El chico de la habitación vacía (El chico de al lado 2) 47.
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—Fran… despierta.

Siento que me zarandea el brazo con suavidad, pero me cuesta demasiado abrir los ojos.

Esto se parece mucho a cuando me despertó al llegar al hotel, y por un segundo pienso que seguimos estando en ese momento, que todavía no hemos llegado al hotel, que todo lo que ha pasado estos días no ha ocurrido más que en mis sueños.

Tendría sentido, ¿verdad? En cierto modo, todo esto parece demasiado bonito para ser cierto.

Pero entonces siento su mano entre la mía y me doy cuenta de que sigo teniendo la cabeza sobre su hombro, y sé que todo ha sido real. Abro los ojos y su sonrisa acaba de confirmármelo todo.

—Hola —acierto a decir.

—Hola, dormilón —responde, y su sonrisa se ensancha.

—¿He roncado? —pregunto con preocupación.

Marcos se echa a reír, pero entonces niega con la cabeza.

—Qué va. Aunque estabas monísimo, que lo sepas.

—Calla, anda —respondo, un tanto avergonzado. Miro por la ventana y veo que ya nos encontramos en la estación, con el autobús dirigiéndose a su dársena—. ¿Te he molestado mucho estando encima de ti todo el rato?

—No, tranquilo.

Echa un vistazo hacia delante, para comprobar si nuestra familia nos está mirando, y entonces me da un beso fugaz en los labios. No logro contenerme y alargo el momento un poco más, pero solo unos segundos.

Apenas un par de minutos después, ya estamos saliendo del autobús. Una vez más, el resto de la familia ya está abajo, esperándonos con las maletas.

—¿Te has quedado dormido? —me pregunta mi madre, sonriente.

—¿Tanto se me nota?

—Tienes una cara de empanado que flipas —dice Natalia entre risas.

—Joder, gracias —respondo, aunque no puedo evitar reír yo también.

—Bueno, ¿nos vamos ya o qué? —pregunta Antonio—. Estoy deseando llegar a casa.

—Yo tengo que ir al baño —digo—. Me estoy meando.

—Voy contigo —se apresura a añadir Marcos.

—Yo también quiero ir —se suma Natalia.

Así pues, nos dirigimos todos hacia los baños.

—Yo tenía que ir de verdad —le susurro a Marcos cuando entramos.

—Y yo.

Hago una mueca al ver que los compartimentos están cerrados; voy a tener que utilizar los urinarios de la pared.

Por suerte, es verdad que me estoy meando, así que tal vez eso facilite las cosas.

Me dirijo hacia uno de los tres, el del lado más pegado a la pared del fondo, con la esperanza de que Marcos deje uno libre en medio.

Pero, por supuesto, se coloca justo a mi lado.

—¿En serio tienes que pegarte a mí para mear?

—¿Somos novios, nos pasamos el día follando, pero todavía te da vergüenza mear conmigo?

—Joder, calla —le pido, mortificado, pero él suelta una risita.

—No me ha oído nadie.

—No es por eso —admito a regañadientes—. Es que, si me empalmo, menos voy a poder mear.

Él se vuelve a reír, pero entonces se pone serio.

—Venga, relájate. Recuerda lo que hablamos en su día. Cierra los ojos y tranquilízate, ¿vale? Yo no voy a decir nada más.

Intento hacer lo que me pide. Me la saco, cierro los ojos, respiro hondo y trato de concentrarme.

Soy demasiado consciente de la presencia de Marcos a mi lado, y eso hace que me ponga nervioso.

Oigo que se abre una de las puertas, pero me esfuerzo por ignorarla.

Por suerte, tenía demasiadas ganas, así que la cosa no tarda en comenzar a fluir.

Al segundo oigo que Marcos comienza a orinar también a mi lado y eso hace que me desconcentre un poco, pero consigo controlarme hasta que terminamos, prácticamente a la vez.

—Oye, pues muy bien —comenta mientras nos alejamos para lavarnos las manos, y me da un beso rápido a modo de felicitación.

—Cállate, anda.

Natalia ya está esperándonos fuera con nuestros padres, así que nos vamos al aparcamiento para montarnos en el coche.

—¿Soy la única a la que se le ha hecho cortísimo? —pregunta Natalia cuando ya estamos en camino—. Ojalá hubieran sido más días.

—Un viaje así es muy caro, cariño —responde mi madre—. Que somos muchos.

—Con suerte, a lo mejor para Semana Santa podremos organizar algo —dice Antonio—. Aunque menos caro, a poder ser —añade entre risas.

Sonrío por el comentario, y entonces siento un cosquilleo en el estómago ante la perspectiva de otro viaje, otra habitación de hotel con Marcos, más libertad.

Pero para eso todavía quedan meses, y vamos a tener que mantener muchas conversaciones incómodas con nuestra familia primero.

Si llegamos a Semana Santa con la familia entera y nuestra relación intacta, será prácticamente un milagro.

Y, aunque nunca he sido una persona religiosa, ahora mismo hasta me planteo empezar a rezar.

Una vez en casa, nos vamos cada uno a nuestra habitación para deshacer las maletas y llevar la ropa sucia a lavar.

Después, me meto en la ducha; siento que lo necesito después de un día tan agotador.

Apenas llevo tres minutos bajo el agua caliente cuando suenan unos golpecitos familiares en la puerta, arrancándome una sonrisa.

—¿Puedo pasar? Me estoy meando.

—Entra, anda. —Me asomo por el hueco de la cortina para darle un largo beso en los labios—. Vas a tener que inventarte mejores excusas —susurro—. Hemos ido al baño en la estación hace menos de una hora, es imposible que tengas tantas ganas.

—Bien pensado —responde, pero me da otro beso largo y profundo.

Estoy empezando a empalmarme cuando se separa de mí, pero por suerte no se ha dado cuenta de nada. Me guiña un ojo, tira de la cisterna y se aleja para hacer como que se lava las manos. Después, se marcha y vuelvo a quedarme solo, disfrutando de la sensación del agua caliente sobre mi cuerpo.

Cuando termino de ducharme, me voy a mi habitación y me quedo tirado en la cama con el móvil, poniéndome al día con mis amigos y revisando un poco las redes sociales.

Tengo unos cuantos comentarios en las fotos que subí de las montañas, así que los contesto todos y me pongo a cotillear lo que ha estado subiendo la gente que sigo durante estos días de desconexión casi absoluta.

Un par de horas después, nos reunimos todos alrededor de la mesa para cenar.

Ninguno tenemos demasiada hambre después de todo lo que hemos comido estos días, especialmente hoy, así que mi madre prepara unas tortillas francesas.

Mientras como, soy demasiado consciente de la pierna de Marcos contra la mía, y me cuesta contener las ganas de sonreír de oreja a oreja ante la perspectiva de todas nuestras futuras cenas juntos.

Aunque haya cosas en el futuro que me dan miedo, también estoy lleno de ilusión por todo lo que está por venir.

Para cuando terminamos, estamos todos tan cansados que nos damos las buenas noches y nos vamos directamente a la cama, aunque todavía es temprano.

Marcos y yo nos turnamos para ir al baño y nos mandamos unos mensajes al móvil para quedar en vernos más tarde, cuando todos se hayan dormido.

Va a ser él quien venga a mi habitación y de todos modos estoy bastante cansado, así que me meto en la cama y me abrazo a la almohada mientras espero a que venga.