32.
Aunque no es nada demasiado grave, Marcos y yo seguimos ligeramente magullados después de la caída de ayer, de modo que nuestra familia se mantiene firme en su decisión de que hoy no vamos a ir a esquiar.
Desayunamos con calma, y después nos agenciamos una de las mesas de la sala común no muy lejos de la chimenea para volver a jugar a juegos de mesa.
En esta ocasión, optamos por una partida al Monopoly, que se alarga varias horas hasta que llega el momento de ir a comer.
Como no podía ser de otra manera, es mi madre quien gana; siempre se le ha dado de maravilla este juego.
—¿Soy la única que está hoy que se cae de sueño? —pregunta mientras vamos al comedor—. He dormido bien, pero me siento como si me hubiera atropellado un camión.
—Es normal —responde Antonio—. Esquiar cansa bastante, sobre todo si no estamos acostumbrados. A fin de cuentas, es un deporte.
Supongo que no le falta razón. A pesar de que he dormido muy bien abrazado a Marcos, lo cierto es que me siento como si hubiera tenido muchas menos horas de sueño.
—Creo que hemos hecho bien en no ir hoy a esquiar —añade mi madre.
—Pues sí —coincide él—. Podríamos ir en días alternos. Mañana volvemos a esquiar, y pasado nos quedamos aquí otra vez. —Nos mira a todos antes de preguntar—: ¿Qué os parece?
—Por mí, genial —respondo, encantado de tener una excusa para librarme de tener que esquiar otra vez.
Al final, la experiencia no fue tan mal como esperaba, pero la idea de volver a subir en teleférico no me hace demasiada gracia, precisamente.
Aunque pensar en Marcos cogiéndome la mano otra vez es un aliciente, la verdad.
Los demás están de acuerdo, así que decidimos que eso será lo que haremos.
—¿Qué pensabais hacer después de comer? —pregunta Natalia cuando ya estamos tomándonos el postre—. ¿Más juegos de mesa?
—Podemos hacer una pelea de bolas de nieve —propone Marcos, sonriente.
—Pues prepárate, porque te pienso dar una paliza que vas a flipar —responde ella, y entonces me mira a mí—. ¿Tú te apuntas, Fran?
—Claro. Pero con calma, que todavía sigo un poco dolorido por lo de ayer.
—¿Vosotros queréis? —pregunta Marcos a mi madre y a su padre.
—Uf, yo creo que me voy a echar una siesta, cariño —dice ella—. Pero si es dentro de un par de horas, me parece genial.
—La verdad es que una siesta ahora entraba genial —admite Natalia.
—Pues sí —coincido—. Creo que yo también me voy a echar una.
—Podemos subir a las habitaciones y salir a la nieve dentro de un par de horas —sugiere Marcos—. Todavía nos quedarán una o dos horas de luz.
—Y después, podemos echar otra partida al Monopoly antes de cenar —añade Antonio entre risas—. Quiero la revancha.
Con los planes de la tarde decididos, nos terminamos el postre y subimos a la primera planta.
Cuando entramos en la habitación, hay una tensión evidente entre Marcos y yo, y no puedo evitar acordarme una vez más de aquel hotel en Canarias.
En esta ocasión no ha habido nada de sexo, y sé que es imposible que lo haya, pero haber dormido abrazados anoche hace que todo parezca todavía más íntimo que si lo hubiera habido.
Trato de contener un suspiro mientras observo mi cama.
El servicio de habitaciones ha entrado y la ha hecho durante la mañana, con sábanas limpias, y me maldigo a mí mismo por no haber pensado en colgar el cartel de «No molestar» de la puerta antes de marcharnos.
Aunque tampoco sé si habría servido de mucho; al fin y al cabo, lo más probable sería que mis sábanas se hubieran secado durante la noche de todos modos.
De espaldas a Marcos, me pongo el pijama con lentitud.
Tengo la mirada desenfocada, así que tardo un poco en encontrar los agujeros correctos para los brazos y las piernas.
Cuando termino, me tumbo sobre la cama y me quedo mirando el techo.
Soy vagamente consciente de que él se está moviendo por la habitación a mi alrededor, pero no lo miro.
Tan solo hay un único pensamiento dando vueltas por mi mente: después de lo de ayer, me va a costar mucho volver a dormir sin él.
Sobre todo cuando seguirá estando al otro lado de la habitación, tan cerca pero al mismo tiempo tan lejos.
—¿Estás bien? —me pregunta de repente, sobresaltándome un poco.
—Sí —respondo con demasiada rapidez, y él sonríe.
—No es verdad.
Permanezco unos instantes en silencio, sin saber muy bien qué decir. ¿Cómo podría empezar a expresarlo siquiera?
—Es que… —comienzo, pero dejo la frase inconclusa.
—Dime.
Trago saliva antes de hablar, pero no soy capaz de hacerlo. Niego con la cabeza y aparto la mirada de sus ojos.
—Nada. Da igual.
—No, ahora me lo dices.
Suelto un suspiro; tendría que haber imaginado que me diría algo por el estilo.
—Es solo que… —Respiro hondo y decido soltarlo del tirón—. ¿Quieres que volvamos a dormir juntos?
Al principio, Marcos no responde. Me atrevo a mirarlo de nuevo y él clava sus ojos en los míos. Son tan intensos que me cuesta no apartar la mirada, pero logro contenerme.
—La verdad es que hacía mucho tiempo que no dormía tan bien —dice al fin.
—Yo tampoco —confieso.
—A lo mejor no es mala idea.
—A lo mejor no.
De nuevo, nos quedamos los dos en silencio.
No digo lo que los dos estamos pensando: que no habíamos dormido tan bien desde que estábamos juntos y podíamos dormir abrazados todas las noches.
Sé que lo que le estoy pidiendo es extraño, y puede que también peligroso, pero la intensidad de su mirada me deja claro que la idea no le disgusta.
Me late el corazón tan fuerte que me parece imposible que no pueda oírlo desde su cama.
—Solo dormir, ¿verdad? —me pregunta al fin.
—Solo dormir —susurro.
Y es la verdad; aunque me gustaría poder hacer mil cosas más con Marcos, empezando por besar sus labios y acabando por saborear el resto de su cuerpo, el simple hecho de poder dormir con él otra vez es más que suficiente.
No, no es solo que sea suficiente: me doy cuenta de que la idea me llena de felicidad, una felicidad que llevaba más de un mes sin sentir.
—Está bien —dice.
—¿En serio?
—En serio.
Sin poder evitarlo, suelto un suspiro de alivio, tratando de contener la enorme sonrisa que quiere extenderse por mi cara. Él, sin embargo, sí que sonríe, aunque con cierta timidez.
Nos turnamos para ir al baño. Yo voy primero y me aseguro de lavarme los dientes de forma concienzuda; primero porque acabo de comer, y segundo, porque nunca se sabe lo que puede pasar, por pequeña que sea la esperanza.
Después, me tumbo en la cama de lado, tratando de controlar mi respiración acelerada y los latidos desenfrenados de mi habitación mientras espero a que salga.
Cuando por fin lo veo, acercándose a mí con la camiseta gris claro y el pantalón negro que utiliza para dormir, está tan guapo que por un momento vuelvo a sentir ese impulso de abalanzarme hacia sus labios. Por suerte, logro controlarlo, y me pego al borde mientras él se tumba en la cama.
—No tienes que hacerlo si no quieres —le digo mientras comienza a taparse, por si acaso se lo ha pensado mejor y ahora se está sintiendo obligado o algo por el estilo.
Él se detiene y me mira con una sonrisa antes de contestar, y sus ojos son tan intensos que siento que algo se derrite dentro de mí.
—Claro que quiero hacerlo.
Las implicaciones de ese «hacerlo» son demasiadas como para poder enumerarlas, pero, por el momento, decido ceñirme a lo que hemos hablado: dormir juntos, y nada más. Tampoco es que necesite nada más ahora mismo, la verdad.
Marcos está ya tumbado boca arriba, así que me acerco a él de nuevo, ahora sin tanta timidez como ayer.
Paso el brazo por encima de su pecho y coloco la mano donde me gusta, justo encima de su corazón.
Me doy cuenta de que late con fuerza, y trato de contener una sonrisa.
Mientras tanto, Marcos me coloca la mano sobre la espalda para acercarme más a él, y entonces entrelazo las piernas con las suyas.
—Que duermas bien —me dice, y estoy empezando a pensar que le gusta notar cómo me estremezco cada vez que susurra contra mi pelo.
—Tú también.