40.
Volvemos a despertar pasadas las doce y media. No es que hayan sido demasiadas horas de sueño, pero puse la alarma a conciencia para que tengamos tiempo de sobra para aprovechar el tiempo juntos.
Tengo que admitirlo: ahora que he descansado un poco más, estoy cachondo.
Mientras Marcos no estaba, lo último en lo que pensaba era en el sexo; recuerdo pensar no hace mucho que parecía que estuviera muerto de cintura para abajo.
Pero, ahora que hemos vuelto, que podemos dar rienda suelta a nuestros sentimientos a través de besos, abrazos y caricias sin fin, el deseo sexual también ha regresado.
Supongo que no debería extrañarme; después de todo, lo nuestro comenzó como algo puramente sexual antes de convertirse en algo mucho más grande.
Por suerte para mí, Marcos parece estar exactamente en el mismo punto.
Tras estirarse un poco, me dirige una sonrisa perezosa antes de besarme, y no tarda en profundizar el beso de esa forma que me deja claro qué es exactamente lo que quiere.
Al cabo de unos minutos, sus manos comienzan a recorrer mi cuerpo, un tanto vacilantes al principio, más firmes y decididas después.
Yo hago lo mismo con él, disfrutando del tacto de su cuerpo, de su calor debajo de mis dedos.
Y, aun así, nos besamos despacio, conscientes de que tenemos tiempo de sobra para disfrutar.
Las dos veces anteriores estábamos siguiendo las órdenes de nuestros cuerpos; unos cuerpos que se echaban demasiado de menos, unos cuerpos con una química casi incomparable entre ellos que estaban deseando unirse de nuevo.
Pero ahora nuestras mentes están al mando, y se nota.
Aunque sigue habiendo ese deseo casi animal entre nosotros, actuamos de forma más sosegada que antes, los dos mucho más conscientes de todo lo que estamos haciendo.
Los besos son profundos pero también lentos; nuestras caricias llegan a todas partes pero lo hacen despacio, sin prisa.
Al cabo de unos minutos, Marcos se separa un poco de mí, apenas lo suficiente como para poder mirarnos a los ojos. Me rodea el torso con un brazo, y con la otra mano me acaricia la cara mientras continúa mirándome, como si estuviera embelesado por lo que ve.
—Oye, Fran —susurra, tan cerca de mi boca que siento su respiración sobre los labios.
—Dime.
—Hay una conversación que todavía no hemos tenido.
Frunzo el ceño, extrañado. ¿A qué viene esto ahora?
—¿Y crees que ahora es el mejor momento para eso?
—Pues sí.
—Pensaba que íbamos a…
—Tranquilo, que pienso darte lo tuyo de todos modos —responde con una sonrisa, y yo me echo a reír—. Pero quiero que hablemos de esto primero.
—¿No habíamos dicho que íbamos a dejar eso para cuando volviéramos a casa?
—No es eso —me asegura.
Su sonrisa flaquea ligeramente mientras lo miro, y me doy cuenta de que la está forzando un poco. Eso me provoca una ligera punzada de ansiedad; después de lo que pasó hace poco un mes, me da miedo lo que pueda decir.
—¿Entonces?
—Pues…
Pero deja la frase inconclusa y, cuando frunzo el ceño y él aparta la mirada, veo que tiene la cara roja. En serio, ¿qué está pasando aquí? Esto no es nada propio de él.
—¿Qué pasa, Marcos? Me estás preocupando.
—No, no, tranquilo. No es nada malo.
—Pues dímelo de una vez, anda —le pido—. Me estás poniendo nervioso.
—Es solo que… —Vuelve a mirarme al fin, y veo que respira hondo antes de continuar—. ¿Quieres ser mi novio?
No sé qué es lo que esperaba exactamente, pero desde luego que no era esto.
Me quedo con la boca abierta unos segundos, incapaz de procesar lo que me está diciendo.
Solo ahora soy consciente de que, aunque técnicamente estuvimos juntos antes de que se marchara, jamás habíamos llegado a ponerle un nombre.
Y, aunque siempre he pensado que esta clase de etiquetas muchas veces son innecesarias, tengo que reconocer que el hecho de que me lo esté diciendo me hace feliz, porque significa que quiere tomarse lo nuestro en serio.
—Sí —acierto a responder—. Joder, claro que sí.
Su rostro se ilumina de repente, con una alegría casi infantil ante mis palabras.
—¿De verdad?
—De verdad. —Trato de recordar en qué día estamos para saber cuál será nuestra fecha, y entonces frunzo el ceño ligeramente y añado—: No es una broma por el Día de los Inocentes, ¿verdad?
Marcos se echa a reír, sorprendido.
—¿Es hoy?
—Me parece que sí.
—Joder. Pero no, no es ninguna broma —me asegura—. Y, además, acabo de darme cuenta de una cosa… El veintiocho de octubre fue el día que fuimos a Canarias, así que hoy se cumplen dos meses desde la primera noche.
Alzo una ceja sin poder evitarlo; la posibilidad de meterme con él es demasiado tentadora.
—Te recuerdo que ese día lo único que hicimos fue pajearnos —le recuerdo—. Pero si quieres que celebremos eso…
Me da un manotazo y yo me echo a reír.
—No es eso, payaso. Pero esa fue la primera noche que dormimos juntos —señala con timidez—. Ese fue el día que las cosas comenzaron a cambiar entre nosotros, aunque al principio tan solo fuera algo sexual. Pero, si no hubiera ocurrido eso, es muy posible que no hubiéramos acabado aquí.
Muy a mi pesar, sus palabras logran conmoverme. Y, como no podría ser de otra manera, vuelvo a darle un largo beso.
—Pues… me parece bien —digo cuando nos separamos.
—Entonces… ¿somos novios? —me pregunta, todavía con cierta timidez.
—Somos novios —confirmo, con la seriedad de quien está firmando el acuerdo más importante de su vida.
Una enorme sonrisa aparece en su rostro, y yo sonrío también al ver esa expresión inconfundible de felicidad.
—Joder. Te quiero, Fran.
Siento un cosquilleo en la tripa, como siempre que pronuncia esas mismas palabras.
—Te quiero, Marcos.
Y, como no podría ser de otra manera, nuestros labios vuelven a encontrarse una vez más.
Por supuesto, nuestros besos no tardan en volverse voraces y, aunque seguimos tratando de ir con calma, cada vez nos resulta más difícil mantener nuestras hormonas bajo control.
Nos recorremos el uno al otro con las manos mientras nos besamos, pegando nuestros cuerpos de todas las formas posibles, como si cualquier hueco que pueda haber entre nosotros fuera espacio desperdiciado.
Su polla dura contra mi cuerpo no podría resultarme más tentadora, pero alargo al máximo el momento de meterle la mano en el pantalón.
Cuando al fin lo hago, no me sorprende encontrar su polla tan húmeda como me gusta.
Llevamos tanto rato retrasando el momento que tiene los calzoncillos mojados, y me sorprende que haya sido capaz de aguantar tanto tiempo sin quitarse él mismo la ropa.
Cierro la mano alrededor de su erección y la muevo de arriba abajo, observando la cara de Marcos mientras cierra los ojos y produce esos gemidos de placer que siempre logran erizarme la piel.
Después, vuelvo a mirar su polla mientras lo masturbo despacio.
La piel de su prepucio sube y baja sobre su glande húmedo, y puedo ver cómo sale una gota transparente por el orificio.
Ya no soy capaz de seguir aguantándolo más, así que me acerco y lamo bien todo el líquido, disfrutando de la explosión de sabor que tanto me excita.
Cuando termino de lamerlo todo, dejo que mis labios vuelvan a cerrarse a su alrededor antes de comenzar a succionar.
En esas escasas semanas que pasamos juntos antes de que se fuera, me encantaba darle placer y, ahora que hemos vuelto, es como si necesitara recuperar el tiempo perdido.
Utilizo mi boca con él tal como hemos hecho todo lo demás, despacio y con calma, hasta que los gemidos y la respiración acelerada de Marcos me indican que, si no paro pronto, no va a ser capaz de aguantar mucho más tiempo.
Pero no quiero que esto se acabe tan pronto, de modo que me detengo antes de que sea demasiado tarde.
—Túmbate —me pide entonces, y yo obedezco más que encantado. Él me separa las piernas y se lleva mi polla semierecta a la boca. No tarda en crecer entre sus labios y, cuando quiero darme cuenta, ya estoy gimoteando yo también—. Date la vuelta.
De nuevo, obedezco sin rechistar, y siento un estremecimiento al darme cuenta de lo que va a pasar a continuación.
Mientras yo estoy tumbado boca abajo, Marcos se coloca justo encima de mí, y se pone la carne de gallina al sentir la dureza de su erección justo entre mis nalgas.
Sin embargo, no le hace mucho caso a mi culo de inmediato.
En vez de eso, me abraza con fuerza, inmovilizándome contra el colchón, y comienza a besarme el cuello y las orejas de esa forma que me encanta y me provoca unos intensos escalofríos de puro placer.
No dejo de soltar gemidos amortiguados contra la almohada y, cuando se mueve contra mi culo para que note su polla dura, el ansia de sentirlo dentro de mí es tan intensa que siento que casi estoy a punto de ponerme a gimotear.
Por fin, se aparta de mi cuello y comienza a bajar despacio por mi espalda, depositando besos a su paso sobre mi columna que me ponen la piel de gallina.
Cada uno de ellos me genera un estremecimiento, y me doy cuenta de que Marcos está yendo deliberadamente despacio para observar todas y cada una de mis reacciones.
Casi puedo sentir su sonrisa al verme temblar.
Cuando llega al fin a mi culo, se queda inmóvil durante un momento, como si estuviera contemplándolo.
Eso me hace sentir un poco cohibido, pero también tengo que reconocer que me gusta.
A continuación, planta ambas manos sobre mis nalgas y comienza a masajearlas, provocando en mí una clase diferente de placer.
Noto su aliento sobre mi piel justo antes de que comience a darle una serie de mordisquitos y lametones juguetones que me vuelven a poner la carne de gallina.
Al fin, separa mis nalgas con las manos y hunde la cara entre ellas.
Cuando vuelvo a notar su lengua, el placer va en aumento, y enseguida estoy temblando otra vez bajo su poder.
No sé cuánto tiempo permanece así pero, una vez más, comienzo a desesperarme por la necesidad de sentirlo en mi interior.
Y al fin, como si estuviera escuchando mis pensamientos, introduce el primer dedo.
Entre lo excitado que estoy y que ya me ha metido algo más grande que su dedo hace tan solo unas horas, entra con facilidad, deslizándose poco a poco dentro de mí, sin prisa pero sin pausa, con cuidado de no hacerme daño.
En noviembre ya aprendió a tocar el punto exacto que me hace gemir y ahora no ha tardado en recordarlo, así que eso es exactamente lo que hace, provocando que el placer que me invade se incremente todavía más.
—Pásame el lubricante —me pide al cabo de unos segundos, extrayendo el dedo.
Yo estiro el brazo para coger el neceser de la mesita de noche y se lo doy.
Aguardo mientras se unta el lubricante y, entonces, siento de nuevo esa agradable presión mientas me introduce lo que deben de ser dos dedos.
Cuando siento sus nudillos contra las nalgas, me pregunta—: ¿Vas bien?
—Genial —respondo con sinceridad, y se me escapa un sonoro gemido cuando vuelve a presionar ese punto—. Cabrón.
Marcos se echa a reír.
—Pero te encanta.
—Me reservo el derecho a contestar a esa pregunta.
Sigue jugando con los dos dedos un par de minutos más y, después, vuelve a extraerlos con lentitud. Al cabo de un instante, me introduce tres dedos juntos. Entran con mucha más facilidad que antes, y enseguida estoy retorciéndome de placer sobre el colchón, ahogando los gemidos contra la almohada.
Entonces vuelve a sacarlos, y sé exactamente lo que va a pasar ahora.