El chico de la habitación vacía (El chico de al lado 2) 30.
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Con el corazón latiendo tan fuerte que estoy casi seguro de que tiene que estar oyéndolo, me pego todo lo que puedo al borde para que pueda tumbarse mientras él va a por su almohada.

Esto no es como la cama del hotel, donde había tanto espacio que no teníamos ni que rozarnos si no queríamos.

No, esta cama es del mismo tamaño que la que tengo en casa, y cuando dormíamos allí, tan solo había una forma de estar cómodos: durmiendo abrazados.

No puedo evitar preguntarme si se habrá dado cuenta de eso antes de proponérmelo, pero ahora mismo estoy demasiado aturdido por lo que está pasando como para pensar con claridad.

En cualquier caso, es evidente que lo de dormir abrazados está completamente descartado aquí.

Tan solo vamos a dormir juntos por una cuestión práctica, porque yo he sido tan inútil como para empapar las sábanas.

Pero eso no significa que haya cambiado nada entre nosotros, y como sé que voy a pasarlo peor si tengo que estar mirándolo, me doy la vuelta para quedar de espaldas a él.

Entonces, el colchón cede ligeramente cuando Marcos se mete en la cama.

Sus piernas y sus brazos rozan los míos mientras se acomoda, y al instante se me pone toda la piel de gallina.

—Bueno… pues buenas noches —dice, demasiado cerca de mí.

—Buenas noches.

El movimiento detrás de mí me indica que él también se está dando la vuelta, de modo que nos quedamos prácticamente espalda contra espalda.

Sus nalgas ejercen una ligera presión contra las mías y, por primera vez desde hace semanas, lo que tengo entre las piernas hace amago de querer despertar.

Una especie de corriente eléctrica me atraviesa por completo, como si todo mi cuerpo fuera consciente de que es la primera vez que estamos tan cerca desde hace más de un mes.

Los momentos que hemos compartido en la montaña ya han sido un acercamiento que no esperaba, pero ahora que tenemos muchas menos capas de ropa de por medio y nos encontramos a solas y a oscuras, es como si todo fuera mucho más íntimo.

Sin embargo, también es incómodo. Para empezar, estoy tumbado sobre el costado derecho, cosa que odio para dormir porque nunca acaba de resultarme cómodo del todo.

Pero, sobre todo, la falta de espacio significa que no puedo abrazarme bien a la almohada como a mí me gusta, y tengo la espalda tan tensa que por un momento pienso que se va a partir.

—Fran —me llama Marcos al cabo de unos minutos, y el corazón me da un vuelco.

—Dime.

—Estás incómodo.

No es una pregunta, y sé que no tiene sentido negarlo.

—Sí.

—Yo también —admite.

No me extraña; después de todo, lo conozco lo suficiente como para saber que siempre duerme boca arriba, con independencia de las circunstancias.

—Puedes volver a tu cama si quieres —le digo—. Ya he entrado un poco en calor; seguro que con la sábana me apaño.

Permanece en silencio durante un largo instante en el que solo puedo oír el sonido de mi respiración y la suya, ahora sincronizadas, y mis propios latidos en mis oídos.

—O podemos dormir como siempre —sugiere al fin.

El corazón se me detiene un instante al oír esas palabras.

«Como siempre.» Como si siguiéramos juntos.

Como si no hubiera pasado el tiempo, como si no hubiera ocurrido nada.

Como si estas últimas semanas no hubieran sido nada más que una horrible pesadilla.

Y, aunque sé que no es buena idea, aunque sé que si hacemos esto, después la inevitable separación va a ser todavía más difícil, soy incapaz de resistirme ahora que es él quien lo ha propuesto.

La chispa de esperanza de mi interior brilla un poco más fuerte.

—¿Estás seguro? —susurro.

—Si tú quieres, sí.

—Sí que quiero.

—Pues venga, vente.

Noto su movimiento en la cama, así que me doy la vuelta para mirarlo mientras se tumba boca arriba. Puedo ver en la penumbra que me está mirando fijamente; es como si un tenue fuego ardiera en sus ojos.

—No hace falta que lo hagamos si no quieres —le digo, solo para asegurarme.

—Soy yo quien lo ha propuesto —me recuerda.

—Bueno, vale.

Con infinita timidez, moviéndome despacio y con cuidado, me acerco más a él y, por fin, paso el brazo por encima de su pecho; ese pecho ancho con el que tanto me gustaba sustituir la almohada que siempre abrazaba cuando dormía solo.

Noto los latidos acelerados de su corazón, prácticamente sincronizados con los míos, y me pregunto qué significará eso.

¿Acaso está tan nervioso como yo? ¿O es que se lo ha pensado mejor y lo que estamos haciendo le parece una mala idea?

Me acerco un poco más, aunque todavía me siento tenso y no lo hago del todo.

Antes, siempre enredaba las piernas con las suyas, pero hoy me parece que tal vez sería ir demasiado lejos.

En su lugar, las dejo estiradas, aunque hay cierta tensión en mi cuerpo y sé que no voy a estar tan cómodo como pensaba.

—Fran, no estás como siempre —señala al darse cuenta de cómo me he colocado. Pillado—. Se supone que esto es para estar cómodos, ¿no?

—Vale. Perdón.

Con el corazón resonando con fuerza en mis oídos, me acerco todavía más a Marcos y, ahora sí, entrelazo las piernas con las suyas.

Me pongo cómodo al fin, y entonces él pasa la mano por encima de mi espalda para acercarme más a él, tal como solía hacer.

Su cuerpo es cálido, y soy tan consciente de sus latidos como de los míos.

Ahora que volvemos a estar pegados, es como si fuéramos dos piezas de un puzle encajando a la perfección, como si nuestros cuerpos estuvieran hechos para estar precisamente así, abrazados y entrelazados.

De inmediato, un torrente de sensaciones que creía haber olvidado me invade por completo y, a juzgar por el estremecimiento que recorre el cuerpo de Marcos, me da la impresión de que a él le está pasando algo parecido.

Ahora sí, mi polla despierta, y el calor que se extiende como una oleada desde ella hasta el resto de mi cuerpo me recuerda todas las semanas que me he pasado sin dedicarle la atención habitual.

Pero la ignoro de nuevo, porque no necesito más.

Durante este último mes pensaba que no volvería abrazar a Marcos, que jamás volveríamos a dormir juntos.

Y, ahora mismo, eso es lo único que necesito.

—Buenas noches, Fran —susurra muy cerca de mi pelo, provocándome un escalofrío que desciende hasta mis pies.

—Buenas noches, Marcos.

Poco a poco, los latidos de su corazón bajo mi mano comienzan a calmarse al mismo tiempo que los míos; vuelven a estar sincronizados una vez más.

Su cuerpo irradia calor, y me doy cuenta de lo mucho que lo echaba de menos, de lo frías que eran las noches sin él.

Y estando así, abrazado a Marcos y respirando su aroma mientras escucho el sonido de su respiración y nuestros corazones latiendo al unísono, me siento casi como si no necesitara absolutamente nada más en el mundo.

Mientras me dejo invadir por su presencia, creo que podría aceptar que no me quiera, o que no quiera estar conmigo, siempre que pueda seguir estando abrazado a él.

Cuando las neblinas del sueño ya están comenzando a invadir mi mente, tengo la sensación de que la mano de Marcos se desliza por mi espalda, acariciándome ligeramente.

Pero, para entonces, ya estoy demasiado lejos de todo y, antes de que pueda moverme para comprobar si es verdad o si únicamente me lo he imaginado, el sueño se apodera por completo de mí.