El chico de la habitación vacía (El chico de al lado 2) 27.
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Cuando al fin nos reunimos todos en la pista de esquí, faltan menos de veinte minutos para que dé comienzo la clase de iniciación a la que vamos a ir mi madre y yo.

Marcos y su familia, que ya han estado aquí un par de veces y también tienen experiencia esquiando en algún otro sitio, nos explican brevemente cómo va todo.

Hay distintas pistas que se diferencian por dificultad, dependiendo de la experiencia del esquiador.

Ellos suelen ir a las de dificultad media, así que quedamos en que ellos irán allí y después nos reuniremos en la cafetería cuando termine nuestra clase de iniciación.

Vamos todos juntos al puesto de alquiler de esquís, gafas y el resto del equipo, ya que ellos no tienen el suyo propio, y mi madre y yo, mucho menos.

—Buena suerte —nos dice Marcos con una sonrisa de ánimo, aunque no se me escapa que me está mirando directamente a mí. De nuevo, siento un cosquilleo agradable en la tripa.

—Nos vemos dentro de dos horas —añade Antonio, y le da un beso a mi madre—. Pasadlo bien.

—¡Pasadlo bien! —se suma Natalia.

Entonces, los tres se alejan de donde estamos, y mi madre y yo nos dirigimos hacia donde nos han indicado que se encuentra la pista para principiantes. Suspiro aliviado al ver que se trata de una pista muy poco escarpada y más bien corta; así tendré menos posibilidades de morir.

Cuando llega la hora, somos unas quince personas reunidas en la pista. La instructora es una mujer joven y amable, con el típico cuerpo envidiable de deportista al que probablemente no podría quitarle los ojos de encima si fuera hetero. Nos saluda a todos con una sonrisa y comienza a hablar.

—Lo primero que tenéis que saber es que aprender a esquiar es muy fácil —nos asegura.

Debe de ver mi cara de escepticismo y tal vez alguna más, y posiblemente hasta tuviera la respuesta ya preparada, porque añade—: Lo difícil es aprender a esquiar bien.

Con una hora podréis aprender los movimientos básicos, y estoy segura de que los dominaréis a lo largo de la mañana.

Pero llegar a esquiar como un experto puede llevaros años, así que no os frustréis.

No hay ninguna prisa, y podéis pasarlo bien esquiando sin ser expertos.

A continuación, comienza a ayudarnos con cosas tan elementales como aprender a ponernos los esquís, y me siento un poco mejor al ver que nosotros no somos los únicos que no tienen ni idea de nada.

Después, comienza a explicarnos conceptos básicos como las mejores formas de mover e inclinar las piernas y el resto del cuerpo, o cómo sujetar bien los palos.

Insiste mucho en que es importante aprender a caer, cosa que no me inspira demasiada tranquilidad, pero nos hace varias demostraciones y tengo que reconocer que no parece tan grave.

Por supuesto, cuando pide voluntarios que se animen a bajar por la pista, yo no me ofrezco.

Sin embargo, los dos chicos que van primero son igual de novatos que yo, y no parece que se les dé demasiado mal a la hora de poner en práctica lo que hemos aprendido.

A continuación va una pareja de unos treinta años, y luego dos chicas que deben de tener más o menos mi edad, y tampoco se escalabra ninguno de ellos.

—¿Te animas? —me pregunta mi madre con una sonrisa cuando la instructora pide más voluntarios.

Suelto un suspiro.

—Venga, vale.

Nos colocamos al comienzo de la pendiente, cada uno a un lado.

Cuando la instructora nos da la señal, nos impulsamos hacia delante, siguiendo las indicaciones que nos ha dado.

Comienzo a deslizarme de inmediato y, aunque no voy demasiado rápido, tengo que reconocer que hay algo que me gusta en el hecho de poder bajar velozmente por la pendiente, en sentir el viento cortante contra mi cara, con los ojos protegidos por las gafas de seguridad.

Durante el resto de la clase, seguimos turnándonos para lanzarnos por la pista, escuchando los comentarios de la instructora para corregir nuestra postura o los movimientos que hacemos.

Varias personas se caen, mi madre incluida, pero ninguno se hace ningún daño.

De hecho, ella hasta se echa a reír mientras se sacude la nieve de la cara.

Lo más sorprendente de todo es que yo no me caigo.

Al fin, termina la clase con la instructora y nos deja en libertad, aunque nos dice que estará en esta pista durante el resto del día por si tenemos cualquier duda.

Mi madre y yo nos alejamos en dirección a la cafetería, donde vemos a Marcos, Natalia y su padre esperándonos en una mesa, los tres con las mejillas ligeramente enrojecidas.

—¿Qué tal? —nos pregunta Antonio con una sonrisa, y le da un beso breve a mi madre—. ¿Os ha gustado?

—¡Mucho! —dice ella, entusiasmada—. No entiendo por qué no habíamos venido antes, ¿verdad, cariño?

Me dirige la pregunta a mí, pero me limito a encogerme de hombros.

—¿A que no ha sido para tanto? —pregunta Marcos mientras me mira, también sonriente.

Siento un revoloteo en la tripa; todavía me resulta extraño que volvamos a actuar como si nos lleváramos bien.

Aunque cuando ocurrió lo del teleférico estábamos los dos solos, así que eso no era una actuación, ¿verdad?

—Bueno, no ha estado mal.

—Si os parece, podemos quedarnos todos en la siguiente pista —propone Antonio—. Es la segunda más fácil, después de la que habéis usado para practicar.

—Me parece genial —responde mi madre, y yo asiento con la cabeza.

Estamos todos muertos de hambre a pesar de que no ha pasado tanto tiempo del desayuno, de modo que nos comemos unos bocadillos y, después, nos ponemos en marcha para dirigirnos a la pista que se encuentra justo al lado de la anterior.

En esta hay más gente, así que nos quedamos a un lado y decidimos turnarnos para bajar por la pendiente en grupitos.

Mi madre va con Natalia y con Antonio y no duda en lanzarse, mostrando un valor que ya me gustaría tener a mí.

Yo me quedo con Marcos, y mientras esperamos, recuerdo de nuevo la situación de antes en el teleférico, nuestras manos unidas, ese momento en el que nos miramos a los ojos.

No quiero hacerme ilusiones, pero… ¿es posible que esté volviendo lo que había antes entre nosotros, aunque sea poco a poco?

Al fin y al cabo, así fue como surgieron los sentimientos entre él y yo: poco a poco y casi sin que nos diéramos cuenta.

Sí, con el tema sexual fuimos bastante a saco, pero era precisamente eso: nada más que sexo.

Los sentimientos fueron surgiendo día tras día y noche tras noche, y cuando empezamos a ser conscientes de ellos, ya era demasiado tarde como para volver atrás.

La esperanza que sentí en el teleférico sigue estando ahí, en algún rincón de mi interior.

Y, aunque me aterroriza la idea de que crezca más de la cuenta y acabe llevándome la hostia otra vez, tampoco me veo capaz de tratar de apagarla.