35.
No sabía que era posible besar a alguien mientras lloras, pero supongo que siempre hay una primera vez para todo.
Una vez rota la barrera del primer beso después de las largas semanas que he pasado lejos de sus labios, es como si nada fuera a ser capaz de separarme de ellos.
Lo beso con ansia, con sed, con deseo, con toda la añoranza acumulada durante todo el tiempo que hemos pasado separados.
Lo beso como si no hubiera un mañana, y lo mejor es que él hace exactamente lo mismo, por increíble que sea, por imposible que parezca.
Mientras me besa con infinita ternura, Marcos sigue acariciándome la cara, secándome con los dedos cada lágrima que cae. Y, conforme lo va haciendo, no deja de susurrar las mismas dos palabras una y otra vez entre beso y beso:
—Lo siento. Lo siento. Lo siento.
Pronto, mi llanto se calma y puedo dedicarme por completo a lo que realmente quiero hacer: recuperar el tiempo perdido sin sus labios. El corazón me late tan fuerte que empiezo a temer que pueda explotar de un momento a otro, pero, si eso ocurriera, sé que moriría feliz.
Después de varios minutos devorando nuestras bocas, nos separamos un poco para coger aire, los dos con la respiración jadeante.
—Entonces… —comienzo, todavía con miedo, mientras miro el fuego que arde en sus ojos—. ¿Volvemos a estar juntos?
—¿Tú quieres que volvamos?
—Sí. —No tengo ni que pensármelo, pero lo que realmente me preocupa es lo que piense él—. ¿Y tú?
—Sí. Joder, sí. Claro que sí.
Su boca impacta de nuevo contra la mía, como una colisión estelar.
No nos separamos hasta al menos una hora más tarde.
A veces se me humedecían los ojos mientras nos besábamos, incapaz de creer que estuviera ocurriendo de verdad, pero la incontestable realidad de la situación me ayudaba a olvidarme de las lágrimas; sus besos llenos de ternura me demostraban que todo lo que deseaba se había cumplido.
No era ningún sueño; estaba completamente despierto y con todos mis sentidos concentrados por completo en él.
No hemos ido más allá de los besos y las caricias, pero nuestros cuerpos estaban tan despiertos como nosotros.
Mientras nos besábamos y nos acariciábamos de todas las formas posibles, su polla dura e hinchada se clavaba en mi vientre a través del pijama, y la mía hacía exactamente lo mismo con él.
Nuestras manos se desviaban hacia abajo de vez en cuando, pero ninguno de los dos hemos ido más allá, ninguno hemos tratado de quitarle la ropa al otro.
Y, ahora que nos hemos separado para recuperar el aliento, mi cuerpo entero es como un volcán a punto de explotar, repleto de sentimientos, deseo, hormonas y excitación.
Pero, entonces, me doy cuenta de que él también tiene los ojos húmedos.
—¿Qué te pasa? —acierto a preguntar, con la voz ronca.
—Me siento fatal —confiesa con un hilo de voz, y una lágrima solitaria se desliza por su mejilla. En esta ocasión, soy yo quien se la seca con el dedo.
—¿Por qué?
—Por todo lo que ha pasado. Por ti. Por hacerte daño.
Habla con la voz estrangulada, y se le rompe en la última palabra de una forma que me provoca un dolor casi físico. Lo abrazo con fuerza, tratando de consolarlo como ha hecho él conmigo.
—No pasa nada, Marcos.
—Claro que pasa —replica él—. Te he hecho daño, te he hecho sufrir. Y no voy a poder perdonármelo en la vida.
Ahora es él quien ha comenzado a llorar, así que lo abrazo todavía más fuerte y dejo que se desahogue contra mi pecho.
Noto que la humedad comienza a acumularse en la camiseta de mi pijama mientras le acaricio la cabeza con una mano y la espalda con la otra.
Odio verlo así, odio que esté llorando, pero es algo bueno, ¿verdad?
Si lo hace es porque…, porque me quiere, aunque me cueste permitirme pensarlo.
—Tranquilo —susurro contra su oído—. Ya está, Marcos. Ya está.
Cuando al fin se tranquiliza, se separa un poco de mí y me mira con ojos tímidos.
—Pensarás que soy un gilipollas —dice, claramente avergonzado.
—¿Qué? ¿Por qué?
—Primero soy yo quien te deja, y ahora voy y me pongo a llorar. Soy lo peor.
—Claro que no, Marcos. No digas eso.
—Es la verdad —replica, frotándose los ojos—. Es para matarme.
—Bueno, si te refieres a matarte a besos, siempre podemos probar a ver qué pasa…
Él suelta un sonido a medio camino entre la risa y el llanto, y entonces se acerca para darme un beso rápido en los labios.
—No me parece mal plan.
—¿De verdad quieres volver conmigo? —pregunto, todavía incapaz de creérmelo del todo.
—De verdad. ¿Tú quieres?
—Claro que quiero, Marcos. Es solo que… tengo miedo.
—¿De qué?
Aparto la mirada, tratando de encontrar las palabras apropiadas. No quiero hacerle daño, pero sé que tengo que decírselo.
—Lo he pasado muy mal estas semanas.
—Lo sé. Y lo siento. De verdad que lo siento.
—No, creo que no lo sabes en realidad —insisto—. No sabes lo mal que he estado, cuánto te echaba de menos, lo difícil que ha sido estar lejos de ti.
—Sí… supongo que me lo puedo imaginar.
—Nunca había vivido en esa casa sin ti —continúo, ahora incapaz de parar—.
Siempre dormíamos pared con pared hasta que empezamos a dormir juntos, compartíamos baño, nos sentábamos juntos para comer, para ver películas con la familia.
Pero de repente ya no estabas, y podía sentir tu ausencia tanto dentro como fuera de mí.
Era horrible estar en el baño y recordar todas las veces que me pedías entrar cuando me estaba duchando, o al revés, y también cuando empezamos a aprovechar todos esos momentos para besarnos a escondidas.
Era horrible sentarme a comer como si nada sin que tú estuvieras en la silla de siempre, a mi lado.
Era horrible pasar por tu habitación y saber que no estabas allí, saber que estaba vacía.
Y, sobre todo, era horrible dormir cada noche sin ti, sin poder oírte siquiera al otro lado de la pared.
Para cuando termino de hablar, ya estoy llorando otra vez, pero Marcos vuelve a secarme las lágrimas con los dedos y me da un suave beso en los labios.
—Lo siento.
—No te lo estoy diciendo para que me pidas perdón —le aseguro—. Lo único que necesito es que lo tengas claro. No quiero que me digas que quieres volver si no estás seguro.
—Estoy seguro —se apresura a responder.
—Pero eso no es lo que me dijiste cuando volviste a casa por el puente —le recuerdo.
—Lo sé. Y odio haberlo hecho, porque todo habría sido diferente.
Pero entonces todavía lo tenía todo demasiado reciente, todavía estaba tratando de convencerme a mí mismo de que era lo mejor.
Fueron unos días difíciles, sobre todo porque te fuiste con tus primos, y después de irme yo otra vez, tuve mucho tiempo para pensar. Y ahora…
—Espera —lo interrumpo, colocando un dedo sobre sus labios—. Ahora no es el momento, ¿vale? Han sido demasiadas emociones esta noche…, y, sinceramente, no me apetece acabar llorando otra vez. Lo único que necesito saber es que lo tienes claro.
—Clarísimo —responde con firmeza.
—Vale. Pues de momento, con eso me basta. Pero vamos a tener que hablar un día de estos, ¿vale? No quiero que dejemos más cosas sin resolver.
—Cuando quieras.
Asiento con la cabeza. Sigo estando demasiado eufórico por haber vuelto con él como para mantener una charla complicada, y sé que no sería capaz de soportar más emociones esta noche, pero sé que es necesario que lo hagamos en algún momento.
Tenemos que hablar de lo que ha pasado entre nosotros, de las razones detrás de sus decisiones, pero también tenemos que hablar sobre el futuro.
Después de todo, si ahora volvemos es porque tenemos la intención de ir en serio.
Dadas las circunstancias, nuestra relación no nos concierne solo a nosotros, sino también a nuestra familia.
Y los dos sabemos que la cosa va a ser como mínimo complicada.
Y eso por no mencionar que todavía tenemos cuestiones sin resolver sobre el pasado.
—Además —añado—, esta no es la única conversación que teníamos pendiente.
—¿A qué te refieres? —me pregunta, extrañado.
—Tú y yo no nos conocimos cuando nuestros padres empezaron a salir.
Permanece un instante en silencio y asiente con la cabeza, comprendiéndolo.
—Sí. Lo sé.
—¿Sabes qué es lo gracioso? Que quise hablar contigo en Canarias, ese día que estuvimos haciéndonos fotos en las montañas. —Esbozo una sonrisa al recordar ese momento—. Todavía no estaba enamorado de ti, pero estábamos empezando a tener… acercamientos.
Él suelta una risotada.
—Yo diría que eso de correrme en tu boca una noche y que me la chuparas al día siguiente es algo más que un «acercamiento».
Enrojezco ante sus palabras, pero al mismo tiempo comienzo a sentir un calorcillo agradable que comienza en la parte inferior de mi tripa y se extiende hacia abajo.
—Lo que quiero decir es que, conforme empecé a sentir cosas por ti, se me fue olvidando lo mal que me caías antes. Y creo que deberíamos hablarlo antes de que pase mucho más tiempo.
—Me parece bien.
—No hace falta que sea en estos días —añado—. A lo mejor podríamos tener unas vacaciones tranquilas… tratar de recuperar el tiempo perdido.
—No me voy a quejar, la verdad —dice con una sonrisa.
—Pero sí que deberíamos hablar cuando volvamos, ¿vale? Algún día que estemos solos o lo que sea.
—Sí —responde—. Me parece bien.
Esbozo una sonrisa mientras levanto una ceja.
—¿Es que vas a decirme que sí a todo o qué?
Él se echa a reír.
—No, pero es que tienes razón. Tendríamos que haber hecho las cosas de forma diferente.
—Bueno, no pasa nada —respondo, y le doy un beso en los labios—. Podemos hacerlo a partir de ahora.
—Vale. Pero, en serio, Fran… lo siento muchísimo.
—No hace falta que sigas diciéndolo, de verdad.
—Quiero hacerlo —insiste, y vuelve a tener los ojos húmedos—. Necesito hacerlo. La he cagado mucho, te he hecho sufrir, y necesito que sepas que lo siento. Lo siento muchísimo. Lo único que espero es que puedas perdonarme alguna vez.
—Está todo perdonado desde el momento en que volviste a besarme.
—¿De verdad? —susurra.
—De verdad —le aseguro, pero entonces le muestro una sonrisa traviesa—. Aunque tendrás que recompensármelo de alguna manera.
—Lo que quieras —se apresura a responder—. Tú pídeme lo que quieras.
—Quiero que me compenses el tiempo que hemos pasado separados.
—¿Cómo?
—Vas a tener que darme absolutamente todos los besos que no me has dado durante todas estas semanas que hemos estado separados.
Él esboza una sonrisita.
—¿Todos?
—Todos. Y te recuerdo que casi no podíamos estar despegados, así que…
—¡Pero esos son muchos besos! —replica, con fingida incredulidad.
—Pues sí —afirmo, encogiéndome de hombros con despreocupación, pero sonriendo también.
—En ese caso, será mejor que vayamos empezando, ¿no?
Sin darme opción a responder, me tumba sobre la cama y comienza a devorar mi boca una vez más.