36.
La erección que me había acompañado durante casi toda la hora anterior vuelve a hacer acto de presencia casi de inmediato, y también me doy cuenta de algo más: me duelen los huevos.
Lo malo —o lo bueno, según se mire— de que estemos los dos en pijama es que no hay forma de ocultar las reacciones de nuestros cuerpos, y enseguida me doy cuenta de que Marcos está exactamente igual que yo, tal como ha ocurrido hace un rato.
Pero la excitación del momento y las semanas casi de celibato me están pasando factura y ya no soy capaz de seguir conteniéndome, de modo que mi mano no tarda en encontrar el camino hasta el interior de su pantalón mientras él hace lo mismo con el mío.
Tiene los bóxers completamente empapados, y eso hace que me excite todavía más.
Hasta que no tengo su polla entre las manos y comienzo a deslizar los dedos por el glande húmedo no recuerdo por completo lo mucho que me gustaba hacer esto.
El problema es que estoy demasiado excitado y llevo demasiado tiempo sin él como para andarme con rodeos, así que pronto perdemos la ropa por completo y no tardo en acercar mi boca a su polla.
Casi había olvidado su sabor intenso, su humedad, lo cálida y dura que está bajo mi lengua, la intensidad de sus gemidos cuando le daba placer.
Saboreo su líquido preseminal fluyendo de forma continua en mi boca, y tengo el cerebro tan nublado por la excitación que ahora mismo no recuerdo si siempre era así o si tan solo se debe a lo excitado que está.
Soy vagamente consciente de que Marcos está cambiando de posición, aunque sin llegar a sacarla de mi boca, y entonces noto que empieza a chupármela él también, casi con un ansia voraz, como si hubiera echado de menos esto tanto como yo.
Sin embargo, el placer que me genera es demasiado intenso y estas semanas sin apenas tener actividad sexual pesan demasiado.
Bastante antes de lo que sería deseable en circunstancias normales, me doy cuenta de que ya no voy a ser capaz de aguantar mucho más.
Me saco su polla de la boca, tratando de controlar los gemidos de placer que él me está provocando.
—¿Marcos? —susurro, un tanto avergonzado, y él deja de chupar también.
—Dime.
—Es que estoy a punto —confieso mientras siento que se me encienden las mejillas—. Como no pares, me corro.
—Yo también —responde con la voz agitada.
—¿En serio?
—En serio. Llevo varias semanas casi sin correrme.
—Pues ya somos dos.
—¿Lo intentamos a la vez? —propongo, y él asiente con la cabeza.
—Vale.
Sin decir nada más, vuelvo a meterme su polla en la boca, saboreando con ganas, chupando y lamiendo para devolverle todo el placer que él también me está dando a mí.
Enseguida, su cuerpo se tensa de esa forma tan familiar, y entonces noto su polla hinchándose apenas un instante antes de que el primer chorro de semen impacte contra mi garganta.
La explosión de sabor es instantánea, y mientras Marcos continúa gimiendo alrededor de mi polla y bombeando ese semen caliente y delicioso dentro de mi boca, mi propia excitación llega a su cúspide y comienzo a correrme yo también.
Casi había olvidado lo mucho que se corría, aunque creo que hoy ha sido todavía más que de costumbre.
Me saco la polla de su boca, pero no trago, y sé que él tampoco lo ha hecho.
Nos miramos intensamente a los ojos, con sendas sonrisas avergonzadas y, sin decir palabra, volvemos a acercarnos y nos besamos una vez más.
Mi propio semen se derrama en mi boca mientras el de Marcos fluye en la suya, entremezclándose gracias al jugueteo de nuestras lenguas.
Continuamos besándonos durante un largo rato mientras nuestro semen se mezcla en nuestras bocas, diluyéndose poco a poco con nuestra saliva hasta que al final es imposible saber quién de los dos es el que se lo traga.
Cuando terminamos, nos separamos ligeramente y nos miramos a los ojos.
Por primera vez en varias semanas, me permito perderme en los suyos, me permito asomarme a ese profundo pozo lleno de unos sentimientos que temía que hubieran muerto.
Entonces, nos abrazamos con tanta fuerza que casi duele, como si estuviéramos tratando de compensar todo el tiempo que hemos pasado sin hacerlo. Todavía tengo la respiración entrecortada y puedo sentir su pecho subiendo y bajando contra mí, los latidos de su corazón, tan desbocado como el mío.
—¿Fran? —susurra contra mis labios.
—¿Sí?
Se separa ligeramente de mí para poder mirarme de nuevo a los ojos y coloca las manos a ambos lados de mi cara antes de responder.
—Te quiero.
Sin que pueda evitarlo, esas dos simples palabras hacen que se rompa algo dentro de mí. Cuando quiero darme cuenta, ya estoy empezando a llorar otra vez.
—Ey, ¿qué pasa? —me pregunta Marcos, alarmado—. ¿Fran? ¿Estás bien?
A mí mismo me cuesta saber por qué estoy llorando exactamente, pero me esfuerzo por explicárselo.
—Sí. Es solo que… no sé. —Sorbo por la nariz y me froto los ojos antes de continuar—. Me daba miedo que no volvieras a decírmelo. No quería creerlo, pero me daba miedo que realmente me hubieras dejado de querer para siempre.
Él asiente con la cabeza, comprensivo. Me aparta un mechón de pelo húmedo de la frente y me seca las lágrimas con los dedos una vez más.
—Bueno, si no recuerdo mal, ya te he dicho que te quiero hace un buen rato.
Pero hace un rato yo estaba demasiado sumido en el llanto como para asimilar de verdad que por fin me lo había dicho, que por fin había vuelto a decirme que me quería. Que sus sentimientos seguían estando ahí, que no habían muerto como tanto me temía.
—Ya, pero… No sé. —Me encojo de hombros—. Es que ahora mismo no me lo esperaba, nada más. Me has pillado desprevenido.
—A ver, que si quieres que no te lo vuelva a decir…
—¡No! —me apresuro a decir, aunque sonrío ante la broma—. No digas eso. Necesito oírlo siempre, ¿vale?
—Vale. Pues te quiero. —El corazón me da un vuelco al oírlo de nuevo, pero en esta ocasión consigo no llorar—. Te quiero. Te quiero.
—No dejes de decírmelo. Por favor.
—Tranquilo. No pienso hacerlo —responde con una sonrisa, acariciándome la mejilla con los dedos. Entonces, se acerca a mí y me besa otra vez en los labios—. Te quiero.
—Te quiero —susurro contra su boca, y vuelvo a besarlo.
—Pero deberíamos irnos a dormir ya, ¿vale? Ya es muy tarde, estamos los dos muy cansados.
Asiento con la cabeza sin rechistar; al fin y al cabo, estoy agotado de tantas emociones.
Aunque hemos subido a la habitación mucho antes que nuestra familia, ha pasado tanto tiempo que ellos tienen que estar dormidos desde hace rato, así que lo mejor será que tratemos de descansar.
Sobre todo porque mañana toca volver a esquiar y no tengo la menor intención de tratar de escaquearme si Marcos va a ir con ellos, así que seguramente será un día agotador.
Sin molestarnos en vestirnos, nos cobijamos bajo las mantas y me abrazo a él con fuerza, tal como siempre me gusta hacer.
Es la tercera vez que vamos a dormir abrazados durante este viaje, pero ahora es diferente: en esta ocasión, los dos podemos ser abiertos por fin con nuestros sentimientos.
Y, en este momento, no hay nada que pueda hacerme más feliz.
Acerco la cara a la suya y nos besamos largamente antes de acomodarme bien, con la cara contra su costado, la mano sobre su pecho y su mano sobre mi espalda.
—Te quiero, Marcos —susurro.
—Te quiero, Fran —responde él cerca de mi pelo, acariciándome la espalda—. Buenas noches.
—Buenas noches —digo con una amplia sonrisa, consciente de lo ciertas que son esas palabras.
Y es que, cuando puedo dormir abrazado a él, todas las noches son buenas.