El chico de la habitación vacía (El chico de al lado 2) 46.
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Nos cuesta demasiado salir de la cama por la mañana.

En otras circunstancias, tal vez me habría arrepentido de no haber dormido más, pero jamás podría arrepentirme de pasar tiempo con Marcos.

Aun así, me siento tan cansado que me cuesta estar de buen humor, incluso a pesar de despertar entre sus brazos.

Cuando al fin conseguimos salir de la cama apenas nos quedan cinco minutos para prepararnos, así que nos damos una ducha rápida y nos vestimos a toda prisa.

Este último par de días ha habido sexo por la mañana, pero hoy no tenemos ni tiempo ni ganas.

—Vaya caras traéis hoy —comenta Antonio cuando nos encontramos todos en el pasillo para bajar a desayunar—. ¿Habéis dormido mal?

—Seguro que se habrán quedado despiertos y viendo frikadas hasta tarde —dice Natalia con una sonrisita.

—Es que se nos coló un mosquito en la habitación —explica Marcos—. Nos ha costado muchísimo dormir.

No es que sea muy buena excusa porque las probabilidades de que se haya colado un mosquito en pleno invierno y en mitad de unas montañas nevadas es prácticamente nula, pero al menos nadie parece poner en duda su argumento.

—¿Os ha picado mucho? —pregunta mi madre, preocupada—. Creo que no he traído nada para las picaduras, pero puedo mirar si tengo…

—No, no —me apresuro a interrumpirla—. Nos quedamos despiertos hasta que conseguimos matarlo, pero el problema es que nos desvelamos.

—Ay, pobres. Bueno, a lo mejor podéis dormir en el autobús.

Para entonces, ya estamos en el comedor del hotel.

Son las diez y media y como el horario del desayuno termina a las once ya no quedan tantas cosas en el bufé, así que me sirvo en un plato todo lo que puedo y comienzo a comer.

Anoche cenamos bastante temprano y después Marcos y yo nos quedamos despiertos hasta tarde, así que estoy muerto de hambre.

A juzgar por todo lo que está comiendo él, tiene pinta de que le pasa exactamente lo mismo.

—¿Nos vamos a ir cuando acabemos de desayunar? —pregunta Natalia entre mordisco y mordisco de tostada.

—La hora de salida es a las doce porque tienen que preparar la habitación —explica mi madre—, pero he preguntado y pueden guardarnos las maletas hasta la noche.

—Habíamos pensado que podríamos pasar la mañana en la nieve, ir a comer al restaurante de ayer, y después volver en el autobús de las cuatro —añade Antonio—. ¿Qué os parece?

—¡Genial! —respondemos los tres al unísono.

Después de desayunar, nuestros padres nos dan una hora para recoger nuestras cosas de la habitación y preparar las maletas para dejarlas abajo.

Marcos me besa en cuanto cerramos la puerta y, como era de esperar, acabamos perdiendo un poco el control, aunque no me arrepiento: este es de los pocos momentos de libertad absoluta que nos quedan.

* * *

Cuarenta minutos más tarde estamos duchándonos juntos, con el semen de Marcos dentro de mí y el mío en su estómago. Aunque no hay tiempo para la ducha larga que quería, al menos esta vez podemos entretenernos un poco más.

—Voy a echar esto de menos —dice Marcos mientras me enjabona, como si estuviera leyéndome la mente.

—¿Follar? —pregunto con una sonrisita, y él se echa a reír.

—No, payaso. Esta clase de cosas. —Señala la ducha a nuestro alrededor—. Poder ducharnos juntos, no tener que escondernos…

Suelto un suspiro.

—Te entiendo. Pero todavía tendremos ocasión de hacerlo. Recuerda que los jueves salimos antes de clase. Y seguro que algún día podemos quedarnos solos si ellos tienen que salir o lo que sea.

—Ya, pero no es lo mismo.

Veo en su rostro la misma preocupación de anoche, de modo que le acaricio la cara con cuidado de no meterle espuma en los ojos.

—Lo conseguiremos. Ya lo verás.

Él parece dudar unos segundos, pero entonces asiente con la cabeza y me besa en los labios.

—Vale.

Cuando salimos todos del hotel, decidimos irnos a un punto más alejado, para no molestar a nadie, e iniciamos una pelea de bolas de nieve.

Al principio, jugamos solo entre nosotros, como el otro día.

Sin embargo, no somos el único grupo que está haciendo lo mismo, y pronto acabamos juntándonos todos en una gran batalla campal con otros quince desconocidos.

No recuerdo la última vez que me lo pasaba tan bien, y ver a Marcos reír a carcajadas, completamente en paz y ajeno a cualquier preocupación, es como un bálsamo para mi alma.

Después de la épica batalla, estamos todos tan cansados que decidimos irnos ya al restaurante.

En lugar de dar una vuelta larga como hicimos ayer, nos dirigimos directamente hacia allí, deseosos de hincarle el diente a la comida.

Por supuesto, en cuanto nos asignan una mesa, Marcos y yo pasamos por el baño para realizar nuestras necesidades fisiológicas.

Es decir, para besarnos.

Mientras comemos, no puedo evitar observar a nuestros padres con disimulo.

Son muy felices juntos, eso está claro. Y son muy felices con nosotros, como si tanto Marcos y Natalia como yo fuéramos hijos de los dos.

Como si de verdad fuéramos los tres hermanos.

Pero, ¿qué pensarán cuando descubran que entre dos de los supuestos hermanos ha surgido algo más?

No va a ser fácil, eso está claro. Y, aunque ayer fui sincero al decirle a Marcos que estaba seguro de que todo saldría bien, también es verdad que una parte de mí teme la reacción que puedan tener.

Aunque acabaran aceptándolo, tenía la sensación de que iba a ser difícil.

Y, por supuesto, el potencial de cargarnos nuestra familia todavía estaba ahí.

Con un poco de suerte, seremos capaces de resolver la situación.

Y espero que lo hagamos, porque, de lo contrario, tal vez podría volver a perder a Marcos, esta vez para siempre.

Pero no tiene sentido que me amargue con eso cuando lo estamos pasando tan bien, así que me centro en el presente y continúo participando en la conversación y riendo mientras nos comemos la ensalada que hemos pedido de entrante, hasta que llega al fin el plato principal.

Cuando terminamos de comer, nos ponemos en marcha de nuevo para ir a buscar nuestras maletas al hotel, no sin antes hacer la parada obligatoria por el baño.

De nuevo, Marcos y yo nos quedamos rezagados por detrás del resto de la familia.

Sin embargo, hoy es de día, lo que significa que es demasiado arriesgado caminar de la mano, aunque sí que nos esforzamos por rozarnos todo lo posible.

En una ocasión, hasta me da un beso fugaz en los labios, aunque no me arriesgo a alargarlo.

No tardamos en llegar al hotel, recoger las maletas y pedir el taxi que nos llevará a la parada del autobús.

Esta vez, el vehículo no está tan lleno como cuando vinimos.

Mi madre y Natalia se sientan juntas cerca de la parte delantera del autobús, con Antonio justo detrás de ellas.

Marcos y yo encontramos dos asientos juntos un par de filas más atrás.

Los demás están distraídos y tendrían que darse la vuelta específicamente para mirarnos, así que aprovechamos para darnos unos besos rápidos.

Después, nos cogemos de la mano; esto sí que podemos hacerlo sin peligro tras la protección del respaldo delantero.

—Me da pena irme —comenta Marcos mientras el autobús se pone en marcha.

—Y a mí —respondo mientras miro por la ventana, algo triste.

Después de todo, estas montañas nos han dado mucho.

Han sido el lugar donde hemos decidido volver a intentarlo, el escenario de nuestra reconexión, de algunos de los momentos más felices que he vivido nunca.

Es aquí donde he descubierto que los sentimientos de Marcos no se habían extinguido como me temía, que todavía seguían ardiendo en su corazón, tal como siempre deseé.

Donde me ha demostrado que realmente está dispuesto a intentarlo otra vez, a enfrentarnos a todo lo que sea necesario para poder seguir juntos.

Por supuesto, volver a casa tiene sus cosas buenas; aunque no me lo ha dicho de forma específica, creo que está más que claro que va a volver a vivir con nosotros.

Y eso significa que podremos volver a dormir juntos, a cogernos de la mano por debajo de la mesa mientras comemos, a besarnos en el baño o en la cocina mientras recogemos las cosas después de comer.

Estos días junto a él han sido como un torbellino continuo de emociones mientras tratábamos de recuperar el tiempo perdido, así que todavía no he asimilado del todo que realmente esto va a ser una constante a partir de ahora, que, aunque no tendremos la misma libertad, volveremos a dormir bajo el mismo techo.

Pero, por muchas cosas buenas que suponga el hecho de volver a casa juntos, también hay otras que no lo son tanto.

No es que sean malas, exactamente, sino más bien complicadas.

Tenemos un par de conversaciones pendientes y, aunque nos hemos prometido concedernos estos días de respiro para centrarnos en nosotros y en nuestro reencuentro, ya no podemos seguir retrasándolas mucho más.

Y, obviamente, también está la cuestión de nuestros padres, a la que tendremos que enfrentarnos más pronto que tarde.

En noviembre ya vimos el peligro que conllevaba vivir nuestra relación a escondidas del resto de la familia, y esa fue precisamente la razón por la que Marcos decidió marcharse.

Pero, tal como ya le he dicho, soy optimista.

Estoy convencido de que todo va a salir bien, aunque eso no significa que pensar en ello me resulte más fácil.

Sin embargo, tengo demasiado sueño como para ponerme a pensar en eso ahora, así que apoyo la cabeza sobre los hombros de Marcos y cierro los ojos.

Él me da un beso en la cabeza y un apretón en la mano, y así, con la calidez de su cercanía y la vibración del autobús reverberando por mi cuerpo, voy quedándome amodorrado poco a poco hasta que, al final, el sueño me vence.