levanta.

Se pone en pie y yo lo imito, confuso.

—¿Qué pasa?

—Hay que cambiar estas sábanas, que ya hace más de tres semanas desde que empecé a usarlas en el puente —dice mientras comienza a quitarlas.

Entonces las huele, frunce un poco el ceño, y las tira al suelo—.

Si llegamos a esperar un par de días más, seguro que empieza a crecer una nueva forma de vida.

—Exagerado.

—Lo que tú digas, pero no necesitamos otra pandemia.

Contengo la risa mientras me dirijo al armario para sacar sábanas limpias. Juntos, las colocamos bien en la cama, y entonces nos metemos dentro, esta vez los dos juntos.

—Hala, pues ya está —digo con una sonrisa.

Tengo que reconocer que, aunque dormir con unas sábanas impregnadas del olor de Marcos era de los escasos momentos de felicidad que tenía durante esas semanas difíciles, hay pocas cosas mejores que dormir con unas sábanas limpias y recién colocadas.

Sobre todo si puedo hacerlo junto a él, lo que básicamente hace innecesario que las sábanas tengan su aroma.

—No te preocupes —dice mientras me abraza, ajeno a mis pensamientos—. Como parece que te gusta tanto mi olor, a partir de ahora, voy a dejarlo en tu cama todas las noches.

Sin poder evitarlo, le doy un beso largo y profundo en los labios.

—Eres el mejor —susurro contra su boca cuando nos separamos.

—Se intenta —responde, y los dos nos reímos ligeramente.

—No, pero, ¿sabes qué?

—Dime.

—En realidad, no necesito que dejes tu olor —digo con absoluta sinceridad—. Tenerte aquí conmigo es lo que de verdad necesito.

Sonríe ampliamente y se acerca para besarme. Y, como suele ser habitual entre nosotros, una cosa acaba llevando a la otra.

* * *

Tardamos un buen rato en separarnos. Cuando al fin lo hacemos, el sabor de nuestro semen está entremezclado en nuestras bocas. Se tumba junto a mí y yo me abrazo a él, dejándome invadir por la maravillosa mezcla entre su aroma, la calidez de su cuerpo y la absoluta perfección de su cercanía.

—Te quiero —susurra contra mi pelo.

—Y yo a ti.

Y así, con una enorme sonrisa en los labios, me dejo invadir por el sueño, feliz de saber que todas las noches van a ser así a partir de ahora.