El chico de la habitación vacía (El chico de al lado 2) 26.
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Antes de llegar a la zona de esquí tenemos que hacer una caminata de unos quince o veinte minutos desde el hotel.

Hace mucho frío, pero tengo que reconocer que el paisaje nevado es tan bonito que ni siquiera me importa.

Preferiría quedarme por aquí y hacer muñecos de nieve, montar en trineo o hacer una pelea de bolas de nieve y todas esas cosas que se ven en las películas, pero bueno.

Aunque he decidido que me voy a quedar en el hotel a partir de mañana, tal vez pueda convencerlos para pasar alguna de las mañanas aquí.

Después de todo, vamos a estar casi una semana en este sitio, así que vamos a tener tiempo de sobra.

—¿Falta mucho? —se queja Natalia cuando ya llevamos un rato caminando—. No recordaba que estuviera tan lejos.

Durante la cena de ayer me enteré de que a la familia de Marcos le gusta esquiar, así que ya han venido un par de veces por aquí.

—No, mira, ya estamos —responde Antonio.

Sigo la dirección de su dedo y abro mucho los ojos de golpe. Lo que está señalando no es una pista de esquí, tal como esperaba. No, lo que estoy viendo es algo muy distinto.

Un teleférico.

Por supuesto, tendría que haberlo adivinado.

El hotel se encuentra a tan solo media altura de la montaña, y estaba rodeado de más montañas que se elevaban a nuestro alrededor.

Tendría que haber imaginado que las pistas de esquí estarían arriba, mucho más arriba.

Trago saliva. Si la idea de esquiar ya me parecía poco atractiva, la idea de montar en teleférico me resulta simplemente aterradora.

En serio, ¿se puede saber qué cojones he hecho yo para merecer esto?

Llegamos justo cuando se acerca una de las cabinas.

Se baja un pequeño grupo, y entonces el encargado hace pasar a las tres personas que tenemos por delante.

Me quedo blanco al ver la cabina de aspecto endeble de cerca, el cable por el que sube las montañas.

¿De verdad vamos a montar en este cacharro? Tiene que ser una broma.

—Solo caben tres personas más —nos informa el encargado al ver que somos cinco.

Antonio y mi madre se miran.

—¿No podemos ir todos en el siguiente? —pregunta ella.

—No —responde el hombre, tajante—. Si empieza a venir gente antes de que llegue el siguiente, se va a formar cola. Mirad, hay gente viniendo desde allí.

—Sube tú con Natalia y Marcos —le dice mi madre a Antonio—. Yo subo con Fran en el siguiente.

—¡Yo quiero ir con papá y contigo! —protesta Natalia, haciendo un mohín mientras la mira.

Puedo ver por el rabillo del ojo a Marcos poniendo los ojos en blanco. Si no estuviera cagado de miedo, tal vez hasta me reiría.

—Por favor, dense prisa —insiste el encargado, que empieza a sonar exasperado—. Hay gente esperando dentro.

Mi madre me mira, claramente dividida. Es evidente que quiere ir conmigo, pero Natalia es más pequeña y, al fin y al cabo, se supone que yo soy un adulto. Aunque rara vez me siento como tal, y menos ahora.

—Id vosotros tres —dice Marcos—. Fran y yo nos montamos en el siguiente.

Perdona, ¿qué?

—¿Seguro? —pregunta mi madre, algo preocupada al verme.

Soy incapaz de responder, pero Marcos asiente con la cabeza.

—Venga, daos prisa. No os preocupéis.

—Bueno… vale —dice mi madre, no muy convencida mientras se mete en la cabina del teleférico. Se despide de mí con la mano mientras el encargado cierra la puerta con cara de fastidio.

La cabina comienza a alejarse por el cable, y la observo con el corazón latiéndome a toda velocidad.

¿En serio nuestra supervivencia depende de un simple cable?

La parte más racional de mí me recuerda que no debería haber ningún peligro, que cientos de personas deben de bajar y subir por ahí todos los días.

Que lo más probable es que lleven años y años haciéndolo sin que jamás haya habido algún accidente.

Pero, ¿y si ha llegado el momento? ¿Y si me toca precisamente a mí? O, peor todavía, ¿y si le toca a mi madre? El pensamiento me resulta tan terrorífico que no puedo evitar estremecerme.

No miro a Marcos, pero me doy cuenta de que él sí que me está mirando a mí. Ninguno de los dos dice nada durante varios minutos, mientras esperamos a que llegue la siguiente cabina. No aparto la mirada de la que se ha llevado a mi madre ni por un segundo.

—Estás nervioso —señala al fin en voz baja. No es una pregunta.

Me encojo de hombros,

—Nunca había montado en teleférico.

—No te preocupes. Estoy contigo.

Mentiría si dijera que no me alegra su compañía, pero tampoco es como si eso fuera a salvarme de una muerte segura si ocurre algo.

—¿Y qué? —respondo, tal vez más borde de lo que pretendía. Por primera vez, lo miro a los ojos, con expresión desafiante.

—Pues que no voy a dejar que te pase nada.

El corazón me da un vuelco al oírlo. No sé qué decir, y sigo pensando que tampoco habría nada que él pudiera hacer si pasara algo, pero asiento con la cabeza en silencio, agradeciéndole el gesto.

La cabina con el resto de nuestra familia se aleja sin contratiempos hasta que ya apenas soy capaz de distinguirla. La nuestra no tarda en llegar, y sigo a Marcos al interior mientras siento el torrente de mi propia sangre en mis oídos.

—Parece que os toca ir solos —dice el encargado.

Al mirar atrás veo que el grupito que se estaba acercando se ha parado a hacerse fotos en la nieve.

Hago una mueca; el resto de nuestra familia podría haberse quedado esperando de todos modos para que fuéramos los cinco juntos.

Me gustaría hacer algún comentario sarcástico, pero tampoco quiero contrariar a la persona que tal vez tenga mi vida en sus manos, de modo que asiento con la cabeza y me siento junto a Marcos.

El encargado cierra bien la portezuela y la cabina se pone en marcha con una leve sacudida.

—Joder —susurro al notar el movimiento.

Marcos y yo estamos mucho más pegados que de costumbre, pero agradezco poder hacerlo. Aunque el movimiento de la cabina es mucho más fluido de lo que esperaba, el leve bamboleo hace que me ponga de los nervios mientras comenzamos a alejarnos cada vez más y más del punto de partida.

—¿Estás bien? —me pregunta, tan cerca de mi oído que siento un cosquilleo.

—Mejor pregúntamelo cuando lleguemos. Si es que llegamos.

Él se ríe, pero no dice nada más.

Al cabo de unos segundos, me atrevo a echar un vistazo por el cristal, pero me arrepiento al instante. Estamos tan alto que el corazón me da un vuelco, y vuelvo a encogerme en mi asiento. Un pánico helado se extiende por mis venas, y noto que mi respiración y mis latidos se aceleran.

Entonces, Marcos hace lo último que me habría esperado. Acerca la mano a la mía y me la envuelve con los dedos, provocándome un estremecimiento. Aunque los dos llevamos guantes y hay gruesas capas de tejido entre nuestra piel, es lo más íntimo que hemos compartido desde hace mucho tiempo.

—¿Y esto? —susurro, observando con sorpresa nuestras manos entrelazadas.

—Te lo he dicho. No voy a dejar que te pase nada.

—No creo que cogerme la mano vaya a servir de mucho si nos despeñamos, la verdad.

Él se ríe, como si lo hubiera dicho en broma.

—No —admite—. Pero a lo mejor puedo evitar que te pongas tan nervioso que acabes vomitando o algo así.

—Bueno. Pues gracias, supongo.

Él esboza una tenue sonrisa.

—Pues de nada, supongo.

Entonces, comienza a mover los dedos ligeramente sobre los míos, acariciándome con lentitud.

Una ráfaga de sensaciones me invade por dentro; todos los recuerdos de nuestras caricias, de nuestras manos unidas.

Levanto la mirada hasta su cara y veo que me está observando con intensidad.

Clavo los ojos en los suyos, aturdido, y él hace lo mismo.

No puedo evitar recordar todos los momentos como este, mirándonos a los ojos apenas unos segundos antes de que nuestros labios se encontraran.

Por un momento, pienso que estoy a punto de besarlo.

Por un momento lleno de euforia, pienso que va a besarme él.

Pero, entonces, la cabina se tambalea ligeramente, separándonos un poco, y los dos desviamos la mirada.

Sin embargo, nuestras manos permanecen unidas, y trato de centrarme en ellas como si fueran una especie de ancla que me mantuviera a salvo.

Por supuesto, no es lo mismo ahora que los dos llevamos guantes, pero es la primera vez desde hace más de un mes que hacemos algo parecido.

Con un poco de suerte, no se habrá dado cuenta del rubor traicionero que ha comenzado a florecer en mis mejillas.

—Se supone que te mareas si vas junto a la ventanilla del coche o del avión —señalo después de un minuto, con el ceño fruncido—. ¿Cómo es posible que aquí estés tan tranquilo?

—Me mareo si voy en un vehículo que se mueva muy rápido. Pero esto no va rápido.

—Los cojones.

Él se echa a reír, pero me da un leve apretón en la mano que le agradezco enormemente, a pesar de que jamás lo confesaría en voz alta.

Algo más calmado, me atrevo a echar otro vistazo al exterior, y esta vez no aparto la mirada.

Objetivamente, sé que el paisaje es bonito, que las vistas son espectaculares.

No puedo negarlo. Pero me siento nervioso aquí arriba, aunque la presencia de Marcos me ayuda a tranquilizarme.

Sobre todo cuando sus dedos no dejan de deslizarse sobre los míos, evocándome toda clase de recuerdos de una época demasiado cercana y demasiado lejana al mismo tiempo; una época en la que todo era mejor.

Sin poder evitarlo, esa pequeña chispa de esperanza que ya creía casi extinguida vuelve a aparecer tímidamente en algún lugar de mi interior. Y, al contrario que otras veces, en esta ocasión no trato de apagarla.