El chico de la habitación vacía (El chico de al lado 2) 34.
44%

34.

‎

El resto del día transcurre de forma extraña.

Tal como habíamos acordado durante la comida, nos abrigamos bien y vamos con nuestra familia al exterior.

Decidimos alejarnos un poco del hotel hasta encontrar una zona sin gente, y entonces empezamos una batalla campal de bolas de nieve.

Primero jugamos chicos contra chicas, aunque nosotros estamos en el grupo más numeroso.

Después, jugamos padres contra hijos, lo que significa que vuelvo a contar con la ventaja numérica.

Las dos veces comparto equipo con Marcos, y me resulta extraño.

Ya hemos dormido abrazados dos veces, pero después hemos hecho como si nada, como si eso fuera lo más normal del mundo, como si no tuviéramos que darle ninguna importancia.

El problema es que sí la tiene, queramos o no, y mientras me duchaba tomé una decisión que no sé si voy a ser capaz de cumplir esta noche, pero tengo que intentarlo. Por muy difícil que sea.

Cuando oscurece demasiado como para seguir jugando, volvemos al hotel y nos quedamos en una de las mesas de la sala común, contentos de poder resguardarnos del frío frente al calor de la chimenea.

En esta ocasión, mi madre trae un parchís para cinco jugadores que ha comprado especialmente para la ocasión.

Verlo me hace sonreír, y mientras jugamos soy consciente de que me lo estoy pasando bien, de que estar en familia es agradable, de que podría acostumbrarme a esto.

Sin embargo, es imposible estar viendo constantemente a Marcos sin recordar lo que hubo una vez entre nosotros, sin pensar en todo momento en lo que está pasando estos días, sea lo que sea.

Pensaba que lo habíamos dejado todo claro, pero ahora ya no estoy tan seguro.

Durante la cena, apenas participo en la conversación y casi no soy capaz de probar bocado, a pesar de lo cansado que estoy después de la pelea de bolas de nieve. Trato de disimularlo, pero mi madre me pilla al vuelo.

—¿Estás bien, cariño? —me pregunta con preocupación—. Casi no estás comiendo esta noche.

—Sí, sí —respondo, tratando de buscar una excusa convincente—. Es que tengo el estómago un poco revuelto… creo que me pasé comiendo al mediodía.

—Vaya, si no habías dicho nada. ¿Quieres que te dé algo? He traído…

—No, no. Tranquila, que tampoco es para tanto. Pero prefiero no comer demasiado, por si acaso.

Lo más probable es que mi cara delate la mentira, pero al menos, no insiste más.

Al terminar de cenar, Antonio propone jugar a algo más antes de dormir.

Sin embargo, y aunque me lo paso bien jugando con ellos, sé que estoy demasiado agotado mental y emocionalmente como para seguir haciéndolo, como para seguir fingiendo que no pasa nada.

Así pues, aprovechando la excusa de antes, me excuso diciendo que prefiero irme a descansar.

—Vale, cariño —dice mi madre, y se acerca a mí para darme un abrazo—. Descansa mucho. Y, si necesitas algo o te duele algo, me lo dices, ¿vale?

—Tranquila.

—Yo también me voy a dormir —anuncia Marcos, y me parece distinguir un matiz de fingida despreocupación en su voz—. Las puertas chirrían un poco, y si Fran necesita descansar no quiero despertarlo si subo más tarde.

—No hace falta… —comienzo, sin saber muy bien por qué.

—No te preocupes. Yo también estoy cansado.

—Y pensar que estos son los jóvenes… —dice Antonio entre risas.

A continuación, Marcos y yo damos las buenas noches a nuestra familia y nos marchamos en dirección a las escaleras mientras ellos se dirigen hacia la sala común.

Envidio un poco el calorcillo agradable de la chimenea que me voy a perder, pero sé que no sería capaz de aguantar la situación mucho más rato.

Claro que yo contaba con irme a la habitación solo, y ahora no sé si va a ser peor el remedio que la enfermedad.

Mientras subimos en silencio, soy demasiado consciente de la presencia de Marcos detrás de mí.

No me esperaba lo que ha hecho, pero supongo que el hecho de que haya decidido subir conmigo debería significar algo bueno, ¿verdad?

Cuando entro en la habitación y Marcos cierra la puerta detrás de él, siento algo en el ambiente que no soy capaz de identificar del todo.

Después de lo de anoche y lo de esta tarde, supongo que se da por hecho que ahora también vamos a dormir juntos, y eso debería llenarme de felicidad.

Sin embargo, hay un pensamiento que no ha dejado de dar vueltas por mi cabeza desde esta tarde.

Ahora sería el momento perfecto para sacar el tema y hablar con él, pero el problema es que no sé cómo hacerlo.

Me tumbo en la cama, con la mirada clavada en el techo mientras trato de ignorar su presencia en la habitación, esforzándome por encontrar la mejor forma de abordar la conversación.

—¿Qué te pasa? —me pregunta al cabo de un par de minutos, sobresaltándome un poco.

—Nada —me apresuro a responder, cometiendo el mismo error que por la tarde.

—No es verdad —replica, también igual que antes.

De nuevo, permanezco unos segundos en silencio y trago saliva antes de continuar.

—No sé si hemos cometido un error —admito al fin.

—¿Qué? ¿Por qué? ¿De qué estás hablando?

Se levanta de su cama para sentarse en la mía y me mira a los ojos, pero aparto la mirada. Sé que, si lo veo mirándome como lo hace, no voy a ser capaz de decirlo.

—No sé si hemos cometido un error al dormir juntos —le explico.

Él permanece en silencio. Todavía sigo sin mirarlo, pero noto sus ojos clavados en los míos. Sé que no sería capaz de soportar la intensidad de su mirada sin derrumbarme.

—Yo no creo que hayamos cometido un error —susurra.

—Y cuando volvamos a casa, ¿qué? —Me atrevo a mirarlo al fin, y unas lágrimas furiosas brotan en mis ojos—.

Volverás a marcharte, ¿no? Y entonces yo volveré a dormir solo en mi cama todas las noches.

Volveré a echarte de menos cada puto día y cada putísima noche, y encima será todavía peor después de haber pasado estas noches juntos.

Así que sí, claro que hemos cometido un error.

De nuevo, Marcos se queda callado. Sigo sin mirarlo y trato de secarme con disimulo esas lágrimas que tiene que haber visto de todos modos. Él continúa así durante un largo rato, hasta que el silencio se vuelve tan denso y pesado que amenaza con aplastarme por completo.

Cuando habla al fin, lo hace con una voz tan baja que me resulta casi inaudible.

—Yo no quiero que estas noches se acaben.

—Pero se acabarán —replico, sin asimilar del todo el significado de sus palabras—. Y entonces tocará volver a casa. Y yo volveré a quedarme solo, y tú volverás a irte de casa. Volverás a ser el chico de la habitación vacía.

—A lo mejor no tiene que ser así.

El corazón me da un vuelco, de forma casi violenta.

De inmediato, esa familiar chispa de esperanza vuelve a crecer, pero en esta ocasión no me veo capaz de tratar de apagarla.

Por primera vez desde esta tarde, lo miro a los ojos, y el intenso fuego que veo ardiendo en ellos casi me provoca un estremecimiento.

—¿Qué dices? —pregunto, tratando de luchar contra la nueva oleada de lágrimas que amenazan con derramarse.

—Ya te lo he dicho —responde, y la voz se le rompe en la última palabra—. No quiero que estas noches se acaben, Fran.

—Eres tú quien decidió marcharse de casa —le recuerdo mientras una lágrima solitaria se desliza por mi mejilla—. Eres tú quien decidió acabar con todo. No puedes pretender venir ahora de repente y…

Pero ni siquiera sé cómo terminar la frase. Sin embargo, él asiente con la cabeza.

—Lo sé. Tienes toda la razón del mundo, de verdad. Pero tienes que creerme, Fran, jamás te habría hecho daño si no hubiera pensado de verdad que era lo mejor.

Me doy cuenta de que sus ojos también se humedecen. Creo que estoy empezando a entender lo que quiere decirme con todo esto… Pero no puede ser cierto. No puede ser verdad.

¿O sí?

—¿Y ya no lo piensas? —me atrevo a preguntar, y la chispa de esperanza comienza a arder con más fuerza.

—No lo sé. Ahora mismo estoy hecho un lío, la verdad. Lo único que tengo claro es lo que te he dicho: que no quiero que estas noches se acaben. Y a lo mejor no tienen que acabarse.

—¿Entonces…?

—Pues es que estos días estando contigo, esta última noche durmiendo contigo…

En fin, supongo que me he dado cuenta de que no puedo renunciar a eso.

De que no puedo… De que no puedo renunciar a ti.

—Sus lágrimas se derraman también por sus mejillas, pero continúa hablando con la voz estrangulada—.

Me he dado cuenta de que no puedo olvidarte por mucho que lo haya intentado. De que no puedo cambiar lo que siento.

Continúo mirándolo fijamente, incrédulo.

Sus palabras son como una explosión de felicidad en mi corazón que me hace temblar de la cabeza a los pies.

La chispa de esperanza crece hasta convertirse en una bomba que estalla contra la pared de un dique, haciendo que todas las emociones que apenas había logrado contener se derramen con violencia tanto dentro como fuera de mí.

—Marcos… —acierto a decir.

Sin poder evitarlo, rompo a llorar.

Él, sin perder ni un segundo, cubre la escasa distancia entre nosotros y me abraza con fuerza.

Pero no lo hace solo con los brazos, sino con todo su cuerpo, tal como solía hacerlo en esas semanas imposiblemente cortas que pasamos juntos.

Con una mano me acaricia la espalda, y con la otra, el pelo, y el contacto con sus dedos me pone la piel de gallina.

Su presencia me invade y me rodea por completo, y mientras tanto, soy incapaz de dejar de llorar.

Al cabo de unos minutos, horas o tal vez días, Marcos se separa de mí para mirarme a los ojos, y veo que él también tiene la cara llena de lágrimas.

Se encuentra tan cerca que siento su respiración contra mi boca, tan cerca que podría contar los poros de su nariz.

Levanta ambas manos para secarme las lágrimas con los dedos, y después, me acaricia ambas mejillas sin apartar la mirada de la mía ni un segundo.

—Fran, no llores —susurra—. Si lloras, me muero. Porque te quiero.

A continuación, se acerca todavía más a mí y me besa por fin en los labios.