29.
Aunque he bebido mucho durante la cena, sigo teniendo sed a la hora de irme a la cama.
Según me ha explicado Antonio, es por la deshidratación.
Con el frío de la nieve y la montaña es más fácil olvidarse de la sed, a pesar del ejercicio físico, así que he estado bebiendo mucho menos de lo que debería.
Por suerte, en una de las salas comunes del hotel tienen una máquina expendedora con botellas de agua, así que me bebo una entera mientras jugamos a las cartas cuando terminamos de cenar y después me la subo a la habitación.
Lo primero que hago es ir al lavamanos del cuarto de baño para rellenarla.
El agua de aquí está fría y deliciosa, y me bebo un buen trago antes de volverla a rellenar.
Salgo del cuarto de baño y dejo la botella sobre la cama para coger el pijama. Observo de reojo a Marcos, que está metiendo la ropa sucia en una bolsa y sacando algunas cosas de la maleta.
—Siento haberte fastidiado el esquí —le digo, incapaz de quitármelo de la cabeza.
Él se detiene y me mira fijamente.
—Fran, en serio. No pasa nada, ¿vale? Todo el mundo se cae. No es el fin del mundo.
—Ya han dicho nuestros padres que mañana no nos dejan ir a esquiar.
—Y seguro que eso te da muchísima pena, ¿a que sí? —me pregunta con sorna.
—Pues no, la verdad —respondo, incapaz de contener una risita—. Pero me sabe mal por ti.
—Mira, no sé cuántas veces te lo tengo que decir: te juro que no pasa nada. Mañana nos quedamos aquí de tranquis, y pasado volvemos a esquiar. No es para tanto.
—Bueno. Vale.
Me siento en la cama para quitarme los zapatos, pero entonces planto la mano sobre la colcha y toco algo húmedo.
—¡Mierda! —exclamo, poniéndome en pie de un salto.
—¿Qué pasa? —pregunta Marcos, alarmado.
No contesto mientras veo cómo el líquido se extiende a través de la colcha.
Tardo un instante en reaccionar, pero ya es demasiado tarde.
Para cuando cojo la botella, el agua ya ha calado la colcha, la manta y parte de la sábana.
Me apresuro a retirarlo todo y veo que a la sábana bajera no han llegado más que unas pocas gotas, pero el resto está empapado.
—Me cago en todo.
—¿Qué pasa? —repite mientras se pone en pie—. ¿Estás bien?
—Yo sí, lo que no está bien son las sábanas.
—Joder —susurra al ver el estropicio—. ¿Qué ha pasado?
—La puta botella y los putos tapones estos que se quedan pegados. —Levanto la botella de medio litro, que ahora está a medias—. Me la he debido de dejar medio abierta y se ha derramado todo.
Nos quedamos en silencio durante unos instantes, pensativos.
—Podemos ir abajo —sugiere Marcos—. Supongo que podrán darte sábanas secas.
—No lo creo. De esas cosas se encarga el servicio de habitaciones, ¿no? Y dudo mucho que estén de guardia por la noche por si algún gilipollas derrama la botella en la cama. Además, creo que no hay nadie atendiendo en recepción por la noche.
—Ya… tiene sentido. Pero algo tendrás que hacer, ¿no? No puedes dormir destapado.
—Da igual. Me pongo un jersey y ya está.
—¿Seguro?
Asiento con la cabeza y tiro las sábanas mojadas al suelo, enfadado por mi propia estupidez. A continuación, voy hacia la maleta para sacar un jersey. Cuando me lo pongo, me doy cuenta de que no va a ser muy cómodo para dormir, pero mejor eso que nada.
Al darme la vuelta, veo que Marcos está sacando las sábanas de su cama.
—¿Qué haces? —le pregunto, extrañado.
—Por mucho que te pongas el jersey, no puedes dormir sin taparte. Quédate con mi sábana al menos.
El gesto me conmueve, pero trato de ignorar el revoloteo que siento en la tripa.
—No hace falta, Marcos.
—No me vas a convencer. Con la manta y la colcha tengo más que suficiente.
—Marcos, en serio… me sabe mal.
—Y a mí me sabe mal que pases frío —insiste, tan testarudo como siempre—. De hecho, si quieres, puedes quedarte con la sábana y la colcha. Yo creo que con la manta me apaño bien.
Las mariposas de mi estómago revolotean todavía más fuerte. ¿De verdad se preocupa tanto por mí?
—Solo la sábana —respondo, consciente de que no lo voy a convencer de menos—. No quiero que seas tú quien pase frío por mi culpa.
—Bueno —acepta, no muy convencido, y se acerca a mí con la sábana entre las manos—. Pero si tienes frío, me lo dices, ¿vale?
—Vale.
—¿Quieres melatonina?
—Venga, vale.
Lo observo mientras se va a buscar al neceser al cuarto de baño. Oigo el sonido del grifo, y entonces vuelve con las pastillas y dos vasos de agua. Me tiende una pastilla y uno de los vasos.
—Ten cuidado, no lo vayas a derramar —me dice con una sonrisita.
—Ja, ja. Muy gracioso.
Aun así, bebo con cuidado, y después dejo el vaso sobre la mesita de noche. A continuación, coloco la sábana sobre la cama y me meto dentro. Ya me estoy dando cuenta de que no va a ser suficiente, pero es mucho mejor esto que nada.
—Gracias por la sábana —le digo mientras él apaga la luz antes de meterse en la cama.
—De nada. —Permanecemos los dos en silencio un rato más, y entonces—: Buenas noches, Fran.
—Buenas noches, Marcos.
El corazón me late con fuerza, y todo se debe al gesto que ha tenido conmigo.
Al igual que ayer con la melatonina, está claro que se preocupa por mí.
Y, aunque tal vez solo esté conformándome con migajas, eso me hace feliz.
Mientras me abrazo a la almohada, capto un aroma sutil pero familiar, y no tardo en percatarme de que es el de Marcos.
Después de todo, anoche durmió tapado con esta sábana.
No ha sido suficiente tiempo para que se impregne demasiado de su olor, como las que robé de su cama, pero ya es algo.
Sin embargo, no tardo en darme cuenta de que con el jersey y la sábana no basta para mantener el frío de la montaña a raya. No tardo en comenzar a tiritar, y estoy dando más vueltas todavía que anoche, incluso a pesar de la melatonina.
Al cabo de unos minutos, Marcos suelta un suspiro, y me odio por no dejarle dormir.
—Fran —me llama en voz baja.
—¿Sí?
—Todavía tienes frío, ¿verdad?
—Sí —admito—. Lo siento, por mi culpa no estás durmiendo nada.
—No digas chorradas.
Se pone en pie y, con los ojos ya acostumbrados a la penumbra, veo que comienza a quitar la manta y la colcha de su cama otra vez.
—¿Qué haces? Ni se te ocurra quedarte tú sin nada.
Pero Marcos no contesta, sino que se acerca a mí y coloca la manta sobre mi cuerpo, y después la colcha. Estoy tan boquiabierto que no soy capaz de decir nada. ¿En serio está dispuesto a quedarse él sin nada? Por mucho que se lo agradezca, no puedo permitírselo.
—Hazme hueco —me pide cuando termina. Yo abro mucho los ojos, comprendiendo al fin sus intenciones.
—¿Qué?
—Mira, Fran. Sé que las cosas son complicadas entre nosotros.
Y sé que, en gran parte, es culpa mía. Pero eso no significa que no te q…
que no me importes. —El corazón me da un vuelco al pensar en lo que tal vez ha estado a punto de decir.
Porque no me lo he imaginado, ¿verdad?—.
Y no voy a permitir que te pases toda la noche helado.
—Pero…
—Déjate de peros. Tenemos dos opciones. O dormimos juntos, o te congelas. ¿Qué prefieres?
Por supuesto, preferiría dormir con él incluso aunque no me estuviera congelando, pero eso no voy a decírselo.
—Dormir juntos.
—Pues hazme hueco, anda.
Apenas soy capaz de asimilar la realidad de lo que está ocurriendo. Después de todo lo que ha pasado, después de las semanas de separación, vamos a dormir juntos otra vez.
Y ha sido por iniciativa suya.