39.
No sé si nos llegamos a dormirnos del todo o no, pero la alarma suena demasiado pronto. Marcos rezonga entre mis brazos; está claro que la idea de tener que levantarse le gusta tan poco como a mí. Había olvidado lo difícil que es salir de la cama cuando estamos juntos.
—¿Cinco minutos más? —me pide, con un tono lastimero que me hace sonreír.
—Vaaale —acepto, como si yo no lo estuviera deseando también—. Pero solo cinco.
Me pego todavía más a él y cierro los ojos, disfrutando de su calor, su aroma, su cercanía. Todavía no me he acostumbrado de nuevo a esto, y me resulta demasiado fácil dejarme llevar…
* * *
Abro los ojos de golpe, asustado. Le levanto el brazo para ver la hora en su reloj de muñeca y me incorporo al instante.
—Joder.
—¿Qué pasa? —pregunta Marcos, todavía adormilado.
—Nos hemos dormido. Tenemos menos de diez minutos para prepararnos. Corre.
Ni siquiera lo planeamos. Sigo estando desnudo, así que voy al cuarto de baño y me meto directamente en la ducha.
Comienzo a enjabonarme y aparto la mirada mientras él se detiene a orinar sin la menor vergüenza delante de mí; por suerte, yo ya lo hice antes de lo que hemos hecho hace un rato.
Unos segundos después, se mete en la ducha conmigo y nos apresuramos a enjabonarnos y a aclararnos mutuamente; no hay tiempo que perder.
Esto no tiene nada de erótico ni de sexy.
Es puramente práctico, aunque, al mismo tiempo, también resulta curiosamente íntimo.
Como si estuviéramos recuperando esa rutina compartida que habíamos perdido.
Cinco minutos después, ya estamos los dos duchados, secos y vestidos. Tomo nota mentalmente para disfrutar de una ducha más tranquila con él cuando tengamos ocasión; estaría bien poder tomárnoslo con calma para variar.
Durante el desayuno con nuestra familia estoy cansado después de haber dormido tan poco por la noche, pero vuelvo a notar una sensación que ya había olvidado, la misma que tenía cuando empezó todo lo de Marcos hace casi dos meses.
Como ya me pasó en su día, es como si lo que ha pasado estas últimas horas entre nosotros fuera una especie de talismán secreto, algo cálido y palpitante cerca de mi pecho que me acompaña en todo momento.
La tensión de estos días ha desaparecido por completo.
Estamos juntos de nuevo, así que volvemos a hablar con naturalidad sin tener que fingir cordialidad.
Y, sobre todo, volvemos a reír. Es increíble lo muchísimo que echaba de menos el sonido de su risa.
El único problema es algo que también había olvidado: lo horrible que es estar tan cerca de él y no poder besarlo cada vez que quiera porque está nuestra familia delante. Esa parte no la echaba de menos, la verdad, pero al menos el desayuno no se alarga demasiado tiempo.
Aun así, robamos pequeños momentos cada vez que podemos.
Nuestros brazos se rozan cuando nos sentamos el uno al lado del otro para comer y a veces nos cogemos discretamente de la mano durante unos segundos; dejamos que nuestras piernas se entrelacen por debajo de la mesa.
No tiene tanta gracia cuando hay más capas de ropa de lo habitual de por medio, pero algo es algo.
—¿Qué tal va lo vuestro? —pregunta Antonio cuando ya casi estamos terminando de desayunar.
El corazón se me detiene un instante, y me doy cuenta de que Marcos se tensa a mi lado.
—¿Qué? —dice él.
—Os habéis dado un buen revolcón —responde su padre, y ahora el corazón me da una voltereta dentro del pecho—. ¿Todavía os duele?
—Eh… —comienzo, pero no sé qué más decir.
—Tienes suerte de que Marcos no te reventara —añade Natalia—. Es un bruto.
Estoy empezando a ponerme rojo, incapaz de comprender cómo hemos llegado hasta esta conversación.
¿Cómo cojones lo saben? ¿Cómo es posible que estén hablando de esto con tanta naturalidad, como si fuera lo más normal del mundo?
¿Y cómo les digo que no me ha dolido en absoluto, sino más bien todo lo contrario?
En serio, ¿qué coño está pasando aquí?
—Aunque no fuera una caída grave, acabasteis con unos cuantos moratones —añade mi madre, y entonces lo comprendo. Por supuesto, están hablando de cuando nos caímos esquiando.
¿Soy gilipollas o qué me pasa?
—Estoy bien —respondo sin pensar; todavía no me he recuperado del susto. Sin embargo, Marcos me da un golpecito disimulado con la pierna por debajo de la mesa.
—¿Estás seguro? —me pregunta—. Antes me has dicho que todavía te dolía.
—Ah… es verdad —miento, comprendiendo de pronto lo que pretende—. Perdón, es que todavía sigo medio dormido. Pero sí, me duele un poco al agacharme y eso.
—Pues así no deberías ir a esquiar —señala mi madre.
—¿Y tú, campeón? —le pregunta Antonio a Marcos.
—Pues un poco igual, la verdad. Todavía me duelen los moratones.
Mi madre nos mira con ligera preocupación y después se gira hacia su marido.
—Podemos no ir a esquiar hoy y dejarlo para mañana —sugiere—. A lo mejor para entonces ya están mejor.
—No es mala idea.
—¡No! —decimos Marcos y yo al unísono.
—No quiero fastidiaros los planes por nuestra culpa —se apresura a añadir él.
—Ni yo —me sumo—. Nosotros podemos quedarnos aquí mientras vosotros vais a esquiar, tampoco no pasa nada.
—¿Y qué vais a hacer los dos aquí encerrados todo el día? —pregunta Antonio, con el ceño fruncido—. Hemos venido de vacaciones juntos, no estaría bien que os dejáramos tirados para irnos a esquiar.
—Yo tengo que estudiar —se apresura a decir Marcos—. Aunque estemos de vacaciones, tampoco quiero pasarme tantos días sin tocar los apuntes. Prefiero aprovechar hoy y que ya hagamos cosas juntos mañana.
Me da un leve golpecito con la pierna para que añada algo más a nuestra coartada improvisada.
—Sí, y yo, eh… me muero de sueño —digo, y suelto un enorme bostezo totalmente real. Al menos, no he tenido que mentir—. Me está costando dormir estos días, así que me vendría bien quedarme toda la mañana en la cama.
—Tremendo vago estás hecho —comenta Natalia entre risas, y yo me encojo de hombros.
—Pero igual no volvemos hasta casi el atardecer —señala mi madre—. Van a ser muchas horas…
—Siempre puedo hacer una videollamada con Álex y Alejo —improviso.
—Además —interviene Marcos—, si vemos que nos aburrimos, podemos jugar a un montón de cosas.
Por supuesto, se está refiriendo a los juegos de mesa que se han traído nuestros padres, aunque tengo la ligera impresión de que también lo dice con segundas, sabiendo que yo soy el único que va a entenderlo.
—Bueno… si vosotros lo tenéis claro —dice mi madre.
—La verdad es que mañana no es muy buen día para esquiar de todos modos —señala Antonio—. Anuncian tormenta leve.
—¡Entonces tenemos que ir hoy! —insiste Natalia, sin saber cuánto nos está ayudando en realidad—. No pienso quedarme dos días seguidos sin esquiar, que se supone que hemos venido a la sierra para eso.
—Bueno… Está bien —acepta al fin mi madre.
Y así queda decidido. Cuando terminamos de desayunar, subimos todos juntos a las habitaciones.
Como no podría ser de otra manera, no perdemos el tiempo; desde el momento en que cerramos la puerta, Marcos y yo comenzamos a besarnos otra vez.
El tiempo que hemos pasado abajo ha sido insoportable.
Devoro su boca con sabor a café casi con ansia, y muy pronto siento su polla dura contra la mía.
Nos restregamos un poco por encima de la ropa, tratando de contener los gemidos, pero entonces me separo de él.
—Deberíamos parar —le digo—. Al menos, hasta que se marchen.
Para disimular, me pongo el pijama de nuevo y me tumbo en mi cama, esta vez solo, y me tapo bien antes de abrazarme a la almohada. Al fin y al cabo, mi coartada es que supuestamente me estoy muriendo de sueño.
—Estás monísimo —dice Marcos con una sonrisa—. ¿No puedo meterme ahí contigo?
Yo sonrío también, algo avergonzado.
—Mejor nos esperamos a que se vayan.
—Vaaaleee…
Suelto una risita y lo observo mientras saca los apuntes de la maleta; era verdad que se los ha traído.
Se acerca y se inclina sobre mí para darme un beso que se alarga un poco más de la cuenta, aunque lo aparto entre risas cuando comienzo a empalmarme.
A continuación, cierro los ojos y me acomodo mejor sobre la cama, feliz de saber que vamos a poder pasar todo el día juntos.
Estoy quedándome dormido de verdad cuando suenan unos golpes en la puerta. Oigo que Marcos se levanta de la cama para abrir.
—Nos vamos ya, cariño —dice mi madre desde la puerta.
Levanto la mirada y veo que están los tres ahí, bien abrigados y preparados para marcharse.
—Pasadlo bien.
—¡Gracias! —responden.
Pensaba que se marcharían al momento, pero mi madre entra en la habitación y se acerca a mi cama.
Siento una punzada de pánico al pensar que tal vez pueda encontrarse algo incriminatorio, pero entonces recuerdo que antes de irnos a dormir guardamos el bote de lubricante en mi neceser de la mesita de noche.
Salvo que le dé por abrirlo, cosa bastante improbable, no debería haber ningún peligro.
La miro con una sonrisa cansada mientras se sienta en el borde de mi cama y me acaricia la mejilla.
—Pobrecillo… tienes cara de estar hecho polvo.
—Un poco —respondo, y no es del todo mentira.
—Pues descansa mucho. —Se inclina para darme un abrazo y un beso en la mejilla—. Y tú cuídamelo mucho, ¿vale, corazón? —le pide a Marcos, con una leve sonrisa.
—Tranquila —dice él, que está en la puerta para despedirse de su padre y su hermana—. Lo haré.
—Así me gusta.
Aunque seguramente no le gustaría tanto saber cómo va a cuidar de mí exactamente, claro.
Me despido de los demás con la mano y observo a mi madre hasta que sale por la puerta. Marcos hace ademán de cerrar la puerta, pero entonces se asoma para mirar hacia el pasillo.
—¿Qué haces?
Él se apresura a meter la cabeza de nuevo en la habitación.
—Shhh. Espera.
Lo observo con curiosidad mientras vuelve a mirar, sintiéndome un tanto confuso.
Entonces, coge el cartelito de «no molestar» y lo deja colgado por fuera.
Comprendo de golpe lo que estaba haciendo: esperar a que nuestra familia baje las escaleras para que no lo vieran colgar el cartel.
Ha hecho bien en acordarse de hacerlo, porque no me gustaría acabar traumatizando a algún empleado de la limpieza.
Y, desde luego, tampoco me gustaría que nos interrumpieran.
Sigo mirándolo mientras cierra el pestillo y se acerca a toda prisa a mi cama.
Me río mientras se sube encima y comienza a besarme, primero despacio, y después con ganas.
Enseguida, nuestras pollas se endurecen y parecen luchar entre ellas, deseosas del placer que les hemos estado negando desde hace más de un mes.
Sin embargo, y aunque una parte de mí lo está deseando, en esta ocasión me cuesta más corresponder los movimientos llenos de deseo de Marcos.
Y, por supuesto, él se da cuenta de inmediato.
—Era verdad que tenías sueño, ¿no?
—Pues sí —admito.
—Vale. Pues vamos a dormir —decide.
Pestañeo un par de veces, algo sorprendido.
—¿En serio?
—Claro —responde, y él también parece confuso—. ¿Por qué no iba a decirlo en serio?
—¿No te importa que…?
Dejo la pregunta inconclusa, algo avergonzado.
—¿Que no follemos? No, claro que no.
—Joder. Debes de ser el primer tío del mundo que ha dicho eso alguna vez.
Él se echa a reír.
—Fran, me he pasado más de un mes sin ti, y todo por haber sido un gilipollas. Sé que es difícil que podamos recuperar el tiempo perdido, pero hay demasiadas cosas que echaba de menos hacer contigo.
—Como follar —digo para meterme un poco con él.
—Como follar —repite, sin negarlo ni avergonzarse—. Pero eso es solo una de las muchísimas cosas que echaba de menos, y todas consisten básicamente en estar contigo. De todas las formas posibles. Y dormir juntos es una de las mejores formas de estar contigo que se me ocurren.
Los ojos se me humedecen; todavía me cuesta un poco asimilar que realmente haya pasado esto, que de verdad esta sea nuestra nueva realidad.
Lo observo mientras se quita el chándal que se ha puesto para desayunar y vuelve a ponerse el pijama.
Después, me aparto a un lado para hacerle hueco, tapo nuestros cuerpos con la sábana y la manta, y me abrazo a él en nuestra postura habitual, con nuestras piernas entrelazadas.
De inmediato me siento invadido por esa maravillosa y familiar mezcla de sensaciones entre su calor corporal, su aroma, su respiración profunda y su mano sobre mi espalda.
—Descansa —susurro.
—Tú también. Y, por cierto… te quiero.
Mi sonrisa de oreja a oreja es instantánea.
—Te quiero.
Me abrazo todavía más a él, inhalando su aroma y concentrándome en su respiración sosegada.
Hace tan solo unos minutos, los dos estábamos tan empalmados que lo único que quería era hacer todas las cerdadas del mundo con él.
Pero, ahora, la verdad es que no se me ocurre absolutamente nada mejor que esto.