41.
Aunque ya hemos hecho esto hace tan solo unas horas, en esta ocasión es muy diferente.
Cuando nos despertamos por la mañana, era yo quien lo hacía todo, quien se colocó encima y guiaba sus movimientos.
Llevábamos mucho tiempo sin hacer esto, y no quería hacerme daño por ceder demasiado a nuestros deseos.
Pero ahora es Marcos quien tiene el control, y eso tiene algo que me excita mucho más de lo que me gustaría admitir.
Contengo el aliento cuando noto su glande húmedo contra mi orificio.
Marcos ejerce una ligera presión, y entonces me abro para él.
Comienza a avanzar despacio en mi interior y, mientras siento cómo se apodera de mí, se me escapa un prolongado gemido que la almohada apenas logra acallar.
—¿Qué tal? —me pregunta, siempre atento.
—Sigue —respondo simplemente.
Y eso es justo lo que hace. Centímetro a centímetro, su polla se adentra en mí, llenándome por dentro de una forma indescriptible, hasta que al fin siento la ingle de Marcos contra mis nalgas.
Después, deja caer su cuerpo con cuidado encima de mí y me rodea con los brazos una vez más, inmovilizándome por completo.
Se queda totalmente quieto durante unos instantes, dándole tiempo a mi cuerpo para que se acostumbre a la sensación.
—¿Te gusta? —susurra contra mi oído, provocándome un estremecimiento que hace vibrar todo mi cuerpo.
—Me encanta —acierto a decir, con la voz temblorosa.
—Pues prepárate, porque solo acabo de empezar.
Entonces, empuja con las caderas para introducirse todavía más en mí, arrancándome un grito ahogado de puro placer.
Tras eso, no se detiene, sino que continúa moviéndose de forma rítmica, provocando unas oleadas ardientes de pura sensación que recorren mi cuerpo por completo.
Al igual que hace unos minutos, aunque me gusta sentarme sobre él y ser yo quien marque el ritmo, el hecho de estar inmovilizado bajo su peso mientras él se dedica a darme placer tiene algo que me excita de una forma muy diferente.
El hecho de que nos hayamos corrido juntos dos veces en las últimas doce horas tiene algo bueno, y es que ninguno de los dos tiene la menor prisa por terminar.
De hecho, hasta me sorprende que Marcos sea capaz de mantener la erección lo suficiente como para ser capaz de hacer esto, aunque ya sabía que lo raro en él es que no tenga ganas.
Sin ninguna necesidad de perseguir el orgasmo, sin el ansia que tenía antes de soltar todo lo que tenía acumulado, disfruto de los movimientos de Marcos, de la sensación de su polla dura en mi interior, de su peso sobre mí y sus brazos alrededor de mi cuerpo.
Y, mientras tanto, él no deja de besarme y lamerme el cuello y las orejas, de susurrar contra mi oído, haciendo que me estremezca todas y cada una de las veces.
Pero al fin, inevitablemente, comienzo a notar esa familiar presión del placer creciente dentro de mí. Y, aunque sé que es raro que me corra sin tocarme, sobre todo después de todo lo que ha pasado desde anoche, no quiero poner la cama perdida si pierdo el control.
—Marcos… —le digo con la voz jadeante, y él acerca un poco la boca a mi oreja.
—Dime —susurra de esa forma que me hace temblar.
—No voy a poder aguantar mucho más.
—Yo tampoco —admite—. ¿Quieres que siga así o…?
Aunque la idea de que se corra así, mientras estoy inmovilizado sobre la cama, tiene algo que me excita, hay algo que me gusta todavía más.
—¿Podemos vernos las caras? —le pido—. Me gusta más cuando terminamos así.
—Claro.
Con cuidado, sale de mi interior, arrancándome un gruñido de frustración, y entonces me doy la vuelta para tumbarme boca arriba.
Verlo tal y como está, con la cara roja, el cuerpo sudoroso y la respiración agitada, vuelve a provocarme ese familiar cosquilleo en la tripa, esa intensa excitación que apenas soy capaz de soportar.
En lugar de continuar de inmediato, Marcos se tumba sobre mí, me abraza con fuerza y me besa largamente, saboreando mi boca con la lengua mientras yo hago lo mismo con la suya. De nuevo, tratamos de alargar el momento, como si así pudiéramos compensar todo el tiempo que hemos permanecido separados.
Cuando al fin se separa de mí, retrocede ligeramente para situarse de rodillas entre mis piernas y yo las levanto para colocarlas sobre sus hombros.
Entonces avanza un poco, no sin cierta torpeza que lo hace todavía más adorable, y apenas un instante más tarde vuelvo a sentir esa agradable presión en el punto exacto donde quiero que esté.
—¿Voy? —me pregunta.
—Sí.
Empuja ligeramente y su polla entra con facilidad; estoy bien abierto y lubricado después de lo que ha estado haciendo hasta hace solo unos minutos.
Sonrío al ver su cara de concentración mientras avanza en mi interior, hasta que vuelvo a sentir su ingle contra mis nalgas.
Entonces, me mira con una leve sonrisa y me sujeta las piernas.
No hablamos; no es necesario en este momento.
Lo único que hacemos es mirarnos a los ojos mientras el placer va creciendo en nuestro interior.
Sus caderas se mueven despacio pero con un ritmo constante, lejos de la prisa que habíamos tenido esa última vez hace tan solo unas horas.
Poco a poco, nuestra respiración se va volviendo más trabajosa de nuevo, nuestros jadeos y gemidos comienzan a sucederse cada vez con más frecuencia.
Va acelerando poco a poco el movimiento de su cuerpo y, sin poder evitarlo, me llevo la mano a la polla y comienzo a masturbarme todo lo despacio que soy capaz, aunque el esfuerzo que tengo que hacer para contenerme me resulta casi insoportable.
Pero, inevitablemente, todo acaba llegando al punto sin retorno.
—Me falta poco —susurra, tal como suele hacer—. ¿Y a ti?
—También.
—¿Quieres que vaya más rápido?
Es lo que solemos hacer siempre, pero en esta ocasión niego con la cabeza; me apetece probar algo diferente.
—Mejor sigue así, ¿vale?
—Vale.
—Pero avísame cuando vayas a correrte —le pido, y él asiente con la cabeza.
Continúo masturbándome con lentitud mientras él sigue moviendo las caderas al mismo ritmo tranquilo, todo ello sin dejar de mirarnos a los ojos.
Aunque soy consciente de que no siempre vamos a ser capaces de contenernos de esta manera, me doy cuenta de que esto es todavía más íntimo que otras veces, de que los movimientos pausados hacen que estemos conectados de una forma todavía más profunda de lo habitual.
Sin embargo, el placer no deja de crecer en mi interior, y pronto me doy cuenta de que ya no voy a ser capaz de seguir aguantando mucho más tiempo.
Por suerte, la respiración trabajosa de Marcos me indica que él está exactamente igual que yo.
—Fran… me corro.
Nada más oír esas palabras, empiezo a masturbarme de forma casi furiosa, como si mi vida dependiera de ello.
Siento el momento exacto en que Marcos comienza a correrse; lo noto en cómo se tensa su cuerpo, en sus manos sujetándome las piernas con un poco más de fuerza, en cómo suelta una serie de gruñidos prolongados mientras me da unas cuantas embestidas bruscas, llenándome de su semen caliente y abundante.
Al mismo tiempo, el placer estalla al fin dentro y fuera de mí, y unos chorros más potentes de lo habitual me llegan hasta la cara.
—Joder… —susurra mientras me observa, con la cara roja, sudorosa y llena de una satisfacción absoluta.
—Joder —repito.
Permanecemos así unos segundos, tratando de recuperar la respiración, y entonces Marcos sale de mi interior.
Acto seguido, se dirige directamente hacia mi polla y comienza a lamer, asegurándose de limpiarla por completo con la lengua.
Comienza a subir despacio por mi tripa y después mi pecho, lamiendo y tragándose cada gota, hasta que llega a mi cara y lame también lo que me ha caído sobre la mejilla.
Después se acerca a mis labios y, cuando me besa, el sabor de mi propio semen en su boca me excita una vez más, si es que todavía es posible.
—Te quiero —susurra contra mis labios.
—Te quiero.
Y, entonces, nos abrazamos con fuerza.
Aún nos queda casi media hora antes de tener que marcharnos si queremos que nos dé tiempo a comer, así que decido aprovechar bien el momento y me abrazo una vez más a Marcos.
Mientras me acurruco contra su cuerpo cálido y cómodo, pienso de verdad que jamás podría cansarme de esto, por mucho tiempo que pase.
Tan solo espero que podamos pasar juntos muchísimo tiempo, que tengamos ocasión de hacer esto miles de veces más.