El chico de la habitación vacía (El chico de al lado 2) 43.
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Cuando suena el despertador por la mañana y despierto después de toda la noche durmiendo del tirón, la felicidad me invade por completo al darme cuenta de que estoy abrazado a Marcos.

Todavía es todo demasiado nuevo, todavía me cuesta creer que de verdad está pasando esto, que realmente hemos vuelto.

Que realmente vamos a poder dormir juntos decenas, cientos, tal vez miles de noches más.

Tal vez llegue el día en que logre acostumbrarme a esto, pero todavía es demasiado pronto.

El problema es que hay una parte en particular de mi cuerpo que está más despierta y un poco más contenta que las demás. Y, cuando Marcos se mueve para desperezarse y se gira hacia mí para besarme, me doy cuenta de que a él le pasa exactamente lo mismo.

—Buenos días —susurra contra mis labios.

—Buenos días.

Me pego más a él, y entonces nuestras pollas duras se rozan.

—Alguien se ha despertado con ganas hoy —comenta con una sonrisa, y lleva la mano hasta mi erección.

Alzo las cejas mientras hago exactamente lo mismo que él.

—Yo podría decirte lo mismo a ti.

—Pues si te apetece que empecemos el día con buen pie…

—No tenemos mucho tiempo —señalo.

—¿Algo rapidito? —sugiere—. Luego podemos ducharnos juntos.

Después de lo de ayer, me da rabia no poder dedicar a nuestros cuerpos el tiempo que necesitan, pero ahora mismo no hay otra opción; hemos quedado con nuestra familia para ir a desayunar.

Me planteo rechazarlo, pero la idea de esperar hasta la noche me resulta demasiado difícil de soportar.

Además, su polla ya está comenzando a lubricar entre mi mano, y eso es todo lo que necesito para aceptar, deseoso de probar esos sabores que tanto me excitan y, sobre todo, de darle placer.

* * *

Quince minutos después ya estamos los dos en la ducha, con el sabor de su semen en mi boca mientras saboreo el mío en la suya.

Este es otro momento que también me gustaría poder disfrutar más, así que espero que tengamos oportunidad de ducharnos juntos con calma antes de que nos vayamos del hotel; después de todo, en casa va a ser mucho más difícil.

Pero, como hoy nos queda poco tiempo, nos enjabonamos mutuamente con rapidez, todo ello sin dejar de besarnos, y después nos apresuramos a aclararnos bien.

Tan solo dos minutos después de la hora acordada ya estamos con nuestra familia, bajando para desayunar.

Como hoy es el último día, los demás quieren volver a ir a esquiar, pero solo hasta la hora de comer.

Me parece bien; después de todo, el otro día no me lo pasé tan mal como esperaba.

Aunque el teleférico me sigue poniendo nervioso, cuando llega el momento Marcos se sienta junto a mí y vuelve a cogerme la mano con disimulo por debajo de nuestros abrigos, que nos dejamos convenientemente colocados encima.

Miro a los demás mientras charlan, pero nadie parece haberse dado cuenta de nada, y tengo que contener una sonrisa al pensar en lo que estamos haciendo, en este secreto que, de momento, es solo de nosotros dos.

De nuevo, nos vamos todos a una de las pistas de principiantes; aunque mi madre tiene un día y medio de práctica más que yo, no le hace mucha gracia la idea de perderme de vista, por mucho que me deje con Marcos.

Esta vez me siento mucho más seguro y confiado mientras me lanzo por la pista a toda velocidad, y pronto tengo que admitir que me lo estoy pasando mucho mejor de lo que pensaba.

Aunque me caigo una vez, tampoco es nada grave, y dudo mucho que vayan a salirme moratones siquiera.

—Estar todo el rato aquí es un coñazo —se queja Natalia un par de horas más tarde—. ¿No podemos irnos aunque sea un rato a la siguiente pista? Que ya es el último día…

—La verdad es que estaría bien aprovechar —dice su padre, y entonces mira a mi madre—. ¿Tú qué piensas, cariño?

Ella me mira, mordiéndose el labio. Es evidente que también tiene ganas de ir, pero no quiere dejarme solo.

—Yo puedo quedarme aquí —respondo—. No me importa.

—A mí no me importa quedarme con él —señala Marcos—. Si queréis, podemos vernos dentro de una hora en la cafetería para comer.

—¿Seguro que te parece bien? —me pregunta mi madre, no demasiado convencida—. Si quieres que me quede contigo…

Aunque le agradezco el gesto, la idea de quedarme solo con Marcos me gusta mucho más, y además así no los fastidio a ellos, así que niego con la cabeza.

—No te preocupes. Nos vemos dentro de una hora.

—Bueno… está bien.

Los observamos mientras se marchan, y entonces Marcos y yo nos dirigimos hacia el punto de partida de la pista.

—¿Preparado? —me pregunta.

—Qué remedio —respondo entre risas.

—Venga ya. Te lo estás pasando bien.

—Sí —admito—. La verdad es que sí.

Entonces, nos lanzamos por la pista y disfruto una vez más de la sensación de velocidad, del viento sobre mi cara.

Casi va a darme pena y todo que se vayan a acabar las vacaciones, porque esto me está gustando mucho más de lo que pensaba.

¿Quién soy y qué he hecho con el Fran de hace solo unos días?

Marcos llega el primero a la amplia extensión llana que hay al final de la ladera poco pronunciada. Sin embargo, en lugar de dirigirse hacia la zona designada para subir, se aleja un poco de allí, en dirección a unos árboles cubiertos de nieve.

—¿Marcos? —lo llamo, caminando torpemente con los esquís hacia donde está.

Entonces, veo que se quita los esquís y se sienta en el suelo.

Me cuesta demasiado caminar con los míos puestos, de modo que me los quito yo también y me acerco a él, que ahora está frotándose el pie.

Frunzo el ceño, preocupado—. ¿Qué te pasa?

—Creo que me he hecho daño en el pie —explica—. ¿Me ayudas a levantarme?

Me tiende la mano, así que se la cojo con la mía para ayudarlo. Sin embargo, y para mi sorpresa, él tira de mí con fuerza y me hace caer de bruces sobre él.

—¡Marcos! —grito, tratando de quitarme de encima para no hacerle más daño en el pie, pero él me abraza con fuerza—. ¿Qué haces?

—Abrazarte.

Lo miro fijamente, incrédulo al darme cuenta de lo que ha pasado.

—No te has hecho daño, ¿verdad?

—Me reservo el derecho a contestar a esa pregunta —responde con una sonrisa que lo confirma todo, y yo pongo los ojos en blanco.

—Eres lo peor.

—Qué va.

—¡Me habías asustado! —le reprendo, dándole un manotazo en el brazo, pero estoy sonriendo muy a mi pesar.

—Cállate y bésame, anda.

Y, por supuesto, no tengo más remedio que obedecer al momento. Después de toda la mañana sin poder hacerlo, tengo que admitir que me moría de ganas.

Sin embargo, estar haciendo esto en un lugar abierto me pone un poco nervioso.

—Como nos pillen nuestros padres… —digo con preocupación cuando nos separamos.

—No nos van a pillar —me asegura él—. Desde su pista no se puede acceder a esta, y no van a volver por aquí cuando ya hemos quedado para comer.

—Bueno… si tú lo dices.

—¿Es que no quieres besarme o qué? —me pregunta, alzando una ceja.

—Claro que quiero.

Y eso es justo lo que hacemos. Pero, por supuesto, no es el momento ni en lugar para dar rienda suelta a la pasión.

Aunque estamos un poco alejados de la zona donde llegan los demás esquiadores de la pista, tampoco es que estemos demasiado ocultos precisamente, así que nos esforzamos para contenernos.

No nos separamos hasta un buen rato después, y solo porque nos hemos quedado completamente helados por estar tirados sobre la nieve. Tiritando, emprendemos el camino de subida, pero para cuando llegamos ya no nos apetece lanzarnos una vez más, de modo que nos dirigimos con calma hacia la cafetería.

—Voy a echar de menos esto —comenta Marcos.

Miro a mi alrededor, al paisaje montañoso cubierto de nieve, y me doy cuenta de que a mí también me pasa.

Esto es demasiado bonito y los días están demasiado llenos de paz.

Aunque volver a vivir con Marcos tendrá sus alicientes, regresar a la rutina de la ciudad, el bullicio y las clases no me apetece tanto.

—Yo también, la verdad.

—Oye, ¿y si nos hacemos unas fotos? —me propone, arrancándome una sonrisa.

—¿En serio?

—Claro. ¿Por qué no?

Me encojo de hombros, tratando de quitarle importancia.

Pero la realidad es que me hace ilusión la propuesta porque tan solo tenemos una foto de los dos juntos, esa que nos sacamos durante el viaje a Canarias, en una montaña muy diferente a esta.

Esa y las que le había sacado yo justo antes eran las únicas fotos que tenía de él y con él, las únicas que podía ver una y otra vez cuando se marchó.

Y, aun así, en esa ocasión ni siquiera estábamos juntos como pareja, a diferencia de ahora.

Aunque parezca una chorrada, me hace ilusión que nos hagamos fotos.

Utilizando mi móvil, nos colocamos en distintos lugares para sacarnos fotos tanto juntos como por separado. Pero, entre esto y las horas de esquí, no tarda en cansárseme el brazo.

—Venga, ya está bien —le digo con una sonrisa después de al menos veinte fotos distintas.

—Una más —me pide—. De los dos juntos.

—Vaaaleee… —acepto, secretamente complacido.

De nuevo, nos colocamos en posición, con su brazo alrededor de mi torso mientras yo estiro el brazo para sacar la foto.

—Avisa —dice.

—Tres… dos… uno… ¡ya!

Pero, justo en el momento en que pronuncio la última palabra y me apresuro a sonreír para sacar la foto, Marcos gira la cara y me planta un beso en la mejilla. Pestañeo un par de veces, sorprendido.

—¿Y esto? —pregunto mientras lo miro, aunque no puedo dejar de sonreír.

—Me apetecía —responde simplemente, también sonriendo—. Venga, a ver cómo ha quedado.

Y, aunque en general nunca me ha gustado hacerme fotos, tengo que reconocer que esta me encanta.

Sin saber cómo, he sacado la foto en el momento justo, o, más bien, Marcos ha calculado el momento a la perfección.

Salgo sonriendo, pero también hay una expresión de ligera sorpresa en mi cara, mientras que la suya expresa una intensa felicidad al darme el beso.

Me doy cuenta de que se ha convertido en mi foto favorita, aunque me da rabia no poder subirla a Instagram ni poder utilizarla como foto de perfil en ninguna parte, al menos por el momento.

Todavía faltan cinco minutos para la hora acordada, así que voy al baño de la cafetería y después nos quedamos esperando a que llegue nuestra familia. No tardamos en verlos acercarse, con las caras enrojecidas a causa del frío, pero muy sonrientes.

—Parece que lo habéis pasado bien —señalo.

—¡Tendrías que haberte venido! —dice mi madre.

—A lo mejor a la próxima.

—¿Vamos a pedir ya? —pregunta Natalia—. Me muero de hambre.

—Por favor y gracias —respondo entre risas.

—¿No me estabas diciendo que tenías que ir al baño justo cuando los hemos visto acercarse? —me pregunta Marcos.

Frunzo el ceño al oírlo, ya que acabo de ir, pero entonces lo comprendo.

—Sí, es verdad —respondo.

—Pues voy contigo.

—¿Os pedimos lo mismo del otro día? —pregunta Antonio.

—Vale —decimos al unísono.

El plan de Marcos tenía fisuras porque su padre podría haberse apuntado a ir con nosotros, pero, por suerte, no es así.

Hay una persona en uno de los urinarios, así que tratamos de no hacer ruido mientras nos metemos a escondidas en uno de los cubículos.

Una vez allí, nos besamos en silencio pero con ganas, conscientes de que vamos a tener que pasarnos un rato sin poder hacerlo.

Estamos a punto de salir cuando oímos que entra alguien, así que procuramos contener la risa mientras esperamos a que salga, para que no piense cosas raras.

Durante la comida, el resto de la familia nos cuenta sus aventuras en la pista, y nosotros nos inventamos las nuestras.

En un momento dado, Antonio se levanta para ir al baño, lo que nos da carta blanca a Marcos y a mí para repetir la jugada más tarde.

Cuando terminamos de comer, volvemos a pasar por el baño y a encerrarnos un par de minutos, esta vez sin incidentes.

Mientras bajamos en el teleférico, con nuestras manos unidas una vez más bajo los abrigos, me doy cuenta de que el cosquilleo que siento en el estómago se debe a mucho más que los nervios y el miedo a las alturas.