25.
La alarma del móvil me despierta después de una noche en la que, sorprendentemente, he logrado dormir del tirón, supongo que gracias a la melatonina.
Todavía oigo la respiración profunda de Marcos, que siempre tarda mucho más en despertarse, y recuerdo lo que ocurrió por la noche, justo antes de que me quedara dormido.
Pronunció mi nombre en sueños. Al menos, eso creo.
Pero ahora estoy empezando a dudar; ¿y si era yo el que estaba dormido y no fue más que mi propio sueño?
Pero, si es verdad… Ha pronunciado mi nombre.
Mientras dormía. ¿Qué cojones se supone que significa esto ahora?
Lo observo mientras duerme plácidamente, con la boca ligeramente entreabierta, y una maraña de sentimientos se arremolinan con furia en mi estómago.
Al verlo así es imposible no recordar todas esas noches que dormíamos juntos, cuando me despertaba abrazado a Marcos y podía quedarme acurrucado junto a él un ratito más.
Pero ahora no puedo hacer nada de eso, de modo que suelto un suspiro y me pongo en pie.
Procurando no hacer ruido, abro la maleta que he dejado junto a la cama y saco ropa limpia.
A continuación, me meto en el cuarto de baño.
Estoy disfrutando del relajante chorro de agua caliente sobre mi espalda cuando oigo unos golpes en la puerta, y el corazón me da un vuelco al instante.
—¿Sí?
—¿Puedo pasar? Me estoy meando.
Por supuesto, es Marcos. Aunque he tratado de ser silencioso, supongo que lo habrá despertado el sonido de la ducha.
O a lo mejor se ha puesto una alarma, no lo sé.
En cualquier caso, no sé que hacer. Por un lado, me resulta violento que vuelva a entrar mientras me ducho después de lo que ha pasado entre nosotros.
Pero, por otro, no quiero ser borde con él ahora que los dos estamos esforzándonos por comportarnos de forma civilizada.
Ya fui demasiado cortante el día que me pidió entrar durante el puente de principios de mes, y después me sentí fatal.
—¿Fran? —insiste, y puedo oír la urgencia en su voz. Compruebo que la cortina de la ducha esté bien cerrada antes de contestar.
—Vale.
Entonces, abre la puerta y entra.
No pierde el tiempo; puedo ver por su sombra proyectada sobre la cortina que va directo al retrete.
Oigo cómo orina por encima del sonido del agua, y noto una sensación extraña en el estómago.
Esto es demasiado íntimo, demasiado familiar, pero nosotros ya no hacemos estas cosas.
La época de compartir momentos íntimos ya pasó, y solo porque él quiso.
Volver a vivir uno de ellos, y que además sea por iniciativa suya, me resulta extraño.
Sobre todo después de lo de anoche.
—Gracias —dice antes de marcharse, y vuelve a dejarme solo con mis pensamientos.
Me gustaría pasarme media hora más con el agua cayendo sobre mí, pero sé que él también querrá ducharse y tenemos que bajar a desayunar, así que cinco minutos más tarde ya estoy de nuevo en la habitación.
Marcos me dirige lo que parece una sonrisa tímida y yo trato de devolvérsela, aunque creo que me sale extraña.
—Ey —dice.
—Ey.
—Gracias por dejarme entrar.
—De nada.
Entonces, se mete en el cuarto de baño. Espero a oír el sonido del agua y después, sin poder evitarlo, me acerco a su cama.
Con cuidado de no hacer ruido, me tumbo en ella y me abrazo a su almohada.
Aspiro por la nariz y, con una sensación extraña en el estómago, me dejo invadir por ese aroma que tanto echaba de menos, ese aroma que se había convertido en una de mis cosas favoritas del mundo antes de que todo se terminara.
Unas lágrimas brotan en mis ojos, así que me apresuro a secármelas antes de que caigan sobre la almohada.
Pero sé que es demasiado arriesgado estar abrazado a su almohada de esta manera, así que solo me permito quedarme aquí durante un minuto más antes de levantarme. Después, vuelvo a mi propia cama y me meto en Instagram mientras espero a que salga.
Diez minutos más tarde, ya estamos bajando todos al comedor. Estoy distraído mientras desayuno, sin prestar apenas atención a la conversación. Pero, de pronto, mis oídos captan una palabra que me hace centrarme al instante: «esquiar».
—¿Qué has dicho? —le pregunto a Natalia, que es quien la ha pronunciado.
Ella parpadea un par de veces, confusa.
—Que estoy deseando que vayamos a esquiar.
Miro de golpe a mi madre, repentinamente presa del pánico.
—¿Es hoy?
Ella también parece extrañada por mi pregunta.
—¿A qué te refieres?
—¿Hoy es el día que vamos a ir esquiar?
—Fran, el plan es ir a esquiar todos los días.
Me quedo paralizado ante sus palabras.
—¿Qué?
—Vamos a ver, ¿qué pensabas que íbamos a hacer si no en la sierra? —me pregunta, claramente confusa—. Si ya lo hemos hablado, cariño. Por las tardes podemos hacer senderismo, pasar el rato en la nieve o quedarnos por aquí como ayer, pero el plan era ir a esquiar por las mañanas.
—Lo estuvimos hablando en casa —señala Antonio, claramente confuso—. ¿No lo recuerdas?
Sí, recuerdo vagamente que mencionaron que querían ir a esquiar.
Pero estas últimas semanas he estado demasiado descentrado como para prestar atención a las conversaciones durante la comida, así que no había captado el pequeño pero importantísimo detalle de que el plan era ir a esquiar todos los días.
Y, por muy atractiva que pueda resultarme últimamente la idea de desnucarme esquiando para acabar con mi sufrimiento, la verdad es que no me parece una forma demasiado agradable de morir, que es el único resultado posible si me acerco siquiera a unos esquís.
—¿No puedo quedarme yo aquí? —pregunto, esperanzado.
—¿Y qué vas a hacer todo el día aquí encerrado? —replica mi madre—. Además, ya hemos pagado una clase de iniciación de dos horas para ti y para mí. Si no te gusta, mañana puedes quedarte en el hotel, pero hoy tenemos que ir.
Puedo ver que está empezando a frustrarse, igual que ocurrió con mi mala actitud al principio del viaje a Canarias. Sé que no va a servir de nada tratar de discutir, y tampoco quiero montar un drama y fastidiarles las vacaciones, así que cedo y asiento con la cabeza.
—Vale.
Media hora más tarde, Marcos y yo estamos preparándonos en la habitación. No hablamos, pero me doy cuenta de que me echa vistazos poco disimulados de vez en cuando.
—¿Estás bien? —me pregunta al fin, y yo me encojo de hombros.
—Supongo.
—No te hace mucha gracia la idea de ir a esquiar, ¿verdad?
—Pues no.
Permanece en silencio unos instantes, como si no supiera muy bien qué decir a continuación.
—A mí se me da bastante bien —comenta al fin.
Frunzo el ceño, sin saber muy bien qué quiere decirme con eso. ¿Espera que le ponga un pin o qué?
—Me alegro por ti.
Él se ríe.
—Lo que quiero decir es que puedo ayudarte.
El corazón me da un vuelco al oírlo.
—¿En serio?
—En serio. A mí también me daba miedo la primera vez que lo hice, así que te entiendo. Pero me alegra haber aprendido, ahora me gusta mucho.
—No me da miedo —miento descaradamente.
—Bueno, pues miedo, nervios o lo que sea. Es normal, créeme.
—Si tú lo dices.
—Pues sí, lo digo. Así que, si necesitas ayuda, estoy por aquí.
Ahora, el corazón me tiembla ligeramente dentro del pecho, conmovido por el gesto.
—Bueno… pues gracias, supongo.
—De nada —responde, y entonces sonríe—. Pero termina de prepararte ya, anda, que nos están esperando.
Sigo sin estar muy convencido, pero asiento con la cabeza, ligeramente más animado que antes. En fin, si tengo que morir desnucado, supongo que será un poco mejor si puedo hacerlo al lado de Marcos, ¿verdad?