El chico de la habitación vacía (El chico de al lado 2) 44.
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Cuando llegamos al hotel todavía nos quedan unas pocas horas de luz, así que nos damos una ducha rápida, nos cambiamos de ropa y volvemos a salir.

El plan para la tarde es hacer una pequeña caminata por la montaña.

Marcos y su familia ya han estado aquí en otras ocasiones y dicen que hay zonas muy bonitas en dirección contraria a donde hemos estado, así que mi madre no quería irse sin verlas.

Aunque tampoco es que haya nada especialmente interesante, tengo que reconocer que los paisajes nevados son preciosos y solo por eso ya merece la pena venir.

Caminamos a paso tranquilo y sin prisa, y durante el trayecto aprovecho para sacar unas cuantas fotos.

Cuando empieza a oscurecer, las reviso y decido subir algunas de ellas a Instagram en una única publicación.

Me planteo colar una de las fotos que me hice junto a Marcos entre ellas, pero parecemos demasiado acaramelados en todas, así que al final opto por subir una de las que me sacó él a mí.

Me gusta cómo salgo, y eso es casi un milagro.

Ya es prácticamente de noche cuando llegamos a un asador al que Marcos y su familia ya han ido en otras ocasiones.

Todavía es temprano, pero estamos cansados después de la mañana de esquí y la tarde de caminata, así que cuando Antonio propone cenar aquí, Marcos, Natalia y yo estamos encantados.

Sin embargo, mi madre parece preocupada.

—¿No se nos va a hacer muy tarde? —pregunta—. Si tenemos que volver hasta el hotel en plena noche…

—Es difícil darse cuenta si no conoces la zona —dice Antonio—, pero, si te fijas, hemos estado caminando en un círculo muy grande alrededor de la montaña. El hotel está a unos diez minutos a pie de aquí. —Se gira y señala un punto de luz que se atisba a lo lejos—. ¿Ves? Justo ahí.

—Y no es un camino complicado —añade Marcos—. No hay peligro.

Ya más tranquila, mi madre asiente con la cabeza, y entonces entramos todos en el restaurante.

El establecimiento es cálido y acogedor, con las paredes de piedra y una enorme chimenea que arde alegremente.

Nos dan una mesa no muy lejos del fuego, y se está en la gloria después de haber pasado tantas horas en la nieve.

—Es un poco caro, pero merece la pena —nos asegura Antonio mientras abrimos las cartas—. Es el mejor restaurante de por aquí.

Enseguida viene un camarero para tomarnos nota de las bebidas, y después Antonio se excusa para ir al baño. Yo también tengo ganas de ir, pero prefiero aguantarme para evitar contratiempos. Cuando veo de reojo que sale de allí, me pongo en pie yo también.

—Creo que voy al baño yo también, que odio levantarme en mitad de la cena.

—Y yo —anuncia Marcos.

Mierda. Después de lo de antes, lo más probable es que piense que quiero besarme con él, pero tengo ganas de ir de verdad.

El corazón me late con fuerza cuando recuerdo esos momentos en otro viaje de hace casi dos meses.

En este tiempo no he superado la vergüenza, y desde luego que no estoy preparado para orinar junto a él.

Por suerte, cuando entro veo que solo hay un urinario en la pared y dos cubículos con puerta.

Voy directamente hacia el más alejado de los dos, aunque dejo la puerta abierta como un pequeño intento de tratar de superar mi problema.

Oigo a Marcos orinando en el urinario de fuera, así que al menos tengo la certeza de que no hay nadie .

Al principio me cuesta un poco, pero tengo la vejiga tan llena que no tardo en conseguirlo. Hasta suelto un suspiro de alivio.

Cuando tiro de la cisterna y me doy la vuelta para marcharme, doy un respingo al encontrarme con Marcos justo en la puerta.

—¡Joder! ¿Qué haces?

—Tú cállate y bésame, que no tenemos mucho tiempo.

Y eso es justo lo que hago, pero no nos permitimos tardar más de un minuto. Cuando salimos, el corazón sigue latiéndome con fuerza.

—Casi me das un infarto, que lo sepas.

—Pues que sepas que has meado muy bien —replica, y noto que se me calientan las mejillas al instante—. Vas mejorando.

—¿Has estado ahí plantado todo el rato o qué? —pregunto mortificado.

—Solo desde que terminé yo. Pero sabes que tienes que superarlo, ¿verdad?

—Lo sé —respondo a regañadientes.

Llegamos a la mesa justo cuando el camarero está trayendo las bebidas.

Cuando nos sentamos, nos pregunta qué vamos a querer.

Yo no tengo ni idea de lo que se come en estos sitios, de modo que confío en Antonio cuando propone pedir entrantes y un asado para todos.

El plato principal va a tardar un rato en llegar, así que damos buena cuenta de los entrantes con calma.

Mientras tanto, aprovecho para escribir en el grupo que comparto con Álex y Alejo, con cuidado de que nadie vea nada.

Han pasado demasiadas cosas en las últimas cuarenta y ocho horas, pero he estado tan centrado en Marcos que ni siquiera he tenido ocasión de contarles nada.

Heyyy, cómo vais?

Tengo algo que contaros

Alejo

A ver si lo adivino

No has tardado ni cinco días en meterte su polla en la boca

En realidad no han sido ni tres días, pero… ¿cómo ha conseguido calarme tan deprisa?

Joder

Tan evidente era?

Alejo

Joder, Fran

Espero q sepas lo que haces

Frunzo el ceño, un tanto molesto. Entiendo que se preocupe, pero… ¿de verdad tiene que ser tan borde?

Ah, gracias por el apoyo

Alejo

Sabes que te apoyo a muerte

Pero no quiero q vuelva a hacerte daño

Como lo haga, le parto las piernas

Trato de aguantarme la risa; ahí está el Alejo de siempre. Sé que no puedo enfadarme con él cuando lo único que hace es preocuparse por mí, y tampoco es que no tenga razones.

Tranquilo, que no va a hacer falta

Hemos aclarado las cosas

Alejo

Bueno

Pues entonces, me alegro

No es demasiado entusiasta, pero no puedo echárselo en cara después de lo que ha pasado. Al fin y al cabo, yo mismo soy reacio a creer que todo esto esté pasando de verdad, por mucho que lo esté viviendo en mis carnes.

Álex

AAAAAAAAAAH!!!!!!! ESTOY FLIPANDO!!!

Perdón, es que estaba en la ducha

Pero qué fuerte!! Lo sabía!!

Alejo

Álex

Tú calla, que eres el grinch del amor

No, pero en serio

Cómo ha sido? Tienes que contárnoslo todo!!!

Trato de contener la risa ante su entusiasmo; no quiero que nadie de la mesa me haga preguntas sobre la conversación.

Ahora no puedo

Es que estamos cenando en familia y tal

Pero a la vuelta os lo cuento todo, vale?

Álex

Bueno, vale

Pero Alejo tenía razón en algo, eh?

***

Álex

Sabes lo que estás haciendo, verdad?

Sí

Tranquila

Álex

Pues si lo tenéis todo claro, genial

Continúo poniéndome al día con ellos entre bocado y bocado, contándoles cosas más inofensivas sobre el viaje y respondiendo cuando ellos me cuentan lo que han estado haciendo estos días.

Entonces llega el asado, que tiene una pinta increíble, así que dejo el móvil para centrarme en la comida y en la conversación con mi familia.

* * *

Cuando al fin terminamos de comer, una hora y media después de habernos sentado, estamos todos tan llenos que nos cuesta movernos de las sillas.

Sin embargo, el restaurante está empezando a llenarse ahora que ya empieza a ser una hora más normal para cenar, de modo que pedimos la cuenta para dejar la mesa libre.

Por supuesto, Marcos y yo volvemos a «ir al baño» antes de marcharnos; bastante nos ha costado aguantar todo este rato como para tener que esperar hasta que lleguemos al hotel.

Es como si, después de las semanas que hemos pasado separados, ahora no fuéramos capaces de estar sin besarnos o tocarnos ni un segundo más y necesitáramos algo que nos ayudara a aguantar hasta que podamos estar solos para dar rienda suelta al fin a todo lo que sentimos.

Fuera ya ha oscurecido del todo. La luna es apenas una curva estrecha en el cielo, y todo está completamente lleno de estrellas.

Me quedo impresionado al ver el firmamento lejos de la contaminación lumínica de la ciudad; parece mentira que estemos a tan solo unas pocas horas de casa.

Es casi como si estuviéramos en otro planeta.

—Es una pasada, ¿verdad? —me pregunta Marcos con una sonrisa.

—Pues sí.

—Es una pena que no haya mucho que hacer por aquí en verano, porque las noches tienen que ser increíbles —añade.

Asiento con la cabeza mientras me imagino una noche como esta pero sin el frío, tumbado con Marcos en algún campo bajo el cielo estrellado. Con un poco de suerte, tal vez logremos hacerlo algún día.

Estamos caminando unos cuantos metros por detrás de los demás. De pronto, y para mi sorpresa, los dedos de Marcos se deslizan entre los míos, y lo miro con los ojos muy abiertos.

—¿Y esto? —susurro, apresurándome a mirar de nuevo hacia el resto de la familia. Por suerte, se han distanciado todavía un poco más.

—No nos ve nadie —responde.

Entonces, se acerca a mí para darme un beso fugaz en los labios.

Me gustaría alargarlo más, pero sé que nos jugamos mucho, así que me quedo con las ganas.

Al menos, no queda demasiado para llegar al hotel; ya puedo ver sus ventanas iluminadas no muy lejos de donde nos encontramos.

Hacemos casi todo el camino cogidos de la mano, y no nos soltamos hasta que los demás llegan a la entrada del hotel y se detienen para esperarnos.

Mientras cruzamos la puerta, vuelvo a tener esa sensación agridulce que recuerdo del viaje a Canarias: no quiero que se acaben estas vacaciones. Y, aunque supongo que todo lo bueno siempre acaba llegando a su fin, al menos tengo la perspectiva de que a la vuelta podré vivir con Marcos de nuevo.