El chico de la habitación vacía (El chico de al lado 2) 33.
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Llevamos ya unos minutos abrazados, pero, al contrario de lo que ocurrió anoche, cuando me quedé dormido casi al instante, esta vez me está costando mucho más.

Los latidos de Marcos están acelerados bajo mi mano, no se calman como siempre acaban haciendo al cabo de un rato.

Su respiración también suena entrecortada, como si estuviera corriendo, o como si…

como si… En fin, no quiero pensar en las otras veces que he oído su respiración de esta manera, porque solo de recordarlo siento que un calor se extiende por mi cuerpo hasta acabar en el lugar menos apropiado posible en este momento.

Sigo así durante unos minutos, todavía incapaz de encontrar la postura. Doblo un poco las piernas, entrelazadas con las suyas, y entonces lo noto contra mi muslo.

Su polla.

Y está dura. Muy dura.

Se ve que Marcos no se esperaba ese contacto, porque suelta un gemido contra mi pelo que hace que me estremezca por completo.

Me quedo paralizado al instante, sin saber cómo va a reaccionar.

Sin embargo, no parece molestarle el contacto, sino más bien todo lo contrario, porque mueve ligeramente las caderas, como para invitarme a ir más allá..

Empalmándome de forma casi automática, deslizo la mano lentamente por su vientre mientras él se estremece debajo de mí y su respiración se acelera todavía más.

Mi mano alcanza al fin su polla, abultada por debajo del pijama, y la echaba tanto de menos que me cuesta contener las ganas de abalanzarme hacia ella.

En lugar de eso, lo masturbo con suavidad, deleitándome los gemidos de placer que le arrancan mis movimientos.

Me cuesta creer que esto esté sucediendo de verdad, pero pienso aprovecharlo.

Poco a poco, le bajo los pantalones hasta que puedo tocar su carne directamente. La siento dura e hinchada entre los dedos, palpitante y deseosa de placer. Y eso es precisamente lo que hago, regalarle todo el placer que no he podido darle durante este tiempo.

—Fran… —susurra al cabo de unos minutos, con la voz entrecortada.

—¿Sí?

—¿Me la chupas?

No tiene que pedírmelo dos veces. Me gustaría ser capaz de alargar el momento, de provocarlo un poco antes de darle lo que me pide, pero no soy capaz de seguir conteniéndome.

Sin perder un instante, me acerco a su polla y, por fin, me la meto en la boca.

Debe de haberse duchado hace un momento sin que me diera cuenta, porque no noto ese sabor intenso y ese aroma que tanto me excitaban.

Aun así, me esfuerzo como nunca por darle placer, por recordarle lo que era el sexo entre nosotros.

—Fran… me corro… —dice con la voz ronca.

Mientras me masturbo, continúo succionando con ansia, deseoso de sentir ese torrente de sabor en mi boca, el fruto del placer que tanto me gusta darle.

Entonces, Marcos suelta un fuerte ronquido y me despierto de golpe.

Joder. No puede ser.

¿En serio? ¿Otro puto sueño? De verdad que tiene que haber una especie de ser malvado escribiendo mi vida y riéndose de mis desgracias en este momento, porque ya me parece bastante surrealista todo esto.

Tardo un segundo en darme cuenta de lo que tengo en la mano, pero entonces lo comprendo: es la polla de Marcos.

No está dura del todo, pero tampoco completamente en reposo, y esto ya no es ningún sueño.

Joder. Le he agarrado la polla mientras dormía, como si fuera un animal en celo o algo así.

Me apresuro a apartar la mano mientras me invade una oleada de vergüenza, ¿se habrá dado cuenta?

Pero, si hubiera sido así, se habría quitado mi mano de encima, ¿verdad?

Me habría dicho algo, tal vez hasta se habría enfadado.

Aguardo unos segundos, con el corazón acelerado a causa del pánico, pero Marcos sigue respirando de forma lenta y profunda, como siempre que duerme. No puedo evitar sonreír cuando suelta un leve ronquido, y eso me tranquiliza. Por suerte, no se ha dado cuenta de nada.

Vuelvo a abrazarme a él, asegurándome de no tocar ningún lugar inapropiado, y cierro los ojos de nuevo.

Sin embargo, esta vez me cuesta dormir, al igual que ha ocurrido en el sueño.

Soy incapaz de dejar de darle vueltas a todo lo que está sucediendo estos días, todos estos pequeños acercamientos que ha habido entre nosotros, siempre propiciados por él.

Sí, es verdad que me dijo que tendríamos que actuar como si no hubiera ningún problema entre nosotros por el bien de nuestra familia, pero esto va más allá que eso.

Lo de la melatonina pudo ser un simple acto de amabilidad, nada del otro mundo, ¿pero qué hay de todo lo demás?

Tratar de tranquilizarme antes de subir al teleférico, cogerme la mano durante el trayecto y después a la vuelta, y también, por supuesto, el gigantesco elefante en la habitación que es imposible no ver: que fuera él quien me propusiera dormir conmigo, que fuera él quien sugirió que durmiéramos como siempre…

es decir, abrazados. Que por la mañana me pidiera quedarse en la cama conmigo cinco minutos más, todavía abrazados.

No es normal. Esto va mucho más allá de su petición de que nos lleváramos bien.

Puede que haya sido yo quien propusiera dormir juntos la siesta, pero no había absolutamente ninguna razón para que él aceptara, más allá del hecho de que realmente quisiera dormir conmigo.

Y, por supuesto, también están sus palabras de hace apenas un rato.

«Solo dormir, ¿verdad?». ¿Qué era que lo que esperaba exactamente?

¿Que nos besáramos? ¿Que folláramos y después hiciéramos como si nada?

No tengo forma de saberlo, pero lo que sí tengo claro es que había algo más en sus palabras.

Y, sin embargo, fue él quien me dejó hace ya más de un mes, fue él quien me dijo hace unas semanas que seguía convencido de su decisión.

Pero, entonces, ¿a qué viene este cambio de actitud en él?

¿A qué viene este acercamiento tan evidente por su parte?

Si quisiera volver conmigo, supongo que ya me lo habría dicho, ¿no?

Estoy tan confuso y tengo la cabeza tan llena de pensamientos contradictorios que soy completamente incapaz de dormir, ni siquiera estando abrazado a él, ni siquiera cuando cierro los ojos y trato de concentrarme en su aroma y en el sonido de su respiración.

Sabiendo que tal vez me arrepienta, sabiendo que tal vez esta sea la última vez que tenga ocasión de dormir con Marcos, me aparto de él y me levanto de la cama, con cuidado de no despertarlo.

Lo observo una vez más en la penumbra, y está tan mono mientras duerme a pierna suelta que la tentación de volver a abrazarme a él es demasiado fuerte, pero trato de mantenerme firme.

Caminando despacio para no hacer ruido, me meto en el cuarto de baño y cierro la puerta detrás de mí.

No enciendo la luz; no me apetece que la repentina claridad me deslumbre.

En lugar de eso, me meto en la bañera. Como Marcos no está en su cama pegada al cuarto de baño, sino en la mía, con un poco de suerte, no lo despertaré.

Pongo la ducha en marcha, espero a que suba la temperatura del agua y me planto debajo, con la esperanza de que el agua caliente calme mis pensamientos alborotados y, sobre todo, me ayude a tomar una decisión.