El chico de la habitación vacía (El chico de al lado 2) 28.
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—¿Preparado? —me pregunta cuando nos llega el turno, mientras nos situamos junto al punto de partida. Me giro para mirarlo, pero el resplandor del sol me resulta cegador y apenas soy capaz de distinguir su silueta.

—Creo que sí.

—¿A la de tres?

Trago saliva, consciente de que es demasiado probable que acabe arrepintiéndome de esto.

—Vale.

—Una… dos… ¡tres!

Me impulso hacia delante, tal como hemos aprendido durante la mañana.

Esta pista es un poco más larga que la anterior, y la pendiente ligeramente más pronunciada, aunque lo justo como para no asustarme demasiado.

Doy gracias por las gafas que me protegen los ojos mientras el viento azota mi cara.

La adrenalina invade mi cuerpo mientras me deslizo velozmente por la nieve, y casi diría que estoy empezando a comprender qué es lo que le ve la gente a esto.

Pero solo casi.

—¡Vas genial! —oigo que grita la voz de Marcos desde algún lugar a mi derecha, aunque apenas me resulta audible por encima del rugido del viento. Me giro para mirarlo, pero entonces el resplandor del sol me ciega y, sin poder evitarlo, giro bruscamente en su dirección—. ¡Cuidado!

De pronto, siento el impacto.

Entre la velocidad, la nieve y el brillo del sol apenas soy capaz de ver lo que ocurre exactamente, pero siento el cuerpo de Marcos chocando contra el mío y, entonces, comenzamos a caer.

Recuerdo de milagro lo que nos ha explicado la instructora, así que doblo las rodillas y extiendo las manos para tratar de amortiguar la caída.

Aun así, me deslizo junto a él unos pocos metros más, hasta que al fin nos detenemos.

—Au —me quejo, y entonces soy consciente del peso de su cuerpo sobre el mío.

Él levanta la cabeza y me mira, con los ojos muy abiertos y claramente asustado.

—¿Estás bien? —susurra, tan cerca de mis labios que por un momento pienso que va a besarme.

—Creo… Creo que sí.

—¿Seguro? —insiste, y su mirada está tan llena de preocupación que el corazón me da un vuelco.

—Sí.

Por supuesto, me encantaría que siguiera encima de mí, pero él se apresura a ponerse en pie para asegurarse de que realmente estoy bien. Al menos, no parece que haya sufrido ningún daño por mi culpa.

—¿Te duele algo? —me pregunta.

—Eh… Bueno, el cuerpo en general, pero nada grave. Igual que si fuera una caída normal, supongo.

—Prueba a estirar los brazos y las piernas. —Me siento un poco ridículo, pero hago lo que me pide. Es evidente que está preocupado, y eso me hace sentir algo cálido por dentro—. ¿Nada grave?

—Parece que no.

—Prueba a levantarte —me dice, y entonces, se agacha para tenderme la mano.

Tratando de evitar los sentimientos que me provoca ese contacto, planto los pies con los esquís en el suelo, tomo su mano y me impulso hacia arriba.

Pierdo un poco el equilibrio y caigo hacia Marcos, pero él me sujeta con fuerza, prácticamente abrazándome—. ¿Bien?

—Bien —susurro, demasiado consciente de sus brazos alrededor de mi cuerpo. Durante un instante, no parece darse cuenta de que estamos casi abrazados, pero entonces baja la mirada y retrocede un poco.

Unos segundos más tarde, oigo la voz de mi madre por encima del viento.

—¡Fran! ¡Marcos! ¿Estáis bien?

Miro hacia atrás y veo que mi madre y los demás están frenando muy cerca de nosotros.

—Os hemos visto caer desde arriba —explica Antonio—. ¿Estáis bien?

—Sí, sí —me apresuro a responder—. Me he distraído y me he chocado con Marcos, pero no me ha pasado nada.

—A mí tampoco.

—¿Seguro? —pregunta mi madre, preocupada.

—Hay una enfermería arriba —señala Antonio—. ¿Creéis que estáis bien para subir? A lo mejor deberíamos pedir ayuda…

—Estamos bien —le asegura Marcos—. En serio.

—Bueno, pero de todos modos vamos a ir a la enfermería a que os echen un vistazo —dice mi madre, tajante. Intercambia una mirada con Antonio y se muerde el labio, preocupada—. Y creo que será mejor dejar el esquí por hoy.

—No hace falta —insisto—. Y tampoco quiero fastidiaros la tarde por mi culpa.

Pero no logramos librarnos de la enfermería.

Tal como imaginaba, estamos bien, a excepción de unas cuantas magulladuras, pero nada grave.

Aun así, el enfermero nos recomienda reposo, al menos hasta mañana.

Mi madre quiere que nos volvamos todos al hotel, pero logramos convencerla para que se queden ellos en las pistas un rato más mientras Marcos y yo nos descansamos y nos tomamos algo en la cafetería.

Nos pedimos un par de cafés y un para de bocadillos más para merendar —tampoco es que tengan muchas más opciones por aquí— y nos quedamos sentados en una mesa el uno frente al otro, comiendo en silencio.

No es como esos silencios cómodos que disfrutábamos cuando estábamos juntos, pero tampoco es un silencio tenso como los pocos que hemos compartido cuando hemos tenido que estar el uno junto al otro últimamente. Es algo intermedio, supongo.

Sin embargo, al cabo de un rato siento la necesidad de romper este silencio, de decir algo, pero no sé el qué exactamente.

—Lo siento —susurro al fin, incapaz de mirarlo a la cara.

—¿Por qué?

—Por haberme chocado contigo.

Él se encoge de hombros levemente.

—Bueno, tampoco creo que te hayas caído a propósito.

—No, pero ha sido culpa mía.

—Le pasa a todo el mundo, Fran. Si me hubieras visto a mí cuando estaba aprendiendo…

—Ya, bueno. Pero me siento mal —insisto.

—Pues no hace falta que te sientas mal. Ya has oído al enfermero, ¿no? Los dos estamos bien.

Sin embargo, eso no es lo único que me preocupa. Permanezco en silencio unos instantes más, tratando de encontrar la forma de expresarlo con palabras.

—Siento haberte fastidiado la tarde.

—Bueno, estoy contigo. Eso tampoco es mal plan.

Me detengo mientras mastico y abro mucho los ojos, sorprendido. ¿De verdad acaba de decir lo que creo que acaba de decir? ¿Y qué se supone que voy a responder a eso? No sé qué decir, así que me quedo en silencio.

No hablamos mucho más después de eso. Él saca su móvil, así que yo hago lo mismo con el mío y aprovecho para informar a mis amigos de lo que ha sucedido a lo largo del día. Trato de no darle importancia a los momentos de contacto con Marcos, pero Álex me cala de inmediato. Alejo, no tanto.

Una hora más tarde, nuestra familia regresa y emprendemos la marcha hacia el teleférico. Trato de prepararme mentalmente durante el camino, aunque supongo que el descenso no puede ser mucho peor que la subida, ¿verdad?

Esta vez logramos entrar todos en la misma cabina.

Me siento junto a mi madre, y Marcos se coloca justo a mi lado.

Lo miro de reojo mientras se quita el abrigo y lo coloca sobre su regazo, aunque la mitad cae sobre el mío.

Entonces, su mano busca la mía por debajo del abrigo y me la sujeta con fuerza.

Lo miro disimuladamente, y él me dirige una leve sonrisa. Me apresuro a apartar la mirada.

¿Qué cojones está pasando aquí?