37.
Despierto entre los brazos de Marcos y, al principio, estoy tan adormilado que no recuerdo de inmediato lo que ocurrió anoche; me siento demasiado envuelto por su calor, su aroma y el sonido de su respiración como para ser capaz de pensar en nada más.
Pero, unos segundos más tarde, los recuerdos acuden a mí, y con ellos llega una oleada de felicidad que me invade por completo.
Sin poder evitarlo, se me humedecen los ojos mientras lo abrazo.
Hemos vuelto. Marcos y yo hemos vuelto. Y no podría ser más feliz.
Por supuesto, apenas hemos hablado, al menos con palabras; nuestras bocas y nuestros cuerpos ya se encargaban de hablar por nosotros.
Todavía no hemos tenido ocasión de mantener una conversación sobre lo que va a pasar a partir de ahora, y de todos modos los dos preferimos esperar unos días para poder disfrutar libremente del tiempo perdido, pero lo importante es que volvemos a estar juntos.
Y supongo que eso significa que volverá a casa y que, en algún momento, más pronto que tarde, tendremos que decírselo a nuestros padres.
Me da vértigo pensarlo, pero trato de apartar esos pensamientos de mi cabeza; tal como le dije ayer, prefiero que tengamos unas vacaciones tranquilas sin pensar en lo difícil que va a ser todo cuando volvamos a estar los dos en casa.
Lo único que importa ahora es que volvemos a estar juntos, que vuelvo a estar entre sus brazos.
Y sé que, mientras sigamos juntos, todo saldrá bien, por complicado que pueda ser el camino que tenemos por delante.
Porque va a ser complicado; eso es evidente.
Pero ya hemos dado el paso más importante, que es decidir que queremos volver a intentarlo. Cueste lo que cueste.
Pestañeo un par de veces para terminar de sacarme esas ideas de la mente; quiero concentrarme en disfrutar de Marcos otra vez, ahora que puedo.
Me pego todavía más a él, pero, cuando levanto ligeramente la pierna por encima de las suyas, noto algo duro que reconozco bastante bien.
Tanteo ligeramente con la pierna, y sí: es su polla.
Y está completamente empalmado otra vez.
Durante estos minutos mis ojos ya se han acostumbrado un poco a la escasa claridad, y cuando le miro la cara, veo que sigue profundamente dormido.
Pero, razones circulatorias aparte, no me sorprende que esté empalmado; por mucho que nos corriéramos juntos hace apenas unas horas, él mismo me ha dicho que llevaba varias semanas casi sin hacer nada, al igual que yo.
Mientras lo observo con una sonrisa, mi propia polla comienza a crecer también entre mis piernas.
Una parte de mí quiere abalanzarse de nuevo hacia la suya, disfrutar de ella con la calma que no pude permitirme anoche.
Pero no sé hasta qué punto le gustaría que lo despierte con una mamada.
No es algo que hayamos hablado nunca, y para mí siempre ha sido importante que todo lo que hagamos sea totalmente consentido por ambas partes.
En cualquier caso, si me he despertado es porque necesito ir al baño urgentemente, así que, con movimientos lentos, termino de retirar la sábana y la manta que nos cubre. Con cuidado, me aparto de él para bajar de la cama, tratando de no despertarlo.
—¿Fran? —murmura cuando ya casi lo he conseguido, con la voz áspera a causa del sueño.
Mierda.
—Perdona. No quería despertarte.
Sin previo aviso, me coge la mano antes de que pueda alejarme y la lleva directamente a su polla. Está dura y palpitante, deseosa de mí.
—Me parece que una parte de mí ya se había despertado.
Sonriendo, llevo su mano hasta mi propia erección.
—Ya somos dos.
—Pues entonces, mejor quédate en la cama, ¿no?
—O mejor me voy al baño y así puedo prepararme para que lo pasemos todavía mejor.
Sigue adormilado, pero puedo ver en sus ojos el momento en que lo comprende. Al instante, una amplia sonrisa se extiende por su rostro.
—Me parece genial.
—Pues venga, suéltame —digo; su mano todavía está sujetando la mía sobre su polla.
—Dame un beso primero.
Tira de mí para hacerme bajar hasta sus labios, aunque nos entretenemos con el beso un poco más de lo que pretendíamos.
Cuando nos separamos, me apresuro a ir al cuarto de baño para prepararme.
Me doy cuenta de que tengo el corazón acelerado, y no es para menos.
Lo de ayer fue todo muy repentino, ocurrió todo con fluidez, con naturalidad.
Simplemente nos dejamos llevar, permitimos que nuestros cuerpos se reencontraran a su propio ritmo.
Pero ahora es diferente, como más planificado.
Sé lo que va a pasar, y él también lo sabe.
Y, aunque eso también tiene su propia clase de encanto, al mismo tiempo propicia más que aparezcan los nervios.
Al salir del cuarto de baño, veo que Marcos ha encendido la lámpara de la mesita de noche, aunque le ha colocado su camiseta por encima para que no haya tanta claridad.
Está desnudo sobre la cama, masturbándose despacio, y la visión me resulta tan excitante que tengo que emplear toda mi fuerza de voluntad para no abalanzarme sobre él en este mismo momento.
Por mucho que lo desee, no quiero parecer un animal en celo.
Así pues, camino hasta la cama con cierta calma mientras lo observo. Estoy a punto de subirme cuando él me detiene con un gesto.
—Espera.
—¿Qué pasa?
—No te subas todavía. —Se tumba al revés, por la parte de los pies de la cama, y deja la cabeza casi en el aire—. Acércate.
Sé exactamente lo que quiere, así que hago lo que me pide y le meto la polla en la boca.
Está semiflácida después de los minutos que he pasado en el baño, pero él comienza a lamer y succionar con ganas, deslizando la lengua por ella y jugando con mi glande mientras, poco a poco, comienza a crecer una vez más.
Cuando quiero darme cuenta le estoy follando la boca, jadeando por encima de su respiración ahogada.
Pero como siga así, voy a acabar corriéndome mucho antes de la cuenta, así que me detengo y la saco sin previo aviso.
—Me toca.
Ahora sí, me subo a la cama y voy directamente hasta su polla.
Estoy entre sus piernas y, mientras le doy placer y trago ese líquido delicioso que sale por su glande, no dejo de mirarlo a los ojos ni un solo segundo.
Hace apenas unas horas que me he vuelto a tragar su semen y ya quiero más, necesito más.
Pero ahora también necesito algo muy diferente, y tal vez ambas cosas sean incompatibles entre sí.
Así pues, me detengo y me acerco a su boca para besarlo.
Él me devuelve el beso con ganas, recorriendo todo mi cuerpo con las manos.
Sus dedos se deslizan a lo largo de mi torso, provocándome escalofríos y dejándome la carne de gallina a su paso.
Traza con las manos un camino invisible hasta llegar a mis nalgas y, una vez allí, comienza a masajearlas y apretarlas con ganas, haciendo que aumente mi excitación.
Pronto, sus dedos llegan hasta mi orificio, provocándome un nuevo estremecimiento, pero entonces se queda inmóvil.
—Mierda —susurra contra mi boca, y yo me aparto un poco.
—¿Qué pasa?
—Otra vez estamos sin lubricante —señala, claramente frustrado, y suelta un suspiro—. A ver, si quieres que dejemos esto para otro momento… Siempre podemos repetir lo de anoche.
Sé lo que está pensando; en esas primeras veces en el hotel de Canarias, cuando no teníamos lubricante y tuvimos que conformarnos con toda la saliva que podíamos producir y mucha paciencia; una paciencia que no podemos permitirnos ahora que ya es casi de día.
Sin embargo, esta vez me pongo un poco rojo.
—En realidad… yo sí que tengo.
Él me mira, alzando una ceja.
—¿Y eso? —pregunta con una sonrisita juguetona—. ¿Pensabas meterte en Grindr estos días o qué?
—No es eso, gilipollas —respondo, dándole un golpe en el brazo—. Es solo que… No sé, supongo que nunca llegué a perder la esperanza —confieso.
Me mira fijamente durante unos segundos, en silencio, y me doy cuenta de que le brillan los ojos bajo la escasa claridad.
—Te quiero muchísimo, ¿vale? —susurra al fin, arrancándome una enorme sonrisa—. No lo olvides.
—Y yo también —respondo, y me acerco para darle un beso en los labios—. Entonces… ¿voy a por él? —pregunto, y Marcos asiente con la cabeza.
Con el corazón latiendo con fuerza, voy hacia la maleta y saco un segundo neceser que no había llevado al cuarto de baño como el que contenía la pasta de dientes, el cepillo y esas cosas.
Vuelvo a acercarme a la cama y lo dejo sobre la mesita de noche.
Una vez más, observo a Marcos, que ahora se ha colocado de nuevo con la cabeza sobre la almohada y está despatarrado, con la polla en la mano.
Esa simple imagen me excita tanto que no sé cómo es posible que no me corra aquí mismo, sin tocarme siquiera.
—Ya que estás de pie… —comienza, con una sonrisa traviesa en los labios—. ¿Qué tal si te sientas en mi cara?
Le devuelvo ampliamente la sonrisa.
—Me parece genial.