El chico de la habitación vacía (El chico de al lado 2) 42.
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A la hora de la comida, aprovecho para contarle a Vero lo que ha pasado, y ella responde con una ristra interminable de absolutamente todos los emojis de corazones, sonrisas y caras de emoción o felicidad que existen.

Mientras contengo la risa, me planteo hablar también con Álex y con Alejo, pero sé que con ellos voy a necesitar una conversación un poco más tranquila en la que pueda explicárselo todo bien, y ahora no hay tiempo.

En lugar de eso, contesto a sus mensajes en el grupo contándoles que me lo estoy pasando muy bien, pero que apenas estoy teniendo tiempo para mirar en el móvil.

Al menos, eso es totalmente cierto. Con un poco de suerte, antes de la vuelta tendré ocasión de contárselo todo.

Terminamos de comer justo antes de que termine el horario del almuerzo en el comedor, y después volvemos a la habitación.

Aunque subimos un poco la calefacción y nos desnudamos para poder sentirnos por completo y sin nada entre nosotros cada vez que nos abrazamos, no hay sexo.

En lugar de eso, Marcos acerca una silla a la cama y coloca su ordenador portátil encima, tal como hemos hablado durante la comida.

—¿Qué quieres ver? —le pregunto.

—Hay una serie en Netflix que dicen que es muy bonita… Se llama Heartstopper , ¿la has visto?

—Varias veces —admito.

—Ah. —Veo en su cara que parece decepcionado, pero enseguida trata de ocultarlo—. Bueno, no pasa nada. Podemos ver otra cosa si quieres.

—No me importa verla otra vez contigo.

—¿Seguro?

—Seguro —confirmo—. Pero me tienes que abrazar mientras la vemos.

—Eso está hecho —responde con una amplia sonrisa.

Tarda un poco en conectar el portátil al wifi del hotel, pero al fin pone el primer episodio y, a continuación, se tumba detrás de mí y me abraza por detrás, tal como me gusta.

Esta serie es una especie de lugar seguro para mí, y poder verla con Marcos no hace sino incrementar esa sensación.

No tardo en darme cuenta de por qué quería verla: en la serie, también hay un personaje que comienza a descubrir su bisexualidad al enamorarse de un chico, así que supongo que se sentirá identificado.

Al estar haciendo la cucharita no puedo verle la cara, pero a veces noto que se le pone la piel de gallina en los brazos, y en esos momentos siempre se los aprieto con más fuerza, tratando de transmitirle mi cariño.

Estamos en mitad del cuarto episodio cuando nuestros móviles suenan a la vez.

Me estiro para coger el mío de la mesita de noche y veo que hemos recibido un mensaje en el grupo familiar, de mi madre avisándonos de que ya están volviendo al hotel.

Al echar un vistazo por la ventana veo que ya ha oscurecido; no me había dado ni cuenta.

—¿Nos dará tiempo a terminarlo? —pregunto, girándome un poco para mirarlo.

—Yo creo que sí —responde, y me da un beso en los labios—. Pero mejor nos vestimos, por si acaso.

Me sonrojo ligeramente; estoy tan cómodo con él que ni siquiera me acordaba de que estábamos desnudos.

Ponemos la serie en pausa y nos levantamos de la cama, aunque nos besamos y nos abrazamos un poco más antes de vestirnos.

Nuestras pollas comienzan a despertar al unísono, la una contra la otra, pero no vamos allá y nos limitamos a vestirnos y volver a la cama.

Vuelvo a tumbarme de espaldas a Marcos para que pueda abrazarme de nuevo y él lo hace con entusiasmo, dándome un beso más en la curva entre el cuello y la oreja mientras continúa la serie.

El episodio está a punto de terminar cuando suenan unos golpes en la puerta.

—Mierda —susurro.

—Joder, pensaba que iban a tardar más —dice él, separándose de mí para ponerse en pie—. ¡Ya voy!

Mientras Marcos va hacia la puerta, yo pongo la serie en pausa y me siento sobre la cama.

—¡Hola! —saluda mi madre cuando él abre la puerta, dirigiéndome una sonrisa—. ¿Estabais ocupados?

—Qué va, solo estábamos viendo una serie —explico, señalando el portátil.

—¿Qué serie? —pregunta Natalia con curiosidad, tratando de asomarse por encima de los hombros de nuestros padres.

— Daredevil —responde Marcos automáticamente, como si ya tuviera la respuesta preparada de antemano. Su hermana no tiene el más mínimo interés por Marvel, así que es una forma segura de que no se le ocurra tratar de unirse a nosotros.

—Qué coñazo —replica ella, y se aleja al momento.

—Nosotros nos íbamos a dar una ducha y a descansar un ratito, que estamos reventados —dice Antonio—. ¿Queréis que bajemos más tarde a jugar un rato antes de la cena?

—Genial —responde Marcos.

—¿Dentro de una hora? —propone mi madre.

Le echo un vistazo al reloj; son poco más de las seis.

—Vale.

—¡Pues luego nos vemos! —responde, risueña, y se marchan a su habitación mientras Marcos cierra la puerta.

Sin perder un segundo, vuelve a meterse en la cama conmigo. Sin embargo, en lugar de tumbarse para abrazarme como antes, se acerca a mí y me da un beso largo en los labios.

—¿Y esto? —pregunto con una sonrisa cuando nos separamos después de unos segundos.

—Es que te echaba mucho de menos —responde, y yo me echo a reír.

—Qué payaso eres.

—Pero te encanta.

—Puede ser —admito—. ¿Seguimos con la serie?

—Vale.

Y eso es lo que hacemos, otra vez tumbados como antes.

Sin embargo, esta vez Marcos deposita más besos suaves sobre mi cabeza, mis hombros y mi cuello, como si fuera consciente de que nos queda poco tiempo para seguir haciendo esto antes de que tengamos que pasar el resto de la tarde con nuestra familia.

No me voy a quejar de que lo haga, la verdad.

Cuando termina el quinto episodio, todavía nos quedan quince minutos para que llegue la hora acordada, así que decidimos aprovecharlos de la mejor forma que sabemos: besándonos como si no hubiera un mañana.

Después de todo, si Marcos estaba pensando lo que creo hace un rato, no le faltaba razón: la espera hasta que volvamos a estar solos en la habitación va a ser demasiado larga.

Poco después, nos reunimos con los demás y pasamos el resto de la tarde jugando al Cluedo entre risas mientras ellos nos cuentan su día esquiando.

Cuando terminamos la partida y nos levantamos para ir a cenar, me doy cuenta de algo: voy a echar de menos estos días.

Al igual que ocurrió cuando fuimos a Canarias después de la boda, un viaje que no podía tener menos ganas de hacer ha acabado siendo maravilloso y lo ha cambiado absolutamente todo.

Y, aunque la posibilidad de pasarme mañana otro día encerrado en la habitación con Marcos me resulta demasiado tentadora, sé que ya tendremos ocasión de hacerlo ahora que muy probablemente volveremos a vivir bajo el mismo techo.

Mañana será nuestro último día aquí, así que pienso aprovecharlo con toda la familia, incluso aunque me obliguen a ir a esquiar.

Después de cenar, volvemos a una de las salas comunes para seguir jugando, en esta ocasión, a Viajeros al tren .

Poco antes de que terminemos la partida, se marcha la familia que se encontraba en el sofá más cerca de la chimenea, así que aprovechamos para trasladar el tablero con cuidado y ocupar su lugar.

Marcos, Natalia y yo estamos en el sofá, muy pegados, mientras que nuestros padres ocupan los sillones que hay a cada extremo de la mesa alargada que tenemos delante.

Cuando terminamos, estamos todos demasiado cansados como para empezar una partida nueva a otro juego, pero se está tan bien delante del fuego que nos quedamos aquí sentados sin más, charlando de trivialidades.

No podría estar más a gusto. La estancia está tenuemente iluminada solo por las velas que hay repartidas entre las mesas y el agradable resplandor anaranjado de las llamas, que ya están extinguiéndose.

Tengo el estómago lleno, el corazón también, y el calorcillo que llega de la chimenea y el tenue sonido de la conversación me producen una modorra tan agradable que hace que me resulte difícil mantener los ojos abiertos.

Me dejo llevar y, casi sin darme cuenta, apoyo la cabeza sobre el hombro de Marcos y permito que la oscuridad se apodere de mí.

* * *

El sonido de unas risas me despierta de golpe, y miro a mi alrededor un tanto desorientado.

—¿Qué pasa? —pregunto, confuso.

Siento la vibración de la risa de Marcos en mi cuerpo, y solo entonces me doy cuenta de que sigo teniendo la cabeza sobre su hombro. Me apresuro a levantarla mientras espero una explicación.

—Es que estabas roncando, cariño —me explica mi madre con una sonrisa.

—¿Mucho? —pregunto, sintiéndome avergonzado.

—Un poquito —responde Marcos.

—¿Un poquito? —repite Natalia entre risas—. Has soltado un ronquido que parecías un oso hibernando.

De nuevo, todos se echan a reír, provocándome un rubor que se extiende por mis mejillas.

—Qué graciosa —replico con sorna.

Pero, a pesar de ello, no puedo evitar sonreír yo también. Después de todo, estos son precisamente los momentos que vale la pena compartir.

Levantarme del sofá y subir las escaleras me cuesta mucho más de lo que me gustaría admitir, pero al final lo consigo. Cuando le damos las buenas noches a nuestra familia y entramos de nuevo en nuestra habitación, Marcos me abraza con fuerza y me da un largo beso.

—Te quiero —susurra contra mis labios.

—Te quiero.

—Venga, vamos a dormir. Que estás que te caes. —No opongo resistencia mientras me conduce hasta la cama y comienza a desvestirme con delicadeza—. ¿Quieres el pijama o…?

No termina la pregunta, pero niego con la cabeza.

Después del tiempo que hemos pasado separados, hasta la ropa es un obstáculo indeseado cuando estamos juntos.

No es una cuestión de deseo sexual, sino de intimidad: no hay nada mejor que la sensación de su piel desnuda contra la mía, que el hecho de saber que no hay absolutamente nada entre nosotros.

Aunque estamos en invierno y fuera las temperaturas están bajo cero en las montañas, la habitación se encuentra ligeramente caldeada gracias a la calefacción que hemos dejado puesta, y sé que no voy a pasar frío abrazado a su cuerpo cálido mientras dormimos bajo las sábanas.

Voy al baño yo primero, y después me meto en la cama mientras va Marcos también.

Cuando regresa, me besa de nuevo y puedo saborear la menta de la pasta de dientes en su boca.

Seguimos devorándonos durante un rato, como tratando de recuperar el tiempo perdido mientras estábamos con nuestra familia.

Aun así, ninguno de los dos tiene intención de que haya sexo; además del cansancio, está claro que tanto él como yo hemos tenido suficiente con tres veces en las últimas veinticuatro horas.

Cuando conseguimos separar nuestros labios, nos colocamos en nuestra posición favorita, con él boca arriba y yo abrazado a su cuerpo.

Nos tapamos lo mejor posible, disfrutando de la calidez, y entonces Marcos me rodea la espalda con un brazo, haciendo que se me ponga la piel de gallina de forma agradable.

—Buenas noches, Fran —susurra.

—Buenas noches, Marcos.

—Te quiero.

—Te quiero.

Y así, con una enorme sonrisa, cierro los ojos y me dejo invadir por la mezcla de sensaciones de su aroma, el agradable calor de su cuerpo, el sonido de su respiración y los latidos de su corazón bajo mi mano.

Podría dormir así cada noche de mi vida y sería feliz.