45.
Todavía es temprano, así que decidimos quedarnos en las salas comunes jugando a algo un par de horas.
Pero primero pasamos por nuestras respectivas habitaciones para cambiarnos de ropa, ir al baño y asearnos un poco, lo que significa que Marcos y yo podemos besarnos un rato más hasta que ya sería demasiado cantoso seguir aquí y nos obligamos a bajar en busca de los demás.
Empiezo a pensar que casi parecemos animales en celo, ¿pero qué le vamos a hacer?
Como no podía ser de otra manera, llegamos tarde.
En una de las salas comunes, el resto de la familia ya ha ocupado una de las mesas, y están empezando a preparar el tablero para echar una partida al Monopoly.
Aunque este es uno de esos juegos capaces de romper amistades, parejas y familias, nosotros nos lo pasamos tan bien entre risas, bromas y piques que las horas vuelan casi sin que nos demos cuenta.
Es Natalia quien gana, ganándose el insulto de «cerda capitalista» por parte de Marcos, lo que nos hace reír a todos. A continuación echamos una partida al parchís en la que gana Antonio, y después, unas cuantas rondas al cinquillo.
—Bueno… ¿nos vamos a dormir? —pregunta mi madre después de coronarse ganadora durante tres rondas seguidas, pasadas ya las dos y media de la mañana.
Al final la cosa se ha alargado tanto que ya no quedan más huéspedes en la sala común, tan solo nosotros.
Es evidente que ninguno queríamos que se terminara nuestra última noche aquí, pero ya es muy tarde y tenemos que despertarnos dentro de poco más de siete horas si queremos llegar a tiempo para desayunar antes de marcharnos.
—Uf… se está demasiado a gusto aquí —se queja Marcos.
—Pues más a gusto estarás en tu cama, ¿no? —replica Antonio, poniéndose en pie—. Venga, levanta.
—Ahora iré, tranquilo… cinco minutos más.
No puedo evitar sonreír ante esa frase tan propia de él, aunque por lo general suelo oírlo en una situación muy diferente. De pronto, se me ocurre una idea.
—Yo me quedo con él para recoger los juegos y todo eso—me ofrezco—. Vosotros id a dormir, que ahora subimos nosotros.
—Vale, cariño —responde mi madre con una sonrisa, y se acerca a mí para darme un beso—. Descansa.
Nos despedimos y nos damos las buenas noches, y entonces se marchan todos de allí.
Me acerco a las escaleras de puntillas y presto atención para escucharlos subir, hasta que oigo el leve sonido de sus puertas cerrándose en la planta de arriba.
Solo entonces vuelvo a la sala común y me siento junto a Marcos, que ha ocupado ahora el sofá que se encuentra justo delante de la chimenea, donde ya solo quedan unas pocas brasas que se niegan a extinguirse.
Como no podría ser de otra manera, comenzamos a besarnos de nuevo, devorándonos con un ansia que no somos capaces de controlar.
Cuando quiero darme cuenta, estoy tumbado en el sofá con él encima de mí, y puedo notar su polla dura contra la mía a través de nuestra ropa mientras bebe de mis labios con ganas. Y, aunque la idea de parar es casi dolorosa, también es cierto que aquí no podemos hacer nada.
—¿Subimos a la habitación? —le pregunto, con la respiración jadeante, y él asiente con la cabeza.
Sin embargo, tardamos unos minutos más en ser capaces de despegarnos antes de recoger los juegos a toda prisa. Por suerte, no nos cruzamos con nadie por el camino; sería muy difícil disimular nuestras erecciones claramente adivinables a través de los pantalones.
Una vez en la habitación, nos entregamos por completo al deseo de nuestros cuerpos, que todavía se anhelan fervientemente después de haber pasado más de un mes separados.
No es un polvo rápido como el que echamos cuando nos despertamos ayer y los dos estábamos demasiado invadidos por las hormonas como para ser capaz de controlarnos, ni tampoco algo lento como lo que hicimos unas horas después, cuando podíamos tomarnos todo el tiempo que quisiéramos.
Ahora es un punto medio perfecto, y la sinfonía de gemidos que producimos está tan llena de deseo como de dulzura.
Ya son casi las cuatro de la mañana cuando terminamos, los dos sudorosos y con la respiración entrecortada. Marcos me acaricia el pelo mientras yo me abrazo a su pecho, sintiendo los latidos acelerados de su corazón debajo de mi mano.
—¿Quieres que nos vayamos a dormir? —le pregunto al cabo de unos minutos de silencio, cuando nuestros cuerpos ya han vuelto al estado de reposo.
—¿Tú quieres? —dice él a su vez.
—La verdad es que no —confieso.
—Yo tampoco. Como es la última noche…
Comprendo muy bien lo que quiere decir. Aunque cuando estamos con el resto de la familia nos toca fingir, los momentos en la habitación del hotel son solo nuestros.
Aquí tenemos una libertad que jamás tendremos en casa, así que queremos aprovecharla.
Por mucho que Marcos vuelva a colarse en mi habitación para dormir conmigo las noches de entre semana, o yo en la suya los fines de semana, siempre tendremos que ponernos una alarma temprano para que nadie se dé cuenta de nada, tal como hacíamos antes.
Y, aun así, siempre habrá un riesgo. En casa no podremos hacer lo que queramos sabiendo que no hay ningún peligro como ocurre aquí, siempre habrá una ligera tensión subyacente.
Pero aquí podemos hacer cualquier cosa, sea sexual o no.
Podemos estar desnudos para que no haya absolutamente nada interponiéndose entre nosotros.
Podemos hablar, reír o, en fin, producir cualquier clase de sonido sin miedo a que nadie nos escuche a través de estas paredes de piedra.
Podemos ver series juntos y abrazados sin peligro, y eso es precisamente lo que decidimos hacer.
Como no queremos que se acabe todavía nuestra última noche aquí y ayer dejamos la primera temporada de Heartstopper a medias, decidimos terminarla.
Pensaba que el sueño nos vencería antes, pero no.
Marcos me abraza desde atrás, de modo que no puedo verle la cara, pero sí que lo oigo sorber por la nariz de vez en cuando, en los momentos más emotivos.
Me da la impresión de que hay algo que no me está contando con respecto a la serie, pero no lo presiono.
Después todo, Nick descubre su bisexualidad durante la temporada, al igual que le ha pasado a él conmigo, así que tal vez los tiros vayan por ahí.
Cuando termina el último episodio de la temporada, tengo los ojos húmedos a pesar de que ya he visto varias veces la serie.
Marcos, por su parte, está temblando detrás de mí.
Me doy la vuelta para mirarlo y veo que está sollozando ligeramente, y eso hace que sienta una presión dolorosa en el corazón.
—Ey, ey, ey —le digo en voz baja, llevando una mano a su mejilla—. ¿Qué pasa?
En lugar de contestar, él se abraza a mí con fuerza y comienza a llorar, desesperado. Le devuelvo el abrazo mientras le acaricio el pelo y la espalda, tratando de consolarlo de la mejor forma que puedo. Sin poder evitarlo, comienzo a sollozar yo también.
—Lo s-siento —susurra al cabo de unos minutos, con la voz entrecortada.
—Tranquilo. Tranquilo. —Continúo abrazándolo mientras llora contra mi pecho hasta que, al fin, su llanto comienza a calmarse—. ¿Mejor?
Marcos asiente con la cabeza, pero sigue teniendo la cara escondida en mi pecho.
—Lo siento —repito.
—No digas eso. No tienes nada que sentir. ¿Qué te pasa?
—Es solo que… —comienza, pero entonces se detiene—. No lo sé. Creo que son muchas cosas.
—¿Es por la serie? —adivino.
—En parte.
Permanezco unos segundos en silencio mientras continúo abrazándolo y acariciándolo, sin saber muy bien qué decir.
—¿Qué piensas? —pregunto al fin.
—Es solo que… me encanta que seas mi novio, ¿vale?
Se me escapa una risita.
—Y a mí también, tonto. Pero no creo que te hayas puesto a llorar por eso.
—No —admite—. Lo que pasa es que odio no poder contarlo.
El estómago me da un vuelco, y entonces lo comprendo.
Esa escena al final de la temporada, en la que Nick grita lo que siente por Charlie…
Es una buena representación de lo que me gustaría hacer a mí, pero no puedo.
Y, por lo que parece, Marcos también está pensando algo muy similar.
El corazón se me acelera al pensar que realmente quiere hacerlo, que quiere gritar lo que siente por mí.
Pero, al mismo tiempo, también me duele por su sufrimiento.
—Lo contaremos —le prometo, sin pensármelo siquiera.
Lo oigo tragar saliva, y entonces separa la cabeza de mi pecho para mirarme a los ojos.
—¿De verdad?
—De verdad.
—Tengo miedo —confiesa, con los labios temblorosos, y una lágrima se desliza por su mejilla. Se la seco con el dedo antes de responder.
—Yo también —susurro; sería absurdo tratar de negarlo—. Pero todo saldrá bien, ya lo verás.
—Yo no sé si podemos estar tan seguros, la verdad.
—A ver… va a ser difícil, eso está claro. —No tiene sentido suavizar la verdad a estas alturas; los dos somos más que conscientes—. Pero nuestra familia nos quiere. Aunque les cueste, yo creo que lo acabarán aceptando.
—Pero mi padre…
—Tu padre te quiere. Sé por qué te fuiste, tú mismo me lo dijiste.
Sé que todo fue por él, para que no nos cargáramos lo que había construido, para no destrozar la familia.
Pero en este último mes y pico lo he ido conociendo un poco mejor, y sé que te quiere con locura.
Y eso significa que también quiere que seas feliz.
Al menos, eso es lo que espero, aunque trato de no mostrar mis dudas. Marcos asiente con la cabeza, pero permanece en silencio unos segundos.
—Siento haber estropeado la última noche con esto —dice al fin, y una nueva lágrima cae lentamente por su cara. En esta ocasión, la recojo con un beso.
—No has estropeado nada —le aseguro—. Pero creo que estamos los dos muy cansados, y mañana nos espera un día muy largo con la vuelta a casa y todo. Deberíamos dormir, ¿vale?
—Deberíamos, sí —dice con una leve sonrisa.
—Pues venga, que mañana vamos a estar todo el día cayéndonos de sueño.
Nos acomodamos en la cama y nos colocamos como siempre, Marcos boca arriba y yo abrazado a él, muy pegados en el estrecho espacio, pero cómodos y calentitos bajo las sábanas.
—Te quiero —susurro contra sus labios, una de las pocas veces en las que me atrevo a tomar yo la iniciativa desde que hemos vuelto.
—Te quiero.
Y así, bien abrazados, cerramos los ojos y dejamos que el sueño se apodere por completo de nosotros.