38.
Nervioso, aunque lleno de ganas, hago lo que me pide y me siento a horcajadas sobre su cara.
Él planta ambas manos sobre mis nalgas para separarlas y, entonces, comienza a mordisquear ligeramente, provocándome un estremecimiento tras otro mientras noto que se me eriza todo el vello del cuerpo y se me endurecen los pezones.
Continúa mordisqueando y succionando hasta que, al fin, llega al orificio y comienza a lamer y llenarlo de saliva, arrancándome un gemido tras otro.
Sigue así durante varios minutos, hasta que al fin ya no puedo soportarlo más y me agacho hasta su polla para llevármela a la boca.
Él comienza a gemir también, unos jadeos ahogados contra mis nalgas que me provocan escalofríos de puro placer.
Pero, pronto, ya ni siquiera me basta con seguir chupándosela, así que me la saco de la boca.
—¿Me vas abriendo? —le pido.
—Vale —responde, y lo oigo trastear con el neceser.
Unos segundos después, noto el primer dedo embadurnado de lubricante junto al orificio. Con cuidado, comienza a introducirlo poco o a poco, y yo respiro hondo para relajarme hasta que siento sus nudillos contra mis nalgas. Ha pasado más de un mes desde la última vez, pero no ha sido difícil.
—¿Bien? —me pregunta.
—Bien. Prueba con otro.
Con el segundo dedo ya siento una ligera presión, pero no es desagradable, más bien al contrario: echaba de menos la sensación.
Esta vez los deja dentro un poco más, dándole tiempo a mi cuerpo para que vuelva a acostumbrarse a tener algo dentro.
Cuando ya estoy completamente relajado, comienza a moverlos ligeramente, presionando mi próstata y provocándome los indicios de un placer que no me había dado cuenta de que echara tanto de menos.
Suelto un gemido prolongado, pero entonces Marcos comienza a sacar los dedos despacio, y me obligo a contener un gruñido de frustración.
—¿Otro?
—Sí —respondo—. Con cuidado, ¿vale?
—Eso siempre.
Entonces, comienza a introducirme los tres dedos. Esta vez me cuesta un poco más por la falta de práctica, pero no me duele: buena señal. Aunque haya perdido la costumbre, las ganas a veces sirven para suplir eso.
—Yo creo que ya podemos probar —le indico—. Saca.
Él obedece, y entonces me levanto de su cara y me doy la vuelta para mirarlo, todavía encima de él. Tiene las mejillas enrojecidas, y me doy cuenta de que las mías también deben de estarlo. Mete la mano en el neceser una vez más y saca uno de los preservativos que había guardado allí.
—¿Quieres que usemos…? —me pregunta, sosteniéndolo en alto.
—Yo no he vuelto a hacer nada con nadie. ¿Y tú?
—Tampoco.
—Pues entonces, déjalo —respondo con cierta vergüenza—. Quiero sentirte a ti.
—Y yo. Joder, y yo.
—¿Te parece si me quedo yo encima de ti? —le pido—. Así controlo mejor… que ya ha pasado mucho tiempo desde la última vez.
—Sí, claro. Genial.
Retrocedo un poco sobre él y tomo su polla palpitante entre las manos.
Marcos me tiende el bote de lubricante, ya abierto, así que vierto un poco en mi mano y lo esparzo por toda su longitud, provocándole un estremecimiento.
Entonces, me coloco en posición y acerco su glande a mi orificio, manteniéndolo sujeto con una mano.
Casi puedo sentir cómo se hincha por las ganas de entrar en mi interior.
—¿Vamos? —le pregunto.
—Sí —responde con la voz entrecortada—. Por favor, sí.
Sujetando su polla con una mano, ejerzo una ligera presión, con cuidado de no ser demasiado brusco.
Al principio su glande queda pegado a mi orificio, como si fuera demasiado grande para mí.
Pero, entonces, me abro ligeramente y siento cómo entra y se desliza de golpe hasta la mitad de su longitud, arrancándome un gruñido.
—¿Estás bien? —susurra. Lo miro y su cara de preocupación hace que me derrita por dentro.
—Sí, tranquilo. Solo necesito un momento.
Con infinita ternura, él me toma ambos brazos y comienza a acariciarme, tratando de ayudarme a relajarme.
Respiro hondo varias veces y, poco a poco, el dolor va remitiendo hasta convertirse en esa agradable presión que conozco tan bien y que tanto echaba de menos sin darme cuenta.
Me agacho ligeramente y, ahora sin esfuerzo, termino de introducirlo todo en mi interior.
Comienzo a moverme de arriba abajo, muy despacio, disfrutando de esta sensación que se extiende por todo mi cuerpo en pequeñas oleadas de placer.
—¿Bien? —vuelve a preguntar.
Esta vez asiento con la cabeza, sonriente, aunque sin dejar de moverme.
—Joder. Ya te digo.
Él también sonríe ampliamente al oírme.
—No te imaginas las ganas que tenía de estar dentro de ti, Fran —susurra.
—No te imaginas las ganas que tenía yo de sentirte dentro de mí, Marcos.
—Pues venga… ahora disfruta.
—Vas a tener que ayudarme, ¿no? —señalo, con una sonrisa traviesa.
—¿Y cómo te gustaría que lo hiciera?
A estas alturas ya estoy completamente dilatado, así que sé que podemos ir más allá.
—Fóllame, Marcos. Fóllame fuerte.
Y eso es exactamente lo que hace. Coloca ambas manos sobre mis caderas y, entonces, comienza a embestirme con fuerza, sin dejar de mirarme a los ojos ni un segundo.
Comienzo a masturbarme despacio, disfrutando de las continuas oleadas de sensaciones que se extienden por todo mi cuerpo.
Echaba tanto de menos esto que me siento como si estuviera a punto de explotar, en varios sentidos diferentes.
Enseguida tengo que parar y limitarme a disfrutar de lo que está haciendo con mi culo, porque no quiero correrme antes que él.
—Joder —dice al cabo de unos minutos con un gruñido de frustración, deteniéndose de repente.
—¿Qué pasa? —le pregunto, un tanto alarmado.
—¿Te puedes creer que prácticamente te la acabo de meter y me parece que ya estoy a punto de correrme? —me pregunta él a su vez, claramente avergonzado.
—La verdad es que sí —admito—, porque yo estoy exactamente igual.
—Te diría que intentáramos alargarlo, pero… —Me dirige una sonrisa tímida pero traviesa—. Me muero de ganas.
—Yo también me muero de ganas.
—Entonces… ¿quieres que terminemos?
Asiento con la cabeza.
—Pero con una condición —le advierto.
—¿Cuál?
—Tienes que darme muy fuerte.
La sonrisa se ensancha en su rostro.
—Eso está hecho.
Al instante, comienza a mover las caderas con más fuerza que nunca, como si realmente estuviera tratando de compensar con este movimiento todo el tiempo que llevamos sin hacer esto, como si estuviera tratando de dejarme claro que él echaba de menos esto tanto como yo.
No dejamos de mirarnos ni un segundo y, de pronto, veo en su rostro esa expresión que conozco tan bien.
—Me corro —susurra con la voz ronca, aunque no necesito que lo haga; su cara ya lo dice todo.
Me embiste varias veces más, con más fuerza que nunca, y esas oleadas de placer estallan al fin dentro de mí mientras noto su polla hinchándose en mi interior, bombeando su semen dentro de mí.
De algún modo, es como si sentir lo que está haciendo activara una especie de resorte y, antes de que pueda darme cuenta siquiera, comienzo a correrme a chorros sobre su pecho
Nos miramos durante un instante de silencio, aturdidos.
—Joder —susurramos los dos al mismo tiempo.
Entonces, sin aliento, me desplomo sobre él y mis propios fluidos.
Marcos me abraza con fuerza, y me presiona contra su cuerpo, como si no fuera capaz de soportar que haya ninguna clase de distancia entre los dos.
Estamos los dos acalorados y sudados, pero no nos importa.
Lo único que importa somos nosotros, este momento de unión entre nuestros cuerpos y también algo mucho más profundo.
Cierro los ojos sobre su clavícula mientras nuestras respiraciones comienzan a calmarse poco a poco.
El martilleo de su corazón acelerado contra mi oído es la música más bonita que he escuchado en mucho tiempo.
—Te quiero —murmura cerca de mi oído, y una enorme sonrisa se extiende por mi cara al oír esas palabras, unas palabras que pensaba que no volvería a escuchar de sus labios.
—Te quiero.
Pasan los minutos, con él acariciándome la espalda y yo acariciándole el pelo, embriagándome de su aroma, hasta que nuestros cuerpos llegan de nuevo al estado de reposo. Me estiro un poco y me acerco a su cara para besarlo, pero entonces veo algo que me hace reír.
—¿Qué pasa? —pregunta él, extrañado.
—Es que… te he corrido la boca.
Él abre mucho los ojos y, para mi sorpresa, saca la lengua. Se la pasa por los labios hasta alcanzar las gotas de semen que han caído justo debajo del inferior. Me sorprendo todavía más al ver que se lo traga.
—¿Y eso? —pregunto, alzando una ceja—. Pensaba que preferías no tragártelo.
—¿Y lo de ayer qué fue? —replica él, haciéndose el ofendido.
—Creo que ayer yo tragué mucho más que tú.
—Permíteme dudarlo.
Nos reímos juntos y, como siempre, esto es todavía mejor que el sexo.
—No, pero en serio —le digo—. ¿A qué viene ahora esto? Antes no te gustaba.
—Creo que eran cosas de ser novato en el sexo con chicos y todo eso —responde con evidente vergüenza—. Pero, después de haberme pasado más de un mes sin ti… No quiero desperdiciar ni una gota a partir de ahora.
¿Cómo es posible que lo que está diciendo sea una cerdada y al mismo tiempo me resulte increíblemente romántico?
—Pues no sé si te has dado cuenta, pero estamos totalmente pringados —señalo en broma.
Pero, sorprendiéndome una vez más, Marcos me empuja un poco para que me quite de encima, me tumba sobre la cama y se acerca a mi polla.
Está húmeda y un tanto pegajosa, y comienza a lamerlo todo despacio y con calma, como si estuviera disfrutando de verdad del sabor.
Después, con lentitud, comienza a lamer mi tripa y más tarde mi pecho, lanzándome miradas furtivas a los ojos mientras lo limpia y se lo traga todo. A continuación, me besa en los labios.
Ahora soy yo quien le hace tumbarse, y entonces hago lo mismo con él.
No es que hayamos acabado muy limpios precisamente, ya que ahora estamos los dos llenos de saliva seca, pero esto es casi más íntimo que lo que hemos compartido hace tan solo un rato.
Cuando termino, lo beso de nuevo y volvemos a abrazarnos con fuerza.
—¿Qué hora es? —le pregunto.
—Casi las nueve. Todavía nos queda un poco más de media hora antes de que suene el despertador. —Hace una pausa, y puedo sentir la timidez en su postura—. ¿Te apetece… que te abrace por detrás?
Sonrío de oreja a oreja al oírlo.
—Me parece genial.
Cambiamos de posición una vez más y volvemos a una que no habíamos probado de nuevo desde que recomenzó todo esto entre nosotros hace apenas unas horas.
Tenemos poco espacio, de modo que me coloco cerca del borde de la cama, sobre mi costado izquierdo, y me abrazo a la almohada tal como siempre me gusta hacer cuando duermo solo.
Entonces, Marcos se acerca a mí por detrás, pega el pecho a mi espalda y me pasa el brazo por encima.
Cojo su mano con la mía y la dejo sobre mi pecho, justo encima del corazón.
Después, entrelazamos las piernas, y suelto un suspiro de felicidad al ser consciente de todas las partes de mi cuerpo que están en contacto con el suyo.
—Te quiero —digo en voz baja, incapaz de contenerme.
—Te quiero —responde contra mi cuello, provocándome un agradable cosquilleo que me pone la piel de gallina.
Mientras disfruto de estos minutos antes de que suene el despertador, a medio camino entre el sueño y la vigilia, una enorme sonrisa se extiende por mi cara. No sé cómo ha pasado esto, pero lo que he pensado al despertar es totalmente cierto: ahora mismo, no podría ser más feliz.